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EL EXTRAÑO CASO DE ALEXANDROMALASPINAMILELUPI

septiembre 29, 2010 6 comentarios

EL EXTRAÑO CASO DE ALEXANDROMALASPINAMILELUPI

(Esto es un cuento chino y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero me puede valer para dar una conferencia de optimismo productivo)

Me llamo Alexandro, soy pintor de sentimientos y les voy a relatar el extraño caso que me acontece desde hace, ahora, dos años.

para verte reir

Como les digo, hace dos años, de repente y sin motivo aparente, comencé a perder peso corporal de una forma alarmantemente rápida. Esto hubiera hundido, en la miseria, a cualquier persona normal (he dicho “normal”, no a los que hacen el tonto en los gimnasios).

Mis allegados, al ver semejante desastre, y dado que al nacer, me pesaron en una “romana” de 5 Kg., di tope y alguien dijo: “este niño está sano”, lo cual representaba un gran diagnóstico de una gran comadrona.

Digo esto porque yo soy gordo “de nacimiento” y, salvo periodos excepcionales, siempre he sido gordo y no me arrepiento de ello porque uno no se puede arrepentir de lo que no tiene culpa (otro día hablaremos de la culpa productiva).

Este episodio, que me cuenta mi padre, el cual, como padre que es, tenía derecho a asistir al alumbramiento (sobre todo porque acontecía en su alcoba), tiene otros detalles, como el que dice que, antes del acto del pesaje (como los boxeadores), alguien me sostenía por el “talón” de Aquiles de la pierna derecha y me azotaba el trasero, a lo que yo contestaba con un llanto atronador. Esto me hizo, prácticamente, invulnerable a los ataques de troyanos y otros viruses informáticos, pero me dejó en manos de cualquier corazón desvalido.

Quede constancia, en este escrito, que no le guardo rencor a la comadrona.

Cada vez que mi padre cuenta esto, yo pregunto si me pusieron en el plato de la báscula o me colgaron del gancho, a lo cual mi padre, invariablemente, responde: “qué más da?, deja de preguntar idioteces”.

Me crié como un niño hermoso del que mi madre se sentía orgullosa, y me contaba que “estaba deseando sacarte a pasear, en el carrito, para dar envidia a las vecinas que, al ver niño tan hermoso palidecían al compararlo son sus escuálidos retoños”.  Eran años malos.

Pero es que yo mamaba y mamaba mucho, mi madre era una gran matrona.

Al cumplir tres años, y esto ya lo recuerdo, mi madre me daba en la boca cada vez que me pillaba comiendo tierra. No recuerdo por qué me gustaba la tierra, solo los cachetes en la boca.

Entre manjares y cachetes fueron pasando los años.

Un año antes de ir a cumplir el servicio militar, como correspondía a todo varón útil, en aquella época (entonces, algunos eran inútiles; ahora lo son todos), tuve mi primer episodio de estos de adelgazamiento súbito y me quedé en unos exiguos 65 kg.

Eran épocas de mucha preocupación por mi futuro, mis estudios (que no progresaban) y algunas otras cosas que, ahora, no vienen al caso.

En aquella ocasión nadie se preocupó de mi (ni yo mismo), dado que tras un completísimo estudio clínico, que me hizo un brigada ATS, estudio este, que se componía de meterte el dedo en la boca y soplar, mientras el brigada te tocaba las ingles y decir para que lado estaban las letras grandes de un octotipo en el que yo podía leer, abajo, el nombre de la imprenta que lo había hecho; un teniente médico declaró, con solemnidad, que yo era “útil” para el servicio.

En fin, que aquello se saldó con un año en un cuartel, de la gloriosa Arma de Ingenieros, relajación absoluta y un incremento de 30 Kg de masa en mi cuerpo.

En los siguientes treinta y un años no había vuelto a pasar aquello. Quiero decir que yo vivía lozano, hermoso y feliz, como una amiga mía.

Pero he aquí que, en septiembre de 2.008, bajé de los 103 míos, de natural, a los 73 Kg. Y perdí de mi estupenda 50, nada más y nada menos que cuatro tallas, hasta el punto de que la 42 no me oprimía el intradós.

Mi hermana, sanitaria de profesión, al verme en tan lamentable estado, puso el grito en el cielo y desde allí, mi madre tirando de la palanca, disparó todas las alarmas.

Inmediatamente se produjeron baterías de análisis de todo tipo. Y descubrieron que mi sangre no era azul: era roja y, además, dulce.

Mi grupo sanguíneo seguía siendo 0+ (sero-positivo, que diría un puertorriqueño), pero aquello era mucho más de lo que podía soportar cualquier hermana responsable.

Después de algunos debates familiares, alguien determinó que mi problema era de naturaleza silente y, de forma taimada, iba a acabar con mi salud. Alguien determinó que los disgustos me adelgazan,  y que mi corazón dulcifica todo, cuando las cosas se ponen mal (una encima, o algo así).

En tal estado de cosas me recetaron una serie de medicamentos que, combinados correctamente, pondrían fin a aquella malévola situación.

Total, que con diligencia y amor, me puse a la faena de restaurar mi maltrecho cuerpo y mi deslustrada alma.

Claro, aquello iba bien, pero empecé a notar ciertas tendencias que yo había abandonado, hacía tiempo, por vocación.

Me explicaré:

A partir de la 4ª semana de ingerir la combinación de fármacos que me habían recetado, empecé a sentir la necesidad de caminar.

Si, amigos, caminaba continuamente. Caminaba al amanecer y al atardecer. Caminaba como un poseso, caminaba como esos pervertidos que se ponen hasta las cejas de endorfinas y esteroides, sin tener en cuenta los efectos secundarios.

Estuve tentado de hacer el Camino de Santiago, sin ser religioso (una amiga mía, bipolar, me había contado que en el Camino se liga mucho).

Y lo más grave de todo: me gustaba. Me parecía a Forrest Gump. Cuando alguien me preguntaba mi nombre yo contestaba: me llamo Malaspinamilelupi, Malaspinamilelupi, Alexandro.

En realidad esta inclinación perversa no me preocupaba demasiado, yo era feliz y no hacía daño a nadie.

A partir de la 16ª semana, además de caminar, me dio por montar en motocicleta. Iba a todos lados en mi moto. Durante la jornada laboral, en los “itinere” y en las “missio” yo cabalgaba sobre una motocicleta. Para ir a comprar, yo iba en moto; para ir al cine, yo iba en moto.

Aquello no gustó mucho a mis amigos y parientes.

Me echaban charlas y sensatas epístolas electrónicas acerca de los inenarrables peligros de semejantes máquinas, las penalidades y tortuosas consecuencias de un hipotético accidente de circulación  y las imperecederas secuelas que mi mente y mi cuerpo sufrirían, sentado, el resto de mi vida en una silla de ruedas.

Sentí un impulso irresistible y me matriculé en la Universidad. Volví a los pupitres, pero en moto. Volví al campus, en moto. Y lo más grave: me gustaba que las chicas me miraran (sin quitarme el casco, entonces yo no sabía que las miradas de las chicas son más peligrosas que los guardarrailes).

No me preocupaba mucho lo anterior y no hacía mucho caso. Yo era feliz y no hacía daño a nadie (eso pensaba yo).

A partir de la 18ª semana noté algo absolutamente fastuoso: empecé a tener erecciones nocturnas.

Se lo crean o no, empecé a notar que, como a Unamuno España, a mí me dolían las volteretas que daba, en la cama, por la noche.

Había algún tipo de coacción, en la sustentación, que ocasionaba problemas serios con mi solicitación torsora y el cardan se me atoraba. Me despertaba empapado en sudor. Volvía por mis fueros.

Consulté con un podólogo trucha, amigo mío, y cuando le hube contado el caso me recetó: “Alexandro, siempre con lo mismo?”.

Total, que me tuve que acostumbrar y no me importaba, yo era feliz y solo nos hacíamos daño mi cama y yo.

En la semana 26 de medicación, la cosa pasó a mayores, ya no es que me despertara empapado en sudor, es qué además, me despertaba empapado.

Volví a consultar al podólogo que, riéndose, me dijo: “poluciones nocturnas a tu edad, anda, deja de fumar en la cama”.

Dejé de fumar en la cama y, aunque las poluciones continuaban, no me importó demasiado. No mucho más que mi tendencia ecologista, según la cual trato de economizar agua. Decidí ducharme todos los sábados.

Aún así, yo seguía siendo feliz, muy feliz porque esto no me pasaba desde hacía 40 años y yo no hacía daño a nadie.

Pero, señores, es que la cosa no quedó ahí. A partir de la semana 36 empecé a escuchar a los Bravos, a los Brincos y lo más grave….a Juan y Junior!!!. Dios mío!!!!, que buenos eran, como me gustan.

Excuso decirles, lo feliz que era con aquellos temas de tan grata memoria.

“Borracho yo?, tururú!!!. Yo quiero estar borracho otra vez….porque si estoy borracho, me olvidaré de ti…así, así”

“Para verte reír, haré, mi amor, lo que no podrás comprender. Para verte reír haré brotar una flor que no iba a nacer…..”

nos falta fe

“No comprendo tu intención, yo no soy igual que tu. Basta ya de suplicar: nuestro cielo no es azul, no lloremos sin razón, por un algo que no fue, nuestro amor nunca existió: ya lo ves, nos falta fe. Quiero que me olvides y no vuelvas más. Quiero estar sin ti. Ya lo ves, nos falta fe”.

La fe…sin fe, como queremos mover montañas?.

“Yo, Yo no se luchar, contra ti yo te quiero así y no quiero que sufras y nunca sabrás que me muero por ti…fue cuando te encontré y te hablé y te sonreí cuando quise decir cualquier cosa por ver si te fijas en mi. Tu no pensaste en mi al decir que tu corazón…..”. Dios mío!!!!,nada…nada.

Estrellita en la Vega….el Fred Perry salmón…los zapatos castellanos….”oyes!!, tu has aprobado todo?”. “claro, nena, por quien me tomas?”. ja,ja,ja….me faltó valor…dos años de entrenamiento, treinta y seis años pensando en ti y te quise decir cualquier cosa…te encontré porque sé donde estás, no te sonreí y me hablaste de mis ojos…… claro, nena, ya no tienes un Fred Perry salmón y yo llevo aprobando todo, toda mi vida.

Nada

” Me han dicho que te vas con otro, que ya no te fías de mí. A mi con esas no me vengas. que tu no me puedes mentir. Lo que te pasa es que no sabes lo que quieres y yo no quiero soportar a las mujeres….como tú. A mi con esas?”…..ja,ja,ja….que el tiempo se pasa volando (que vuela, que vuela, nena)”.

Y la definitiva:” quierouuu una motosicleta que me sirva para corer y quierou una camiseta que tenga el numerou dies”. Mike Kennedy (de los Kennedy de Duseldorf), a tope.

bring a little loving

(al lorito con el backing vocal)

Si que eran bravos, si. Publicar esto en 1.968, en España. Los técnicos de comunicación del régimen se debieron quedar perplejos al enterarse que habían vendido un millón de copias.

Y aunque aquello terminó en una tragedia y varios huesos rotos, nada importaba. Yo era feliz. Mi madre, desde el cielo, me daba cachetes en la boca, lo cual significaba que seguía ocupándose de mí. Poca cosa, total trece fracturas. Me lo anunció cuando fui a verla a su lugar de descanso. Mi madre siempre fue una mujer cariñosa: me merecía tres vertebras y solo fue una pierna.

Entrando en la semana 40, convaleciente, empecé a releer a los poetas románticos y a escribir sonetos fechos al itálico modo:

Escrito está en mi alma vuestro gesto, Cerrar podrá mis ojos la postrera, No digáis que, agotado su tesoro, de asuntos falta, enmudeció la lira.

Y la más estupenda de todas, aquella que terminaba con:

Me gustan las queridas

tendidas en los lechos,

sin chales en los pechos

y flojo el cinturón

mostrando sus encantos

sin orden el cabello,

al aire el muslo bello….

Que gozo!, que ilusión!

Empecé a escribir y terminaron las poluciones nocturnas.

Todo esto, que les cuento, empezaba a escamarme y cristalizó en que me enamoré, como no podía ser de otra forma (siempre he vivido enamorado. Es mi estado natural). Toda esa química que estaba tomando precipitó en el matraz de mi corazón.

Enamorarse no tiene nada de raro, pero si te enamoras de la misma que te enamoraste treinta y siete años atrás, la cosa se pone muy seria, hay que pensar en Catalina de Medici.

Volví a la consulta del podólogo que, alarmado después del aserto, me gritó: “déjala en paz, bastante daño la has hecho ya”.

Pero el asunto era irreversible, estaba perdidamente enamorado, como cuando cursaba bachiller. Pero enamorado hasta las trancas. “Saulo, Saulo, por qué me persigues?”.

La veía pasar, mirarme con cara de mal humor (cual capitán William Bligh en la Bounty), mientras ordenaba todo, y decir: “por aquí no ha pasado una mujer en cinco años”. Se ocupaba de mí. Tal vez había hablado con mi madre.

Mi felicidad alcanzó cotas de paroxismo porque ella me correspondía, como antaño. Y decidimos viajar y aprender inglés, que son buenas materias para tercero de vida. Y decidí poner claveles por donde ella vaya pasando. Luego me llevó a su casa y puse las bombillas, arreglé las puertas, puse las cortinas, cociné para ella y dije: “por aquí no ha pasado un hombre en cinco años”.

“Si, vendetta…tremenda vendetta”, que diría Rigoletto.

vendetta, tremenda vendetta

Y todos estos acontecimientos no serían para preocuparse si no fuera porque han pasado veintidós semanas más, entramos en la semana 62, y lo que siento es una atracción fatal por su coleta (cuando se la hace) y por todas las coletas de las niñas que veo.

Tengo muchas ganas de tirarlas de la coleta. No lo hago porque, cuando hacía esto, hace cuarenta y cinco años, mi madre me zurraba, de lo lindo, por vándalo y eso que yo quería ser alano. “métete con los que sean más grandes que tu, cobarde!!!”, me decía.

Estoy pensando que, después de consultar al podólogo, voy a dejar la medicación porque veo la tierra de los tiestos y siento ganas de comérmela.

Qué va a ser lo siguiente?.

nadie te quiere ya

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