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Archive for 30 mayo 2010

Nemesio, albañil distinguido.

Amanecía, y Nemesio podía ver, a través de las mermas de las contraventanas, la tenue luz de la aurora. Había sido una hermosa noche del mayo castellano y los pájaros piaban en la fresca hora que precede al alba.

A su lado, su mujer aún dormía placidamente y el silencio era solamente roto por los ruidos de la población eventual, que se había reunido para la obra y pernoctaba en las barracas.

Nemesio miró el tranquilo rostro de esa mujer, su mujer y madre de sus hijas: era precioso.

Nessun dorma

Le gustaba entretenerse unos minutos mirándola, mientras dormía, viendo y escuchando la respiración profunda de su compañera. Le parecía una figura de porcelana a la que había que tocar poniéndose guantes de seda. Era su solaz, era su norte, era en fin, el final donde todo hombre tiene que rendir cuentas.

Escuchó, atento, por si se oía algo al otro lado del tabique. Nada, todo tranquilo.

Sus tres hijas dormían, en la habitación contigua. Sus tres hermosas y sanas retoñas, fruto del amor y del trabajo. Eran el motivo, eran el proyecto.

La noche había sido templada y serena. Nemesio, tumbado en la azotea de la casa, había estado hablando, a sus hijas, de constelaciones y personajes; de hechos e historias antiguos que tenían que ver con las pasiones y los sentimientos de las personas.

De esa manera, comentando a los clásicos, Nemesio trataba de grabar en el alma de sus hijas los valores deseables y prevenir los defectos indeseables que ayudan y amenazan el discurrir de los hechos cotidianos de la gente. Trataba de enseñar a negociar correctamente esos pequeños acontecimientos diarios que nos hacen y deshacen.

Tiró de navaja, brocha, jabón y, afeitándose delante del espejo, pensaba en los tajos para la jornada que empezaba. Los putos arrieros no hacían más que quejarse de que los caminos estaban embarrados y los pedidos no llegaban a tiempo. -El primero que hoy me toque los cojones se come el carro-, pensaba.

–        Cariño, hay que ver cuantos ruidos haces –dijo Isabel, que se acababa de despertar-. Si dejaras de una vez, los cigarritos, mejor te iría.

–        Cielo, si dejara los cigarritos y supiera tumbarme con clase, en un sofá, no sería Nemesio el albañil: anunciaría perfumes de oriente. Duérmete otro poco, todavía es temprano.

–        La mayor necesita zapatos, hay que hablar con la tutora de la segunda y la tercera no come nada.

–        Hay que joderse!!!, -pensó Nemesio-.Como vaya te voy a poner el culo mirando para Burgos, sol de mi vida.  Dijo en voz alta, sabiendo que el cabecero de la cama estaba orientado a Roma.

–        Eso dices siempre, después de afeitarte.

–        Si lo dijera antes, no estaría tan suave.

–        Estás suave?.

–        Alea jacta est, -dijo Nemesio para si-, y se fue para el dormitorio con el útil de mango corto en la mano.

A los toritos con casta les hace falta muy poco trapo para entrar, al negocio, ciegos y  con todo lo que tienen. Así les va a los toritos de casta!!!.

La obra había culminado las fábricas, mamposterías y forjados; canteros y albañiles habían perdido protagonismo en favor de carpinteros de armar que montaban el maderamen de la cubierta.

El andamiaje de las fachadas todavía no se había retirado y, cada día, un ejército de operarios se afanaba, cada cual, en sus quehaceres y todos ellos sabían que Nemesio era su norte porque Nemesio era el  jefe, el único, en toda la obra, que se la conocía entera: el que se la sabía.

De camino hacia la obra, paró en la casa del zapatero, con el que negoció el precio de los zapatos nuevos para la mayor.

–        Buenos días maese remendón.

–        Buenos días Nemesio.

–        Luego vendrá la mayor mía para que le hagas unos zapatos nuevos. Su madre quiere verla calzada como Dios manda.

–        De pala, con suelas y tacón de madera?

–        Si, de vaca y cosidos con doble lazo, que le duren, ya va a crecer poco.

–        De acuerdo Nemesio, esto te va a costar cincuenta maravedises.

–        Te voy a dar el doble si los haces bien y dejas de pegar a tu mujer. Si no lo haces lo que te voy a dar es una ensalada de palos.

–        Joder Nemesio, es que no me obedece.

–        Los toreros malos no sacan ni un pase,  Sedano, si necesitas ayudarte del estoque para lidiar con tu mujer es que eres muy torpe; no lo hagas. Toma, apréndete esto y se lo dices, con cariño.

Sacó del jubón un rollito de papel y se lo dio al zapatero. A Nemesio le gustaba escribir versos de amor y era una buena oportunidad para dar a conocer un paisano que se llamaba Garcilaso que fue soldado en la época del Emperador.

Hacía mucho tiempo que Nemesio sabía que la pluma hiere y ama más que la espada.

Sedano era un veterano del Tercio Alonso de Navarrete, que sirvió en Flandes, al mando del capitán Valenzuela.

En San Quintín, cuando ya habían tocado a degüello, Sedano se fue por derecho para un noble francés que, por su aspecto, lucía muy bonito y con el acero toledano de herir, en la mano derecha, y el vizcaíno de desjarretar, en la izquierda, le cantó las cuarenta en espadas al mesié y le dejó guapete y con el alma pulidita para que rindiera cuentas.

Resultó que el noble francés era Montmorency, jefe de las tropas francesas, el cual, para que no le pasara lo que a su abuelo en Bicocca, optó por dejar el pellejo en la batalla que perdía.

Después de aquello, Sedano se licenció con el premio, que repartió con Valenzuela, y se vino para Toledo con una francesa que pilló en el camino, la cual, por francesa, era muy competente (bilingüe) pero muy desobediente y gastona, además de muy puta.

El pobre Sedano no tenía muy claro si los hijos eran suyos, pero eso le importaba menos que el hecho de que le sisara el dinero.

Nemesio pasó por la escuela y recibió la reprimenda de la maestra de la segunda. No entendía por qué esta mujer le reñía a él por las cosas que hacía su segunda hija.

–        Buenos días, joven doncella, -saludó Nemesio-

–        Porque usted lo diga!!!. Hombre, pues no es usted tan gordo, – dijo la tutora, con gesto adusto-

–        Qué le habrán contado!!!. Cual de las tres cosas no es vedad?.

–        No entiendo, como dice?.

–        Perdóneme, señora.

–        Por qué le debo perdonar?.

–        Porque son dos las cosas en cuestión. Hace un día esplendido.

–        Debe, vuestra merced, reprender a su hija para que no sacuda a los niños de su clase.

–        Los sacude?.

–        Si, como si de nogales nueceros se tratara.

–        No serán alcornoques?.

–        Muy gracioso!!!.

–        La reprenderé, no se preocupe.

Hay que joderse, las veces que la habré dicho que no pegue a los niños más de lo necesario, -pensaba Nemesio para sus adentros-.

Y, por si fuera poco, esta nueva maestra. Desde que tuvo el lío con el curangano de babero blanco aquel que, hacía treinta años, se fue a Tierra Santa, la pobre maestra no había vuelto a conocer, oficialmente, los placeres de las sábanas tibias; pero algunas noches, al volver de la obra, Nemesio había visto movimientos sospechosos de un monaguillo, alrededor de la casa de la maestra. Seguramente porque era muy aficionada a la liturgia oral.

Ninguna de las tres cosas estaba en cuestión para el padre de la segunda que conocía la edad y las idas y venidas de la maestra.

Nemesio controlaba los jornales de todos los que trabajaban en la obra. Recibía los materiales de los distintos proveedores e inspeccionaba que todo fuera de acuerdo con lo pactado en cantidad y calidad.

Discutía con los oficiales de replanteos y miras los distintos problemas de geometría que, a diario, se planteaban. Nemesio, en fin, antes de irse a casa, ya entrada la noche, dejaba escritos los pedidos para el día siguiente.

Cuando zagal, Nemesio trabajó en el taller de carpintero de su tío Paco. Como era un chico algo travieso, su padre, por no partirle la cabeza con un trinchante, le mandó al taller de su hermano, el carpintero. Allí aprendió virtudes y defectos de las maderas; como se pudren y para qué vale cada una.

Aprendió que las pudriciones son siempre por hongos y que los sentimientos, cuando son sinceros, no se pudren. Grabó a fuego, en su alma, que la palabra dada es sagrada; que la lealtad es base de toda amistad y que la honestidad consigo mismo y con los demás hace mas libres a los hombres; que hay gente que no cumple estos axiomas y, por tanto, no deben ser camaradas porque no son compañeros.

En el taller de tío Paco, a fuer de labrar con azuela y desbastar con garlopa, hasta que le dolían los pecados que no había cometido, tablones de tres por seis pulgadas, supo amar a la madera; como huele cuando está sana y como hiede cuando está enferma.

Durmiendo encima de pilas de troncos rollizos, oyó a la carcoma trabajando y vio, por la noche,  la termita de la madera recién cortada. Aprendió a odiar estos bichos que se comen la albura y cagan serrín. Se enteró que se detectan por lo que cagan. Conoció, a base de presentar batalla, que unas son gusanos y otras moscas. Años después, un naturalista catalán le contó que unas son de ciclo larbario incompleto y otras son sociales. Nemesio pensó, -vamos, que tiene cojones la cosa, un tío que se pasa todo el día estudiando a los putos bichos-.

A la temprana edad de doce años estudió los triángulos, que le dibujaba, en el suelo, su tío, y las relaciones que rigen esta figura indeformable. Aprendió de pendolones y tirantas, de pares y nudillos, de durmientes y canecillos.

A los catorce, empezó a leer a los clásicos con un cura renegado que le enseñaba latín y le confesaba, de oficio, sus pecados después de su jornada laboral.

“Gallia est omnis divisa in partes tres, quarum unam incolunt Belgae, aliam Aquitani, tertiam qui ipsorum lingua Celtae, nostra Galli appellantur”. La Galia está dividida en tres partes; una que habitan los belgas, otra los aquitanos y la tercera los que en su lengua se llaman celtas y en la nuestra galos.

Algunos pescozones le costó este párrafo.

A los dieciséis años, tío paco habló con su padre: “Nemesio trabaja el cepillo con escantillón y hace rebajos, renvalsos, espigas, cajas y lazos como el mejor oficial”.  Así, su padre decidió que fuera con los maestros albañiles.

Marchó, pues,  con una cuadrilla de “mandingas” a sentar ladrillo en un ábside que se construía en Montealegre del Castillo, cerca de Almansa.

El Santuario de Nuestra Señora de la Consolación, se llamaba.

Nemesio llegó a su primera obra con su incipiente bigote, cual procesión de hormigas cojas, y todavía haciendo gallos con la voz cada vez que quería expresar algo, pero ya con sus cinco pies y medio de alto y sus 150 libras de peso. Era un joven bien parecido con el pelo castaño claro y los ojos verdes.

Aprendió a trabar, a que pistolas, tacos y canutos eran pecado  y que, como mucho, terciados eran tolerables. Que había que machacarse la cabeza para que llagas y tendeles no coincidieran en los encuentros de las fábricas de dos pies.

Los compañeros y camaradas le enseñaron que la cal había que apagarla lentamente y que el alcaén sentaba muy bien las tejas árabes; que la arena de miga corre mejor que la de río y que si mezclas una de miga con cuatro de rió, la masa cunde mucho más.

En los diez años que estuvo con los mandingas descubrió todos los secretos de las fábricas. Como muros de pie y medio pierden medio cuando les descansa un durmiente para apoyar los palos de los forjados. Comprendió que las disposiciones belga e inglesa, intercalando sogas, dan a los muros una capacidad portante considerablemente más potente que la española, a base de tizones.

Vio, con lágrimas en los ojos, como uno de sus compañeros caía desde lo alto de un muro, cuando colocaba canecillos; se prometió a si mismo que nunca mas permitiría eso y aprendió como dejar mechinales en las fabricas para acuñar, a fuerza viva, los tarugos que sujetan los andamiajes.

Sudaba, con la cuadrilla, un morisco de Cuenca, prófugo de las Alpujarras que, aunque asistía a los oficios cristianos, en su fuero interno era seguidor de las enseñanzas del profeta Abu l-Qasim Muhammad, que Allah el justo, el misericordioso, proteja. El joven Nemesio estaba atento al morisco que, cuando se pillaba los dedos con la almadana, decía en tono muy bajito, cerrando los ojos: “allahu akbar”.

Este sarraceno le enseñó  como fabricarse, con vara de peral, mangos de la herramienta de mano, con “una buena manta de agua y secar al sol después de darle curva” lo que evita que te pilles los dedos cuando golpeas. Le enseñó a “sentar a restregón” y colocar “con tiento” con el culo de la catalana.

Aprendió también que las preposiciones pueden cambiar mucho el sentido de las frases y que sentar “con” restregón y colocar con tiento “en” el culo de la catalana no era lo mismo que poner ladrillos.

Aprendió que la lascivia está más en la mente del que piensa que en los ojos del que mira.

En Montealegre conoció a un judío banquero, del que se hizo muy amigo, que le pasaba información sobre los estados económicos de la gente que Nemesio conocía.

Esta información era vital para Nemesio ya que podía saber, de antemano, la solvencia económica de las personas para las que trabajaba, de forma autónoma, los fines de semana.

Juandedios, (así  sacaron de pila a su amigo el infiel) realmente se llamaba Selim, le contó en la venta donde una noche fueron a cenar, cerca de Chinchilla de Montearagón, y en la que una joven ventera miraba con ojos tiernos a Nemesio, que hace mucho tiempo, en Arabia, las rosas eran todas blancas de largos tallos y los ruiseñores eran todos mudos de gráciles alas. Una vez, un ruiseñor se enamoró de una rosa y tan profundo era su sentimiento que entonó el más bello canto que se recuerda. El pájaro abrazó tan fuertemente a la rosa que las espinas le atravesaron el pecho, llegando hasta su corazón, de donde brotó la sangre que tiñó la rosa. Desde entonces hay rosas rojas y los ruiseñores cantan. El enamorado murió contento porque había cantado y porque conoció el amor verdadero, por el que se muere.

Aquel relato puso muy tierno a Nemesio que no tuvo por menos que darle, a la ventera, lo suyo y algo para su hermana que, también, andaba un poco escasa.

Este morisco confesó a Nemesio que, después de lo del Fuerte de Juviles, D. Juan de Austria, el ilustre bastardo, dispersó por Castilla a todos sus correligionarios y él fue a parar a Cuenca.

Tras un lance amoroso con una cristiana vieja, que acabó en tragedia, vino a Toledo huyendo de los mangas verdes que lo andaban buscando por circunciso y porque la cristiana, en uno de los encuentros, había quedado con los ojos en blanco y repitiendo continuamente: “hay señor, señor, pero que es lo que tengo en el Chichi?”, lo que no soportó su familia de cristianos viejos.

Juandedios, que había trabajado como fedatario público de pesos y medidas en el mercado de Granada, le fue enseñando los secretos de la aritmética e introdujo en sus hábitos y en su mente la manía de contar, medir y pesar hasta el punto que, pasados los años, Nemesio llegó a ser un verdadero especialista en medidas y pesos: estudió a los matemáticos clásicos y calculaba cualquier cosa con facilidad, por complicado que pareciera.

Cuando acabaron con la obra de Montealegre, Nemesio y Juandedios marcharon a Toledo que, como capital del imperio, ofrecía mejores posibilidades laborales.

Empezaron a trabajar en una pequeña iglesia llamada de la Virgen de la Estrella, al lado de un formidable templo conocido como Santiago el Mayor emplazados, ambos, en el Real del Arrabal.

Una tarde de domingo en la que Nemesio paseaba por las afueras  de Toledo, llegando hasta lo que los lugareños comarcanos llamaban “los Campos Canini” había que pasar, obligatoriamente, por las huertas aledañas del antiguo Circo Romano y por la venta aquella donde paraban a refrescar el cuerpo y el alma.

Venta de la Esquina, la llamaban y, a la vuelta del paseo encontró a una damisela sentada en el poyete de la entrada. Nemesio, como domingo que era, vestía sus mejores galas, incluyendo la insignia de “oficial distinguido” que le había concedido el gremio.

Se sentó encima de un mantón que estaba, al sol, encima del pretil que daba acceso al Circo. La joven se acercó y dijo:

–        Buenas tardes, tengáis, apuesto albañil. Como se llama vuesa merced?. -Dijo la coquetona joven, con tono socarrón-.

–        Nemesio García, y vos?. -Contestó él-.

–        Isabel, me puso mi padre, aunque mi madre quería que me llamara Peggy-lee-Sue, lo que le costó una paliza -replicó ella-.

–        Que gran hombre debe ser vuestro padre, señora.

–        No es que quiera ser descortés, pero os habéis sentado encima de mi mantón de entretiempo. Si no os levantáis inmediatamente no me quedará otro remedio que golpearle, sin piedad, en la entrepierna.

–        Disculpadme, señora, no entiendo bien.

–        Es muy fácil: que como no te levantes de mi mantón, echando ostias, te voy a meter dos “patás” en los cojones que vas a salir zumbando como zángano en colmena.

Dios mío, qué carácter!!!. Aquello fue el principio de una corta amistad que se convirtió en un hermoso amor.

Recondita Armonía

Juandedios explicó a Nemesio que la profesión, como la vivienda, son un medio. El fin, el proyecto de todo hombre y mujer es y debe ser otro. Dios, el misericordioso, el poderoso, el que todo lo sabe, había puesto en nosotros un sentimiento de trascendencia al que debemos atender. Un sentimiento, que algunos llaman amor, que es el que nos realiza.

Es un sentimiento que no pesa ni mide. Es un sentimiento que, cuando lo sentimos, nos da norte y trasciende todas las cosas de este mundo. Es el único sentimiento que nos acerca a los ángeles. Es un sentimiento que, dándole el deber que es necesario, perdura en el tiempo y nos engrandece porque crece.

Un día Isabel iba a comprar al mercado de Zocodover, pasando por delante  de las obras.

Iba subiendo el tono de los ruidos mezclados con frases alusivas a sus caderas, bustos y otras lindezas relacionadas con su hipotética capacidad reproductora. Ella procuraba cambiarse de acera, pero eso solo conseguía aumentar el tono de los versos.

Aquella semana Nemesio, en su obra, presenció una de estas escenas; ante tal situación, que él estimaba conturbaba a Isabel, se fue para un indio amasador, que estaba envolviendo.

–        Me ha parecido que eres un gran poeta, por el tono de tus ripios.

–        Es que la moza está muy hermosa, vive Dios, y me parece que esta vale.

–        Esta vale, no?. Mira, indio, solo te lo voy a decir una vez; cuando veas pasar a esa mujer, reza el confutatis maledicti, porque como te vuelva a oír decir lo que acabo de escuchar, me voy a hacer un cinturón con tu pellejo.

–        Me está amenazando, vuestra merced?.

–        No, te estoy advirtiendo. La amenaza y su evidencia te van a llegar juntas

–        Eso habrá que verlo, payo. –contestó el amasador-

Sus ojos verdes vomitaban fuego, Nemesio tiró de acero, le dibujó una línea de cotas, limpita, en un moflete de la cara y, si no es porque Juande y otros colegas se interpusieron (nunca le habían visto así), tan seguro como que Dios es uno y trino, que le hubiera cortado, al guaraní, un traje de chaqueta cruzada, al biés, mientras le recitaba la de “mi navaja es de Albacete y por muelles tiene siete”, que era una poesía muy bonita que le había enseñado Senencito el Camborio.

Se corrió la voz y a partir de ese día, cuando Isabel pasaba por las obras, se hacía un silencio como si pasara la mismísima Virgen del Sagrario, porque en este gremio todo hijo de vecina sabe que cuando un hombre se la juega por una mujer hay que tener respeto y bajar la mirada, no sea que te comas una hostia con  la Custodia de Arfe por guarnición.

Afortunadamente, para los albañiles, no faltan lobas a las que se les rehilan las carnes cuando escuchan la poesía popular del Mestér de Juglaría.

–        Por las ladillas del profeta, Nemesio, que tampoco es para ponerse así. –tranquilizaba Juandedios-

–        Me cago en mi puta madre, Juande, Isabel hará lo que quiera, pero mientras a mi me quede una gota de sangre en las venas, no hay cojones, en toda la profesión, a faltarla. -contestaba Nemesio, todavía fuera de si-

Isabel, ante el violento lance lloraba temblorosa, tapándose la cara con las manos, en el rincón que hace El Real del Arrabal, a la altura de la Virgen de la Estrella.

Nemesio se acercó y tomándola, suavemente, de las manos dijo:

Estrella Polar mía:

Si, por esventura, vos me amares,

Una casa en mi alma os hiciera,

Para que bien la vuestra viniera

A entretener, en ella, sus pesares

Que es mi vida solo desasosiego

Do que os mirara en los Canini,

Cuando florido mayo daba fini

En periplo, hermoso, de andariego

No vivo si no veo vuestros ojos

No yazgo si no siento vuestro aliento

No aturo si no bebo vuestra vida

No veis, señora, belleza en rojos,

Que sin paro ronda el pensamiento

Que no existe para nos otra salida?

Isabel, al ver que Nemesio la apretaba contra la pared, respondió:

–        Nemesio García, acaso no conocéis vos que, en el éter del universo, dos cuerpos se atraen con una fuerza que es directamente proporcional al peso de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancias que las separa?

–        Ya notáis, Isabel, lo grande que se pone la fuerza?. Os parece etérea?.

Nadie sabe si fueron los endecasílabos fechos al ítálico modo, que Nemesio había aprendido de memoria, tal vez la insignia de distinguido, quizá que, en aquella época, un albañil bueno se ganaba la vida con suficiencia, pero al domingo siguiente Nemesio puso una pica en Flandes y, aun sospechando de la condición de la hija del ventero, dada su poca resistencia, al siguiente el Mayor de San Juan de los Reyes les unió en santo matrimonio y patrimonio, actuando de padrinos un sarraceno de Granada y una judía que servía las mesas en la Venta de la Esquina.

Nemesio no volvió a tener dudas y la fuerza etérea del universo le ayudó siempre.

Asistieron a la ceremonia el malhumorado padre de Pegy-lee (que se quedaba sin mano de obra barata) y una sumisa madre, (cuyo padre, asentador de frutas, había tenido dos familias, simultáneamente, una en Toledo y otra en La Habana) que ya había olvidado sus lecturas de panfletos llegados de allende los mares y a su anterior marido, pero seguía suspirando por un arriero trucha de la Cuesta del Petit.

Asistió a los esponsales, así mismo, la camarera amiga de Isabel, natural de Ocaña; muy ligera de enaguas y afectos, ella, además de medio lela, con lo que el sarraceno, que gastaba las medidas propias de su estirpe y se disfrazó de tomate conquense, se vengó convenientemente de los cristianos viejos, lo cual dejó muy contenta, según se supo, a la susodicha que tenía por nombre el de una de las hijas del Cid Campeador y, también, tenía cuentas pendientes con la Santa Madre Iglesia (su apellido era un gentilicio).

Doña Sol, que así se llamaba, estuvo visitando en secreto (y comiendo a dos carrillos) a Juandedios durante año y medio y luego se cansó y le dijo que necesitaba espacio y tiempo dejándole compuesto y sin novia, que tal es la condición de las venteras instruidas.

El pobre Juande lo pasó mal otra vez pero, dados sus atributos, no le duro mucho el pesar. Y cuando curó de sus heridas y la pudrición blanca que la camarera le dejó en el capullo, volvió a sus quehaceres cuotidianos.

Esa noche Nemesio le dijo a Isabel:

–        Tienes que elegir entre ser hija de tus padres o mi esposa. Lo primero que debemos saber es a quien rindes obediencia porque yo solo te la voy a rendir a ti, mi amor.

Isabel eligió ser la esposa del maestro albañil.

Esa noche, la del dieciocho de octubre, los paisanos de Toledo no acertaron a entender por qué hubo traca de pólvora blanca sin ser festividad oficial.

Esa noche, la estrellita toledana anudo al cuello de Nemesio un pañuelito de seda que este nunca se quitaba, y cuando por el uso se pudría, Isabel, con amor y paciencia, anudaba otro.

Y después de ocho años mas con los canteros de Ventas, Nemesio y su enamorada Isabel habían llegado, hacía ocho, a la obra.

Aquella mañana, cuando el sol estaba alto y el calor hacía más arduo el esfuerzo, Nemesio andaba en sus negocios, contando, midiendo, dando órdenes y contando chistes para animar al personal.

–        Diego, tienes hasta el viernes para terminar esa pilastra.

–        No me jodas, Nemesio.

–        Como no termines el viernes, te quedas aquí y mando al sarraceno a ver a tu señora y ya sabes que este la pone mirando para la Meca en menos que se persigna un cura loco.

–        Dios mío, con lo puta que es!.

–        Pues espabila, que con lo que me cuentas igual voy yo, aunque tarde más, y tu te apañas con el sarraceno.

–        Joder, Nemesio, si seguimos hablando acabarás adoptando a mis hijos.

–        Los niños, cuando quieras. Así que dejemos de hablar, termina la puta pilastra y el viernes te coloco veinte y cinco reales de vellón para que saques a tu mujer al baile y luego la enseñas de que estamos hechos los albañiles (si ella quiere).

–        Y si no quiere?

–        Le damos una paliza al sarraceno porque eso es que ha ido antes, sin mi permiso ni el tuyo.

–        Todas la mujeres tienen algo.

–        Y todos los hombres, Diego, a la mía le huelen los pies, por eso, yo pongo claveles por donde ella pasa.

–        Y a la mía que tengo que ponerle?

–        Penicilina, Diego, que todavía no se ha inventado pero le viene de puta madre al relato.

–        Me cago en Alá, Mahoma  y toda su puta nación.

–        No blasfemes, Diego, que una cosa es que tu mujer sea un poco puta y otra, muy distinta, que el profeta sea cochino, y como me toques los cojones los veinte y cinco se quedan en veinte.

–        Hijoputa!!!!.

–        Te he oído, ya son quince. Te vas a tener que esmerar, después.

En esas y otras parecidas estábamos, cuando un carruaje  de seis corceles negros, con ballestas en las ruedas traseras, se detuvo a veinte metros de donde él se encontraba. La escolta refrenó los corceles, tirando de las riendas, y los oficiales coraceros formaron dos líneas en los laterales del carruaje.

Un cagatintas, vestido de negro y con todos los distintivos de su esplendida formación administrativa, bajo del carro y se dirigió hasta donde estaba Nemesio que, asombrado, no daba crédito a sus ojos.

– Buen día tenga vuestra merced. -Dijo el leguleyo, que pinta de eso                tenía-.

– Buen día tengáis vos, señor.

– Estaría en vuestro animo acercaros al carruaje de mi señor?.

– Pues no faltaría más.

Nemesio alargó el mazo de papeles, que tenía encima del caballete, donde consultaba asientos y cuentas, a Juandedios, que no podía ostentar ese cargo porque su sangre, por lo visto, no sé que cosas tenía. Los expertos en técnicas de la comunicación dijeron que era “marrano” (su apellido era un toponímico, también).

Al llegar a dos metros del carro un guardia, apoyando la mano izquierda en el pomo de su espada y mostrándole la palma de la derecha, detuvo a Nemesio que hizo una profunda inclinación y dedujo que el poyo de la coraza era zocato.

–     Maese Nemesio  -dijo una voz profunda desde el otro lado de la cortina que velaba la ventanilla-, tengo entendido que vos controláis toda la economía de esta obra.

–        Hago el trabajo que se me encomienda lo mejor que mi leal saber y entender me permite. Señor.

–        Me dicen que vuestra merced es un hombre honrado y leal a vuestro rey, que sabe donde se coloca cada ladrillo que entra o sale    de esta obra. -Dijo el hombre de detrás de la cortinilla y Nemesio quiso notar un ligero acento alemán, por el modo en que arrastraba las erres-.

–        Procuro que no se me escape nada, señor.

– A partir de hoy, vuestra merced dará informe a Su Eminencia el              cardenal Granvela, rindiendo cuentas conformadas por vos, cada mes. No se abonaran asientos que no lleven vuestra rúbrica, maestro aparejador.

Se oyeron dos golpes en el armazón del coche y el cochero arreó los caballos. Las dos filas de coraceros volvieron a la formación de marcha.

Nemesio, todavía asombrado preguntó: quien es este gran señor?.

Alguien dijo: el gran señor que te ha hablado ostenta los títulos de rey de Castilla, de León, de Aragón, de Sicilia y Nápoles, de Jerusalén, de Portugal, de Navarra, de Granada, de Valencia, de Toledo, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas Canarias, de las Indias, Perú, de las Islas y tierra firme del mar océano, Conde de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina de Aragón, Duque de Atenas y de Neopatria, Conde de Rosellón y de Cerdaña, Marqués de Oristán y de Gociano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, Conde de Flandes y de Tirol. Y firma como “Yo, la muerte”.

– Mecagonmipadre!, -pensó Nemesio- podré, alguna vez, trabajar en todos esos sitios?.

Otro alguien. Más cagatintas que el anterior, se acercó y plantó, en el pecho de Nemesio, una insignia de plata, con dos ramas de roble y laurel que abrazaban una escuadra de la que colgaba una plomada.

A Nemesio lo mató una pulmonía y los cigarritos pero murió feliz, porque ejerció su profesión,  quiso la responsabilidad y conoció el amor verdadero de  su Isabel a la que construyó no una, sino tres casas.

Anduvo por las obras hasta los noventa años y entrando al trapo, sin conocimiento, hasta los ochenta y nueve y medio.

Y salvo el desafortunado lance, que tuvo, con la guarrindonga sicópata, aquella, que trabajaba en la venta al lado de Chinchilla de Montearagón, siempre fue un hombre de palabra y honor que no hacía enredos con la contabilidad.

Su cuerpo fue enterrado debajo de una higuera en Olías del Rey y, durante muchos años después, dio buenas brevas.

È lucevan le stelle

Isabel:

Señora, toda la vida amando

Llevo de vuestros ojos la luz bella,

Si alguna vez me apartare d’ella

En la total oscuridad quedando

Perdonad, por Dios, que muy llorando

Estoy al perder polar la estrella

Y en mi cara hacen gran mella

Las mis amargas lágrimas brotando

Que la vida es tan solo un camino

Para andar con buena calma

Pero me salí de esta rivera

Ahora, si vuelvo y me conmino

No es hierro malo para el alma

El amor grande que será y fuera.

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I CARTA DEL APÓSTOL ED A LAS MELODYCENSES.

Todo me recuerda a ti

Hermanas:

Edmud Sullyvan, siervo de vos, apóstol de la causa en José Luis, hermano en sostenes del cupo, por llamamiento divino, a las hermanas Melodycenses, elegidas por nuestra superior educadora para predicar la liberación; saludos de Ella y amor de sus queridísimas hijas.

Damos gracias continuamente a Andreita por vosotras y siempre os recordamos en nuestras oraciones, haciendo memoria, ante nuestra  Madre, de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestra caridad y de la perseverante esperanza en nuestro Señor José Luis.

En verdad, en verdad os digo que la ruptura de la ecuación espacio-temporal es una facultad muy deseable para las hermanas en la Señora. Debéis perseverar en ese entrenamiento hasta llegar a las más altas cotas de la competencia y conseguir el puesto para el que valéis, olvidando todo lo que haya pasado antes.

Estad atentas a la red de seguridad y nunca jamás hagáis piruetas sin ella. Si para tal fin tenéis que practicar la necrofilia, hacedlo. La Madre os lo agradecerá.

Tened muy en cuenta que lo primero sois vosotras. Incluso en vuestra relación de pareja, vosotras sois lo importante, mucho antes que la propia pareja. El egocentrismo es el eje de nuestra vida y seréis recompensadas.

No prestéis oídos a demonios, subyugados por la racionalidad, que pretendan poner orden en los sentimientos a base de expedientes documentados. Los compromisos se hacen para romperlos.

El caos es el origen de la cuarta Ley de la Termodinámica Protónica, y os digo, hermanas, que la Señora me ha hablado en sueños y me ha transmitido la verdad. La transición de fase es el éxtasis para Ella: “Be water, my friend”.

Dejaos llevar por las sensaciones, mucho más volátiles que los sentimientos, no os atéis a espacios y tiempos que no sean exclusivamente vuestros. Compartir es de necias.

Prestad oídos a las que me lo dicen que por eso sois melodicenses. Y hacedlo después, y solo después, de pillar cacho. Como indica nuestro excelso mártir Sir Pol Deivid Jiuson: romped los muros que os tienen encerradas en un decadente amor libremente elegido. Construir es de albañiles. Es mucho mejor gestionar la dirección, aunque no tengáis ni idea de la materia que dirigís.

Si encontrareis, por ventura, algún gentil que, con estúpido rigor científico, idiotas pruebas irrefutables y ridículos expedientes documentados, pretendiera negar estos principios, huid de él como de la peste porque ofende a nuestra Señora.

Procurad hacer síntesis y resumen de vuestra vida y olvidad lo que no os interese recordar, que el amor neuroplástico nos redimirá en el reino de nuestra Señora.

No atendáis a los cobardes que estimen que el propio hecho de olvidar los medios confirma la perversidad de los fines. Los medios siempre son lícitos si se consiguen los fines. No dudéis que os será recompensado en el reino de la felicidad.

De la absurda frase:

“me enamoré, siendo interina, de un jefecillo; le prometí amor eterno; me fui a vivir, gratis, a su casa, después de pedirle que se divorciara, le nombré asesor áureo, me curré una estupenda plaza de jefaza y, cuando esto estaba conseguido, la historia terminó”.

Resumid y olvidad lo qué hay entre la primera y la última coma y escribid:

“me enamore y la historia terminó”.

No dudéis, sois mujeres normales. Mujeres competentes y preferidas por nuestra Señora para alcanzar las más altas cotas del amor evolutivo. Rechazad a las demás mujeres, traidoras a nuestra causa. Ellas son las que nos denigran.

Hermanas, el Espíritu Santo me dicta cuando os digo que los mecanismos con qué funcionamos son amadísimos por nuestra Señora y si para justificar o alentar un cambio de opinión hay que mezclar teoría evolutiva con neuroplasticidad, sazonando con una pizca de Termodinámica y rematando con un cuento chino: bien hecho está, aunque el cambio de opinión justifique la abyecta deslealtad. El amor es una opinión y los episodios psicóticos breves una gilipollez. Solo el sesenta por ciento de estos episodios evolucionan a crónicos.

Amantísimas hermanas, habéis de saber que los hombres son, todos, tontos de baba y, por tanto, fácilmente cosificables. No penséis que tienen sentimientos: son una cosa, son un medio, son un útil de mango corto, muy corto, las más de las veces.

En verdad os digo que es voluntad de nuestra señora que los utilicéis y, cuando no sean necesarios, los pongáis en una cajita, convenientemente guardada en la cripta de las cajitas viejas, para que no os impida vivir el presente, y solo la saquéis, cuando el presente no se entere, no sea que tengamos un lío.

En ningún caso mezcléis presente con pasado: eso es código de los muertos. El futuro no se debe basar en las experiencias del pasado, en especial, si lo has escotomizado. La forclusión es norma básica y muy conveniente.

Si después de nuestra oración principal: “Déjame que te monte”, aparece el pasado, con una capa negra y una zeta blanca en el pecho, no prestéis atención: es una intoxicación neuronal. Es el futuro, hermanas, lo que nos interesa.

Evolucionad, como nos manda Dawkins, nuestro ideólogo principal, espectacularmente interesado en procesar al Papa por creer que Dios creó al hombre, lo cual es absurdo porque todas sabemos que nosotras creamos al hombre.

En verdad os digo que si somos capaces de evolucionar como los Pokemon (en tres segundos), sin hacernos daño, conseguiremos el nirvana.

Y si el admirado Edward Funset, divulgador excelso, quiere que cambiemos de ideología política o de equipo de futbol, hagámoslo, (él lo hace) que el cambio evolutivo siempre es obligatorio y lícito cuando de medrar se trata. No habrá crítica por esta razón.

Porque el espíritu del cupo me impregna las dendritas os digo: son perfectamente lícitos los méritos adquiridos a posteriori. Por todas es sabido que primero se adquiere el lugar y luego los méritos. Siempre ha sido así, y nuestra Señora se complace en ello.

Hermanas:

Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional.

Ya podría yo hablar las lenguas de los pájaros, de los perros y de los gatos; si no tengo amor neuroplástico, no soy más que un vil metal que resuena o unos estúpidos platillos que aturden.
Ya podría tener el don de escuchar y conocer todos los países, ciudades y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor evolutivo, no soy nada.

Podría repartir, en gintonics, todo lo que tengo y aun dejarme abrazar en las barras de los bares; si no tengo amor con las sábanas limpias, de nada me sirve.

El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad que nos revela nuestra suma hacedora. Esto se lo puede creer cualquier hombre si le enseñáis el canalillo.

Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites, si le encontráis su necesidad.

El amor evolucionado no pasa nunca. ¿El don de escuchar?, se acabará. ¿El don de idiomas?, enmudecerá. ¿El saber y cuando?, al de Segovia.

Porque limitado es nuestro saber y cuando, limitada es nuestra escucha; pero cuando venga lo perfecto del cambio, lo limitado se acabará. Cuando yo era niña, hablaba como una niña, razonaba como una niña y sentía como una niña. Cuando me hice un mayor y compré gardenias florecidas acabé con las cosas de niña y aprendí a cocinar. Ahora hablo como una mujer, razono como una mujer pero sigo sintiendo como una niña. Ahora no siento como cuando tenía 33 años, ya que tengo 33 y medio: la evolución es un hecho. Estoy a punto de superar a Pikachu.

Ahora nos vemos, confusamente, en un espejo y no nos gusta lo que vemos; entonces veremos cara a cara y los malvados fenecerán. Mi conocer es, por ahora, limitado; entonces podré conocer, como Nuestro Señor José Luis me conoce.

En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor. De estas tres, la más grande es el amor evolutivo, el amor neuroplástico, el amor de las protonas.

Y ahora, enseñadme la Betty Boop que tenéis tatuada en la ingle, que os voy a aspergiar con el ADN sagrado, pero sin acritud.

Palabra de la hija del Cid.

Te alabamos, señora.

Cantemos, todas, hermanas:

Te pertenezco.Mi corazon se abre a tu voz

When these pillars get pulled down
It will be you who wears the crown
And I’ll owe everything to you

How much pain has cracked your soul?
How much love would make you whole?
You’re my guiding lightning strike

I can’t find the words to say
They’re overdue
I’ve traveled half the world to say
I belong to you

Then she attacks me like a Leo
When my heart is split like Rio
But I assure you my debts are real

I can’t find the words to say
When I’m confused
I traveled half the world to say
You are my mu…

Ahhh! Réponds, réponds à ma tendresse
Verse-moi, verse-moi l’ivresse
Réponds à ma tendresse
Réponds à ma tendresse
Ahhh! Verse-moi l’ivresse
Verse-moi, verse-moi l’ivresse
Réponds à ma tendresse
Réponds à ma tendresse
Ahhh! Verse-moi l’ivresse

I belong
I belong to you alone

I can’t find the words to say
They’re overdue
I’ve traveled half the world to say
I belong to you