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Suministras Oficialas

Sería como la una del medio día, cuando Marta descolgó el teléfono.

–        Suministras Oficialas, dígame.

–        Está libre el 43?

–        No, señora, el 43 tiene ocupados los próximos dos meses.

Suministras Oficialas era la agencia estatal que suministraba, por un precio razonable, ocio y entretenimiento a las personas que lo requerían.

En ese tiempo los hombres estaban, gracias a José Luis, todos censados y controlados. Los tenían en Las Residencias.

Eran establecimientos donde lo que quedaba de los hombres llevaban una vida regalada con todas sus necesidades resueltas. Comida, habitación y muchos monitores, en distintos espacios, donde se proyectaban videos de deportes y películas pornográficas. Había salas para jugar al mus y discutir sobre la última genialidad del delantero centro del Racing, un tal Rachmaninoff, que lo habían traído de la estepa rusa. El futbol era una actividad marginal solo para hombres.

En los partos, las comadronas ejecutaban un proceso de rigurosa selección, de acuerdo a rigurosos protocolos que fueron establecidos por rigurosas leyes en la época  primigenia cuando, por fin, las mujeres tomaron el control de la sociedad.

Se determinaba el destino de los machos según sus escasas capacidades que, en general eran físicas, a funciones puramente mecánicas y se les implantaba el correspondiente chip transmisor que, además de localizarles en todo momento, recibía la información que suministraba, vía satélite, el ordenador central.

Al principio la lucha fue muy dura; se peleaba por la cuota del cincuenta por ciento del poder. Los machistas trasnochados resistían, se producían numerosos casos de violencia de género y la situación se hacía intolerable; había, incluso, académicos que se negaban a aceptar que las mujeres eran superiores. Poco a poco se fue ganando: eran los gloriosos tiempos de las primeras ministras, cuando las primeras miembras del Sagrado Movimiento tenían que compartir sillón, en el consejo de ministros, con hombres mucho menos capacitados que ellas y, además, mucho más feos, peor vestidos y peor peinados. Había casposos diputados (cosa absolutamente impensable hoy día) que bromeaban públicamente con los fantásticos escotes de nuestras primeras mártires, que sacrificaron sus vidas por la causa; que solo salieron un par de veces en el Vogue, que en fin, pudiendo hacerlo, no enseñaron más que eso y se condenaron a si mismas a vestir con absurdos trajes de Karolina Ferrera  que las tapaban enteras y eso por la miseria de sueldo que les daban, muchísimo menor que el de ellos.

Se empezó por convertir a los soldados en soldadas, para lo cual hubo que convertir al ejército en una agencia de servicios sociales con misiones humanitarias. Vestir a los “militionen” con trajes de diseño para que pasaran a ser “militionan” de una forma sutil, y hacer ver a la sociedad que cuando una mina enemiga mataba a unos soldados era una tragedia universal. Cómo se podía ser tan desaprensivo y matar a alguien que viene a ayudar?. Que viene a cambiar costumbres tan retrogradas. De ninguna manera se podía consentir que las mujeres llevaran velo, ni por voluntad propia ni por nada, coño!!!, pues hasta ahí podíamos llegar!!!.

Empezó, todo aquello, con la magnifica Nieves que, haciendo gala de una magnifica sagacidad e instinto periodístico, montó un formidable lío a cuenta de los malos tratos en el ejército: Un sargento de semana había metido una mano en la mandíbula de un legionario perezosillo que no se levantaba a diana. Como se podía consentir aquello?. Uno de los novios de la muerte, maltratado por sus superiores!!!!.

Se cambió, luego, al futbolisto rudo, peludo y racial por el futbolista depilado, de diseño y con escasas cualidades empáticas: cambiamos a Monolo Santxis por Guttih. Había que acabar con el futbol, -esa actividad absurda, donde veintidós hombres idiotas que ganan, entre todos, cien millones al año, riñen por una pelota que cuesta seis – y nada mejor que convertirlo en un ballet, creando los entrenadores-coach filósofos y los directores deportivos.

Se cambió a Antonino  el Molino, el minero en camiseta de tirantes, por figurines metrosexuales que, mientras se desabrochan la camisa, se tumban con mucha clase en un sofá, con una mirada arrebatadora capaz de poner cachonda a Paloma Plómez Horrero.

Se cambió, gracias a Jose Luis, al albañil baboso y salido por el operario redicho de la edificación que no sabía nada de ladrillos pero sabe manejar una fregona, deja todo relimpio cuando se va y sabe entender una mirada desmayada. Se crearon los famosos operarios y operarias de mantenimientos y mantenimientas.

Fueron los tiempos de María Theresa, de Helena, de Karmen, de Christina de Viviana y de todas aquellas mártires que, luego, fueron elevadas con toda justicia, a los altares del martirologio de la causa. Mención especial para Leire, que por apellido, un machista, le puso un mote.

Pero aquello sucedió hace mucho tiempo. Ganamos.

La sociedad civil progresaba gracias a la inteligencia superior y al arduo trabajo de las mujeres que controlaban todos los ámbitos del poder. Todas las diputadas eran mujeres; todas las juezas eran mujeres, y la presidenta del gobierno elegía solo ministras que acreditaran haber nacido mujer.

Todo marchaba viento en proa (textual de la presidenta). A las señoras rubias ya no se les caía la bola del helado y en los concursos de belleza ya no les preguntaban por sus deseos de paz mundial: les preguntaban cual era el último disco de Bárbara Steixand o cual había sido la última obra benéfica de London Hilton, la famosísima heredera de los viñedos Hilton. Cuando querían descalificar a alguna le preguntaban por la dieta alimentaria de la hija de Belén Estefan, estelar presentadora de televisión, con un dominio espectacular del idioma.

Tan solo quedaba un tío, académico de la extinta de la lengua, que resistía; que perseveraba en su absurda manía de que las palabras no tienen sexo, pero ya era muy mayor y no se le hacía mucho caso. Un tal D. Arturo, que vivía en su barco, y que se le respetaba la vida como muestra ejemplar de lo que no debe ser; de la inveterada inquina y absurdez de los hombres.

La que estaba al otro lado del teléfono se identificó como Gertrud, una alta funcionaria que coordinaba la documentación de mitades. Marta no sabía muy bien que era eso, pero en la pantalla del teléfono digital salía un pié de firma muy alarmante, con muchos colorines, lo que daba una clara idea de su alto rango en un organismo de alto poder.

–        Quiero al 43 para este viernes, a partir de las cuatro de la tarde.

–        No puede ser, señora, hay una auxiliar de enfermería que lo ha pedido.

–        Usted no sabe quien soy yo!!!. Dígale a la auxiliar que resuelva su problema de otra forma: a todas nos han enseñado que el placer está en nuestras manos.

–        Está bien, haré la gestión y la llamo, a continuación.

Marta estaba fuera de si y vivía sin vivir en ella, por la arrogancia y egocentrismo de esta persona humana, pero aún así, hizo su trabajo y consiguió cambiar al 43 por el 191, para la auxiliar.

Marta, comunicó al 43 su nueva misión y si no hubiera sido por el chip explosivo que tenía instalado en su cerebro, el 43 habría protestado. Marta estaba enamorada del 43 y sus volúmenes, pero no tenía acceso a esos números tan bajos. No obstante, el 43 hacía con Marta algunas excepciones en las celdas de castigo del sótano, cuando esta tenía turno de noche.

El 43 sabía, de otras veces, que la coordinadora de las mitades que se documentan era insaciable. Se llamaba Gertrudis pero a ella le gustaba que la llamaran Gertrud, que quedaba más mono. Era una dama de gustos refinados, muy aficionada a los plásticos, con un lenguaje  amplio, que no pasaba de cien vocablos y, algunos, muy personalizados debido a una infancia muy provinciana. Era sibilina y maniobrera como corresponde a quien trepa por la escala de su actividad sin tener ni idea de cual es su actividad, pero tenía una virtud sobre todas: no tenía sentimientos. Controlaba, a voluntad, la risa y el llanto; se sabía, de memoria, lo que tenía que sentir en cada situación; como actuar y, en casos nuevos llamaba a su madre, que  aconsejaba apoyándose en su experiencia de antigua militante y, si era necesario, le compraba la lencería apropiada. Las antiguas glorias de la causa tenían derecho, a cierta edad, a adquirir en propiedad, un hombre-osito de peluche lobotomizado que solo hablaba cuando se le apretaba la barriguita, para tenerlo sentado en el sofá de casa, hacerles compañía y aportar mil quinientos, todos los meses, para la causa.

Gertrud recibía doctrina de sus dos hermanas mayores; una, especialista en herencias y la otra, en tomates de carnaval.

El 43 sabía que Gertrud solo se saciaba cuando le montaba, cuando demostraba su poder y dominación. Sabía también que le amenazaba, mando de chip en mano, con informar negativamente sobre él y sabía que, dado el rango de ella, tres informes negativos suponían, para él, ir a la maquina de alimento para mascotas. Era una mujer de mucho carácter.

Además, sabía que, con la coordinadora esta, las cándidas eran inevitables: era muy aseada. Pensaba que el bidé era para dejar los tangas pringosos y los calcetines usados.

El sistema era muy simple (era para ellos). Para los hombres de la residencia había quince puntos; un informe negativo, dependiendo quien fuera la informante, suponía una penalización de tres a cinco puntos. Cuando te quedabas sin puntos, unas chicas con camisas de cuadros y pelo corto te llevaban a una planta de fabricación de alimentos para mascotas.

El 43 pasaba horas y horas en el gimnasio puliendo su físico. Tomaba esteroides y anabolizantes para mejorar su masa muscular y conseguir un cuerpo Delyplus que fuera llamativo. Le costó más de dos años de psiquiatra conseguir una sonrisa entre tímida y seductora. Y ensayó, largas horas en el espejo, para conseguir una mirada entre lastimera y lasciva. Se había sometido a un tratamiento de “enlonger pennis” y era estéril.

El 43 sabía que a Gertrud le hubiera gustado solazarse con un número más bajo, pero los 42 anteriores, que eran muchos mas tontos que él, estaban reservados para gerentas, presidentas, asesoras y gente así, todas ellas miembras del nomenclator. Eran números de raza, con la genética modificada en la gestación, especialmente pensados para producir placer y hablar poco. Algunos, incluso, habían sido diseñados mudos.

Gertrud era muy disciplinada. Leía lo que le mandaban, escuchaba la música oficial, se emocionaba, de oficio, con el arte que le recomendaban y veía las series y programas de televisión de más audiencia, en los cuales se aprende a comportarse en según qué situaciones. Tenía algunos problemillas con la elección de su ropa y calzado (no era cosa de estar llamando a su madre, todas las mañanas, para ver que se ponía), pero, en general, era muy mona, ella. También se trabajaba el gimnasio y consumía grandes cantidades de cremas y potingues para restaurar su máscara, mención especial a su pelo que cuidaba, insistentemente, con un secador de alta potencia. Si bien, había comprobado que con el ejercicio físico, además, se sentía mejor. Las endorfinas hacían su trabajo rellenando sinapsis vacías y achicharradas por el secador.

Era una norma. Gertrud era el prototipo de mujer del sistema. Impulsiva, ella. Autoritaria, ella. Independiente, ella. Autónoma económicamente, ella. Liberada sexualmente, ella y con una excelente formación en coordinaciones coordinadas, ella, documentaciones documentadas ella, y medias mitades generalistas en general, ella. En definitiva, una mujer de confianza, ella; con unos valores muy recomendables que la hacían muy valiosa.

Tenía un punto flaco: con el segundo vino perdía control y conciencia de si misma, se evadía, y se enamoraba perdidamente del que estuviera a su lado. Pero de madrugada todo volvía a su cauce, y vomitaba encima del pollo de turno. Gracias a José Luis, el problema no era muy grave.

Sus superioras, a veces, dudaban de ella porque, de vez en cuando, se quedaba enganchada a algún hombre (era el caso del 43), pero nunca había llegado la sangre al río (el agua al río, decía ella). Eran caprichos que se podía permitir y, esto lo hacía más por comodidad que por otra cosa.

Marta, que entre sus deberes estaba la de reportar, cada semana, a su interventora-supervisora, estaba muy preocupada.

Además de una ceja mal depilada, los serios problemas emocionales de una de las inteligentísimas  señoras de Sex and the City y sus aventuras nocturnas con el 43, que le producían escozores perineales, había algo que no cuadraba en sus informes: una especialista de las necesarias, con alto nivel, solicitaba cada jueves al 499.

Esto no era normal, dado que la especialista tenía derecho a números más bajos y el 499 solo era solicitado por ella.

A la especialista, que se llamaba Mari, le gustaba que le llamaran Mari. Se lavaba solo con agua clara y jabón neutro y siempre llevaba ropa de mucha calidad, muy bien planchada y arreglada. Se vestía con mucho estilo y muy bien coordinada y no le daba mucha importancia a esto, lo hacía de forma natural. Invariablemente, cada jueves por la tarde, con una conversación educada y amable, reservaba al 499 para todo el fin de semana. Era una de las blandas que avergonzaban a las demás.

Marta, con su limitada clave de acceso al sistema, investigó y pudo ver que Mari era una médica que no tenía antecedentes alcohólicos, solo solicitaba a ese hombre y no poseía historial de deslealtades. Se limitaba a hacer su trabajo.

Mari era una mujer muy extraña. Nunca había cambiado de banco, había vivido toda su vida en la misma ciudad, la mayor parte del tiempo en la misma casa, había conocido a su padre, tenía los mismos amigos desde hacía treinta años y lo más sospechoso de todo: en algunas ocasiones había manifestado que le gustaban los niños; había, incluso, dado el pecho a sus hijas.

El problema fundamental era que, si no fuera por Mari, las chicas de la camisa de cuadros y el pelo corto hubieran venido, hace tiempo, a por el 499  para convertirlo en chuches para mascotas. El hecho de que en el expediente del 499 hubiera citas, aunque siempre con la misma mujer, hacía que no fuera posible, legalmente, mandarlo a la planta de compostaje.

Marta sabía que el 499 era un tipo, también, muy raro, casi subversivo. En la Proxy del sistema quedaban grabadas las páginas que visitaba,  y todas eran muy peligrosas: siempre de hackers. De esos grupos terroristas de hombres marginales que quedaban y que de forma irreductible, desde las montañas de Sonora o desde las selvas de Colombia, fomentaban actitudes machistas, tales como defender que en los aseos de las residencias se instalaran urinarios murales para poder mear de pié, o que que en los aseso de hombres no hacen falta papeleras con un letrero que ponga “restos biológicos”, porque la próstata, un hombre no se la puede quitar sin entrar en un quirofano .

Muchas veces habían tenido acorralados a estos grupos pero siempre escapaban milagrosamente al asedio de las chicas de las camisas de cuadros. Se decía que, algunas de ellas se pasaban al enemigo con mucho gusto (salían del armario, según terminología oficial).

Se dedicaban a fomentar la lectura de escritores antiguos, muy reaccionarios, con nombres muy idiotas como Francisco Quevedo o Garcilaso de la Vega y, sobre todo, los que llamaban románticos, con nombres odiosos como Becquer, Espronceda, Byron, La Fontaine o Zorrilla, que era una palabra expulsada y fenecida hacía mucho tiempo.

Y no contentos con eso, insertaban músicas muy perniciosas de psicópatas egocéntricos con nombres tan ridículos como Puccini, Verdi y el más psicópata de todos: Chopin.

Marta se preguntaba como era posible que las polonesas hubieran consentido eso. Qué se podía esperar de alguien que tocaba un piano que tenía las alteraciones en blanco y las naturales en negro?. Para Marta eso era muy, pero que muy raro. Este músico, sin embargo, tenía algo que le daba un punto de atractivo: su pareja fue un tío.

El 499, por si fuera poco, visitaba y a veces opinaba, en un asqueroso foro donde se debatía sobre la obra de D. Arturo, ese irreductible y retrogrado machista.

Aquella tarde de viernes coincidieron, en el acceso a la residencia, Gertrud y Mari.

La primera conducía un esplendido biplaza de diseño francés de muy corta cilindrada, estrecho habitáculo, una discutida capacidad de seguridad ante los impactos y maravilloso color azul celeste. Vestía una estupenda chupa de plástico de mucho brillo, creación de Lunamangante que había sido, ese año, premio chocholoco de diseño, sobre una camiseta acrílica con tirantes de Ramírez y Ramírez (famosas diseñadoras de Oklahoma)  y una comodísima minifalda tejana con diamantitos sintéticos dibujando un corazón en las nalgas, de Victoria Verskam. En el aparato de música del coche sonaba una canción de una chica que estaba muy dolida porque todo le salía muy mal, pobrecilla!!!.

La segunda, una horrenda berlina automática  alemana con un motor de seis cilindros en línea, de mas de doscientos caballos de potencia, amplia como convento de clausura por dentro, con los más avanzados sistemas de seguridad y obsoletas lunas tintadas. Vestía un demodè traje de chaqueta sastre de lana de alpaca peruana sobre una estúpida camisa con los botones de madreperla cubana hecha por  el 499 con un retalito de seda que Mari había traído de un viaje a Delhi. En el Skreibson sonaba Leonad Cohen cantando “dance me to the end of love”.

Gertrud pensó, al ver el vehículo que le precedía, en lo horrible que era aquel artefacto de más de cinco metros de largo de color negro antracita y lo mucho más ordinaria que era su conductora. Inmediatamente saco del bolso el teléfono móvil, marcó el número de su hermana y dijo:

– Nena, no te imaginas la pedazo de hortera que va delante de mi, en un coche horrible, se parce a Aida, la hermana de Luisma. Dime, has alcanzado ya la paz interior?.

– Si, ya estoy bien. Es que esto de enamorarme todos los jueves me provoca mucho estress. Este finde voy hacer submarinismo con un calvo (un hombre). Nunca he tenido a un calvo (un hombre) en mis entretelas, debajo del agua. Pero no te pierdas corzón, corzón, este sábado que sale el famoso filosofo “llollas”, debatiendo sobre las carencias de relación afectiva en las treintañeras.

– Yo tengo al 43, pero cada vez me motiva menos.

– Otra vez el 43?. Nena, como se entere mamá la vas a tener parda y con razón.

El 499 subió, cabizbajo, a la berlina y, nada más cerrar la puerta, con la mirada iluminada, dijo:

–        Escrito está en mi alma vuestro gesto. Buenas tardes, amor.

–        Y lo que escribir de vos deseo, vos mismo lo escribís. Como estas, rey?. He comprado, para plantar, azaleas y pensamientos, para beber, Blas Muñoz blanco Chardonnay y para leer, he conseguido, en un garito de las afueras, El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrel.

–        Por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir y por vos muero. Te quiero, mi bien, he podido descargar “e lucevan le stelle”, nos vamos a divertir.

–        E lucevan le stelle ed olezzava la terra?. Tal vez stridea l’uscio dell’orto?; podría ser que un passo sfiorava la rena?. Quien entraba?. Entrava ella, fragrante?. Mi cadea fra le braccia?, y mientras le acariciaba la mejilla entonó:
Oh! dolci baci, o languide carezze.
Mentr’io fremente
La belle forme discioglea dai veli!
Svani per sempre il sogno mio d’amore …
L’ora el fuggita …
E muoio disperato!
E non ho amato mai tanto la vita!,

–        posiblemente es la que más me gusta, dijo Mari.

El 43, apenas acomodarse en el estrecho sillón del deportivo, dijo:

–        Que passssa, chocho, hoy te voy a comer to.

–        Más te vale, rabo mío. Dijo Gertrud mientras se apartaba el teloncillo del tanga. Te adoro, hoy vas a tener setas de cardo, para cenar.

Allí mismo, a cinco metros de la fachada principal y con el techo del coche plegado. Gertrud recibió su primera ración de carne en barra del “finde” con los ojos vueltos, dando envidia a Marta. Ya no hubo más palabras, solo gemidos.

Aquella noche, D. Arturo recibió, en su barco, la visita clandestina de uno de los terroristas mas odiados. Un viejo idiota y aburrido, como él, conocido en el lumpen machista como Montero y charlaron, entre filosofías gastronómicas, sobre el supuesto de que Julieta Capuletto no hubiera amado a Romeo Montesco porque “la gente dice”. Convinieron en que D. Guillermo era un sentimental.

–        Hay que joderse, D. Arturo, -dijo D. Montero-

–        Pues usted tendrá sus preferencias, Montero, pero yo prefiero conocer gente y charlar.

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