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Verano de 1966

RECUERDOS. EL VERANO DE 1.966.

Cuando tenía nueve años, los días lectivos, iba del colegio a casa y de casa al colegio y jugaba, con los amigos, en estos trayectos.

El colegio era La Graduada de San Servando, un centro dependiente de la Organización Juvenil Española, en el que se cantaba “Prietas las filas. Recias, marciales nuestras escuadras van…”  los lunes a primera hora para izar las banderas y “Cara al sol con la camisa nueva que tu bordaste en rojo ayer….” Los sábados, a medio día, para el acto de arriar las banderas, que daba por concluida la semana. El señor Guadamur, conserje del centro, subía y bajaba las banderitas que eran tres: a la derecha la de Falange, a la izquierda la de las JONS y en el centro la de España.

Yo no tenía muy claro como podían estar prietas las filas ni quien bordaba la camisa nueva, me parecía una perversión que un hombre bordara y muy ridículo cantarle eso a una mujer. Por supuesto nunca supe qué eran las JONS.

Con las JONS me pasaba como con los de Gomorra: nunca supe que eran ni que hicieron para merecer tamaño castigo.

El centro estaba ubicado en La Subida de la Granja, en un ala del edificio que, actualmente, es la Diputación Provincial. Yo vivía en la C/ Santa Isabel, junto a la Plaza del Ayuntamiento que antes se llamaba Pl. del Generalísimo, como no podía ser de otra forma.

El edificio, de corte herreriano con sus cuatro torres, tiene la entrada principal por la Pl. de la Merced, pero nosotros entrábamos y salíamos por una entrada secundaría que daba a la Subida de la Granja.

Esta calle tenía en su lado derecho, según se sube, y protegido por una valla de alambre de espino, un pinar que termina en la muralla de Toledo. Desde la Subida de la Granja hasta la muralla no habrá más de 25 metros, pero presenta una pendiente muy pronunciada, con un desnivel de más de 15 metros. Toda esta ladera estaba poblada de pinos y ortigas. Bajar corriendo, a toda velocidad, esta pendiente era una de las pruebas de valor que mas nos gustaba. Las más de las veces, excuso decir, acabábamos rodando, pendiente abajo hasta parar contra las piedras centenarias de los cubillos del paseo de la guardia.

En estas interesantes bajadas tuve algún que otro percance sin mayor interés que una cicatriz que me queda en la mano, producida por los espinos de la valla, y muchos desgarrones en la ropa que me causaban gran desazón a la hora de volver a casa.

Años más tarde he comprendido, esquiando, la emoción de las bajadas a gran velocidad por pendientes pronunciadas. Una vez, esquiando con mis hijas, me apreté un toñazo y, unas francesas que bajaban en paralelo, viéndome en el blanco suelo todo lo largo que soy decían: “mesié, mesié…vu parlé fransé”…a lo que yo contestaba: “no, guarras, que estoy casado”. Mi hija mayor, muy responsable, ella, me decía: “papá, dice que si hablas francés”…. Ah! Bueno, dile que no.

Había varios trayectos, pues, para ir del colegio a casa y viceversa, en función de las prisas que tuviera. Si iba apretado de tiempo, la vía mas rápida era subiendo por Arco de Palacio, Nuncio Viejo, Pl. de los Postes, Navarro Ledesma, Tendillas, Capuchinas, Merced.

Pero, normalmente, ese era el trayecto de ida. La vuelta a casa era harina de otro costal. Me entretenía mucho mas y optaba por caminos alternativos y variados; desde Sta. Leocadia, Sto. Domingo el Antiguo, Padilla, San Román, Juan de Mariana, Alfonso X, El Salvador, Cuesta de la Ciudad, Santa Isabel.

Había días que llegaba hasta la PL del Juego de Pelotas y las Carreras de San Sebastián, para luego subir por Pozo Amargo.

Todos estos trayectos tenían su sentido: en todos había cosas interesantes, muy interesantes para hacer.

En Sto. Domingo el Antiguo estaba el correccional de menores e íbamos a medir nuestras fuerzas con los internos. Que peleas, aquellas!!!.

Subiendo por Gracilaso de la Vega hasta Padilla, accedíamos a Sta. Eulalia, donde estaba el “anejo femenino” del instituto de enseñanza secundaria y había chicas turgentes de 14 años.

En San Román estaban los antiguos depósitos de agua y trepábamos por las paredes hasta encaramarnos en las ventanas de ventilación. Era una señal de mucha hombría subir hasta los alfeizares de los respiraderos. Los que éramos capaces de hacer esto gozábamos de gran predicamento y fama entre el malevaje de la época.

En esa época, aparte de las hazañas y aventuras infantiles, recibía con regularidad el severo castigo de mi madre que tenía que coser lo que yo rompía trepando y jugando al fútbol.

En el plano académico, estudiábamos religión, geografía, historia de España, historia Sagrada, lengua española y aritmética.

Nunca entendí por qué razón teníamos que estudiar la historia del pueblo judío si eran los que habían matado a Cristo.  De modo que desde mi más tierna infancia me dediqué a hacer barrabasadas a todos los curas que se cruzaron en mi camino, en justa correspondencia por hacerme estudiar algo que no valía para nada.

Alguien se podía creer que se pueden derribar las murallas de una ciudad llamada Jericó  tocando trompetas?. Aún ahora no me lo creo y eso que he visto cosas muy raras, pero derribar murallas a golpe de corcheas?.

A esa tierna edad que he referenciado ya me sabía todas las cuencas con sus ríos y afluentes (por la derecha y por la izquierda), de España. Podía recitar, de memoria, las cordilleras con sus picos más importantes. Y escribía, de corrido, todos los cabos y golfos de la piel de toro.

Conocíamos de cabo a rabo la historia del famosísimo pastor lusitano Viriato que tuvo en jaque a las legiones romanas y que solo mediante traición de sus compañeros Audax, Ditalco y Minuro, fue muerto a cuchillo. Nos regocijábamos cuando, al reclamar la recompensa, el romano decía: “Roma no paga a los traidores”.

Nos emocionábamos cuando Viriato vencía a los cuestores Vetilio, Quincio y  Serviliano, cayendo sobre la retaguardia y causando graves perdidas a las legiones; pero nadie nos habló del cónsul  Fabio Máximo Emiliano. Era la educación de la época.

Sabía, sin titubear, las cuatro reglas de aritmética y hasta hacer reglas de tres directas, que D. Adolfo, el maestro de turno, complicaba con su gran sentido del léxico: Si Juanito tiene 17 manzanas, se come dos y regala otras tres a Jaime, todas las semanas, para cuantas semanas tendrá manzanas Juanito?. (de usted la respuesta con tres decimales). Gran persona D. Adolfo, marido de Dª Alicia, la que me enseñó mis primeras letras.

A primeros del mes de Junio de 1.966 hice mi primer examen, fuera del colegio: en la Escuela Normal de la Avda. Barber.

De este examen dependía mi futuro académico ya que, de obtener buen resultado, me darían una beca para pagar mis estudios futuros.

Conseguí la beca con una alta calificación y me dijeron que a finales de ese mismo mes me presentarían, con el grupo que correspondía, al examen de Ingreso en Bachiller, sin aún tener la edad requerida.

Entre juegos y faenas se pasó el mes de Junio y cuando llegó el momento del examen de ingreso mi estupor fue absoluto cuando se me comunicó que la prueba se efectuaría en el Castillo de San Servando y ante un tribunal.

El tribunal, al otro lado de la mesa, estaba compuesto por dos personas y un cura.

Me preguntaron acerca de ríos, cabos, cordilleras, tiempos verbales, intrincados problemas acerca del número de huevos que pondrían unas gallinas, suponiendo que el granjero y sus hijos se comieran dos todos los días. No entendí, entonces, que un granjero con seis hijos se comieran solo dos huevos al día. Nosotros cenábamos huevos y patatas fritos casi todas las noches. Y lo mas grave: yo pelaba las patatas entre protestas, pescozones de mi madre y la voz de mi padre que decía: “Vale, deja ya al muchacho que me duele la cabeza de oírle”, mientras mi madre decía: “este acaba con el caballo de bronce”.

Mi padre siempre acudía, con sutileza, al rescate cuando la tormenta arreciaba. Cada uno en su papel, me pregunto si lo tendrían pactado.

Nunca arreciaba la tormenta estando mi madre sola, solo en presencia de mi padre. Cosas extrañas que tiene la vida.

Toda esa primera fase del examen, que yo respondí por escrito, fue de maravilla, hasta que el cura me hizo responder de forma oral a un supuesto práctico:

“si hay un incendio en una iglesia, tu salvarías al Santísimo Sacramento?”

Mi angustia fue de dimensiones continentales.

Yo, que era uno de los tipos más duros del barrio, no tuve ninguna duda y con gran desprecio de mi integridad física atravesaría las pérfidas llamas que amenazaban al Santísimo y con un martillo que, casualmente, llevaba rompería la portezuela del Sagrario y rescataría la Sagrada Forma.

No se me ocurrió pensar, entonces no lo sabía, que todos los Sagrarios tienen una llavecita con la que se puede abrir sin tener que romper nada, pero en aquellos momentos yo hubiera reducido a virutas la Custodia de Enrique de Arfe para salvar la Hostia Bendita.

Lo dije de corazón, lo hubiera hecho sin dudarlo ni un segundo. Lo dije con tal convicción que al cura se le saltaron las lágrimas y apoyó con ardor el sobresaliente que obtuve en aquel examen.

Aquel cura era D. Ángel Salamanca, un cura bonachón de cara redonda, mofletes colorados y sotana con brillos, al que posteriormente ayudé, en muchas ocasiones, a dar misa y que me enseñó que el latín era una lengua muy importante. A pesar de la bondad de D. Ángel, nunca tragué a los curas: Había otros muy malos.

A finales de Junio llegaban las vacaciones y los cánticos jubilosos:

“Arriba las vacaciones

Abajo el estudiar

Los libros a los rincones

Y nosotros a jugar”.

Iba golpeando la cartera de cuero, llena de libros, cuadernos y el plumier de los lápices hasta llegar a casa donde mi madre, al oír las gloriosas estrofas de tan afinados poemas, haciendo caso omiso de cualquier otra consideración decía: “cámbiate ahora mismo y ponte la ropa de estar por el barrio”, en prevención de males mayores.

La experiencia decía a mi madre que tenía que retirarme anillo, reloj, medalla o cualquier objeto susceptible de ser desprendido de mi cuerpo sin hacerme sangre. Por aquellos días yo sentía un absoluto desprecio por mi piel y siempre llevaba las rodillas y los codos con costras y hematomas.

El principio de Julio era el comienzo de los grandes calores en el Casco Histórico de Toledo. Nadie podía dormir, eran noches toledanas. A mi me daba lo mismo, yo dormía igual.

Los días transcurrían con monotonía, empezando con partido de fútbol en la Pl. de San Andrés, a eso de las diez de la mañana. Como nadie tenía reloj, fijábamos la duración del evento deportivo, de mutuo acuerdo entre los equipos, a un número determinado de goles: “a 30 goles, si empatamos a 29, alargamos dos goles mas, vale?”.

Las incidencias del juego, tales como fueras de juego, faltas, penalties, etc., se resolvían, de forma sumaria, con dos bofetadas en la cara para quien mantuviera una postura contraria. Había veces que tocaba dar y otras recibir; se aplicaba la máxima de que “el que se pone a dar, se pone a recibir”. Al final todo se resolvía “por un tanto mas o menos”. Un templo de bondad era la Pl. de San Andrés.

“Pase, agente Belisario, ¿hay alguna novedad?”

“Para decir la verdad, ninguna, mi comisario”.
Solamente he visto varios, hombres allá en el boliche
En lo del gringo Felice, prendidos en un truquito
Pero todo tranquilito como nene con un chiche”.

“Parece que una jugada había sido dudosa
Porque se enojó Barboza y quiso pelar la daga,
Se levantó Madariaga y manoteando una silla
Le rompió cuatro costillas
Pero el tuerto Carrascosa, para no empeorar la cosa
Le partió la coronilla...

El bolichero, con hambre por entrar en el tumulto
Peló y se le fue al bulto con la de cortar el fiambre,
Al chino le abrió el matambre y a Leiva le hizo un tajito
Que lo dejó sentadito, con una oreja en la mano
Mientras que al rengo Mariano, le abrió el gañote limpito.

Sacó el revólver Morrongo, nunca falta un bochinchero
Y le encajó al bolichero, tres balas en el mondongo,
La cabeza como un hongo, le aplastaron a Martínez
Y al “manchao”, los chinchulines, le colgaban como flecos,
Y un tajo le han hecho al chueco, de la boca a los botines.
(Le tuvo que mandar poner medias suelas a los zapatos!)

Pero ahí no paró la cosa, porque el motudo Cirilo
Con la pesa de diez kilos le abrió el mate a Carrascosa,
Al petiso Robirosa, lo dejaron sin nariz
Y Antuña, el llamado “lombriz”, con un garrote nudoso,
Lo desparramó a Troncoso, para calmar el desliz.

Después, ya todos serenos, continuaron la partida
Que al final fue interrumpida, por un tanto... más o menos,
Son todos muchachos buenos, amantes de la verdad
Es un templo de bondad, el boliche “La Armonía”,
Ya ve que pasó este día, mi jefe, sin novedad...”

Cuando terminaba el partido estábamos sudorosos, sucios y muertos de sed, de modo que nos desplazábamos hasta la fuente pública más cercana, que estaba en la plaza del Ayuntamiento, a beber y tomar el fresco bajo los árboles de “pan y quesito” que flanqueaban el cuartelillo de la Policía municipal.

Para mi suponía un riesgo adicional ya que tenía que pasar por delante de mi casa y había muchas posibilidades de que mi madre me viera en tan lamentable estado físico y aunque yo huía corriendo y haciéndome el sordo, no dejaba de escuchar aquello de “si, corre, corre, no creas que se te va a enfriar”. Comprenderá el lector que, después de haber resuelto media docena de incidencias deportivas, no me preocuparan, por contrición, las caricias de mi madre. Si, en cambio, me preocupaba que se enfadara conmigo, nunca me agradó disgustar a mi vieja.

De modo que, muchos días, optaba por ir por la Travesía de Sta. Isabel y C/. San Marcos para acceder a mi destino.

Allí nos encontrábamos con las chicas que, mucho mas relajadas, jugaban a la goma y saltaban a la comba que era todo lo que, físicamente, sabían hacer. Esto lo hacían con mucha gracia y, en los saltos dejaban ver sus pololos, que enseñar las bragas estaba muy mal visto.

No todos, pero algunos días nos invitaban a participar de sus juegos florales y entablábamos conversaciones muy interesantes acerca de sus preferencias estéticas: “me gustan mas los chicos con pantalón largo” o “fulanito tiene las piernas torcidas pero es muy mono de cara”. No entendía cual era la razón de qué les gustara una prenda tan incomoda en verano. Tampoco entendí jamás que a las chicas les gustaran los simios.

Al lado de mi calle, en la Pl. del Ayuntamiento, a la que presenta su fachada principal la Santa Iglesia Catedral Primada de España (SICP), encima del actual restaurante de Aurelio, entonces era “Casa Villegas”,

lo regentaba el señor Villegas y una señora que nadie sabía como se llamaba porque siempre se refería a ella como “mamá”, yo creo que era su esposa, pero no estoy seguro. “Mama” era una figura extraña: nunca se la vio pero sabíamos que existía porque veíamos sus brazos a través de la ventana de la cocina cuando sacaba los platos de berberechos. Como los padres de Vaca y Pollo que solo tenían piernas.

Vivía Yayo….

Dios mío!, que buena estaba Yayo. Tenía un año más que yo, pero bailaba “la reina Berenguela”, con un swing espectacular.

La letra de la canción era muy romántica y despertaba mis emociones más inconfesables:

“la reina Berenguela, ui, ui,ui

Como es tan fina, trico,trico, tri

Como es tan fina, lairó, lairó, lairó, lairó lairó

Se pinta los colores, ui, ui, ui

Con purpurina…trico, trico, tri

Y va a venir su novio

A darle un beso

Que salga usted, que la quiero ver bailar

Con lo bien que lo baila la moza

Déjala sola, sola en el baile”

Las chicas, con sus vestidos de verano, hacían dos filas y tocaban las palmas, mientras una de ellas caminaba, con salero, entre las filas. Cuando decían “que salga usted”, la que bailaba, con un ademán, invitaba a otra a salir, la dejaba sola y vuelta a empezar con el sufrimiento del paseo garboso.

Cuando la que salía era Yayo, el climax era total. El corazón se me aceleraba, y eso que yo era un tipo, ya entonces, (ya entonces era un tipo) que tenía fama de frío. Me remordía la conciencia, pero mis pensamientos eran muy impuros: soñaba con besarla en la cara y darle la mano.

Mi anterior experiencia amorosa había acabado en catástrofe:

Cuando tenía siete años fui a casa de mi amigo Pedro Pablo y estaba su hermana mayor que debía tener como 14 años. Quedé prendado en el acto y al día siguiente, en el colegio, escribí una nota a mi amigo: “voy a ordeñar a tu hermana y me la voy a follar”. Sin que yo lo supiera, Pedro Pablo llevó la nota al maestro el cual la metió en un sobre, lo cerró y me lo entregó para que se lo diera  a mi padre.

Entregado que lo hube, mi padre leyó la nota y con una sonrisa se la pasó a mi madre: aquella tarde mi madre tocó en mi culo, con el piano del amanecer, todo su repertorio, incluido el tambor de granaderos.

A principios de verano, Yayo nos contó que Juanito, que era un tío que se ligaba a las turistas para que fueran a comprar a las tiendas de damasquinos, lo que vulgarmente se llamaba “un gancho”, había llevado a una francesa al valle y quitándole las bragas se había puesto a “hacerlo”.

Yo le pregunté: “a hacer qué?”

Y ella me contestó: “tu eres tonto?”

Yo no entendí bien la respuesta, pues anda que no se pueden hacer cosas con unas bragas!!!!. Me imaginé a Juanito huyendo con las bragas de la francesa en la mano.

Pobre hombre este Juanito, a partir de entonces se quedó con el apelativo de “Juanito el guarro”, cuando debería haberse llamado “Juanito el ladrón”. El Toledo profundo.

Así, en ese sin vivir,  estuve un verano, el de 1966, hasta que Yayo volvió de la playa, dado que su padre era mutilado del ejército y podía hacer esas cosas (ir a la playa).

El primer día que se presentó de “corpore insepulta”, recién llegada de Alicante, con su piel dorada por el sol y llevando sujetador!!!, como diría el famoso bardo: “noté que las campanas sonaron a duelo”, no me pude aguantar por más tiempo, mil dragones de fuego se agitaron en mi interior y le hice la pregunta maldita: “oyes, yo te gusto a ti?”.

La respuesta fue contundente y nada retórica: “No”.

Que ingratitud, responder así a mis desvelos!!!!.

Yo no sabía qué era esa música que sonaba en mi mente; años después supe que era la Marcha Fúnebre para Sigfrido, de Wagner.

Esa marcha que he vuelto a escuchar, en mi interior, en otras ocasiones y que me dice que todo se acabó.

Y así fue como acabó mi segundo lance amoroso: Estrepitoso fracaso. Al menos esta vez nadie ensayó en mi culo la marcha de tambores de las fiestas de Calanda.

Quedé tan dolido que aunque otra señorita, cuyo nombre no voy a mencionar porque uno es un caballero,  me propuso relaciones intensas: “a mi si me gustas, si quieres te cojo de la mano”, me pareció muy descarada y no me quedaron ganas de volver a relacionarme con el sexo opuesto hasta años después. Entiéndase bien, no volví a hablar con una chica hasta los catorce años.

Empecé a pensar que esos seres eran muy, muy raros: No les gustaba subirse a los árboles ni apedrear a los gatos; por descontado ni fútbol, ni pegar chicles en los timbres, ni Tintín: como vas a hablar con una chica de Tintín y Milú, el capitán Haddock, el profesor Tornasol, los detectives Hernández y Fernández o Bianca Castafiore?… imposible, mejor dejarlo.

Como hablar de Miguel Strogoff, el correo del Zar al que los tártaros quemaron los ojos con una espada al rojo vivo y solo las lágrimas que le brotaron al mirar, por última vez, a su amada le impidieron quedar ciego?. Como hablar de Rob Roy el héroe irlandés, o Jhon Silver el largo?… imposible, mejor dejarlo.

Me juré a mi mismo que hablaría con una chica solo en el caso de que supiera quien era Huckleberry Finn. Me casaría solo con la que supiera como se llamaba la novia de Tom Sawyer.

Podrá parecer extraño, al lector, que yo supiera, a los nueve años, quienes eran estos personajes, pero si lo sabía. Mi madre, además de poseer un sentido muy inglés de la disciplina, era la ternura personificada y siempre acordaba con los Reyes Magos un lote de libros. Eran unos libros que tenían las hojas pares de viñetas y las impares de texto. Libros que yo leía en mis frecuentes periodos de cumplimiento de condena.

Fue el principio de esa misoginia de la cual se ha vengado el destino dándome solo hijas.

A veces pienso que no ha sido el destino,  que ha sido su madre en venganza por todas las malas faenas que le he hecho. Bien clarito lo decía la mía: tu no quieres caldo?, pues toma tres tazas.

En cualquier caso, siempre he estado dispuesto a discutir con el destino y si se pensaba que era venganza, yo lo he convertido en amor: amo a mis hijas como no se puede amar más. Y en cualquier caso nunca se me ha ocurrido robar unas bragas, no sea que acabe siendo “Tinín, el guarro”.

Siempre he sido un tipo de honor: “antes morir que perder la vida”, decía mi padre. Años más tarde me explicó que las heridas se reciben en el pecho, no en la espalda. “Las ostias, en la cara, hijo, nunca pescozones por la espalda”.

Mi padre nunca ha hablado mucho, pero cada palabra que sale de su boca, para mi, es ley.

Cuando me pillaban en alguna fechoría grave, como robar las pegatinas de los coches o apedrear al gato del cabo de los municipales, que dormitaba en el pretil de la plaza, no me atrevía a volver y esperaba a que mi padre pasara de regreso del trabajo para entrar con él en casa. Me escondía detrás de su corpachón y cuando pasábamos la cortina del vestíbulo podía escuchar a mi madre decir: “ven, ven aquí, sinvergüenza, canalla, que nos vas dejar sin cera en los oídos”. Y mi padre volviéndose hacia mi decía: “qué ha sido hoy?”.

No me gustaba nada ver a mi madre enfadada conmigo, pero todo se pasaba deprisa, después de comer, cuando mi padre volvía a su trabajo, mi madre decía: “ven, cabezón, échate la siesta conmigo”, y me contaba historias sobre las estrellas, las constelaciones y héroes antiguos; me susurraba canciones. Historias que ella y yo habíamos oído contar a su padre y mi abuelo.

“Tanto tiempo disfrutamos de este amor

Nuestras almas se acercaron tanto así

Que yo guardo tu sabor
Pero tú llevas también sabor a mí
Si negaras mi presencia en tu vivir
Bastaría con abrazarte y conversar
Tanta vida yo te di que por fuerza tienes ya
Sabor a mí.
No pretendo ser tu dueña
No soy nada yo no tengo vanidad
De mi vida doy lo bueno
Soy tan pobre, qué otra cosa puedo dar?
Pasarán más de mil años, muchos más
Yo no sé si tenga amor la eternidad
Pero allá, tal como aquí
El la boca llevarás sabor a mí”

Con esas historias me dormía, a su lado, tumbados en una manta en el suelo del salón de casa, que era el sitio más fresco.

Es curioso como, cuando estaba, notaba su continua presencia y ahora, que no está, la echo de menos. Como echo de menos la figura de rectitud, responsabilidad y ternura que era mi madre.

Con que afecto recuerdo sus ojos brillantes que la vida fue apagando, cuando jugábamos a las palabras en las excursiones a la Bastida, y decía: “de la mar ha venido un barco cargado con…. Con la M”, todos nos estrujábamos el cerebro para contestar y por turnos soltábamos lo que se nos ocurría y cuando llegaba su turno, que era el último y definitivo, manifestaba: “de maricones”, y rompía a reír. Todos decíamos “jooooo, mamá eso es una palabrota”.

Si nosotros hubiéramos pronunciado esa palabra en su presencia, con seguridad,  hubiéramos recibido nuestro merecido.

Yo dependía totalmente de mi madre, la amaba de una manera esencial y procuraba, cada día, no enfadarla pero no lo conseguía. A pesar de mis más arduos esfuerzos por ser lo que ella denominaba “una persona formal”, no lo conseguía nunca.

Mi madre usaba, con maestría, el método del palo y la zanahoria si bien, y dada mi afición a las aventuras y desvaríos, la mayor parte de las veces me tocaba más palo que zanahoria.

Recuerdo con nostalgia las manos de mi madre. Las recuerdo moviéndose, con maestría, por el fogón enharinado, cuando hacía la masa para empanadillas. Como se movían sus dedos en la fuente donde ponía la harina, la sal, el aceite y el agua y, luego, como extendía la masa en el mármol y espolvoreando harina hacía rodar el volumen, golpeándolo y amasando hasta conseguir una pasta fina y muy sabrosa. Recuerdo como pelaba los tomates, los troceaba y trituraba; como los freía añadiendo azúcar “para que no esté ácido”  y finalmente lo mezclaba con el bonito de la lata que yo había abierto.

Me encantaba ayudarla a hacer los trozos de masa en forma de circunferencia de un palmo de diámetro (de mi palmo), finitos. Ella ponía el tomate mezclado con el bonito, lo envolvía y me dejaba que, con un tenedor, le hiciera las muescas a la semicircunferencia que resultaba.

Al final de todo ese proceso, con la masa que sobraba, hacía un pequeño panecillo en el que escribía mi inicial y lo metía todo en el horno.

No recuerdo con dolor las regañinas y cachetes de mi madre. Es curioso que si recuerdo con dolor el sentimiento de culpa que yo tenía por ser tan malo, desobediente y haragán.

En el verano de 1.966 había dos sitios fundamentales donde escuchar música como eran las gramolas de Villegas y la del Tropezón. Además en ambos sitios se podía jugar al futbolín, actividad que me dio pingües beneficios en los años posteriores.

Mis favoritas eran “black is black” y “la moto” de los Bravos y “Satisfaction” de un grupo inglés, unos melenudos, llamados los Rolling Stones, pero como estaban en un idioma extranjero yo no entendía nada, aunque me sabía de memoria los fonemas, como el Príncipe Gitano: “Blas is Blas a guon ma beibi bac”.

Quiero una motocicleta

que me sirva pa correr

y quiero una camiseta

que tenga el número 100.

Y hacer uh uh

poder llegar a cualquier lugar,

llegar, mirar y regresar.

Yo no quiero bicicleta,

no me gusta pedalear,

ni tampoco una carreta

por lo despacio que va.

Quiero uh uh

una gran moto que corra igual

que un cohete espacial.

Yo lo que no tengo es tarjeta

para poder circular,

pues vaya una papeleta,

me tendré que examinar.

Haré uh uh,

se quedará sin poder hablar

y me felicitará.

Pero la motocicleta

cómo la voy a comprar,

si no tengo una peseta

y no sé cómo ahorrar.

Quiero uh uh

una gran moto que corra igual

que un cohete espacial.

Haré uh uh, uh uh…

Aún hoy, me sigue pareciendo glorioso el mensaje de esta canción.

En cualquier caso eran más románticas canciones en castellano como: “yo soy aquel”, de un cantante que, decían era mariquita, llamado Ráphael, natural de Jaén. Muy mariquita tenía que ser para ponerse una “ph” en medio del nombre, siendo de Jaén!.

Era mucho mas doloroso saber como iba Eva Maria a la playa, con su bikini de piel y su maleta de rayas, ella se marcho y solo me dejó recuerdos de su ausencia, sin la menor indulgencia, Eva María se fue: que voy a hacer, que voy a hacer, Yayo, que voy a hacer!.

Aquel verano, un tipo sudamericano llamado Luís Aguilé hizo una canción muy bonita que se titulaba “Juanita Banana”, tuvo mucho éxito, a mi no acabó de convencerme y ahora pienso que lo debían haber metido en la cárcel por hacer aquello con “caro nome del mío cuore”. Ese tipo de músicas sublimes (las ha sublimado el tiempo) deberían estar protegidas, contra atentados, como la Piedad de Buonarotti.

Aunque ya teníamos TV, nunca me gustó mucho y prefería la radio. La vieja radio con dos potenciómetros, uno para el dial y otro para el volumen. Escuchaba como las chicas “ye-ye” se imponían y los anuncios de medias para las mujeres decían “medias mas largas para bragas mas cortas”. Una señora, natural de la pérfida Albión, llamada Mary Quant había vuelto locas a todas las mujeres del planeta, ellas habían descubierto, cual Agripinas modernas que, si se descubrían el canalillo del pecho o enseñaban las rodillas las legiones no dudarían en defender su honor en el puente sobre el Rhin.

En la televisión pocas eran las cosas que me gustaban pero he de destacar que los sábados por la tarde, a las siete en punto, ponían Voyage to the botton of the sea, y esta serie era alucinante y me gustaba mucho.

El Seaview era un submarino propulsado por energía nuclear de 200 metros de eslora, capaz de sumergirse 800 metros y con un escaparate de vidrio, en la proa, desde donde se podía ver el fondo del mar.

El almirante Nelson comandaba el seaview y se enfrentaba a todo tipo de peligros; desde la inquina de las potencias enemigas que querían destruir el poder militar del sumergible, hasta una larga lista de monstruos kistch, que hoy día harían reír a cualquier niño, pero entonces era muy emocionante ver como la tripulación del “vista del mar” resolvía aquellos peligros siempre comandados por el sargento Kowalsky.

Los sábados, antes de que comenzara la serie, mi padre me mandaba a comprar el periódico al “centro de periódicos”, que estaba en la C/. Comercio, que en Toledo llamamos C/. Ancha y me daba dos pesetas para que comprara cromos de una colección que estaba haciendo: “Vida y color”.

Vida y color era una colección de naturaleza dividida en cuatro partes y con unos cromos muy bonitos que en el reverso tenían explicaciones divulgativas sobre la viñeta del anverso. Yo aprovechaba la ocasión para cambiar, comprar y vender las estampitas y siempre me entretenía mas de los debido y tenía que volver a casa corriendo, tratando de esquivar a la gente que paseaba por la calle del Comercio.

El Concilio Vaticano II era el colmo de la modernidad: hasta los curas pudieron cambiar su sotana por el “clerigman”.

Al final del verano descubrí que aquel grupo de melenudos tenía otra canción que se titulaba “let’s spend the night together” que significaba “Pasemos la noche juntos” bueno, esto fue el colmo de la modernidad: se podía decir eso a una chica sin casarse?.

Se podrá imaginar el lector, con qué sentimiento me sentaba yo a la mesa con mi padre y mi madre con toda esa información dentro de mi cabeza.

Así pues, con todo ese bagaje intelectual, llegamos a octubre de 1.966, y yo tenía que empezar el bachiller en el Castillo de San Servando.

Ya me había informado de muchos datos: los chicos iban uniformados, incluso los días festivos. Las chicas se volvían locas por “los del castillo”. Con mis antecedentes, me las prometía muy felices vestido con chaqueta azul sin cuello de botón plateado, pantalón corto gris, camisa blanca, corbata con goma, medias blancas y zapato negro del gorila.

Además yo ya era una persona mayor, en pocos años sería un “señor bachiller” y tenía que aceptar las responsabilidades que eso conlleva.

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Categorías:MIS COSITAS
  1. Pul
    febrero 8, 2010 en 1:27 am

    Y qué fue de D.Toribio-toribio Carambola-rambola? sí, ese que se le había ocurrido de ir a la luna en un moderno proyectil.

    O ese que estaba muerto pero no, qe no, qe estaba tomando cañas, leré…

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