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Andaba Faeton en sus negocios

ANDABA FAETÓN EN SUS NEGOCIOS.

Hace, ahora, un año estaba yo muy contento porque, como había sido bueno en 2008, los Reyes Magos me trajeron una moto, que aunque algunos dicen que son los padres yo nunca me he creído esa versión (hace mucho tiempo que sé quienes son los Reyes Magos, (que tonto del todo no soy).

Bien, estaba yo tan contento con el nuevo modelo de Gilera, la GP-800. Y mucho más contento porque el Tratado de Bolonia (una ciudad donde el alcalde se gasta los dineros públicos con su secretaria y perica) me permitía continuar con unos estudios universitarios que había terminado hace treinta años cuando rematé mi carrera de grado medio, que se llamaba entonces. Dicho de otro modo: estaba cumpliendo un viejo sueño montado en otro sueño.

12 la moto

No se crean ustedes que todo eran parabienes. Estaba sumido en un desastroso e insano debate interno y discutía conmigo mismo sobre cierta psicópata que me había arruinado la vida, susurrándome al oído “eres el hombre de mi vida” y largándose después, con el siguiente, sin despeinarse. Dejando claro que yo era el nº 62 de su lista y que quería seguir completando su colección de idiotas. Como diría Woody Allen: “una miembra de su generación”. Buenísima, ella, pero miembra. Con un intelecto “gran hermano” y un cuerpo Delyplus espectaculares, pero miembra. Y de cara, carísima. Me atormentaban tres preguntas muy simples: los 61 anteriores eran, aún, mas tontos que yo?. Perdería su virginidad en la fiesta del Siluro?. Alguien pisó su orgullo en un oscuro portal?.

yo en amores soy muy ligera

Las propuestas que me hacía eran, básicamente, tres:

Una primera, que siempre me gusta mucho y da buenos dividendos, cual es no abandonar nunca la lucha, pelear por mi amor  mas allá de toda consideración, hasta el mismísimo umbral de la desesperación, pero ni un paso mas. Utilizar todos los recursos del Ars Amandi de mi amigo Ovidio para recuperar a la miembra.

La segunda, dejar de pensar en ella y abandonar toda esperanza, toda la ilusión que había construido durante cinco años, todo el amor que había tirado por el vertedero. Aún sabiendo que el amor tiene que ver mas con la abnegación y el sacrificio que con el placer.

Y la tercera era la de hacerme protestante en una noche de luna llena.

Ya había leído a Robert Hare, a Hervey Cleckley y a Vicente Garrido, y un psiquiatra inductísta me había soplado una pasta por escucharme, analizarme y determinar que soy una persona normal, de modo que tenía bastante clara la situación en la que me encontraba, y aunque todavía no sabía mucho de psicópatas este hombre me puso sobre la pista.

Había ido a la Universidad Europea de Madrid y, presentando mi expediente académico (hubo que recuperarlo del quinto sótano de la Escuela) , la Comisión de Convalidaciones me había dicho que cursando seis asignaturas obtendría la graduación y título de Ingeniero de Edificación, de modo que me dije: “ale chico, al tajo, peor lo pasaron en mayo de 1.643, cerca de Rocroi”. Si hago suficientes méritos, el Rey y en su nombre el Rector (magnífico, qué tío!!!), me otorgarían algo que había estado en mi mente durante treinta años.

La Gilera roja, con su maleta estática y parabrisas móvil, era una maravilla. Salía de los semáforos como un rayo y me permitía “sacar culo” en las curvas, vamos, que estaba gozando como un adolescente; hacía años que no generaba adrenalina en esas cantidades. Generaba tanta adrenalina que la concentración de glucosa en sangre se me puso por las nubes.

En tal estado de cosas, fui a visitar una obra y cuando volvía a la oficina entré algo pasado en una curva con el firme sucio. Tumbé, de forma automática, para contrarrestar la fuerza centrifuga que provocan 75 kg de piloto, 250 kg de moto y, sobre todo, la energía cinética que provoca la velocidad, que no revelaré por cuestiones administrativas (E=mxV2).

La moto se comportó como cuando bailas un tango con una porteña: obedece a tus movimientos sin, prácticamente, necesidad de tocarla, pero en la salida de la curva, y justo cuando hay que abrir gas para enderezar la maquina, veo los pilotos rojos de freno del vehículo que marchaba delante de mi.

De forma instintiva toque las manetas de los frenos y, aunque la moto tiene ABS, la parte delantera  se negó a ir donde debía (delante), la desesperación me invadió y apelé, de forma irrespetuosa (debo decir) a algunos miembros de la Corte Celestial.

No creo que las volteretas duraran más de tres o cuatro segundos, pero les aseguro que, ahora, puedo estar pensando durante horas en cada uno de los movimientos que podría haber hecho y no hice.

Cuando toqué suelo mi única preocupación era pasar por debajo del guardarrail que flanqueaba la carretera y hacia el que me dirigía sin posibilidad alguna de evitarlo. Y pasé, a pesar del gran volumen de mi cabeza, pasé y evité una muerte segura, pero la moto no quiso que yo me fuera de rositas y en las volteretas me rompió una pierna. Fue ella!!! Allí mismo y de forma sumaria decidí que, como en la fiesta nacional, si un toro coge a un torero, muere el toro y su madre. Vendí la moto y no compraré más Gileras.

Cuando terminé de dar volteretas, intenté moverme, noté que mi pierna derecha no me obedecía y sentí unos ruidos extraños que, desgraciadamente, ya conozco de otras ocasiones, dadas mis aficiones deportivas. Pensé: “mecagontoloquesemenea”. En esos primeros minutos las fracturas no duelen, así que me quité el casco, eche mano del teléfono móvil y marqué “rellamada”, con el objetivo de gestionar mi propio accidente.

Ahí, en ese instante, terminó mi mala suerte y comenzó la buena. Mi ángel de la guarda, que es un tío competente, y ha demostrado con suficiencia su buen hacer en anteriores experiencias, hizo que en la “rellamada” estuviera Carlos y también hizo que con Carlos estuviera Juan,que hizo la mili en el Soria nº 9 (una unidad que perdió su bandera). Pensé: “que gran Proyect Manager es este mi ángel de la guarda que sabe encargar las cosas a gente con criterio”.

En no mas de quince minutos, estos dos titanes de la amistad se personaron en el lugar del lance y se ocuparon de mi y de todos los detalles de los traslados (de mi maltrecho cuerpo y de la moto) a lugares seguros, a la espera de decisiones de mas rango que ellos no debían tomar. Cumplieron con su obligación de una manera estricta, diligente y aseada.

Me dio tiempo a hacer dos llamadas más antes de que un guardia municipal me regañara, de forma que me pareció desconsiderada, por quitarme el casco. Llamé a mis dos hijas que en ese momento estaban en España. A la que estaba en el extranjero preferí no alarmarla.

Las órdenes fueron concisas y claras, como entiendo deben ser las órdenes, y en el tono que mis hijas entienden como ordenes:

A la que es mayor de edad: “vente para Toledo, inmediatamente, te necesito aquí”.

A la que es menor de edad:“vete a casa de tu madre y no te muevas de allí hasta que te vuelva a llamar”.

A estas alturas de la película ya si dolía. Dolía mucho, muchísimo y yo empezaba a perder el conocimiento y todo se me hacía  difuso. Mi capacidad de decisión y razonamiento mermaba por segundos. Empezó a hacerse evidente que no podría gestionar nada.

Recuerdo que me subieron en una de esas ambulancias modernas que son un furgón adaptado: unos sanitarios muy amables que me forraron cuello, pierna y tórax con una especie de flotadores de plástico inflable para inmovilizarme. Ya no recuerdo mas. Que gran gente son los de las ambulancias de primeros auxilios!!!.

Desperté dentro del hospital; me dijeron que estaba en el Servicio de Urgencias, donde un médico de pijama verde me hablaba y daba ordenes a las enfermeras, que también estaban en pijama!!! (Dios mío!!!). Una de ellas, armada con unas tijeras, se dirigió hacía mi, lo que me produjo gran desazón pues su aspecto no era muy tranquilizador. Empezó a cortarme los 501 por la costura interior, como en el anuncio de Levi’s, accionando las tijeras, y a medida que iba avanzando por mi entrepierna, lo que me produjo mucha mas desazón,  comenté: “señorita, si puede, evite los gayumbos que son de Burberry, y los zapatos, que me los compré en Galerías Magallanes, creo que se podrán quitar sin recurrir a las tijeras”.

Dios mío!!! Si me dejo me afeita y me corta el pelo, que tal me pareció  el carácter de aquella “vampiresada mujer”, que diría Jonathan Richman.

El competente doctor, comentando: “hombre, que buen humor tiene usted!!!”, comenzó a tirar de mi pierna rota, me imagino que para ponerla derecha, al tiempo que yo, entre alaridos le contestaba: “fíjese, doctor, si le parece me pongo a llorar con mi edad. Se sabe usted el de los dos amigos que se compraron un 600….”.

Volví a perder el conocimiento que nunca he tenido y desperté oyendo las voces de unos calés que amenazaban con alicatar, hasta el techo, al doctor de turno si uno de sus familiares no salía bien de no se qué situación quirúrgica. Me encontraba en un pasillo y, al abrir los ojos, pude ver, de forma difuminada al principio y nítidamente después, a tres mujeres en la cabecera de mi camilla.

Que vista, oyes!!!!, ni El Caravaggio ni Julio Romero hubieran podido componer escena tan tierna:

Mi hermana, en representación de mi madre, haciendo pucheros. Lola, la mujer del Juan que me recogió en la carretera, en representación de la amistad, con cara sumamente seria. Y mi “exesposa”, a la que no veía hacía tiempo, amenazándome con el dedo índice de su mano izquierda: “idiota, siempre haciendo el salvaje”. Las dos primeras son enfermeras con años de experiencia y la tercera, médico con treinta años de oficio. Tal es el cariño que yo siento por las mujeres que circulan por mi vida y tal el trabajo de Carlos y Juan.

Siempre que veo a una médico procuro esconderme, pero esta vez no fue posible.

Aturdido por los dolores y por vete tu a saber qué sustancia que me habrían inyectado solo alcancé a decir: “nena, tu que haces aquí?”.

Después de algunas gestiones de la madre de mis hijas, me subieron a una habitación del hospital, me instalaron en una cama y me colgaron la pierna del techo, cual jamón en secadero.

Así me quedé hasta que apareció mi hija llorando, y mi animo se tranquilizó, le dije: “hija, vigila a tu madre que no me fío ni un pelo, igual no le parece suficiente una pierna y está gestionando mas huesos, si quiere la otra pierna, vale, me lo merezco, pero no la dejes tocarme la columna”. Mi hija me contestó: “papá deja de decir idioteces que estamos muy asustadas”. En circunstancias normales, con esa contestación, mi hija no hubiera recibido su paga ese mes, pero esto no eran circunstancias normales.

Siempre he sido partidario de quitar hierro a esas situaciones en las que me pone la vida y mi mala cabeza. A fin de cuentas los dolores los tengo yo, y la de la guadaña vendrá cuando quiera, que todas ellas son indomables.

Al cabo de un rato, apareció la madre y me dijo: “es tibia y peroné, tienes la pierna muy rota, mucho mas rota de lo que crees, te voy a ayudar hasta que salgas del hospital y luego te buscas una rumana que te cuide, que falta te va a hacer”.

En esos momentos, excuso decirles, uno intenta razonar y aplicar toda la experiencia de una vida; todas esas cosas que has aprendido, estudiado y que ya has olvidado. Trata de acordarse de cuales son los huesos de la pierna y como se insertan la tibia y el peroné en la rotula de la rodilla y en los huesos del tobillo.

Son horas nefandas; Faetón detiene los caballos y las conexiones neuronales (con la sinapsis intoxicada por los fármacos) trabajan, a pleno rendimiento, tratando de poner un mínimo de orden en los pensamientos. Es un entrenamiento que recibí calculando estructuras.

Si tengo muy rotos dos huesos capitales de mi pierna derecha debo quedarme cojo, dado que tengo una edad en la que será muy difícil que suelden correctamente.

Si me quedo cojo e inhábil debo tramitar todos los papeles y asegurarme de que a mis hijas no les falte de nada y, por tanto, debo recuperarme lo suficiente para poder presentar batalla al futuro. Conozco algún colega cojo y no se gana mal la vida; conozco, incluso, a alguno tonto de baba que tampoco se la gana mal.

En esas estaba, luchando con mis deberes, cuando volvió a aparecer la madre (mi ángel) y me dijo: “no me gusta lo que quieren hacerte, nos vamos de aquí”.

Al oír el verbo en plural no acerté a distinguir si se trataba de un plural mayestático o que nos íbamos ella y yo (ya saben ustedes como son los médicos). Remachó la frase con un “voy a ver si puedo reunir un equipo quirúrgico que te opere con garantías”.

Me iban a operar!!!, la cosa era muy grave.

Ahora si que se solazó mi espíritu. Ahora si comprendí que no era mayestático, simplemente había tomado el timón. Había tomado los mandos de la nave y comandaba la situación con una maestría memorable. Con una profesionalidad que todavía no alcancé a entender como amor, porque no lo era. No podía ser que aquella mujer, a la que yo había dejado tirada cinco años atrás, después de treinta años de relación, todavía guardara cariño en su corazón, para un mameluco como yo. Un coracero de élite que se caga ante las tijeras de una enfermera.

A las 6 de la mañana, apareció por mi habitación el “Jefe” de traumatología, para explicarme las posibilidades que había…..no dije esta boca es mía, pero pensé: “este es más tonto que un saltón, no sabe que Estrellita se ocupa de todo”.

La pierna dejó de dolerme. Ya no sentía dolor físico sino el alma destrozada. Ya no me preocupaban la tibia o el peroné sino mi alma inmortal, absolutamente pequeña ante tamaña muestra de afecto. Dejé el desastroso e insano debate.

“Tienes trece fracturas y mañana te trasladan a otro hospital, donde te operará otro equipo con el que he pactado lo que hay que hacer. Aquí son partidarios de una cirugía con implante de osteosíntesis que en diez años te dejará sin tibia. Nos vamos a otro centro donde la intervención será mas laboriosa y la recuperación mas larga, pero el hueso quedará bien”.

Por qué razón esta mujer se preocupaba de lo que le pasará a mi tibia dentro de diez años?. Ese pensamiento me rondó, por la cabeza, toda la noche que pasé en vela. Que razón hace que una mujer, que tiene actualmente otras preferencias, se preocupe de lo que me va a pasar dentro de diez años?.

La respuesta, a las ocho de la mañana: “te conozco, deja de darle vueltas a la cabeza, a las niñas no les faltará de nada y tu tienes que seguir”. Cuando los sentimientos son claros, las palabras sobran.

Helios (padre de Faetón) volvió a fustigar  a los caballos y ya no me preocupó nada, me abandoné en los brazos de las llorosas Helíades. Me importó muy poco la trayectoria del carro ígneo: Odiseo estaba en Ítaca, fuera de la jurisdicción de Circe, y Penélope había destejido, por la noche, lo que tejía por el día. Solo restaba tensar el arco y sacudir estopa a los intrusos. Recordé el soneto de  mi paisano Garcilaso y las lágrimas brotaron.

Una señorita muy simpática, que traía el desayuno, vio mis lágrimas y dijo: “le duele mucho?”. Contesté: “no se imagina usted cuanto!!!”.

no me dejes

Señora mía, si yo de vos ausente
en esta vida turo y no me muero,
paréceme que ofendo a lo que os quiero
y al bien de que gozaba en ser presente;

tras éste luego siento otro acidente,
qu’es ver que si de vida desespero,
yo pierdo cuanto bien de vos espero,
y ansí ando en lo que siento diferente.

En esta diferencia mis sentidos
están, en vuestra ausencia, y en porfía;
no sé ya qué hacerme en mal tamaño;

nunca entre sí los veo sino reñidos;
de tal arte pelean noche y día
que sólo se conciertan en mi daño.

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Categorías:MIS COSITAS
  1. Julita
    febrero 2, 2010 en 4:48 pm

    me encanta como escribes

  2. ASESOR SEXIMENTAL
    febrero 19, 2010 en 11:50 am

    LA MADRE DEBE ESTAR MUY ORGULLOSA SEGURO.
    LA “OTRA” MADRE TAMBIEN LO ESTA.

    BESOS TRON

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