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Archive for 14 abril 2010

GALAS EMPRESARIALES

Lunes, 24 de septiembre:

do you want to know a secret

Nunca sabrás, realmente, lo que te he querido

Nunca sabrás, realmente, lo que te cuidé

Escucha: quieres saber un secreto?

Después de una larga hora en la cinta de cardio, que Ed había instalado para ella, Melody ascendió las escaleras que comunicaban el gimnasio con la sala de estar. Serían las veintitrés horas y treinta minutos de la noche. Hacía fresquito, para esa época del año, pero Melody sudaba copiosamente y tenía las mejillas enrojecidas por el ejercicio físico.

Se encontró con Ed, que leía una memoria de ejecuciones materiales, sentado en el sofá del salón.

–        Cariño, este viernes tenemos que ir a la gala de mitades que se coordinan con documentos. Le dan una distinción a Peter, mi amigo, el que su padre se jugó los documentos al naipe, y los perdió y él ha recuperado todo, a base de trabajo y buen hacer.

–        Como tú quieras, amor. Qué son mitades que se coordinan con documentos?.

–        Qué más da?. Nosotros vamos a la gala y nos ponemos moraos a vinos y canapés.

–        Ah!, vale. Luego, si quieres podemos subir al casco y vemos a los amigos.

–        No creo que podamos; la gala durará hasta tarde.

Desde diciembre del año anterior, Melody venía arruinado los fines de semana desde el viernes. Volvía de trabajar a las siete de la tarde, oliendo a vino, y se tumbaba en el sofá del salón a descansar.

Cuando Ed proponía salir a tomar algo, invariablemente, ella contestaba que no le apetecía. Los sábados, por la mañana, cuando se despertaba, se iba a ver a su tía Maddness y volvía el domingo por la noche.

Ed, estaba empezando a pensar que algo olía a podrido en Dinamarca, porque Melody no trabajaba en ninguna empresa enológica. Pero lo más normal era que estuviera estresada con el trabajo y lo lógico era no presionar y tratar de entender como “normalidad” este tipo de situaciones. Después de cuatro años de relación, a fin de cuentas, compartir una vida es una carrera de fondo donde ha de haber situaciones de todos los tipos, lo aconsejable es perseverar en la convivencia y esperar tiempos mejores, desgastando lo menos posible. Ed estaba enamorado de Melody y comprendía la situación laboral por la que estaba pasando. Lo entendía perfectamente, porque había pasado por etapas similares; sabía que una situación laboral inestable provoca tensiones que hacen mucho daño.

Miércoles, 26 de septiembre:

Melody volvió de trabajar a las veinte y dos treinta de la noche.

–        Ufff!, cuantísimo trabajo tengo.

Ed, estaba sentado delante de su ordenador personal jugando con los monigotes del Emperors of Humanity, un juego de estrategia donde hay que desarrollar la civilización propia y destruir a las enemigas, que maneja la maquina. Una aplicación desarrollada por americanos en claro paralelismo con lo que hacen sus gobiernos. Con una particularidad: en el juego no hace falta buscar un pretexto para declarar la guerra e invadir a alguien.

Ed llevaba desde las veinte horas esperando que Melody regresara del trabajo. Se marchaba a las ocho treinta de la mañana y no volvía hasta tarde, por la noche.

–        Resulta que la gorda se empeña en despachar a las nueve de la noche.

–        Bueno, cielo, y que le vamos a hacer?. Sus razones tendrá que, seguramente, tendrán que ver más con su propia incompetencia y desorganización que con el trabajo que desarrolla. Ten en cuenta que cuando el demonio no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo, y esta pobre criatura anda sola, buscando moscas para matar.

Ed seguía jugando con la maquina, mientras hacía este comentario.

–        Me voy a duchar.

–        Ok, mi amor.

Ed, al tiempo que, con su civilización Bizantina, remataba a unos coreanos y a unos hunos, pensaba en la circunstancia de que a las 22,30 de la noche, alguien despachara con alguien por muy incompetente y desorganizado que fuera. A esa hora ya han entrado a trabajar los operarios de seguridad del turno de noche. No hay ninguna oficina abierta a esas horas. A esa hora solo circulan los que no tienen familia, los que no tienen compromisos afectivos que atender o los que los tienen en otros sitios.

Al salir de la ducha, Melody con el albornoz puesto, dijo:

–        Hoy no ponen nada en la tele. Me voy a la cama.

–        No cenas nada, mi bien?.

–        No, no tengo ganas.

–        Quieres que te haga algo?.

–        No, gracias.

Había veces que Melody usaba vocablos de forma desaconsejable. “ganas”, para referirse a la cena no deja muy claro si lo que no tienes es apetito o no tienes voluntad de hacerte la cena.

También Ed, usaba vocablos de forma capciosa. La única diferencia es que Ed lo hacía a propósito. “Hacer algo”, incluye más cosas, además de la cena.

Ed cenó de forma rápida y se fue a la cama con Melody. La encontró despierta, manipulando el teléfono móvil, en su ronda nocturna de llamadas,  y con la televisión del dormitorio funcionando. Era costumbre de Melody dormirse con la  televisión transmitiendo.

Antes de meterse en la cama, Ed se dio una ducha rápida y se acostó como su madre lo parió. Se arrimó a Melody, que estaba vuelta de espaldas, y le pasó la punta de la lengua desde la primera cervical hasta la última lumbar. El resto pertenece a la memoria RAM y ahora no se puede descifrar.

Cuando terminó la sesión de espiritismo espiritual, Melody comentó:

–        El viernes viene a la gala John.

–        Qué John?, -preguntó Ed-.

–        Mi amigo John, el de Wisncosing.

–        Aquel que era ingeniero de naves.

–        Si.

–        El que llevaba calendarios de puticubs en la cartera?

–        Si, y el calendario te lo enseñó porque él pensaba que te iba a gustar.

–        Ah!, fue por eso?. Te dijo eso?.

–        Si, por eso.

–        Claro, mi amor, por eso yo llevo calendarios de puticubs en la cartera, porque me gustan mucho. Y que tiene que ver ese tío con los documentos que se coordinan con mitades?.

–        Nada, pero es que le ha invitado Bily, que trabaja vendiendo mitades de documentos en la Unión Soviética.

–        Pero, mi amor, si la Unión Soviética ya no existe.

–        Bueno, como se llame ahora.

–        No me contaste que al tal John te lo tiraste hace tiempo?.

–        Desde luego, que ganas tienes de cabrearme. Es uno de mis mejores amigos, posiblemente el mejor; tiene novia, se van a casar y aquello pasó hace mucho tiempo, ya ni me acuerdo.

–        Ah!, vale, mi amor.

A la mañana siguiente, mientras se duchaba y debido al ruido del potente secador de Melody, que hacía maravillas con su pelo, Ed gritó:

–        Nena, y el tal Bily, no era aquel midnight cowboy que te pedí que no me lo sientes más a mi lado, que cuando se pone pedo le da por contarme sus fantasías eróticas?.

–        Bueno, es una forma que tiene de relacionarse, no hay que darle mucha importancia.

–        Ya, cielo, pero es que a los caballeros de la tabla redonda no nos gusta mucho hablar de fantasías eróticas y mucho menos si son mentira. Como le va?

–        Bien, viaja mucho, conoce gente, ciudades nuevas y domina el inglés.

–        Pero vende alguna coordinación de medios documentales?

–        Me parece que pocas.

–        Y a tu amigo, el ingeniero de naves con señoritas que fuman, que tal le va?.

–        Bien, está muy enamorado. Y no se a que te refieres con ese sarcasmo, hay veces que te pones odioso. Que problemas tienes tú con las señoritas que fuman?. Yo fumo.

–        No, nada. No te preocupes, mi bien, tonterías mías; ya me conoces.

Viernes, 28 de septiembre:

 

Como últimamente, desde que estaba en su nueva etapa laboral, Melody no había venido a comer. Ed había hecho comida para los dos pero ella se había disculpado diciendo que tenía mucho trabajo y no podría llegar.

Llegó a las diecinueve horas y treinta y dos minutos. Se metió en la ducha mientras decía:

–        Venga, date prisa que no llegamos. Arréglate.

–        Cariño, no me habías dicho la hora del evento.

–        Pues te la digo ahora, vamos, espabila.

Ed, que ya estaba duchado, se puso un traje de seda marengo, camisa azul clara, de algodón, corbata olímpica con nudo wilson y zapato negro con pala lisa de George’s.

Melody se puso tanga de Victoria Pocosecret, falda con vuelo blanca y estampada con una camisa escotada, negra.

Subieron al Daimler Benz y bajaron hasta un aparcamiento de nueva construcción.

–        Date prisa, vamos a llegar tarde. –dijo Melody, mostrando su impaciencia-.

–        Tampoco pasará gran cosa, cielo. No te alteres.

Al llegar al palacio, donde se celebraba la gala, estaban esperando, en la puerta, el vendedor y el ingeniero.

El ingeniero vestía traje azul marino de tergal, camisa sintética azul clara, corbata azul de nudo simple y zapato negro con costuras y detallitos dorados.

Lo del vendedor era espectacular. Así es casi imposible vender nada. Portaba, con dos cojones para una gala, un traje gris de confecciones Las Pedroñeras o similar, con rayita diplomática ancha, una camisa de saldo color crema, una corbata marrón y zapato mocasín negro.

–        Qué alegría de verte. –Dijo Melody-, dirigiéndose al ingeniero.

–        Igual –dijo el técnico- mientras osculeaba a Melody en las mejillas.

Entraron y fueron directos al patio donde las autoridades glosaban la importancia de las coordinaciones, eso sin mencionar lo importante que era la empresa, a nivel mundial, en mitades que se documentan.

Había una batería de sillas de plástico envueltas en trapos blancos y en el respaldo había letreritos con nombres de personas. Cada letrerito tenía una silla, al lado, que ponía “acompañante”.

Buscaron y encontraron una que ponía “Melody Maker”. Era la silla de Melody. Ed no tenía silla; era el acompañante. Ed se dedicaba a dirigir ejecuciones materiales y eso estaba muy mal visto en ese ambiente. Ejecutaba sin, prácticamente, coordinar nada: ejecutaba directamente, sin medios y sin documentos.

Naturalmente, hubo premios y distinciones para las empresas del grupo y los particulares que se habían distinguido en la actividad y en el desarrollo de la empresa matriz, convirtiéndola de ese modo, en una primera potencia mundial en palacios y congresos de coordinaciones transversales y medios horizontales. El presidente del consejo de administración tomó la palabra y dijo:

–        Tengo que decir que nuestra empresa es pionera; nuestra empresa, que partió del atraso histórico hace veinte y cinco años, ha volado hasta las más altas cotas de calidad y excelencia en la coordinación. Tengo que agradecer a los ciudadanos y ciudadanas de nuestra tierra el esfuerzo sobre-humano hecho. Desde la más absoluta postración en que nos tenían los sucesivos gobiernos de la derecha, hemos alcanzado niveles espectaculares de bienestar. Hemos hecho, desde el consejo de dirección, ímprobos esfuerzos para conseguir que los medios que se documentan sean parangón y modelo en el concierto nacional e internacional. Debo y quiero felicitar a los hombres y mujeres de mi empresa por su trabajo diario, por su dedicación sin límite a la coordinación. Y quiero daros una magnífica noticia: cuando empezamos éramos la empresa número diez en el ranking y seguimos siendo la número diez. Ni un paso atrás!!!. Gracias a todos.

Ed, sin pestañear, aplaudió esta gloriosa intervención. Ni siquiera se planteó, aunque lo sabía, que en esta empresa nunca había habido gobiernos de derechas. Y ni siquiera pensó, aunque estaba seguro, que la gente que se dedica a la coordinación es el cuatro por ciento de los trabajadores y tienen más cuento que Calleja. Y que esta gala era un rollo tártaro para ponerse, todo el mundo, morado a vinos y canapeses.

Cuando acabó la charla de los jefes, Ed, Melody y los dos figuras del toreo buscaron una mesa que estuviera ligera de comensales para liarse a vinos. Melody insistía en que Ed bebiera y le rellenaba continuamente la copa, con frases como “cariño, estás seco” y otras parecidas. Se ocupaba, con todo el amor de qué era capaz, de que no le faltara de nada. A lo que Ed, con ojos de enamorado carnero a medio degollar, en susurros románticos al oído de Melody contestaba: gracias, mi amor, no sabes como te quiero.

Alguien, de los del clan de coordinadores eventuales, se acercó y le dijo a Melody:

–        Melody, chica, preséntame a tu pareja acctal.

–        Si, claro, mira: Ed Sullivan. Ed, esta es Soraya Daltrey.

–        Encantado de conocerte, Soraya.

–        Ed Sullivan, como el famoso showman de los sesenta?.

–        Si, ya entonces era un famoso showman.

Ed no tenía muy claro si “acctal” se refería a “actual” o a “accidental”, pero tampoco le preocupaba mucho eso. Sabía que era una forma de hablar, muy al uso, en esos ambientes.

En un momento determinado alguien anunció que se iba a proceder al espectáculo de luz y sonido.

En la fachada del palacio se iba a proyectar un espectáculo con bailarinas y gente así. Mucho color, mucho sonido y unas señoritas gorditas, vestidas con mallas de lycra, bailarían danzas árabes para deleite de los entusiasmados asistentes.

Enfrente de la fachada había un parquecito sin mucha luz y solitario. Ed lo conocía bien porque en ese parque había tenido sus primeras experiencias en relaciones florales con chicas, cuando tenía catorce años y era el más famoso showman del barrio.

Al salir a la calle, Ed perdió de vista a Melody; la buscó pero no la encontró entre la gente que se arremolinaba para poder apreciar mejor el espectáculo.

Cuando empezó la música, el vendedor se acercó a Ed y le dijo:

–        Son muy bonitas estas cosas.

–        Si, seguro. Has visto a Melody?.

–        No, hace un rato que no la veo.

–        Y has visto al ingeniero?

–        John ha ido a poner una moneda en el parquímetro.

Pasados veinte minutos, Melody apareció donde se encontraba Ed, que hablaba con uno de los  directivos malditos, al cual, estaban a punto de cesar.

Ed pudo apreciar que Melody tenía las rodillas desolladas.

–        Pero, mi amor, que te ha pasado?

–        Me he mareado, he caído al suelo y me ha tenido que ayudar un guardia.

–        Cariño, cuidado que te he dicho veces que no bebas sin antes hacer base.

Al momento apareció el ingeniero que venía con grandes manchas de sudor en la camisa y, sin hacer mucho caso a las heridas de Melody, dijo, mirando a Ed:

–        Ufff!, que calor hace esta noche.

Ed propuso a Melody retirarse a casa para curar esas erosiones, a lo que esta accedió. Pero durante el trayecto de vuelta le fue dando la bronca porque decía que le hubiera apetecido tomar unas copas con sus dos amigos (ya se le había pasado el mareo). A Ed, que era un tipo huraño y desde “do you want to know a secret” no había vuelto a escribir una sola canción, aquello no le gustó mucho y además estaba ya medio pedo; más de lo que permitía el Código de Circulación pero, gracias a Dios, el Daimler Benz se sabía el camino y les llevo, sanos y salvos, a casa.

Algún tiempo después, Ed recordaba que aquella fue una noche estupenda si no hubiera sido porque era el día 28 de septiembre, no hacía calor, y en esa zona no había parquímetros. Se le puso la cara larga y escribió otra canción:

I am the walrus

I’m crying……

Yellow matter custard  dripping from a dead dog’s eye,  crabalocker fishwife, pornographic priestess
Boy, you’ve  been a naughty girl, you let your knickers down

Experts texpert choking smokers, Don’t you think the joker laughs at you?

ja,ja,ja…..je,je,je….ji,ji,ji

I’m crying…..

kicking Edgar Allan Poe?…perhaps Oscar Wilde. The picture of Dorian Gray. Who’s Lord Henry?.

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Suministras Oficialas

Sería como la una del medio día, cuando Marta descolgó el teléfono.

–        Suministras Oficialas, dígame.

–        Está libre el 43?

–        No, señora, el 43 tiene ocupados los próximos dos meses.

Suministras Oficialas era la agencia estatal que suministraba, por un precio razonable, ocio y entretenimiento a las personas que lo requerían.

En ese tiempo los hombres estaban, gracias a José Luis, todos censados y controlados. Los tenían en Las Residencias.

Eran establecimientos donde lo que quedaba de los hombres llevaban una vida regalada con todas sus necesidades resueltas. Comida, habitación y muchos monitores, en distintos espacios, donde se proyectaban videos de deportes y películas pornográficas. Había salas para jugar al mus y discutir sobre la última genialidad del delantero centro del Racing, un tal Rachmaninoff, que lo habían traído de la estepa rusa. El futbol era una actividad marginal solo para hombres.

En los partos, las comadronas ejecutaban un proceso de rigurosa selección, de acuerdo a rigurosos protocolos que fueron establecidos por rigurosas leyes en la época  primigenia cuando, por fin, las mujeres tomaron el control de la sociedad.

Se determinaba el destino de los machos según sus escasas capacidades que, en general eran físicas, a funciones puramente mecánicas y se les implantaba el correspondiente chip transmisor que, además de localizarles en todo momento, recibía la información que suministraba, vía satélite, el ordenador central.

Al principio la lucha fue muy dura; se peleaba por la cuota del cincuenta por ciento del poder. Los machistas trasnochados resistían, se producían numerosos casos de violencia de género y la situación se hacía intolerable; había, incluso, académicos que se negaban a aceptar que las mujeres eran superiores. Poco a poco se fue ganando: eran los gloriosos tiempos de las primeras ministras, cuando las primeras miembras del Sagrado Movimiento tenían que compartir sillón, en el consejo de ministros, con hombres mucho menos capacitados que ellas y, además, mucho más feos, peor vestidos y peor peinados. Había casposos diputados (cosa absolutamente impensable hoy día) que bromeaban públicamente con los fantásticos escotes de nuestras primeras mártires, que sacrificaron sus vidas por la causa; que solo salieron un par de veces en el Vogue, que en fin, pudiendo hacerlo, no enseñaron más que eso y se condenaron a si mismas a vestir con absurdos trajes de Karolina Ferrera  que las tapaban enteras y eso por la miseria de sueldo que les daban, muchísimo menor que el de ellos.

Se empezó por convertir a los soldados en soldadas, para lo cual hubo que convertir al ejército en una agencia de servicios sociales con misiones humanitarias. Vestir a los “militionen” con trajes de diseño para que pasaran a ser “militionan” de una forma sutil, y hacer ver a la sociedad que cuando una mina enemiga mataba a unos soldados era una tragedia universal. Cómo se podía ser tan desaprensivo y matar a alguien que viene a ayudar?. Que viene a cambiar costumbres tan retrogradas. De ninguna manera se podía consentir que las mujeres llevaran velo, ni por voluntad propia ni por nada, coño!!!, pues hasta ahí podíamos llegar!!!.

Empezó, todo aquello, con la magnifica Nieves que, haciendo gala de una magnifica sagacidad e instinto periodístico, montó un formidable lío a cuenta de los malos tratos en el ejército: Un sargento de semana había metido una mano en la mandíbula de un legionario perezosillo que no se levantaba a diana. Como se podía consentir aquello?. Uno de los novios de la muerte, maltratado por sus superiores!!!!.

Se cambió, luego, al futbolisto rudo, peludo y racial por el futbolista depilado, de diseño y con escasas cualidades empáticas: cambiamos a Monolo Santxis por Guttih. Había que acabar con el futbol, -esa actividad absurda, donde veintidós hombres idiotas que ganan, entre todos, cien millones al año, riñen por una pelota que cuesta seis – y nada mejor que convertirlo en un ballet, creando los entrenadores-coach filósofos y los directores deportivos.

Se cambió a Antonino  el Molino, el minero en camiseta de tirantes, por figurines metrosexuales que, mientras se desabrochan la camisa, se tumban con mucha clase en un sofá, con una mirada arrebatadora capaz de poner cachonda a Paloma Plómez Horrero.

Se cambió, gracias a Jose Luis, al albañil baboso y salido por el operario redicho de la edificación que no sabía nada de ladrillos pero sabe manejar una fregona, deja todo relimpio cuando se va y sabe entender una mirada desmayada. Se crearon los famosos operarios y operarias de mantenimientos y mantenimientas.

Fueron los tiempos de María Theresa, de Helena, de Karmen, de Christina de Viviana y de todas aquellas mártires que, luego, fueron elevadas con toda justicia, a los altares del martirologio de la causa. Mención especial para Leire, que por apellido, un machista, le puso un mote.

Pero aquello sucedió hace mucho tiempo. Ganamos.

La sociedad civil progresaba gracias a la inteligencia superior y al arduo trabajo de las mujeres que controlaban todos los ámbitos del poder. Todas las diputadas eran mujeres; todas las juezas eran mujeres, y la presidenta del gobierno elegía solo ministras que acreditaran haber nacido mujer.

Todo marchaba viento en proa (textual de la presidenta). A las señoras rubias ya no se les caía la bola del helado y en los concursos de belleza ya no les preguntaban por sus deseos de paz mundial: les preguntaban cual era el último disco de Bárbara Steixand o cual había sido la última obra benéfica de London Hilton, la famosísima heredera de los viñedos Hilton. Cuando querían descalificar a alguna le preguntaban por la dieta alimentaria de la hija de Belén Estefan, estelar presentadora de televisión, con un dominio espectacular del idioma.

Tan solo quedaba un tío, académico de la extinta de la lengua, que resistía; que perseveraba en su absurda manía de que las palabras no tienen sexo, pero ya era muy mayor y no se le hacía mucho caso. Un tal D. Arturo, que vivía en su barco, y que se le respetaba la vida como muestra ejemplar de lo que no debe ser; de la inveterada inquina y absurdez de los hombres.

La que estaba al otro lado del teléfono se identificó como Gertrud, una alta funcionaria que coordinaba la documentación de mitades. Marta no sabía muy bien que era eso, pero en la pantalla del teléfono digital salía un pié de firma muy alarmante, con muchos colorines, lo que daba una clara idea de su alto rango en un organismo de alto poder.

–        Quiero al 43 para este viernes, a partir de las cuatro de la tarde.

–        No puede ser, señora, hay una auxiliar de enfermería que lo ha pedido.

–        Usted no sabe quien soy yo!!!. Dígale a la auxiliar que resuelva su problema de otra forma: a todas nos han enseñado que el placer está en nuestras manos.

–        Está bien, haré la gestión y la llamo, a continuación.

Marta estaba fuera de si y vivía sin vivir en ella, por la arrogancia y egocentrismo de esta persona humana, pero aún así, hizo su trabajo y consiguió cambiar al 43 por el 191, para la auxiliar.

Marta, comunicó al 43 su nueva misión y si no hubiera sido por el chip explosivo que tenía instalado en su cerebro, el 43 habría protestado. Marta estaba enamorada del 43 y sus volúmenes, pero no tenía acceso a esos números tan bajos. No obstante, el 43 hacía con Marta algunas excepciones en las celdas de castigo del sótano, cuando esta tenía turno de noche.

El 43 sabía, de otras veces, que la coordinadora de las mitades que se documentan era insaciable. Se llamaba Gertrudis pero a ella le gustaba que la llamaran Gertrud, que quedaba más mono. Era una dama de gustos refinados, muy aficionada a los plásticos, con un lenguaje  amplio, que no pasaba de cien vocablos y, algunos, muy personalizados debido a una infancia muy provinciana. Era sibilina y maniobrera como corresponde a quien trepa por la escala de su actividad sin tener ni idea de cual es su actividad, pero tenía una virtud sobre todas: no tenía sentimientos. Controlaba, a voluntad, la risa y el llanto; se sabía, de memoria, lo que tenía que sentir en cada situación; como actuar y, en casos nuevos llamaba a su madre, que  aconsejaba apoyándose en su experiencia de antigua militante y, si era necesario, le compraba la lencería apropiada. Las antiguas glorias de la causa tenían derecho, a cierta edad, a adquirir en propiedad, un hombre-osito de peluche lobotomizado que solo hablaba cuando se le apretaba la barriguita, para tenerlo sentado en el sofá de casa, hacerles compañía y aportar mil quinientos, todos los meses, para la causa.

Gertrud recibía doctrina de sus dos hermanas mayores; una, especialista en herencias y la otra, en tomates de carnaval.

El 43 sabía que Gertrud solo se saciaba cuando le montaba, cuando demostraba su poder y dominación. Sabía también que le amenazaba, mando de chip en mano, con informar negativamente sobre él y sabía que, dado el rango de ella, tres informes negativos suponían, para él, ir a la maquina de alimento para mascotas. Era una mujer de mucho carácter.

Además, sabía que, con la coordinadora esta, las cándidas eran inevitables: era muy aseada. Pensaba que el bidé era para dejar los tangas pringosos y los calcetines usados.

El sistema era muy simple (era para ellos). Para los hombres de la residencia había quince puntos; un informe negativo, dependiendo quien fuera la informante, suponía una penalización de tres a cinco puntos. Cuando te quedabas sin puntos, unas chicas con camisas de cuadros y pelo corto te llevaban a una planta de fabricación de alimentos para mascotas.

El 43 pasaba horas y horas en el gimnasio puliendo su físico. Tomaba esteroides y anabolizantes para mejorar su masa muscular y conseguir un cuerpo Delyplus que fuera llamativo. Le costó más de dos años de psiquiatra conseguir una sonrisa entre tímida y seductora. Y ensayó, largas horas en el espejo, para conseguir una mirada entre lastimera y lasciva. Se había sometido a un tratamiento de “enlonger pennis” y era estéril.

El 43 sabía que a Gertrud le hubiera gustado solazarse con un número más bajo, pero los 42 anteriores, que eran muchos mas tontos que él, estaban reservados para gerentas, presidentas, asesoras y gente así, todas ellas miembras del nomenclator. Eran números de raza, con la genética modificada en la gestación, especialmente pensados para producir placer y hablar poco. Algunos, incluso, habían sido diseñados mudos.

Gertrud era muy disciplinada. Leía lo que le mandaban, escuchaba la música oficial, se emocionaba, de oficio, con el arte que le recomendaban y veía las series y programas de televisión de más audiencia, en los cuales se aprende a comportarse en según qué situaciones. Tenía algunos problemillas con la elección de su ropa y calzado (no era cosa de estar llamando a su madre, todas las mañanas, para ver que se ponía), pero, en general, era muy mona, ella. También se trabajaba el gimnasio y consumía grandes cantidades de cremas y potingues para restaurar su máscara, mención especial a su pelo que cuidaba, insistentemente, con un secador de alta potencia. Si bien, había comprobado que con el ejercicio físico, además, se sentía mejor. Las endorfinas hacían su trabajo rellenando sinapsis vacías y achicharradas por el secador.

Era una norma. Gertrud era el prototipo de mujer del sistema. Impulsiva, ella. Autoritaria, ella. Independiente, ella. Autónoma económicamente, ella. Liberada sexualmente, ella y con una excelente formación en coordinaciones coordinadas, ella, documentaciones documentadas ella, y medias mitades generalistas en general, ella. En definitiva, una mujer de confianza, ella; con unos valores muy recomendables que la hacían muy valiosa.

Tenía un punto flaco: con el segundo vino perdía control y conciencia de si misma, se evadía, y se enamoraba perdidamente del que estuviera a su lado. Pero de madrugada todo volvía a su cauce, y vomitaba encima del pollo de turno. Gracias a José Luis, el problema no era muy grave.

Sus superioras, a veces, dudaban de ella porque, de vez en cuando, se quedaba enganchada a algún hombre (era el caso del 43), pero nunca había llegado la sangre al río (el agua al río, decía ella). Eran caprichos que se podía permitir y, esto lo hacía más por comodidad que por otra cosa.

Marta, que entre sus deberes estaba la de reportar, cada semana, a su interventora-supervisora, estaba muy preocupada.

Además de una ceja mal depilada, los serios problemas emocionales de una de las inteligentísimas  señoras de Sex and the City y sus aventuras nocturnas con el 43, que le producían escozores perineales, había algo que no cuadraba en sus informes: una especialista de las necesarias, con alto nivel, solicitaba cada jueves al 499.

Esto no era normal, dado que la especialista tenía derecho a números más bajos y el 499 solo era solicitado por ella.

A la especialista, que se llamaba Mari, le gustaba que le llamaran Mari. Se lavaba solo con agua clara y jabón neutro y siempre llevaba ropa de mucha calidad, muy bien planchada y arreglada. Se vestía con mucho estilo y muy bien coordinada y no le daba mucha importancia a esto, lo hacía de forma natural. Invariablemente, cada jueves por la tarde, con una conversación educada y amable, reservaba al 499 para todo el fin de semana. Era una de las blandas que avergonzaban a las demás.

Marta, con su limitada clave de acceso al sistema, investigó y pudo ver que Mari era una médica que no tenía antecedentes alcohólicos, solo solicitaba a ese hombre y no poseía historial de deslealtades. Se limitaba a hacer su trabajo.

Mari era una mujer muy extraña. Nunca había cambiado de banco, había vivido toda su vida en la misma ciudad, la mayor parte del tiempo en la misma casa, había conocido a su padre, tenía los mismos amigos desde hacía treinta años y lo más sospechoso de todo: en algunas ocasiones había manifestado que le gustaban los niños; había, incluso, dado el pecho a sus hijas.

El problema fundamental era que, si no fuera por Mari, las chicas de la camisa de cuadros y el pelo corto hubieran venido, hace tiempo, a por el 499  para convertirlo en chuches para mascotas. El hecho de que en el expediente del 499 hubiera citas, aunque siempre con la misma mujer, hacía que no fuera posible, legalmente, mandarlo a la planta de compostaje.

Marta sabía que el 499 era un tipo, también, muy raro, casi subversivo. En la Proxy del sistema quedaban grabadas las páginas que visitaba,  y todas eran muy peligrosas: siempre de hackers. De esos grupos terroristas de hombres marginales que quedaban y que de forma irreductible, desde las montañas de Sonora o desde las selvas de Colombia, fomentaban actitudes machistas, tales como defender que en los aseos de las residencias se instalaran urinarios murales para poder mear de pié, o que que en los aseso de hombres no hacen falta papeleras con un letrero que ponga “restos biológicos”, porque la próstata, un hombre no se la puede quitar sin entrar en un quirofano .

Muchas veces habían tenido acorralados a estos grupos pero siempre escapaban milagrosamente al asedio de las chicas de las camisas de cuadros. Se decía que, algunas de ellas se pasaban al enemigo con mucho gusto (salían del armario, según terminología oficial).

Se dedicaban a fomentar la lectura de escritores antiguos, muy reaccionarios, con nombres muy idiotas como Francisco Quevedo o Garcilaso de la Vega y, sobre todo, los que llamaban románticos, con nombres odiosos como Becquer, Espronceda, Byron, La Fontaine o Zorrilla, que era una palabra expulsada y fenecida hacía mucho tiempo.

Y no contentos con eso, insertaban músicas muy perniciosas de psicópatas egocéntricos con nombres tan ridículos como Puccini, Verdi y el más psicópata de todos: Chopin.

Marta se preguntaba como era posible que las polonesas hubieran consentido eso. Qué se podía esperar de alguien que tocaba un piano que tenía las alteraciones en blanco y las naturales en negro?. Para Marta eso era muy, pero que muy raro. Este músico, sin embargo, tenía algo que le daba un punto de atractivo: su pareja fue un tío.

El 499, por si fuera poco, visitaba y a veces opinaba, en un asqueroso foro donde se debatía sobre la obra de D. Arturo, ese irreductible y retrogrado machista.

Aquella tarde de viernes coincidieron, en el acceso a la residencia, Gertrud y Mari.

La primera conducía un esplendido biplaza de diseño francés de muy corta cilindrada, estrecho habitáculo, una discutida capacidad de seguridad ante los impactos y maravilloso color azul celeste. Vestía una estupenda chupa de plástico de mucho brillo, creación de Lunamangante que había sido, ese año, premio chocholoco de diseño, sobre una camiseta acrílica con tirantes de Ramírez y Ramírez (famosas diseñadoras de Oklahoma)  y una comodísima minifalda tejana con diamantitos sintéticos dibujando un corazón en las nalgas, de Victoria Verskam. En el aparato de música del coche sonaba una canción de una chica que estaba muy dolida porque todo le salía muy mal, pobrecilla!!!.

La segunda, una horrenda berlina automática  alemana con un motor de seis cilindros en línea, de mas de doscientos caballos de potencia, amplia como convento de clausura por dentro, con los más avanzados sistemas de seguridad y obsoletas lunas tintadas. Vestía un demodè traje de chaqueta sastre de lana de alpaca peruana sobre una estúpida camisa con los botones de madreperla cubana hecha por  el 499 con un retalito de seda que Mari había traído de un viaje a Delhi. En el Skreibson sonaba Leonad Cohen cantando “dance me to the end of love”.

Gertrud pensó, al ver el vehículo que le precedía, en lo horrible que era aquel artefacto de más de cinco metros de largo de color negro antracita y lo mucho más ordinaria que era su conductora. Inmediatamente saco del bolso el teléfono móvil, marcó el número de su hermana y dijo:

– Nena, no te imaginas la pedazo de hortera que va delante de mi, en un coche horrible, se parce a Aida, la hermana de Luisma. Dime, has alcanzado ya la paz interior?.

– Si, ya estoy bien. Es que esto de enamorarme todos los jueves me provoca mucho estress. Este finde voy hacer submarinismo con un calvo (un hombre). Nunca he tenido a un calvo (un hombre) en mis entretelas, debajo del agua. Pero no te pierdas corzón, corzón, este sábado que sale el famoso filosofo “llollas”, debatiendo sobre las carencias de relación afectiva en las treintañeras.

– Yo tengo al 43, pero cada vez me motiva menos.

– Otra vez el 43?. Nena, como se entere mamá la vas a tener parda y con razón.

El 499 subió, cabizbajo, a la berlina y, nada más cerrar la puerta, con la mirada iluminada, dijo:

–        Escrito está en mi alma vuestro gesto. Buenas tardes, amor.

–        Y lo que escribir de vos deseo, vos mismo lo escribís. Como estas, rey?. He comprado, para plantar, azaleas y pensamientos, para beber, Blas Muñoz blanco Chardonnay y para leer, he conseguido, en un garito de las afueras, El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrel.

–        Por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir y por vos muero. Te quiero, mi bien, he podido descargar “e lucevan le stelle”, nos vamos a divertir.

–        E lucevan le stelle ed olezzava la terra?. Tal vez stridea l’uscio dell’orto?; podría ser que un passo sfiorava la rena?. Quien entraba?. Entrava ella, fragrante?. Mi cadea fra le braccia?, y mientras le acariciaba la mejilla entonó:
Oh! dolci baci, o languide carezze.
Mentr’io fremente
La belle forme discioglea dai veli!
Svani per sempre il sogno mio d’amore …
L’ora el fuggita …
E muoio disperato!
E non ho amato mai tanto la vita!,

–        posiblemente es la que más me gusta, dijo Mari.

El 43, apenas acomodarse en el estrecho sillón del deportivo, dijo:

–        Que passssa, chocho, hoy te voy a comer to.

–        Más te vale, rabo mío. Dijo Gertrud mientras se apartaba el teloncillo del tanga. Te adoro, hoy vas a tener setas de cardo, para cenar.

Allí mismo, a cinco metros de la fachada principal y con el techo del coche plegado. Gertrud recibió su primera ración de carne en barra del “finde” con los ojos vueltos, dando envidia a Marta. Ya no hubo más palabras, solo gemidos.

Aquella noche, D. Arturo recibió, en su barco, la visita clandestina de uno de los terroristas mas odiados. Un viejo idiota y aburrido, como él, conocido en el lumpen machista como Montero y charlaron, entre filosofías gastronómicas, sobre el supuesto de que Julieta Capuletto no hubiera amado a Romeo Montesco porque “la gente dice”. Convinieron en que D. Guillermo era un sentimental.

–        Hay que joderse, D. Arturo, -dijo D. Montero-

–        Pues usted tendrá sus preferencias, Montero, pero yo prefiero conocer gente y charlar.