Inicio > LAS CUATRO ESTACIONES > LAS CUATRO ESTACIONES

LAS CUATRO ESTACIONES

LAS CUATRO ESTACIONES (aviso para navegantes)

Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo:

tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;

tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de derribar, y tiempo de edificar;

tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de lamentarse, y tiempo de bailar;

tiempo de lanzar piedras, y tiempo de recoger piedras;

tiempo de abrazar, y tiempo de rechazar el abrazo;

tiempo de buscar, y tiempo de dar por perdido; tiempo de guardar, y tiempo de desechar;

tiempo de rasgar, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar;

tiempo de amar, y tiempo de odiar; tiempo de guerra, y tiempo de paz.

(Eclesiatés, 3)

Tiempo para las barras de bar y tiempo para construir una familia.

Tiempo para los afterhours y tiempo para la reflexión.

Tiempo para mentir y tiempo para arrepentirse.

mammas & pappas – turn turn turn

I.- PRIMAVERA EN SEPTIEMBRE

Mediaba el mes de septiembre en Buenos Aires y la primavera explotaba con todo su esplendor. La madre Gea se preparaba para la pronta llegada de su queridísima Proserpina; Cibos, Tipas y Jacarandaes otorgaban razón a Carlos Thays y las combinaciones de color eran absolutamente demoledoras para alguien que se desangra, poco a poco, herido de muerte por la daga del amor traicionado.

Giacomo había llegado dos días antes a esta ciudad que tiene vocación de eternidad y cuyo pasado huele a amores rotos, puñaladas canallas, mujeres fatales y lances canllengues; huele a firulete, gambeteo, conventillo y bulín de mala muerte.

Buenos Aires es una ciudad amable con escala de megápoli y el aroma y la finura de un barrio plateado por la luna. Una ciudad inmensa, de grandes avenidas y un corazón inconmensurable hecho de hombres y mujeres maltratados por sus gobiernos, que late sin cesar.

Había accedido a los llamados de uno de sus más queridos afectos, viajando hasta la ciudad que se comunica en Lunfardo, cumpliendo así un viejo anhelo.

Había perdido, en los últimos cuatro meses, el 25 % de su masa corporal y se encontraba muy débil, apenas con fuerzas para arrastrar su cuerpo y, de ninguna manera, para soportar los 28 gramos de su atormentada alma. Las trece horas de vuelo, sentado en un estrecho sillón de avión, habían mermado, mucho más, sus ánimos. La vida se había quedado sin sentido.

En la tarde del día anterior una llamada telefónica había anunciado la naturaleza de la enfermedad que obraba su deterioro físico. Era un mal silente de naturaleza hereditaria y la estaba esperando, de modo que no le pilló por sorpresa y, a falta de ulteriores pruebas, indicaba que había que tomar medidas drásticas. Se acabaron los dulces de leche y los bifes y comenzaron los largos paseos y el ejercicio físico como dos de las tres patas del banco que debían sostener su deteriorada salud. Suponiendo que quisiera restaurar su salud, lo cual era mucho suponer.

Porque Giacomo solo podía pensar en Brunilde: Se había ido y había roto todas las ilusiones.

Sabía que esto iba a pasar, lo sabía. Y era absolutamente consciente del daño que iba a sufrir, pero no podía sustraerse al vívido dolor. Ella era una mujer extraña y en todo el tiempo que permaneció a su lado había manifestado opiniones que delataban que aquella era una relación interina, con fecha de caducidad.

“Cuando yo falte, no tardarás ni una semana en meter a otra en tu cama”, decía ella.

“Y por qué vas a faltar?, qué sabes tu que yo no?”, preguntaba Giacomo, no acertando a comprender por qué razón alguien se empeñaba en empañar un futuro que parecía prometedor.

“Porque yo me mataré con el coche”, se defendía ella.

“Y crees que, si te matas, yo a la semana siguiente estaré ya con otra?”. Qué clase de razonamiento era ese?. Qué mente puede pensar eso?.

En otras ocasiones, Giacomo no salía de su asombro, escuchándola hablar sobre lo que ella llamaba “monogamia sucesiva” y como Brunilde le decía a otra mujer “no te eches novio, pierdes mucho estando con un solo hombre”. Aquellas opiniones producían un efecto devastador en el corazón de Giacomo, como en el de cualquier persona sensata que ha adquirido un compromiso serio y está determinado a cumplirlo aún conociendo las dificultades de ese camino. Qué le había obligado a ella a pedir un compromiso que no pensaba cumplir?.

En febrero Brunilde comenzó a buscar piso y le llevó a ver uno de sesenta metros cuadrados. Giacomo  preguntó: “para que queremos nosotros un piso interior de sesenta metros cuadrados si en Junio nos dan la casa de doscientos que hemos comprado?”.

En ningún momento ella se implicó en la relación, ni en la casa, ni en el jardín, por más que él la animó y explicó algunos de los aspectos de la vida secreta de las plantas.

Cuando Giacomo, acompañado de Brunilde, elegía y compraba algo para la casa donde vivían, como cortinas, algún mueble o menaje de cocina, ella se quedaba atrás como demostrando que no le importaba mucho, que le daba lo mismo. Esa no era su casa.

Cuando se conocieron él le presentó a su esposa e hijas y ella era plenamente consciente de la naturaleza de esas relaciones: Giacomo era un padre de familia numerosa, pero esto no importó mucho a Brunilde. Le pidió que se divorciara, a ella no le parecía suficiente una separación legal.

Era correcta y hasta cortés con las hijas de Giacomo: las trataba como si fueran compañeras de colegio mayor. Estaba advertida de que cualquiera que planteara una cuestión de incompatibilidad con ellas, estaría planteando la misma cuestión con Giacomo. El concepto era muy simple: de los hijos no se puede uno divorciar. Las personas que hacen eso son corazones desnaturalizados, porque los hijos son deberes elegidos voluntariamente y, por tanto, son a los que mas se ama. Lo que no es el caso de padres o hermanos.

Pero se había ido sin previo aviso, después de cuatro años, diciendo: “esto es un ciclo y hasta que te los ponga; la decisión está tomada y solo falta saber si lo vas a poner fácil o difícil”. Y Giacomo se preguntó por qué lo tenía que poner fácil o difícil?. Quien le puede poner puertas al campo?. Quien busca esquinas al mar?.

El atardecer se mostraba tranquilo y suave paseando por Belgrano. La temperatura era agradable, los aromas de las flores del ombú impregnaban el ambiente y la terraza de Las Cabras, en Fitz Roy con El Salvador, aparecía como un edén de tranquilidad.

Giacomo decidió sentarse en la buena compañía del amigo Malbec que, aunque lo servían a una temperatura no apropiada para su paladar, era un caldo excelente, muy adecuado para intelectualizar las hierbas en tempura que se disponía a tomar.

Se oía, como música de fondo, al Zorzal cantando:

03 – mano a mano

“Rechiflao en mi tristeza hoy te evoco y veo que has sido

en mi pobre vida paria solo una buena mujer;

tu presencia de bacana puso calor en mi nido,

fuiste buena, consecuente, y yo se que me has querido

como no quisiste a nadie, como no podrás querer”.

Cuanta verdad hay en ese texto, pensó Giacomo, mientras mojaba sus labios con el granate néctar.

Las últimas luces del atardecer teñían de ocres y rojos las fachadas de las casas bajas de Palermo componiendo bellísimos cuadros del carbonero expósito Quinquela Martín y Carlos Romualdo continuaba con su desesperación:

“Se dio el juego de remanye cuando vos, pobre percanta,

gambeteabas la pobreza en la casa de pensión;

hoy sos toda una bacana, la vida te ríe y canta,

los morlacos del otario los tiras a la marchanta

como juega el gato maula con el misero ratón”.

La quietud del éter y el pálpito del universo latían a ritmo de cuatro por cuatro. Giacomo podía oír su corazón golpeando al compás y se preguntaba si los otros comensales, que conversaban plácidamente en el atardecer porteño, podrían oírlo.

“Hoy tenés el mate lleno de infelices ilusiones,

te engrupieron los otarios, las amigas, el gavión;

la milonga entre magnates con sus locas tentaciones

donde triunfan y claudican milongueras pretensiones

se te ha entrado muy adentro en el pobre corazón”.

El tango es un sentimiento que se pude bailar, dijo el ciego Borges. Y la condición de “tanguidad” era una forma de vida, le había contado Marcelo Salas, el tanguero que le enseñó, en Madrid, los primeros pasos: “caminar con porte canalla”.

“Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado,

no me importa lo que has hecho, lo que haces, ni lo que harás

los favores recibido creo habértelos pagado

y si alguna deuda chica sin querer se me ha olvidado,

en la cuenta del otario, que tenés, se la cargas”.

Giacomo recordó aquella famosa anécdota, según la cual, cuando Gardel llegó por primera vez a Madrid, fue al bar de Chicote y este le preguntó: “y usted de donde viene y a que se dedica?”. El hijo de la morocha contestó; “vengo de Buenos Aires y canto tangos”, a lo que Chicote replicó: “y a usted cuando le abandonó su mujer?”.

Ciertamente, en la cuenta del nuevo otario, cargarás todo lo que has aprendido y todo lo que llevas escrito en tu cadena genética.

El Malbec estaba haciendo su trabajo; dendritas y axones funcionaban a pleno rendimiento y Giacomo empezaba a ver con dificultad. Sus ojos se estaban empañando por las lágrimas que producía la emoción.

“Mientras tanto que tus triunfos, pobres triunfos pasajeros,

sean una larga fila de riquezas y placer;

que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos,

y te abras en las paradas con cafishios milongueros,

y que digan los muchachos: “Es una buena mujer.”

Giacomo pensó en la filosofa que dedica su vida a la perfección de la experiencia; o la libertina que pasa su tiempo seduciendo hombres y lo que estima por amor no es sino egocentrismo, lo que indica una gran inseguridad. Pensó en la especialista que tiene, en su calendario, sesenta y dos días marcados como aniversario de boda.

“Y mañana cuando seas descolado mueble viejo,  Y no tengas esperanzas en tu pobre corazón;

si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo,

acordáte de este amigo que ha de jugarse el pellejo

p’ayudarte en lo que pueda, cuando sea la ocasión”.

La amargura no es atractiva hay que ser la llama y no la polilla. Pero la llama consume; la llama quema.

En ese momento vaporoso, atardecido y sentimental, una mujer de edad mediana y aspecto glorioso se acercó hasta la mesa de Giacomo. Vestía tejano de cintura baja, camiseta de tirantes y en la cadera dejaba ver la goma del tanga. No era la primera vez que veía eso en un bar. Una mujer metida ya en los treinta y tantos, enseñando carne. En otros tiempos las llamaban cortesanas.

–        Buenas tardes. Dijo ella.

–        Buenas tardes, madam, contestó Giacomo, sonriendo, al tiempo que se levantaba de su silla e inclinaba la cabeza.

–        Se le ve a vos solo y contento y esto, en Buenos Aires, no es frecuente.

–        Si estamos solos mi botella y yo, señora, es porque vos queréis, porque si de vuestra voluntad admitiera, mi botella y yo nos dejaríamos beber con sumo placer.

–        Sos gallego, por lo que veo.

–        Soy un gallego nacido en un lugar cerca de Madrid pero, por favor, siéntese y tome una copa de vino conmigo.

–        Acepto la invitación porque me gusta hablar con gente de España. Mis padres son españoles, y hablar con vos es como hablar con Serrat.

Giacomo se preguntaba qué tendría que ver él con Serrat, pero aún así pidió otra copa y sirvió vino a la señora.

–        Discúlpeme, señora, pero mi desastrosa memoria me gasta muy malas faenas, como dijo usted que se llamaba?.

–        Andrea, Andrea Luwich, y vos.

–        Giacomo, Giacomo Casanova. Y dice usted que su padre es español?.

–        Si, nació en un sitio llamado Celta de Vigo.

Andrea y Giacomo conversaron y cenaron. Bebieron, rieron y pasaron un par de horas en agradable compañía.

–        He oído que los españoles son especialmente ardorosos.

–        Pues no se, Andrea, yo nunca he estado con un español, aunque nunca es tarde si la dicha es buena.

–        Dicen los diarios que no están felices porque sus mujeres son frígidas.

–        Pues, me imagino que, habrá de todo. Mi padre, que es polaco (se llama García de apellido), me enseñó que no hay mujer fría sino hombre inexperto y me pagó un master, en el Tibet, con un lama que me enseñó a eyacular sin tener orgasmo.

–        Ché, boludo, es mejor hacerlo al revés!!!.

–        Eso creo y por eso demandamos al lama: por docencia perversa. Ahora el lama cumple condena en una cárcel china y a mi no me queda más remedio que fingir los orgasmos.

–        Sos abogado?

–        Si, pero no se lo digas a nadie que me da mucha vergüenza.

–        Y como es que tu padre se llama García y vos Casanova?

–        Soy adoptado. Mi madre, una socialista poco convencida, no era trigo limpio, pero tuvo mucho cuidado en parecerlo.

Giacomo no quiso explicar que, en su familia, tener dos mujeres ya era constitutivo de ser un casanova. A Giacomo le resultaba muy complicado atender esta conversación mientras de fondo se oía:

carlos gardel – volver476

“Volver, con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien… Sentir, que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra… Vivir, con el alma aferrada a un dulce recuerdo, que lloro otra vez…”

Se puede decir más con menos palabras?. Se puede encontrar un sentimiento más claro?; Sentir que es un soplo la vida…. Dios mío!!!

Para Giacomo, esta hija de Magdala tenía unos propósitos muy claros (cenar gratis). Así, llegado el momento, Giacomo se disculpó, pagó la cuenta, pidió un taxi y se alejó. No era cuestión de volver a oír aquello de “eres el hombre de mi vida” y que luego resultara que fue Joan Manuel Serrat el autor del trabajo: cada palo que aguante su vela.

El amor no es cosa de una fútil noche ni se cultiva con múltiples relaciones, así se malgasta. El amor no se pudre, es único. Hay mejores placeres que el sexo barato de las barras de los bares o las terrazas de verano, como, por ejemplo. el libro de poemas de Benedetti que Giacomo llevaba en el bolso.

En el taxi de regreso a La Acacia, donde se hospedaba, Giacomo recordaba los compases:

Tengo miedo del encuentro con el pasado, que vuelve a enfrentarse con mi vida. Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos encadenan mi sufrir, pero el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar. Y aunque el olvido, que todo destruye, haya matado mi vieja ilusión. Cual escondida, la esperanza humilde, es toda la fortuna de mi corazón.”

Pues, si. Si que hace tiempo que le dejo su mujer, pero la quiere: el amor no se pudre, es único.

Desde El Salvador, por Fitz Roy, hasta  el entronque de Santa Fe, dejando atrás el botánico de Carlitos Thays y giro a la izquierda por Luis María Campos hasta Maure. Subiendo por la cuesta de Maure llegó a Malasia (ex Arribeños). Giacomo se alojaba en La Acacia, un chalecito muy coquetón, de estilo francés de primeros de siglo donde Cristina, la dueña, que tenía a toda la familia viviendo fuera del país, se ganaba la vida alquilando habitaciones en la modalidad de Bed and Breakfast, en un ambiente de refinadas decoración y confortabilidad.

Alguien le había contado que hay mujeres que hacen esto mismo con sus parejas, solo que estas incluyen “un polvo de vez en cuando”. Cobran por el alquiler y la cena disfrazándolo de amor, para no facturar y así burlar al fisco; bien entendido que el que paga tiene la obligación de poner el café de la mañana y bajar la basura por la tarde. Era la llamada “pareja Bed and Breakfast”.

Por un precio muy razonable tenía derecho a una habitación y el desayuno. Al llegar, le dieron la llave de la casa, le explicaron los horarios y unas elementales medidas de seguridad.

La casa, que presentaba fachada a un jardincillo delantero, tenía su entrada principal por la calle Malasia (ex Arribeños), con puerta amplia que daba al vestíbulo; a la derecha, un pequeño salón-recibidor amueblado, con muy buen gusto, al estilo inglés; a la izquierda, el office donde se servía el desayuno a partir de las ocho de la mañana; de frente, la escalera con peldaños de castaño y baranda de roble que accedía a la planta superior donde se encontraban las tres habitaciones que se alquilaban.

La habitación se componía de tres piezas. El dormitorio, grande, con una cama grande (demasiado grande para alguien que duerme solo), dos mesillas victorianas con sendas lámparas de tulipas de tela y bombillas de tungsteno en el cabecero, y un escritorio con una silla y un espejo, en el paramento opuesto. En esa misma pared se abría un hueco, sin puerta, con jambas y el dintel guarnecidos en castaño, que daba paso a otra habitación que hacía de antesala al baño y albergaba los armarios roperos. Las tres estancias tenían ventanas y contraventanas de madera.

Giacomo se tumbó sobre la cama y, en poco tiempo, cayó en brazos de Morfeo. Como pasaba siempre, desde que se fue ella, era un sueño ligero pero, como siempre, se desató la tormenta: Soñó que las compañías de Almogávares catalanes, con Jordi Pujol a la cabeza, estaban ya en Guadalajara reivindicando el control del comercio y doce mil gaiteros gallegos, comandados por Fraga, habían atravesado el Padornelo, en formación cerrada de doce en fondo y marchaban, a paso de maniobra, abatiéndose sobre Madrid con su carga musical, sin posibilidad ninguna de que alguien los detuviera. Los gaiteros tocaban una vieja canción de Jethro Tull. Todo se veía desde el cenit, como si estuviera mirando en un mapa de operaciones, aunque el detalle con que se veía era maravilloso.

Giacomo despertó pronto, empapado en sudor, eran las tres y cuarto de la mañana. Como siempre, empleó diez minutos en recordar los sueños, por si contenían alguna pista. Era una técnica que aprendió leyendo a Tuesday Lobsang Rampa: si recuerdas los sueños cuando están frescos, los pasas del subconsciente al consciente y aquí permanecen por más tiempo. Además, como siempre, usaba una libretilla en la que anotaba sus impresiones en los viajes. Estaba esperando una señal.

Pero no entendía gran cosa de estos. Tirant lo Blanch, con la cara de Jordi Pujol, montado sobre un corcel blanco, al frente del imperialismo comercial catalán, vale. Pero los gallegos?. Que hacen doce mil gallegos con sus gaitas marchando de doce en fondo?. Por qué iban a Madrid?. Los gallegos son agricultores, no son imperialistas y, sobre todo, por qué tocaban aquella vieja canción de los Jethro Tull?. Giacomo no recordaba el titulo de la canción pero sabía que venía en Too old to rock’n’ roll: too young to die!. Demasiado viejo para el rock y demasiado joven para morir?. Decidió, en ese mismo instante, cumplir otro de sus viejos sueños: Un traje de cuero negro y usar más la motocicleta.

Desde los tiempos de la universidad, Giacomo no había tenido esa talla y entonces, no había pasta para trajes de cuero. El resto de su vida habían venido dinero y kilos; ahora, se habían ido los kilos pero no el dinero. Quien quería convencerlo, a él, de que era demasiado viejo para nada?. En el seminograma de finales de mayo había dado cuarenta y seis millones de espermios, veinte millones menos que la última vez, pero el tipo del análisis le dijo que, actualmente, nadie daba más de cuarenta millones, lo que Giacomo interpretó como una forma de consuelo ante la perdida de veinte millones de efectivos por milímetro cúbico. Serían estos los gallegos de doce en fondo?.

La prueba de fertilidad respondía a que Brunilde, al irse, había alegado que lo hacía porque él no era fértil. Lo cual era falso. Era falso que fuera infértil y era falso que se hubiera ido por esa razón porque si pensara eso, Giacomo era igual de infértil en mayo que cuatro años antes y cuatro años antes no le importó nada. O es que, tal vez, habían cambiado sus intereses?.

La única pega que se le podía poner a La Acacia era que no se permitía fumar. Esto, para Giacomo, era un inconveniente serio que provocaba la triministra del cupo y no quedaba mas remedio que agudizar el ingenio pero, de ninguna manera, una señora “mal atendida” puede poner en apuros el ingenio de un fumador de toda la vida: pues hasta ahí podía llegar la broma!!!. Torres mas altas han caído!!!. Así, Giacomo caminó hasta el baño, abrió la ventana y asomado, se machacó dos marlboritos que en Buenos Aires costaban un tercio de lo que cuestan en Madrid.

Desde la ventana del baño se veía la torre, en forma de pirámide muy esbelta, de una iglesia. Anunciaba las horas que, como dice el adagio latino, todas hieren pero la última mata (omnes vulnerant, postrera necat). Pues si has de venir, golfa, aquí te espero comiendo un huevo.

Giacomo se preguntaba por qué en Julio, Brunilde, después de irse en mayo, había vuelto y se había asegurado de que Giacomo estaba perdidamente enamorado de ella. Que razón hace que alguien, que ha tomado una decisión firme, vuelva a perseverar en la herida, vuelva a abrir el dolor y luego, en agosto, se reitere en su decisión de irse?. Cual era el imperativo al que obedecía y quien lo dictaba?. Que sentido tiene la frase “Giacomo, yo te quiero pero quiero estar sola”, después de cuatro años viviendo juntos?. Que hace que una mujer quiera a un hombre durante cuatro años y luego diga que quiere vivir sola, después de asegurarse su amor?. Que había cambiado?. Una de las dos cosas era mentira y se había vuelto a ir.

Esta vez había alegado un comportamiento delictivo de Giacomo y las visiones artísticas de un cuadro expresionista. Con lo fácil que es saber en que hotel se aloja una persona!!!,  y cuando ese interés responde, tan solo,  a un ramo de rosas rojas sin tarjeta. Quien había rentabilizado las rosas?. Por qué no quiso Brunilde que Giacomo viajara, ese fin de semana, a esa ciudad?.

El sonido grabado de las campanas de la iglesia anunció las seis y Giacomo, tumbado en la cama, leía textos de Benedetti.

“Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.

El río anuda al mar su lamento obstinado.

Abandonado como los muelles en el alba.

Es la hora de partir, oh! Abandonado.

Sobre mi corazón llueven frías corolas.

Oh! sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!

En ti se acumularon las guerras y los vuelos.

De ti alzaron las alas los pájaros del canto.

Todo te lo tragaste, como la lejanía.

Como el mar, como el tiempo.

Todo en ti fue naufragio!”

Era la fría hora que precede al alba; Los pájaros empezaban a removerse inquietos, esperando la luz para salir a buscarse la vida, en el jardín al que daba la ventana del dormitorio. Al poco tiempo la aurora hizo su presentación con los colores propios del carnaval. Un pájaro de dorado plumaje se posó en el alfeizar de la ventana y tocó con el pico en el cristal. Giacomo abrió la ventana y por poco se muere del susto cuando el ave le dijo: “deja ya el tema, es mejor para ti que se haya ido. Es una mala mujer”. Giacomo quedó alucinado por el hecho de que entendiera el lenguaje del pájaro pero, aún así, le arrojó un cojín al tiempo que decía: “puto pajarraco embustero, lárgate de aquí!!!”. Cerró la ventana y se metió en la ducha mientras recordaba al Leandro de la Tabernera del Puerto de Romero y Fdez. Shaw.

“No puede ser; esa mujer es buena. No puede ser una mujer malvada.

En su mirar, como una luz singular, he visto que esa mujer no es una desventurada.

No puede ser una vulgar sirena, que envenenó las horas de mi vida. porque la vi querer, porque la vi llorar.

Los ojos que lloran no saben mentir, las malas mujeres no miran así.”

Salió de la habitación y enfiló la escalera procurando que sus pasos fueran ligeros. Era una hora muy temprana y Giacomo sabía, por experiencia, que los peldaños de madrea crujen, cuando entran en carga, con los cambios de temperatura. Franqueó la cancela de entrada y llegó a la calle. Sin dirección predeterminada, bajó por Maure hasta la Avenida del Libertador, giró a la derecha y caminó a paso ligero hasta que, a la izquierda, apareció la gran extensión verde del hipódromo. Se había propuesto, como tratamiento de choque contra la silente, hacer no menos de diez kilómetros diarios, marchando como las legiones de Juliano el Apóstata, que explicaba el capitán Requejo cuando su periodo de instrucción militar: a cinco kilómetros por hora y con veinticinco kilos encima, aunque lo de los kilos, de momento, lo iba a dejar un poco, que no estaba el horno para bollos.

Cruzó la Avenida y, por la acera del hipódromo, aceleró el paso hasta que, enfrente, apareció el campo de polo. Girando a la derecha, por Dorrego, después de atravesar Luis María Campos, donde se enteró que la torre piramidal de campanas enlatadas pertenecía a la Abadía de San Benito, llegó a la avenida Cabildo y, girando a la derecha otra vez, hasta Maure.

Giacomo pensaba que, antes de las ocho de la mañana, haber hecho ya unos cuatro kilómetros, que eran sus cuentas, no estaba nada mal. A esas horas y en esa época del año hacía fresco y, por tanto, llevaba un abrigo engrasado de GRV lo que provocaba sudoración intensa que combatía con una camiseta empapadora. Estando de viaje, fuera de casa, no convenía almacenar ropa sucia; la camiseta, según saliera de su cuerpo iría a la basura, aún sin ser muy partidario de quemar lo anterior, como hacen los peregrinos que van a Santiago.

Tres cuadras mas y se encontraba en Federico Lacroze donde, por casualidad, descubrió una cafetería, con obrador de repostería, que le llamó la atención. El establecimiento emanaba un olor delicioso a coissant recién hecho que, dada la prohibición establecida, despertaba los mas bajos instintos de Giacomo. Unos camareros se afanaban en colocar y limpiar las mesas en la terraza exterior, bajo un toldo de lona, color Siena, con el nombre de la cafetería. Se sentó en una de la mesas y esperó a que alguien viniera a tomarle la comanda.

Esperando estaba cuando, en la mesa contigua, se sentó un hombre de aspecto recio que se presentó al grito de “buen día, camarada, viva la Republica”. Aun sintiéndose como en casa, Giacomo era plenamente consciente de que se encontraba fuera de casa, de modo que optó por ser prudente en la contestación: “buen día, camarada”.

–        Esplendida mañana de primavera. Dijo Giacomo.

–        Ha sido un invierno duro, espero que los dioses nos bendigan con una buena y atemperada estación.

Era un hombre con aspecto sano y formal, bien vestido y, al parecer, mejor hablado. Observándole, de soslayo,  estaba cuando apareció el camarero que, plantado delante de Giacomo preguntó por las consumiciones.

–        Un café con leche, por favor.

–        Y de manduca?

–        No, gracias, no puedo comer dulces.

–        Pues comé salados.

–        Tienen salados?.

–        Como no, señor!!!. Un “sandguche” de jamón?.

–        Acepto.

El camarero se volvió hacia el “camarada” y cuadrándose muy tieso preguntó:

–        Y para vos, coronel, lo de siempre?

–        Si, Diego, lo de siempre.

El camarero partió hacia el interior y el amigo “camarada”, poniéndose de pié, en posición de firmes dijo:

–        Carlos Latorre, coronel de infantería en la reserva. Giacomo, no tuvo por menos que ponerse en posición de “prevengan” (no tenía gorro) y contestar:

–        Giacomo Casanova, cabo interino de ingenieros zapadores, también en la reserva, a la orden de usía, mi coronel.

El coronel Latorre rió de buena gana, y adoptó una postura más relajada acomodándose en su silla. Giacomo permanecía de pié.

–        Pero siéntese, hombre.

–        Mi graduación no me permite hacer eso hasta no recibir la orden, mi coronel.

Latorre volvió a reír y con un ademán de su mano tocando el antebrazo de Giacomo, lo instó a sentarse.

–        Ahora, para ustedes los gallegos, Buenos Aires es una bicoca.

–        Me imagino que si, Carlos, el cambio está muy favorable al euro. Giacomo se preguntó si Carlos Latorre sabría de donde procedía el vocablo “bicoca”. Le preguntó.

–        Imagino que sabrá usted lo que es una bicoca y de donde viene ese vocablo.

–        Se lo que es una bicoca pero no conozco la etimología de la palabra.

El camarero sirvió el café con leche y el “sándguche” para Giacomo  y un vasito de un líquido color morado para Latorre.

Giacomo explicó que en 1.522 en un sitio, al norte de Milán, llamado Bicocca (hoy es un barrio de la ciudad), el ejército combinado franco-suizo de Francisco de Valois presentó batalla al imperial de Carlos de Habsburgo. Los cuadros de Montmorency avanzaron, en terreno desfavorable, contra los arcabuceros de Ávalos, los cuales, apostados sobre un terraplén construido por los zapadores, hicieron una carnicería espantosa entre los piqueros franco-suizos.

Murieron todos los capitanes franco-suizos excepto Montmorency que, pobre hombre, aguantó toda su vida ese deshonor.

La victoria fue tan fácil para los imperiales que, a partir de entonces, Bicocca quedó como pseudónimo de “ganga o cosa fácil”. Y a partir de entonces, también, alguien empezó a entender que avanzar en cuadro contra la línea triple de arcabuceros no era muy rentable y que los excesos de confianza, cuando los que están enfrente son los Tercios de Castilla, se pagan muy caros.

–        Parecés un cabo aplicado. Dijo Latorre.

–        Ya sabe usía, mi coronel, que el cabo, como jefe mas inmediato del soldado se hará querer y respetar de él y no le disimulará jamás las faltas de subordinación. Será firme en el mando, castigará sin cólera y será medido en sus palabras.

–        Vaya que sos aplicado!!!, Casanova.

–        Desde los tiempos de Viriato, sabemos en España, que la traición y la deslealtad son execrables. Cuando se acepta un compromiso o lo respetas, o pagas. Aseveró Giacomo.

–        Hay veces que sale muy barato romper el compromiso. Dijo Latorre.

–        No, Carlos, cuando se rompe la palabra dada, por intereses espurios, una huella indeleble queda en el corazón. La propia conciencia nos lo cobra.

–        No lo crea, Casanova, hay personas que no tienen conciencia; por genética, por educación, o por las dos cosas, están convencidos de que sus abyectos actos, que están en función de sus intereses, son correctos y les da lo mismo a quien dañen, justificándolos a posteriori.

–        Imagino que será así, Carlos.

–        Ha leído usted a Robert Hare?, es un psiquiatra de la British Columbia University, una primera autoridad mundial en psicopatías.

–        Como les gusta esto a ustedes, los argentinos!!!; pero tenga en cuenta que las justificaciones pueden ser muy convincentes.

–        Si no existen los actos, sobran las justificaciones. Lo que se debe analizar son los actos, no las justificaciones. Apostilló Carlos Latorre.

Después de una conversación que versó sobre los porqués de la guerra de las Malvinas y los porqués de la derrota, el coronel Latorre se despidió, con un “salud, conmilite”, para atender sus obligaciones deportivas en el club de polo.

Antes de irse preguntó:

–        Casanova, quien sos, en realidad?

–        Soy un hombre a quien la suerte hirió con zarpa de acero, señor; soy un novio de la muerte que va a unirse, en abrazo fuerte, con tan leal compañera.

Serian las nueve de la mañana cuando Giacomo, después de comprar pasteles y pastas de té, enfiló Cabildo hasta el cruce con La Pampa, donde, girando a la derecha completó el periplo hasta la plaza de Barrancas de Belgrano, presidida por un imponente Ombú.

Giacomo no podía dejar de pensar en Brunilde: como era posible que, alguien que va a Londres no sepa quien fue Nelson? Y alguien que va a Berlín no conozca la Puerta de Brandeburgo?. Y alguien que va a Dublín y no conozca quien fue Molly Malone?. Que hay en Dublín además de Molly Malone?.

Un perro de esos peludos, de porte medio, se cruzó con Giacomo y, alzando la cabeza le dijo: “dejálo ya, es una mina embustera de labios mentirosos; es una chorra”. Otra vez, Giacomo, alucinó por entender al perro: será posible esto?, pensó. Lanzó una patada al animal, que no alcanzó su objetivo, y prosiguió con sus asuntos.

En la esquina de Virrey Vertiz con la Pampa un hombre sentado en una banqueta se trabajaba el fuelle y cantaba:

202-chorra

“Por ser bueno,
me pusiste a la miseria,
me dejaste en la palmera,
me afanaste hasta el color.
En cuatro años me comiste el mercadito,
la casita de la feria,
la ganchera, el mostrador…

¡Chorra!…
Me afanaste hasta el amor…
Ahura,
tanto me asusta una mina,
que si en la calle me afila
me pongo al lao del botón.

¡Lo que más bronca me da,
es haber sido tan gil!”

Pobre Enrique Santos, pensó, a este si que le hicieron la doce/trece, pero es que, entonces, había mucha hambre.

Dejó un billete de cinco pesos en el sombrero del músico que estaba delante de él y le preguntó:

–    Como va la vida, amigo?

–    El cantante paró de cantar pero no de tocar y contestó: “No va mal, no comiendo y durmiendo al raso vamos sacando para los gastos”.

Dejó los pastelitos y las pastas de té en el lugar para el que estaban destinados y enfiló Libertador abajo hasta Presidente Figueroa Alcorta, por detrás de la plaza de Holanda, hasta la plaza de Sicilia.   Giacomo compró una entrada para pasear y descansar en el Jardín Japonés.

Los olores y los colores obran maravillas en el espíritu de cualquier pequeña alma, blanda y vagabunda, huésped e invitada del cuerpo, decía Aelius Hadrianus: qué bromas me divertirán ahora?.

Giacomo recordó aquel cura renegado que le enseñó latín cuando adolescente: ab amando doctum est amicitiae nomen: del verbo amar se deriva la palabra amistad. De la amistad se deriva el amor y desde lo mas profundo de mi alma el sentimiento: Ab imo pectore.   Ab imo pectore te digo, pensó Giacomo, el amor no se pudre. El amor es único, Brunilde: Amo porque quiero y porque amo, quiero.

Hizo memoria y se acordó de aquellas traducciones “De bellum galli”, de Cesar y “Eneida”, de Virgilio.   “Una salus victus nulam salutem spectare: La única salvación para los vencidos es no esperar salvación alguna».” Dijo Eneas cuando Troya ardía.

Después de pasearse todo el parque y  pasar un buen rato sentado en un banco de madera, deleitándose con un té helado, Giacomo preguntó al hombre que vendía las entradas si este era el “Parque Japonés” donde el bandido Garufa visitaba a los amigos. El individuo aquel, de aspecto siniestro, le dijo que no, que el parque japonés al que se refería el tango ya no existía; la rígida moral de la dictadura lo hizo desaparecer en los años cincuenta. Estaba entre Callao y la Bajada de Recoleta y algunas operaciones urbanísticas acabaron con él. Y que La Mondiola era un barrio de dudosa reputación en Montevideo, al otro lado del Plata; total que el tal Garufa era un poco golfo, el tío, ya por nacimiento y al Parque Japonés iba a charlar con otros indecisos sexuales y por eso su madre decía que era un bandido. No debe ser fácil, no, para una madre enterarse que su hijo es indeciso.

julio sosa – garufa

Giacomo no podía apartar de sus pensamientos las frases del cantante de la esquina:

“Entre todos

me pelaron con la cero,
tu silueta fue el anzuelo
donde yo me fui a ensartar.
Se tragaron vos, “la viuda” y “el guerrero”
lo que me costó diez años
de paciencia y de yugar…

¡Chorros!
Vos, tu vieja y tu papá,
¡Guarda!
Cuidensé porque anda suelta,
si los cacha los da vuelta,
no les da tiempo a rajar”.

No acababa de comprender el por qué de este soniquete que le rondaba la cabeza. Sería esta la señal que estaba esperando?.

Sin más consideraciones, Giacomo salió del Jardín Japonés y se lanzó por Sarmiento y Santa Fé hasta Scalabrini Ortiz  y para arriba con la intención de llegar a la esquina con Honduras. Según había estudiado en el mapa, sentado en el banco del parque, esto serían como tres kilómetros que, dada la hora que era y lo que ya llevaba recorrido le tomaría una hora completarlo.

Si sus cálculos eran correctos, dada la hora que era, llegaría a Scalabrini Ortiz con Honduras antes de que cerraran las tiendas para comer, eso si no se entretenía mas de lo previsto en el monumento a los Españoles o en el Botánico de Thays.

Según sus informaciones, adquiridas de la señora que ponía el desayuno en La Acacia, una colombiana muy amable y, al parecer, muy lista, en las dos cuadras que delimitan Scalabrini Ortiz, Malabia, Honduras y Gorriti, había unas muy buenas tiendas de peletería donde realizar su sueño de rockero.

Luego de mandar hacer lo que había que hacer, podría bajar por Honduras que atravesaba la línea de ferrocarril por un paso elevado, y llegar a Fitz Roy y, a una cuadra, Las Cabras que tan buen sabor de boca habían dejado la tarde anterior. Esto no sería más de un kilómetro y medio con lo que, antes de comer, la silente habría recibido su medicina del día y los tercios viejos de Castilla podrían volver a sus cuarteles.

Llegado que fue a la esquina que era su destino, Giacomo quedó absolutamente confuso ante la cantidad de tiendas, de todos los niveles, que vio. De modo que no quedaba más remedio que imponer la racionalidad y hacer una primera inspección, total era una vuelta, a dos cuadras, de no mas de quinientos metros, descartando aquellas que no interesaban a primera vista: las de mujeres, las de hípica, las de diseño y las cutres. Tenía muy claro lo que quería. De las que quedaban, entró en la primera y no fabricaban: solo lo que estaba expuesto. No le gustó nada, de modo que pasó a la segunda y luego a la tercera.   En la cuarta una señora que Giacomo estimó como de cincuenta años le recibió con la mejor de sus sonrisas. Había gran cantidad de prendas colgadas en perchas, unas detrás de otras.

Después de mirar las americanas Giacomo, volviéndose hacia la señora dijo:

–        Esto es todo lo que tienen?.

–        Y lo que falte se lo hacemos, dijo ella.

–        En ese caso, me gusta la americana negra, pero no veo el pantalón.

–        Si permite que mi hija le tome medida mañana, a las doce, tendrá el pantalón colgado en la percha de la chaqueta.

–        Y cual es el precio de la broma?

–        Cuatrocientos cincuenta pesos.

–        Y el pantalón?

–        El traje completo.

–        Entonces me gusta también el marrón.

Por ese más que razonable precio, Giacomo dio gusto a su capricho.

Apareció la hija con un metro de sastre colgado al cuello y tomó medidas: de cintura, pernera y cadera-tobillo. Preguntó qué modelo le gustaba mas, a lo que Giacomo respondió con otra pregunta y, al final llegaron a un acuerdo.   La joven, después de algunos comentarios acerca de las tendencias actuales de la moda dijo:

–        Hablar con vos es como hablar con Sabina. Esa forma dulce y canalla, a la vez, de hablar me lleva a Joaquín Sabina.

Coñó!!!, pensó Giacomo. Dulce y canalla a la vez, con dos y un palito.

–        Bueno, es que Joaquín es muy amigo mío, nos criamos juntos en Galicia,  pero hace tiempo que no le veo.

Después de acordar las condiciones de entrega y el precio de la transacción, Giacomo salió contento del comercio.   Te cagas por la patilla, iba pensando. Ahora Sabina, nada menos. Y pensó en la rumbita:

“Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the Rocks. Me dejó el corazón en los huesos y yo de rodillas. Desde el taxi y haciendo un exceso me tiró dos besos, uno por mejilla.”

Recordó aquel atardecer de primeros de Agosto cuando Brunilde, después de pasar toda la tarde haciendo el amor con él (en uno de los cigarritos de después) le dijo: “encontraré a uno nuevito para tener una relación y un hijo?”.   Aquella tarde Giacomo pensó si sería legal decir eso a alguien que ha sido tu pareja durante cuatro años y al que has abandonado dos meses y medio antes al grito de “esto es un ciclo y hasta que te los ponga”. Desde luego no parecía muy lógico decírselo a alguien que te acaba de decir que te ama más allá de toda consideración, quiere pasar la vida entera contigo y con el que acabas de hacer el amor.   Entonces, cual había sido el objeto de los cuatro años anteriores?.

Siguió su camino por Honduras y cuando atravesaba la línea de ferrocarril, casi se cae del susto cuando un gato maula que tomaba el sol sobre la baranda del viaducto le dijo con voz grave: “lojáde cochi, tosancu jossecon vas a tarsicene?.

Giacomo aceleró, todo lo que pudo, el paso no queriendo escuchar más. Esto era ya inaudito: también un gato?. Menos mal que no tenía botas ni se presentó en nombre del marqués de Carabás. Pero un gato hablando en lunfardo, con la voz de Antonio Banderas, era mucho más de lo que podía soportar por ese día, aún así controló las ganas que le entraron de meter al gato el mapa, que llevaba en la mano, por el culo.

Al llegar a Las Cabras estaban esperando a Giacomo las personas con las que se había citado.

–        Disculpad el retraso pero he tenido un encuentro, en la tercera fase, con un gato que hablaba en lunfardo.

–        Un gato hablando?. Preguntó uno de los jóvenes estudiantes del postgrado de negocios internacionales.

–        Sipi!, era un gato romano, muy gordo, que hablaba lunfardo sin mover la boca.

–        Y como sabes que hablaba lunfardo?

–        Porque las palabras las decía al revés, invirtiendo el orden de las silabas.

–        Y que ha dicho?.

–        Nada, tonterías!!!, a quien le interesa lo que pueda decir un gato?.

–        Mañana iremos al cementerio de la Recoleta. Allí si que hay gatos!!!, la gente les da comida y, entre los mausoleos, viven como reyes. Dijo la estudiante de arquitectura.

–        Mañana será otro día, comamos y bebamos hoy. Dijo Giacomo, para salir de esa conversación.

Quien se puede sustraer a un plato de entraña aromatizada con orégano, bailando con la compañía filosófica del amigo Malbec. No me extraña que el Malbec estuviera caliente, pensó Giacomo. Como en aquella gloriosa frase de la película de George Cukor, Something’s Got to Give, cuando Malilyn se bañaba desnuda en la piscina y el agente de seguros preguntó: “está el agua caliente?”, a lo que contestó Dean Martin, que hacía de marido: “Ahora si”.

Comió la mitad de lo que le pusieron y bebió la mitad de la mitad de lo que le hubiera gustado, pero aún así, tuvieron una pero que muy agradable comida.   Se habló de Carlos Castaneda y su “Teachings of Don Juan”. Se habló de Milan Kundera y lo insoportable que es ser, cuando estás terminando los estudios. Alguno de los chicos opinaba que es mejor estar, pero todos estuvieron de acuerdo en que este era tonto del culo y le arrojaron migotes de pan y servilletas de papel hechas una bola.   Cuando estás terminando primero de vida y tienes que entrar en segundo, a todo hijo de vecino le da un poco de canguelo, pero hay que sobreponerse y encarar el futuro. Giacomo trató de explicar este concepto a los chicos, pero como esto lo tenían que aprender solos, ante la perspectiva de parecer pedante, no se extendió en el tema. Las ostias, que se las de la vida!, pensó.

La tarde se fue en risas, chistes, músicos y danzantes. En contar las campanas que tocaban a misas por nuestras victorias y reponer palas, picos y azadones rotos por enterrar enemigos muertos.   Después de la caminata de la mañana, poca cosa quedaba para por la tarde. Tomó un taxi, que en Buenos Aires son baratos, y llegó hasta La Acacia para cambiarse de ropa y de calzado pues tenía intención de ir a un club, en la Calle Armenia, a cenar y bailar tango.

Luego de descansar un par de horas (si se puede llamar descansar a reñir con el puto pájaro, de plumaje dorado, que seguía en la ventana. Tu no tienes familia?, le dijo) se aseó ó, mejor dicho, se “maqueó” encastrándose las polainas, el cuello duro, los zapatitos de raso y el saquito cortito.

Se vistió para la ocasión con la secreta intención de “varear minas”.   En el club Armenia de la calle Armenia la cena fue bien. La mesa, en primera fila. Las viandas, perfectas. El vino, caliente. Todo muy correcto salvo que, cuando empezó la milonga, había que ver el nivelazo de las minas bailando tango.

Su puta madre como bailaban!!!.   Esos zapatitos de raso con taquito francés!. Esas polleritas cortonas, con un tajo al costado!. Esa seda muy negra con la pierna muy blanca, marcando su compás y haciendo firuletes!. A ver quien tiene huevos a sacar a una de estas a bailar!!!.

Giacomo estaba pensando: “bueno, cuando pongan uno apropiado, saco a aquella, pidiendo permiso a su pareja, le hago la salida de dieciséis tiempos y luego paro en el segundo, la meto cuatro ochos atrás, engaño, rulito y bolea, trabo, cuatro ochos adelante y medio giro…, Vale, todo controlado”.

Armado de valor, Giacomo se acercó a la mesa donde estaba la mina elegida. Con una inclinación de cabeza solicitó permiso para sacarla a bailar y comenzó todo.

Dios mío como bailaba!!!.  Ya en el abrazo inicial notó que le subía la glucosa hasta ponerle las mejillas colorás.  Gáncheaba, hacía pivó y se movía respondiendo, a la perfección, a sus movimientos sin separar el pecho del de Giacomo. “El pecho del varón lo hizo Dios así para que una mujer apoye el suyo”, dijo.

Bailaron dos tangos, como es preceptivo. Uno es síntoma de mal tanguero y tres es señal de que pasamos a mayores. La suerte sonrió a Giacomo porque el primero de los tangos fue “Quejas de Bandoneón” de Juan de Dios Filiberto.

–        Madam, espero que su marido no se haya enfadado por esto, pero es que su forma de bailar me llamó mucho la atención.

–        No es mi marido, es mi pareja de tango. Soy viuda aunque el muerto está muy vivo.

–        Vaya!!!. Entonces igual que yo, que la muerta se estará poniendo hasta las cachas de gintonics, en estos momentos, para evadirse.

–        Y hace mucho que se evadió?

–        En mayo que, este año, marceaba en Galicia.

–        No sabía yo que los gallegos fueran tan fieros en el tango.

–        Bueno, tanto como fieros!!!. Aceptaré comprometidos.

Pero el segundo fue catastrófico. Abrazado a una porteña que iba mejor que un Mercedes Benz, empezó a sonar “Uno”, de Enrique Santos y todo se vino abajo.

carlos gardel julio sosa – uno

Las lágrimas brotaron al oír:   “Uno busca lleno de esperanza el camino que los sueños prometieron a sus ansias. Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina. Uno va arrastrándose entre espinas en afán de dar su amor. Sufre y se destroza hasta entender que uno se quedó sin corazón.”

–        Todavía la querés?

–        Tienes tacto en el pecho y me lo has notado?

–        No, lo he notado mas abajo.

La faena resultó aseada y terminó con división de opiniones. No es fácil torear con un pájaro, un perro y un gato metidos en la cabeza. Y Giacomo, que no lo sabía, allí aprendió que las porteñas no son sordas y cual era la dirección y el sentido en el sentimiento de aquella mujer, dado que mas abajo del pecho no había habido contacto en ningún momento. Y Giacomo era un doctor, acreditado, en contactos y miradas lascivas por la universidad de Tumbuctú.

Terminados los dos tangos y despedida que fue, la porteña, con un ósculo en el torso de la mano, Giacomo inició una retirada táctica. Salió a la calle, paró un taxi y marchó a conversar con el pájaro de plumaje dorado.

A la mañana siguiente, bajando por Presidente Figueroa Alcorta hasta la plaza de Francia, enganchó Azcuénaga hasta el cementerio de la Recoleta. La caminata fue importante pero conveniente y al llegar al lugar se sobrecogió al ver la concentración de monumentos.

Agrupados y hasta amontonados, separados por calles de dos metros de anchura, había un sinfín de mausoleos, de cuatro metros de altura, flanqueados por esculturas de mármol con temas que hablaban de las hazañas de los que allí descansaban, y ángeles muy tristes por haber tenido que llevar a los finados a rendir cuentas.

“Tumba de mis antepasados, recoged el último vástago de una infeliz estirpe. Cesó la ira del breve fuego: voy a abandonarme al acero enemigo porque, para mí, la vida es un horrendo peso. El universo entero es un desierto sin Brunilde. Todavía brillan las luces en su castillo, la noche fue corta para su gozo. Ingrata mujer!!!, mientras yo me consumo en un llanto desesperado, tu ríes y disfrutas al lado de ese hombre. Tú estás en el seno de la alegría y yo en el de la muerte.

Dentro de poco un olvidado sepulcro me dará cobijo, ni una lágrima caerá sobre él. Me falta el consuelo que se da a los muertos y tú ni siquiera sabes donde está ese sepulcro de mármol, así que no pases por aquí, mujer extraña, del brazo de otro hombre. Respeta, al menos, las cenizas del que murió por ti.”

Giacomo recordó al Edgardo de Lucia de Lammermoor porque sabía, perfectamente, cual era el objeto de esta visita al cementerio de la Recoleta y la determinación que le había llevado a Buenos Aires para despedirse de la estudiante de arquitectura.

Sabía y admitía que cuando se juega fuerte y se pierde hay que pagar y cuando se juega por la vida, se pierde la vida. Es mejor morir que vivir con ese dolor insoportable.

Recordó el año de los cuatro emperadores, el 69 de nuestra era. Cuatro generales apostaron por la púrpura y tres perdieron la cabeza. Galba, Vitelio y Otón fueron muertos por apostar sin cartas.

Al menos, a Rommel le tocaron la marcha fúnebre para Sigfrido, pensó, y este si tenía cartas, pero Montgomery las tenía mejores.

Giacomo había superado el círculo de fuego, que Loge había puesto a su alrededor, y amado a la adolescente y desobediente Brunilde pero, al hacer esto, había destruido las defensas del Valhala. Su destino estaba escrito. La guerra del entorno de Brunilde, contra Giacomo, fue sorda y feroz. Hora tocaba, a lomos de Grani y con la espada Nothung hecha pedazos, pagar por la insolencia de amar a la Wesendonk. Las Normas habían tejido bien su hilo de oro.

Pero cuando estaba en esos pensamientos escucho una voz muy familiar que le dijo:

– Pero es que nosotras también te necesitamos.

– Vosotras ya voláis y con lo que hay tenéis mas que de sobra.

– Nosotras no queremos lo que hay. Te queremos a ti.

– Eso lo habéis hablado?.

– Todas estamos de acuerdo. Estoy hablando por todas, soy la mayor. Yo te llamé.

– Y yo vine. La suerte me sonríe.

Se sentaron a tomar un café en un establecimiento comarcano del cementerio y continuaron aquella conversación, de alto contenido emocional, mientras sonaba aquel tango de Aieta y García Jiménez:

roberto goyeneche – suerte loca

“En el naipe del vivir suelo acertar la carta de la boca, y a mi lado oigo decir que es porque estoy con una suerte loca. Al saber le llaman suerte!. Yo aprendí viendo trampearme, y ahora sólo han de coparme cuando banquen con la Muerte.

En el naipe del vivir, para ganar, primero perdí.

Yo también entré a jugar confiado en la ceguera del azar y luego vi que todo era mentir y el capital en manos del más vil. No me creés?. Te pierde el corazón!, ¡Qué fe tenés!…¿No ves que no acertás?, ¿Que si apuntás a cartas de ilusión, son de dolor las cartas que se dan?

No me envidies si me ves acertador, pues soy el Desengaño y si ciego así perdés, es que tenés los lindos veinte años. El tapete es la esperanza y, a pesar de lo aprendido, si me dan lo que he perdido vuelve a hundirme la confianza. ¡Suerte loca es conservar la ilusión en tanto penar!”

Te lo juro por lo más sagrado: el amor no se pudre. El amor es único. Si se pudre, no es amor.

El aeropuerto de Ezeiza bullía de viajeros que iban y venían, ocupados en sus trámites de embarque. Giacomo odiaba los aeropuertos, admitiéndolos solo como mal menor. Las colas para los trámites eran aspectos que, para él, siempre habían resultado insufribles.

En una de estas colas, Giacomo entabló conversación con un matrimonio que viajaba como turistas a España. Él se presentó como neurobiólogo y ella como historiadora del Arte. En las trece horas que duró el vuelo de regreso a casa tuvieron una conversación, más que interesante, acerca de aspectos de la fisiología cerebral que influyen, de forma directa, en el comportamiento de las personas.

– Entonces, dices, el Núcleo Accumbens regula todo el sistema de recompensas e influye directamente en las drogadicciones y, por tanto, los trastornos de personalidad pueden estar regulados por esa zona del cerebro?.

– Seguro. Lo que no sabemos, todavía, es el origen. Estamos estudiando por qué causa alguien funciona de una manera determinada. Sabemos qué algunas sustancias actúan de forma reguladora del sistema de recompensas, creando placer inmediato y aportando felicidad, lo que no sabemos es por qué esa persona tiene el déficit.

– Y que factores pueden influir en ese déficit?.

– Pueden ser de origen genético, ambientales ó ambos. Lo cierto es que, cuando esa persona tiene el déficit, se manifiesta en comportamientos que requieren una respuesta rápida.

– Una respuesta rápida?

– Si. Es como si le dices a alguien: quieres una galleta ahora o un bollo después. Elegirá la galleta ahora. No tiene el mecanismo que le hace sujetarse ante la sensación rápida, para conseguir el sentimiento. No posee ese control. No tienen capacidad de sufrimiento alguna y son muy sensibles a los placeres inmediatos como el sexo, el alcohol y las drogas.

– Comprendo. Estas personas son muy simpáticas a nivel emocional.

– Cierto. Sus sentimientos serán más emociones que sentimientos y suelen ser muy impulsivas. Un comportamiento propio de adolescentes que es cuando todo el sistema hormonal está más alterado.

– Pero si esto pasa cuando se tienen más de treinta años?.

– Entonces estaremos ante un cuadro patológico.

– Pero jueces y psicólogos no creen que los trastornos de la personalidad sean patológicos.

– Todavía no. Y, desde luego, si no hay delito no puede haber condena pero si mucho dolor en el entorno de estas personas.

– Es el caso de los niños hiperactivos?.

– Claro. Estos niños, por la razón que sea, tienen alteraciones hormonales que hacen que su sistema psicomotriz funcione de forma más activa de lo que sería normal y, por tanto, necesitan medicación psicotrópica.

– Pero qué es lo normal?.

– Ese es el problema. La normalidad es una cuestión sociológica. Depende de estándares sociales.

– Pero todos estos fármacos producen adicción, no?

– Ciertamente, si acostumbras a las glándulas suprarrenales a trabajar menos, trabajarán menos.

Este tipo de conversaciones relajaban a Giacomo y le instruían sobre aspectos, que nunca había considerado, acerca de la génesis del comportamiento de las personas.

Veinte años antes, por la seguridad de sus hijas y porque hay que ser esposo antes que hermano, Giacomo había abandonado estos temas. Pero ahora había decidido vivir.

tosca-puccini- el adiós a la vida- luciano pavarotti10

Anuncios
Categorías:LAS CUATRO ESTACIONES
  1. marzo 3, 2010 en 5:37 am

    Sólo porque me lo has pedido, tengo la desvergüenza de darte mi pequeño juicio de valor en modo de flash sobre algo que ni domino ni controlo, me temo que para esto has errado en la elección de juez.

    Como sabes no sólo estoy con la fotografía sino que soy fotógrafo, porque sencillamente este hecho con los años se pega a la piel y ya no es circunstancial. Mi trabajo no debe ser valorado por mí, bastante es ponerse en juicio de los demás pues exponer no debe correr parejo con el peligro de exponerse pero así son las cosas.

    Sentada la primera premisa, obvia por otra parte, viene al caso ya que considero que tu propósito es similar al mío: convengamos que se trata de buscar emociones en el receptor, que no es poco.

    Aprecio y admiro tu facilidad para conexionar palabras seguramente basadas en las muchas horas que has dedicado a la lectura y, para los que te conocemos, en tu prodigiosa memoria de elefante.

    Me gusta mucho más la historia de tus primeros años y de tu lamentable accidente que el relato corto bonaerense que no es malo pero quizás aquéllos respiran más humanidad y su cercanía enganchan más directamente, el propósito aquí está más logrado en mi inexperta opinión. La buena literatura debe tener mucho de autobiográfica.

    Ánimo y no le dejes, que te conozco. La perseverancia jode pero unida al talento funciona.

    Un abrazo.

  2. ASESOR SEXIMENTAL
    marzo 17, 2010 en 11:01 pm

    Animo cuore, cada vez mejor y cada mejor MAS.

    Estimable uso del adjetivo.

    Un beso tron…..

  3. José Ramón
    mayo 29, 2010 en 12:10 pm

    Eres agotador, tío. Todavía estoy jadeando.
    No sé qué decir. No puedo decir nada, porque lo primero que se me ocurre es que somos muy diferentes y que mi opinión no puede decir nada más que eso.
    Una foca examina a un caballo y su conclusión es que el caballo es poco foca, y le aconseja que sea más foca. Absurdo.
    Pues eso, que como eres muy joven y muy tímido te veo demasiado barroco, y yo, más viejo, más quemado y más descarado, ya sólo tiendo al laconismo.
    No te puedo aconsejar que te releas, que pulas y simplifiques, porque precisamente eres volcánico y diarreico. No te puedo pedir que seas más foca, porque eres caballo.
    Ánimo, y sigue siendo caballo.
    Déjame que tome aire y te dé mi opinión sobre el primer párrafo (porque no voy a poder con más). Ahora vuelvo.

    • mayo 29, 2010 en 2:42 pm

      Gracias, José Ramón. Te lo agradezco de todo corazón. No me pidas el Nobel el primer año: déjame algún tiempo para estudiar, racionalizar y reposar la gran avalancha de sentimientos….ya te comenté: lo he pasado mal….ahora todo me brota de forma atropellada….tengo que desactivar el “culpabilidad 4.0”, pero te juro por Arturo, que mejoraré. Gracias, tío.

  4. José Ramón
    mayo 29, 2010 en 12:29 pm

    Tu primer párrafo:

    “Mediaba el mes de septiembre en Buenos Aires y la primavera explotaba con todo su esplendor. La madre Gea se preparaba para la pronta llegada de su queridísima Proserpina; Cibos, Tipas y Jacarandaes otorgaban razón a Carlos Thays y las combinaciones de color eran absolutamente demoledoras para alguien que se desangra, poco a poco, herido de muerte por la daga del amor traicionado”.

    Desde “Mediaba” hasta “esplendor” es frase de redacción de bachillerato, y está destinada a alcanzar la mejor nota. Yo, sin embargo, no diría que un mes media, no veo al mes de septiembre mediando. La construcción impersonal “mediaba el mes de septiembre…” es muy evocadora, como de anciano que rememora su vida, voz en off, en flashback, mientras la cámara enfoca un cielo azul y va bajando hasta, etc. “La primavera explotaba…” sigue la cámara y la voz en off.
    Lo de la madre Gea y Proserpina, y lo de Cibos, Tipas y Jacarandaes, etc, demuestra tu timidez y tu juventud. Pides permiso para entrar, para que te dejen escribir, para que te lean, y para ello muestras tu currículum de aptitud y de cultura. Quieres mostrar que eres digno, y eso, a mi juicio, no sólo no es necesario sino que sobra (y desanima al lector, que no sólo no te concede el derecho a escribir, sino que quien se siente indigno es él, y se rinde).
    Tras eso, lo de que las combinaciones de color fueran “absolutamente demoledoras” me suena a lugar común, o tal vez sea yo, que tengo un compañero que a cada paso suelta “absolutamente demoledor”. Curiosamente, creo que el adverbio le quita fuerza en vez de dársela. Pienso que si me dicen que las combinaciones de color eran demoledoras me sacuden más que si me dicen que eran absolutamente demoledoras. Para mí ya era bastante absoluto como para absolutotalizarlo todavía más.
    Y lo de la daga del amor traicionado, pues eso, que también me suena.
    Bueno. Yo no soy de analizar frase a frase. Yo leo a borbotones y me empacho de lectura, como tú de escritura, torrencialmente. Pero te he dado estas opiniones, no sé si acertadas, para intentar explicarte cómo puede leer una foca a un caballo. No me tomes en serio.

  5. José Ramón
    mayo 30, 2010 en 12:28 pm

    Perdona que insista, Alexandro, pero creo que transmites muy bien los sentimientos, y tienes expresiones e imágenes cínicas y dolorosas muy buenas y muy potentes. El tema del sufrimiento y/o de la culpabilidad no son un problema en tu literatura. Al revés: Yo creo que le dan mucha fuerza a tu relato.
    La cuestión que te señalo (y perdóname que insista) es que creo que le das la misma importancia a un dato vital que a una descripción “de relleno”. Todo está al máximo de volumen, todo subrayado con rotulador fluorescente.
    Yo, si te parece, te pondría como ejercicio que volvieras a contar este mismo relato con la mitad de palabras. Y, cuando lo consiguieras, que lo volvieras a hacer otra vez con la mitad. (Es sólo una boutade, pero entiéndeme lo que quiero decir).
    Un abrazo, y sigue escribiendo.

  6. minimo
    octubre 3, 2010 en 6:18 pm

    Alexandro, de tu viaje a Argentina te podrias haber traido aquello que reza en las Sentencias del Tata Viejo:

    “La vanidad, la soberbia,
    y el miedo aconsejan mal.
    Ha de saber el mortal
    en ocasión de un enriedo,
    no tenerle miedo al miedo
    que más miedo le va a dar”

    Como dice Jose Ramón: ánimo y sigue siendo caballo

  7. Alexandromalaspinamilelupi
    octubre 4, 2010 en 1:31 pm

    De mi viaje a Argentina me traje la necesidad de vivir porque tengo obligaciones….la obligación de seguir remando porque tengo compromisos. Compromisos, como sabes, más fuertes que la vida misma.

    Gracias, Mínimo. Estoy pensando que no eres tan mínimo. Los héroes son héroes porque saben vencer al miedo, no porque no tengan miedo.
    Si no me salgo de la reunión partimos al niño por la mitad. No, amigo, el niño lo he parido yo, lo he criado yo…..prefiero que se lo quede, pero antes debemos saber lo que opina el rey Salomón.

  1. mayo 7, 2015 en 5:12 pm

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: