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Archive for 20 marzo 2010

La Habana

Aprendimos a quererte

Desde la histórica altura

Cuando el sol de tu bravura

Le puso cerco a la muerte.

Aquí se queda la clara

La entrañable transparencia

De tu querida presencia…..

leon gieco – hasta siempre comandante che guevara

Aterrizamos en el aeropuerto José Martí después de diez horas de vuelo sobre el Atlántico. Una corresponsal de la mayorista nos esperaba y nos proporcionó un taxi para trasladarnos al hotel, al que llegamos pasadas las siete y media de la tarde, hora local.

Nos instalamos y salimos, de inmediato, a tomar contacto con la ciudad. Llegando por la acera de la Maestranza hasta la Avenida del Puerto y por Empedrado hasta la plaza de la Catedral. En algún lugar de la memoria estaba el recuerdo de que La Habana tiene cuatro plazas principales. Pues bien, comenzaremos por la primera que lo primero va antes.

Volviendo al hotel por Empedrado vimos La Bodeguita del Medio, con sus paredes repletas de firmas. La orquesta de músicos talluditos cantaba aquello de:

“Aunque tú me has echao en el abandono

Y aunque tú has muerto mis ilusiones

En vez de maldecirte con justo encono

En mis sueños te colmo de bendiciones”

Durante la cena, en el hotel, se nos presentó el primero de los muchos “outsiders” que conoceríamos en los días siguientes. Este quería vender puros, y lo consiguió, como casi todos los siguientes vendedores furtivos.

La habitación, en la segunda planta, era un hexaedro casi regular de ocho por ocho por ocho metros y, a poco que multipliques te encuentras con quinientos doce metros cúbicos de aire para calentar.

Calentar, si. Habéis leído bien. En La Habana la temperatura nocturna descendió hasta los, nunca vistos en esa latitud, quince grados. Si bien la temperatura diurna nunca bajo de los veintidós.

A la mañana siguiente, después de un muy agradable desayuno en el patio del Palacio y armados de toda la ilusión y el valor de un catecúmeno, salimos por la puerta neoclásica del hotel para, enfilando la calle Cuba hasta Obispo y por esta hasta Mercaderes, giro a la derecha y a la Plaza Vieja. Esta plaza, otra de las cuatro principales de La Habana Vieja, es un espacio de planta rectangular restaurado recientemente con criterios costumbristas. El resultado es muy agradable, con sus soportales, sus cafés con sus orquestitas y sus camareras vestidas con traje de chaqueta negra.

A las doce de la mañana, en toda La Habana Vieja, los músicos licenciados te encandilan con su “vacilón, que rico vacilón”, aquel bodeguero que bebía aguardiente para olvidar y las gardenias para ti, con ellas quiero decir: te quiero. Madre mía como son las gardenias!!!.

Me acordé de las dos gardenias que Estrellita plantó la primavera pasada y que están que revientan en el vestíbulo de mi casa. Deben ser caprichos del destino.

Las escenas que presencié sentado en un soportal de esa plaza y tomando mojitos a las doce de la mañana, me movieron a una reflexión de tipo cultural:

Allí, todos los músicos son licenciados de la escuela superior de música. Los instrumentos son antiguos, como la ciudad. Y hay que ver las cosas que se pueden hacer con dos maracas o golpeando un palo contra otro. El sentido del ritmo es magistral y lo acompañan con una especie de guitarra, que llaman “Tre”, con una pastilla de sonido en las diez cuerdas que monta. Este instrumento es el que, sirve de base tonal; yo pensaba, cuando oía discos, que era un piano, pero no, es un instrumento de cuerda. La melodía principal la hace o bien una flauta travesera, un saxo o, en algunos casos, un fagot y en otros, una trompeta.

Total que un cantante, con sus maracas, un “tre”, un contrabajo y un instrumento de viento, todos haciendo las voces de fondo, te montan un ambiente perfecto y cálido. Pensé: “tendrá esto que ver algo con el rock and roll”?. Alguien dijo que la música anglosajona era más popular y yo pensé: si, porque tu lo digas.

la sonora santanera – el bodeguero

Por Teniente Rey adelante cortas una calle donde, siendo aún temprano para comer, entramos en el bar Monserrate, en la del mismo nombre, a “refrigerarnos”. Los humanos no debemos forzar el motor o quemamos la junta de culata, así que un ratito sentado con el vacilón y con el mojito hace que los circuitos se regeneren.

En la mesa de al lado un alemán chapurreaba una especie de conversación con un cubano, blanco, muy pulidito. No se de que estarían hablando (yo estaba pendiente de la Perfidia que cantaba la orquesta) pero si pude ver que el alemán le regalaba una caja de herramientas al cubano. Una caja de herramientas de esas de aluminio con todas sus herramientitas. De las que venden en las tiendas de bricolaje para bricópatas inexpertos (descargas Bricodepot). El cubano tenía la cara iluminada. Se mostraba sumamente contento. Se dieron la mano y se besaron en la boca. Mas tarde pude comprender el alcance de aquel regalo.

antonio machin – dos gardenias(2)

En la esquina de Monserrate con Obispo hay una concentración importante de bares famosos: El de Hemingway, la Floridita, Clubman y alguno más. Todos bares de turistas y todos con su orquestita. Decidimos pasar mucho de eso. El cantante hablaba de aquella mujer que no sabemos por donde andará ni que aventuras tendrá. Pobre mujer, que lejos está!!!.

Comimos en la Zaragozana. La camarera era una feminista convencida vestida con traje de chaqueta. Al tomar la comanda le dije que me pusiera langosta y coctail de camarones, que así llaman allí a las gambas, y que ya vería si le daba algo a Estrellita. Cuando lo sirvió se lo puso a ella, de modo que fue Estrellita la que tuvo que decidir si darme algo a mi. En Cuba son todas muy convencidas. Afortunadamente, Estrellita decidió compartir conmigo su comida, lo cual agradeceré toda la vida.

Después de comer iniciamos un paseo tranquilo por la calle Obispo. Pude comprender lo que significa una caja de herramientas en La Habana. Había personas que, con una mesita y una silla, reparaban cosas y útiles que les traían las mujeres. Sentados en la vía pública, y con dos destornilladores, una lima y unos alicates de punta se fabricaban las piezas que necesitaran. Es decir, regalar a alguien una caja de herramientas era “ponerle un negocio”. Así andan los autárquicos; tener herramientas es un lujo.

Al llegar a un jardín que se llama Las Ruinas del Parque. Había, en el fondo, una barra de bar y, en el jardín con una estatua en acero corten de Sancho Panza, habían instalado mesas y sillas de fundición bajo sombrillas de lino de color Siena.

Nos sentamos y pedimos, como no, mojitos. En la mesa de al lado dos mujeres tomaban café. Una de ellas, ya metida en años y de origen europeo, estaba empeñada en que le sirvieran un vaso de agua del grifo. El camarero no quería servirle eso. La europea se negó, entonces, a pagar el café. Su compañera de mesa estaba muy violenta. Vino la policía de  inmigración e indicó al camarero que la dejara marchar. No salíamos de nuestro asombro; que forma tan ladina de no pagar.

Me acerqué hasta la banda y les pedí que tocaran “hasta siempre comandante”, lo que hicieron después de que les pusiera, en el sombrero de contribución para la música, un billete de diez “seuses”. Yo soy muy respetuoso con los artistas. Dios me dio la capacidad para apreciar el arte pero no para crearlo. Nunca he sabido que tipo de maldades hice en mi vida anterior para merecer ese castigo.

Esa canción me lleva al año 1.974, cuando todos estábamos muy cabreados con el régimen de Franco y sus excesos. Con su señora y su hijo político, con su familia y la familia de sus amigos. En definitiva, con la cuadrilla de vagos y maleantes que eran aquellas personas. El aire nuevo, la libertad y el futuro eran nuestros. Leíamos a Miguel Hernández y a García Lorca. Para la libertad sangro, lucho, pervivo.

El comandante Ernesto Guevara nos había enseñado a morir defendiendo nuestras verdades, desde su histórica altura. Y esto no era una cuestión puramente estética, ni cosa de poner el poster en la cabecera de la cama, para follar con las progres. Era un asunto de convicción interior. A cuantos habré conocido yo que, con la foto de Ernesto en el salón de su casa, no sabían lo que pasó en Santa Clara?. A cuantas habré conocido yo que, declarándose rojas, no han puesto un donativo en el sombrero de “contribución para la música” en toda su vida?.

Tu mano gloriosa y fuerte

Sobre la historia dispara

Cuando toda Santa Clara

Se despierta para verte.

En la plaza de la Catedral, una rubia que parecía de un país escandinavo, caminaba sobre el empedrado irregular, vestida con un traje charlestón, palabra de honor (palabra de Honor que era de honor) de los años veinte del siglo pasado y color fucsia, unas medias negras y unos zapatos de tacón francés de doce centímetros de altura. Haciendo equilibrios para no romperse los tobillos; sufría como una bellaca. A su lado, un tipo también rubio, con unos pantalones bermudas, sandalias con calcetines blancos y una camiseta de los Bulls de Chicago.

La imagen era absolutamente surrealista. Ver aquel esperpento nórdico, escuerzo por vocación, jugándose el tipo desde la altura de sus tacones, caminando con tremendísimas mulatas de fondo las cuales, con sus gráciles movimientos y sus escasos vestidos, se movían con agilidad sobre las piedras del suelo demostrando que, con unos pilares salomónicos como los suyos, se puede ganar los ochocientos, en la olimpiada, sin despeinarse.

La escena me recordó otra, en Roma, hace años donde otra tremendísima mema se la jugaba, con tacones de aguja, sobre los adoquines de la plaza del Panteón. En aquella ocasión mi hilaridad acarreó una monumental (como correspondía en esa plaza) regañina por parte de la persona que me acompañaba, bajo pretexto de que le estaba mirando las piernas. Nunca he conseguido enfocar mis ojos a los tacones de una mujer cuando miro desde diez metros de distancia.

Ahora, en La Habana, sentado en una marquesina y tomando una limonada la risa fue compartida, de buena gana, por mi compañera que, en este caso, no solo me acompañaba: íbamos juntos.

La rubia vikinga se acercó a una mesa donde una negra cubana, con un puro en la boca y una baraja de naipes de Heraclio Fournier te decía el futuro. La adivinadora iba vestida al modo criollo, con vestido de lino blanco y pañuelo estampado de frutas en la cabeza.

Estellita no pudo aguantar su curiosidad científica y me instó a que nos acercáramos a escuchar el futuro de la rubia. Le dije que no quería ir, que la última experiencia que había vivido con una de estas adivinadoras me golpeó muy fuerte. Se acercó ella sola y al volver me comentó que la santera mulata le había dicho a la rubia nórdica que su futuro era muy prometedor, que se presentaría a concursos de modelos y tendría mucho éxito.

Pregunté que carta le había salido y me dijo que el cuatro de oros. Suspiré aliviado, si le llega a salir el as de bastos, no se yo que hubiera pasado.

De lo que si estoy seguro es que la “fortunae teller” era graduada en psicología por la universidad de Matanzas. No se podía encontrar una frase mas adecuada para sacarle, a los pálidos, los diez “seuses” que necesitaba para los pañales de sus nietos, que vendían en las farmacias para extranjeros y que Estrellita le compró, pagando con su dinero, sin necesidad de hablarle de su incierto futuro conmigo.

Unos metros más allá de donde se producía esta escena, se estaba desarrollando uno de los romances más tiernos que yo haya presenciado jamás.

Otra rubia, esta me pareció de bote, abrazaba a un negro. Pero no un negro normal, no. Era un pedazo de negro como un armario ropero. Y no le abrazaba de una forma normal, no. Le abrazaba como si se lo fueran a quitar. Como si se tratara de la niña egoísta.

El Negro tenía las manos como raquetas de padle. Había que ver esas manos negras por el revés y blancas por el derecho, con las uñas claras. Con la izquierda sujetaba a la rubia por la nuca abarcándole desde la primera a la última cervical. Y la derecha, usada con maestría poco común, posaba el pulgar en la quinta lumbar y el meñique en el coxis; con el índice, corazón y anular le alargaban hasta la otra nalga de la señora.

La rubia, quise pensar, le decía cosas tiernas a su enamorado y entre palabra y palabra le apretaba un mordisco en el morro. Y el morro no era un morro como el de todo el mundo, no. Era el morro de La Habana, con cañones y todo, de modo que los mordiscos eran de una  autentica desesperación:

“Amor, (ñam!!!) eres el hombre (ñam!!!) de mi vida (ñam!!!). Nunca (ñam!!!) había conocido (ñam!!!) a otro hombre como tu (ñam, ñam y slupssss!!!).

Esto se lo estaría diciendo en alemán, pero el negro entendía todo, que el sistema educativo cubano es muy eficiente; tanto, que igual le hubiera entendido aunque le hubiera hablado en búlgaro.

Pensé que tal romance no debería quedar en el anonimato, que algún trovador debía cantar esta maravilla de amor inmortal.

En uno de los arcos de los soportales enfrente de donde yo me encontraba Bono, el de U-2, cantaba aquello de “one life, one love”. Me pregunté si la operadora nacional de viajes cubana habría previsto estas contingencias, y que le contaría la rubia, a su novio,  cuando volviera a casa. Ay!!! Que feliz fui en La Habana, qué bien me entendían. Pero qué será lo que tiene el negro?. Tendría este antepasados españoles?.

Y alguien me quiere decir, a mi, que en La Habana no se saben buscar la vida?. A estos les da lo mismo Fidel que Raúl, al que si quieren es a Ernesto.

Cualquiera que lea esto podrá pensar que los europeos (los estadounidenses no pueden acceder a la isla y en esto les doy la razón a los cubanos) somos una especie de idiotas que somos continuamente timados.

Pues no. Allí nadie tima a nadie. Todo son honradas transacciones. Sobre todo si te paras a hablar con cualquier persona, sea hombre o mujer, y te dice con la mayor educación y naturalidad del mundo:

“El actual marido de mi abuela, que no es mi abuelo, cuando conoció a la cuarta pareja de mi madre, que no es mi padre, le dijo que tuviera cuidado con mi tercera pareja que no es la madre de mis hijos, porque su segunda pareja, que tampoco es el padre de sus hijos, fue detenido por vender cohibas sin permiso”.

A ver quien tiene cojones a hablarme de turismo sexual. Esto son costumbres. Aquí son pocos los que conocen a su padre. Y esto pasa en La Habana, Dublín, Berlín, Estambul, Delhi y Singapur. Cada cual vende lo que tiene y compra lo que puede.

Uno de los guardas de seguridad del hotel, en su turno nocturno, a las dos de la mañana y después de media docena, al menos, de mojitos, me contó que tenía tres hijos y ninguno con su pareja. Rafael, que así se llamaba, sentado en el patio del edificio, -el Palacio O’Farrill, que es una construcción del siglo XVIII restaurada, con muy buen gusto recientemente-, tenía la lengua floja y rajaba, entre risas, de una forma fluida en un idioma que, para mi, era muy musical (mucho más musical que el castellano que yo uso).

–        Mi helmano, aquí las muhere son puro fuego. Aquí andan todas a la menos cuarto, en cuanto te descuidas te hacen un tajo.

–        Pero, Rafael, por qué con tu pareja, no has tenido hijos?

–        No se!!, Ella es la muhé de mi vida pero…. Ya ves, mi amigo.

–        Y entonces?

–        Cada vez que nos enfadamos, yo me voy del apatamento y me lío con otra…y ya van tres, distintas.

–        Y, si no es mucha indiscreción y siendo varón, que edad tienes?

–        Treinta y cuatro años, comandante.

Yo llevaba  una boina negra con la estrella de cinco puntas, que había comprado recordando mis años universitarios, cuando los amigos, para reírse de mi, me apodaban Ché.

–        Es que tú te pareces al Ché –decía Rafael-, con más años, pero combatiente, mi helmano.

–        No me toques los güevos, Rafa, que los diez “seuses” ya los tienes. Y, además, cuando me vaya, te voy a dejar las camisas de flores y los zapatos que llevo puestos.

Una cosa es parecerse a Ernesto y otra, muy distinta, serlo. El Ché era un aventurero, si, pero de los especiales, de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades. Tíos así, quedan muy pocos. Ahora estamos en una época donde, los que no pelearon, se ponen moraos a zampar en restaurantes de lujo y viajes pagados a congresos y convenciones a cuenta de las RPT que ellos mismos crean y se recorren el alma (con muchos rincones, claro) deleitándose en el estilo de su prosa y la elocuencia de sus discursos. Y la idea?. Donde quedó la idea?. Vivimos en un mundo dominado por la afasia semántica.

Qué hace que un país como Cuba necesite, imperiosamente, un enemigo externo y otro interno para estar en lucha?. Por qué esta idea se exporta y se vende con tanta facilidad?. El imperialismo, el colonialismo, el nacionalismo….ese absurdo primer mundo que consume el noventa por ciento de la energía del planeta!!!. Y mientras, Raúl y los suyos viajan en Audis con los cristales tintados para que Rafa, la mujer de su vida, sus  amantes y sus tres hijos no les vean.

La recepcionista del hotel, una chica blanca y muy guapa llamada Nellymar, nos indicó que era muy conveniente un tour panorámico por la ciudad nueva, a bordo de un “cocotaxi”.

El “cocotaxi” es un vehiculo rudimentario a medio camino entre motocicleta y taxi para dos personas. Se conduce con manillar pero tiene dos asientos traseros protegidos por un carenado de fibra de vidrio. Son todos amarillos, con su licencia de uso y su número de identificación. No creo que puedan alcanzar más de 30 km/h, pero es que en La Habana sobra todo lo demás. Es como viajar en un remonte mecánico pero sin frío.

Resultó que el tío que conducía el cocotaxi, que se llamaba Hansel, era el marido de la recepcionista. Después de ajustar el precio, por hora del vehículo, estuvimos todo el día viajando por Vedado y Miramar. Nos llevo a la Plaza de la Revolución y vimos las siluetas de Cienfuegos y Ernesto en las fachadas de los edificios. Nos llevó a abrazarnos dentro, y digo bien, dentro del Jamagüey más grande que he visto. Nos llevó al callejón de Hamel donde hay una inscripción que reza:

Soy

Porque no le prendo una vela a Dios

Y otra al diablo pero

Se la prendo al tiempo.

Nos llevó, por fin, a ver a John Lennon que estaba sentado en un banco y un hombrecillo vigilaba que nadie le quitara las antiparras. Le pregunté que hacía él en un país donde estaban prohibidos los Beatles, y me contestó que imaginara que no hay países, que sería fácil si lo intentaba, que seguramente yo pensaría que era un soñador pero que no era el único.

En los trayectos, Hansel, nos contó que él tenía dos hijos de su anterior pareja (Hansel y Gretel) y su mujer uno de su anterior relación pero juntos no tenían ninguno, que la cosa estaba muy malita. Cada vez nos quedaba más clara la situación.

Al día siguiente, y previo alquiler de una berlina de lujo (un SEAT Córdoba negro con los cristales tintados), lo que nos costó una hora y media de reloj, a pesar de llevarlo alquilado desde España. La cantidad de formularios y medidas de seguridad, en Cuba, es espectacular, pero mi hermano, el inspector de turno tiene que tenerlo todo claro. El funcionario de los alquileres tenía que ir al consulado español a arreglar no se qué papeles porque su bisabuelo era de La Gomera. Partimos por la carretera nacional hacia Viñales.

Son ciento ochenta kilómetros y dos hora y media de viaje por una carretera de tipo autovía pero con una particularidad. Hay puentes sobre la vía,  pero estos puentes no tienen carreteras que los usen. Debajo de los puentes, a la sombra, siempre hay gente. Pensábamos si los puentes los harían para dar sombra o es que se acabó el dinero y no pudieron hacer las carreteras, en cualquier caso los planificadores cubanos tienen que ser unos fenómenos. De médicos y maestros están muy bien servidos pero de ingenieros andan muy mal.

Nada mas llegar al Parque Nacional, que es patrimonio de la humanidad, te invade la sensación de estar en el más puro trópico. La tipología de las montañas, todas de cima redonda cubiertas enteramente con vegetación; la propia estructura kárstica de las rocas con las oquedades que ha dejado la filtración; la extraordinariamente fértil tierra roja que favorece el cultivo de cafetales y tabacales. Son escenas que habitan en algún rincón olvidado de mi mente, porque yo las reconocí inmediatamente.

Comimos en un rancho (San Vicente, se llamaba) y buscamos alojamiento en una especie de aparta-hotel donde, después de las presentaciones en recepción nos dieron un apartamento muy bonito que estaba metido entre la vegetación.

Esa noche, después de cenar, le empezamos a dar a los mojitos y, como era lógico, a entablar una fluida conversación con camareros e inspectores, los cuales, todos, tenían antepasados canarios.

Pregunté acerca de la posibilidad de visitar todo el valle y me contestaron que eso, solo se podía hacer a caballo. En coche no había posibilidad alguna, los caminos no admitían ruedas.

Así, pregunté que donde estaban los caballos y me contestaron que, mi hermano, mañana a las ocho, está aquí el señor Félix y ya habla usted con él. El encargado del bar, después de varias consumiciones me dijo que su abuelo era de Santa Cruz de Tenerife.

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos entre gallinas y otros bichos de corral, se nos acercó el señor Félix.

–        Mi hermano, quieren ustedes cabalgar?.

–        A caballo, si.

–        Cuantos caballos?.

–        Cuantos necesito para mi mujer y para mi?.

Partimos cuatro jinetes: El señor Félix, Estrellita, Tato (ayudante de Félix) y un servidor. Ajusté el precio, por hora, del viaje. Llegue a la cantidad de cinco CUC por hora (unos cuatro euros) y caballo, es decir diez “seuses” por hora.

Paseamos por los caminos y veredas del valle de Viñales entre cafetales y tabacales. Los campesinos se afanaban en sus labores sin apenas maquinaria, con sus animales de carga y tiro. El paseo estaba siendo auténticamente delicioso y nos transportábamos hasta nuestra infancia con olores, imágenes y sensaciones propias de entonces.

Paramos a tomar café en una cabaña. Un porche; a la derecha, una habitación con una cama y al fondo una cocinilla. En el porche, una mesa dos sillas y dos bancas. La habitaban una mujer de cuarenta años, una nuera de diecinueve y dos gemelas de poco más de un año. Claro, aquello fue mucho con demasiado, para mi necesidad. Las gemelas son un par de bombones para comérselas. Se sabían su nombre, a duras penas: Yeleni y Danielli. Estrellita les dio un caramelo a cada una y lo compartieron, de buen grado, con los cochinillos que andaban por allí.

Después de quedarme confuso y anhelante, seguimos el paseo hasta un tabacal. Había que tener cuidado con los árboles y vegetación porque los caballos pasan bien pero las ramas te cruzan la cara en cuanto te descuidas.

Dos horas más de cabalgada y ya nos dolía el culo y, además, a mi me rozaba el estribo derecho en la cicatriz de mi espinilla lo que, mas tarde pudimos ver, derivó en una herida que sangraba. Se lo hice notar a Estrellita y esta mandó parar al señor Félix.

Paramos en otra cabaña, esta vez habitada por un solo hombre, Vladimir se llamaba este. El pobre tenía un ojo pipa porque, cortando cocos, una esquirla de cáscara se le había metido en la retina.

Vladimir nos preparó unos refrescos descabezando dos cocos con su machete y poniendo dentro una mezcla de ron, lima y una especie de soda que hacen allí.

Nos tomamos  el refresco sentados a la sombra mientras Estrellita, con su botiquín de urgencia, se ocupaba del ojo de Vladimir y de mi herida, que ella, en asuntos de medicina, tiene sus preferencias.

Regresamos a la hora de la comida, así que liquidamos las cuentas con el señor Félix, tomamos el auto y marchamos a Puerto Esperanza. Treinta kilómetros de carretera mala y llegamos a una pequeña ciudad con unas vistas impresionantes sobre la bahía.

Comimos en una casa particular de las que llaman “For rent”, era la casa de la señora Leonila. Por el muy módico precio de 7 CUC, por cabeza, comimos langosta, frijoles y arroz blanco; bebimos agua embotellada y rematamos con café hecho en puchero.

El señor Francisco, esposo de Leonila, nos contó cuando en 1962 los aviones americanos hacían pasadas, en vuelo rasante, sobre Puerto Esperanza mientras, en las colinas, Ernesto Guevara esperaba la invasión con dos divisiones de milicianos dispuestos a morir. “Los Yankees no tuvieron güevos”. Pobre hombre, como si los Yankees necesitaran eso para invadir lo que les da la gana. Es lo malo de matar a distancia: no hacen falta güevos; los del Pentágono saben eso hace mucho tiempo.

A la mañana siguiente, coche y a la carretera nacional. Regreso a La Habana y, sin parar, por la misma carretera hasta Trinidad.

Trinidad es una ciudad, también, patrimonio de la humanidad donde la sociedad mercantil del siglo diecinueve gastó su dinero en esplendidas casas con esplendidos patios.

Es la ciudad de las que visitamos donde la concentración de arte es más espectacular. Pintores, artesanas del lino, primorosos bordados y vainicas dobles y joyería de la madreperla.

Nos alojamos en el hotel Costa Sur, con acceso directo a la playa caribeña y esa misma tarde ya probamos la arena coralina.

En Trinidad todo es delicioso. Las calles, las casas, la gente, la música, los mojitos, la salsa nocturna, la nova trova diurna.

Alguien cantaba a Silvio Rodriguez en un barecito:

silvio rodriguez – corazon

Estoy buscando una escafandra
al pie del mar de los delirios
quién fuera Jaques Causteau
quién fuera Nemo el capitán
quién fuera el batiscafo de tu abismo
quién fuera explorador.

Corazón, corazón oscuro
corazón, corazón con muros
corazón que se esconde

corazón que esta donde
corazón, corazón en fuga
herido de dudas de amor.

Esa noche bailamos salsa y chacha, dentro de mis posibilidades, y bebimos mojitos y pensamos y hablamos y recordamos y nos miramos a los ojos y convinimos en que esta gente, este país, es maravilloso; por qué razón los tienen así?.

Y yo, que me parezco al Ché (cuando pago), pero con más años, más kilos, menos pelo y menos ganas de revolución, me pregunto: No sería mejor eliminar a los enemigos externos. Quitarles a los del nomenclator la excusa y ayudar a esa gente con nuestra solidaridad?. Igual Kennedy (John F.) tenía razón, pero me voy a callar no sea que algún generalista me meta tres balas en la cabeza y luego digan los peritos interinos que fueron dos, como si con una no fuera suficiente.

En fin, hace tiempo que no estoy en la lucha. Dejaré que Moratinos trate de modificar la postura común y, mientras tanto, buscaré la forma de que a Yeleni y Danielli, les llegue nuestro amor.

Aquí dejo, yo, tu clara,

Tu entrañable transparencia

tu querida presencia, Comandante,

A tus ordenes, hasta la victoria, siempre.

La manipulación y la falacia no pueden ganar.

A los trepas se les tiene que ver el plumero.

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