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ESPLENDIDA MAÑANA DE PESCA

Serían como las nueve de la mañana de un soleado y esplendido sábado de junio del año 1990.

Giacomo despertó y, en pijama, bajó al salón de su casa. Sus hijas, en número de dos, estaban sentadas, en pijama, en el sofá mirando la televisión. Eran dos jóvenes infantas de cuatro y cinco años.

Ante tal atrocidad, Giacomo, sin pensarlo dos veces dijo:

– Nenas!!!, a vestirse, echando chispas, que nos vamos a pescar.

– Bieeennnn. Jo! Papa, que risa.

(Soy siete veces más fuerte que tú, muy veloz)

y siempre estoy de buen humor

Él, volvió a subir los cuatro peldaños que separaban los dos niveles de la casa y en llegándose a su dormitorio comunicó la decisión a su esposa.

– Y yo que hago?. –dijo ella-

– Coño, pues vente con nosotros

– A mi no me gusta pescar, me aburro mucho y, además, hay muchas cosas que hacer aquí.

– Pues si tantas cosas tienes que hacer, hazlas.

– Volvéis a comer?.

– Si claro, pescar, pescaremos poco, pero las quito de la televisión. No me gusta que aprendan los mitos clásicos dibujados por Disney.

Vestidas, que fueron, las neófitas pescadoras, Giacomo mandó, antes de salir, hacer las camas y dejar ordenadas la habitaciones. Las criaturitas  no tenían edad para hacer las camas ni ordenar nada, pero así iban teniendo una idea de lo que eran obligaciones y responsabilidades.

Estella, la madre de las niñas y esposa de Giacomo, preparó el desayuno, lo más rápidamente que pudo. Era criterio general que, una vez tomada la decisión, la familia se ponía en marcha con diligencia y agrado. Cada uno lo suyo y un poco del común.

Mientras tanto, él preparó los cebos y los adminículos necesarios para la mañana pescadora que se avecinaba.

Puso a hervir la patata. Está lista cuando la caña de la boya entra en el tubérculo con alguna dificultad (los peces son muy sibaritas con el grado de cocción: es un problema de tacto) y confeccionó la masilla con miga de pan, aceite y un toque de colorante, que los peces, le contó un veterano, tienen muy buena vista.

Puso en el maletero del coche, un Cherokee Limited blanco, las corcheras con anzuelos montados, carretes de hilo, sus cañas telescópicas buenas (una para fondo y otra para boya) y dos cañitas guarrindongas, con sus respectivas carreras de hilo, que había comprado para las niñas.

– Niñas, espabilad que el sol no para!!!. Antes de ponernos a pescar tenemos que ir a por lombrices.

– Lombrices, jo papa, que asco!!!

– No son para vosotras, son para los peces y a ellos les gustan.

Mientras ellas bajaban al garaje y se montaban en el coche, Giacomo pasó por las habitaciones, hizo las camas y repasó el orden. Como era de esperar, ni las camas estaban bien hechas ni el orden estaba ordenado.

– Estella, nos vamos.

Se despidió de su mujer mientras bajaban al garaje donde se encontraron a las dos monas, sentaditas en el asiento trasero, con cara de nerviosismo ante la mañana de aventuras que se avecinaba.

La madre les dijo.

– Niñas, obedeced a vuestro padre (lo cual era un reconocimiento).

Y acercándose al oído de Giacomo le dijo, en tono casi inaudible

– Como se te caiga una niña al agua, te mato.

Tales son las responsabilidades y tales los envites que se juegan los padres ordinarios ó vulgares. Giacomo no tenía ninguna duda de lo qué pasaría si una niña se daba un champuzón, y no sería la primera vez.

A las diez y media salían de la casa con destino inmediato a Safont.

Aparcó cerca de la orilla (son las ventajas de un Cherokee) y dijo:

– Hijas, no os mováis del coche que ahora vuelvo.

En esa zona del río siempre había buenas lombrices, en los cortados de la rivera y, con la azadilla reglamentaria, Giacomo metió en el bote de Nescafé no menos de cincuenta hermosas lombrices de tierra, en cinco minutos.

Hasta aquí todo correcto. Habían cometido, por lo menos, media docena de infracciones pero nadie les había visto.

Una.- Las niñas no llevaban puesto el cinturón de seguridad.

Dos.- Giacomo no llevaba, ni lleva nunca, puesto el cinturón.

Tres.- Habían bajado, por la autovía, a más de 150 Km/h.

Cuatro.- Se habían saltado un bordillo para llegar más cerca de la orilla.

Cinco.- Giacomo tenía “Mens rea”. Sabía lo que hacía.

Seis.- No se arrepentía de ello.

Con el botín lombricero y todos los mejores augurios, salieron de naja hacía el lugar donde poner las cañas y tratar de engañar a los peces.

Ustedes podrán pensar que los peces son animales muy tontos, pero les aseguro que como digan que no pican…. Y algunos, son más listos que el hambre: te dan toquecitos en la boya (chupan el cebo) pero no se lo comen. Hay que tener mucho tiento, arte y paciencia para trincarlos.

Llegaron, al pantano, después de obtener los permisos necesarios en el bar del pueblo, a las once y media.

el país multicolor

Buscaron un lugar sombreado donde plantar el campamento, descargar toda la impedimenta y poder sentarse a pasar la mañana.

Como corresponde a esa edad, las niñas no paraban de moverse, nerviosas ante las llamadas de atención que Giacomo les hacía mientras montabas sus cañas.

Cuando hubo montado todas las cañas (las cuatro), con sus respectivos codales, los anzuelos adecuados y los cebos que estimaba mejores que, básicamente, eran de masilla, para las niñas, una lombriz para fondo y una patata, para el, a la superficie con boya, Giacomo, volviendo la mirada hacia las pescadoras no salía de su asombro: estaban comiéndose, a dos carrillos, la patata de los cebos.

Dios mío hijas!!!, eso era para los peces.

Con lo qué quedaba de cebos y mucha paciencia se acomodaron y Giacomo trataba de explicar que había que fijar la atención en la boya. También trataba de exponer, lo mejor que podía, las artes pescadoras en lo referente a nudos corredizos y su ventaja sobre mosquetones y otras artes. La diferencia entre líneas ordinarias de 8 Kg y codales de 4 kg. Y, de paso, colocarles alguna que otra noción sobre el Principio de Arquimedes.

Ustedes, ya digo, no se lo creerán, pero los peces distinguen la sección de los hilos de pescar.

Naturalmente, no había nada que pescar. Las niñas no paraban de dar palos al agua, mover los arbustos de la orilla, hablar y reñir entre ellas y, claro, con tanta fiesta los peces se habrían ido al otro lado del pantano.

Pero como el asunto no era pescar sino, más bien, docente y, sobre todo, de distracción, no había problema alguno y todos eran felices.

En esas andaban cuando apareció un guarda de ICONA con su traje de pana entre verde y marrón (panzaburro), con su insignia de “guarda forestal”. Como diría D. Francisco, “ni perro ni gato de aquella color”.

Aquel agente de la autoridad, con una varita de bambú en la mano,  se acercó a la familia y dijo:

– Buenos días, tienen ustedes permiso para pescar?.

Giacomo, sacando los permisos del bolsillo, los mostró y dijo:

– Si, señor guarda, aquí los tiene.

– Y con que cebo están pescando?

– Dos cañas a la masilla, una de patata y la de fondo con doble anzuelo de lombriz.

– Y de donde son las lombrices?.

– Pues mire usted, no se lo he preguntado.

– Sabrá usted que no se puede pescar con otras lombrices que no sean de este pantano.

– Cuando las estaba clavando en el anzuelo se retorcían de gusto y no me ha parecido oportuno preguntarles de donde eran.

– Pues entonces me tiene, usted, que dar las cañas.

– Las cañas?. Se refiere usted a que me confisca las cañas?

– Si, es la ley.

– Y cuantos vienen, con usted, para quitarme las cañas?.

– Se resiste, usted, a darme las cañas?.

– No, las cañas no se las voy a dar, a lo qué me tengo que resistir a darle a usted dos hostias, bien dadas, en la cara.

– Usted no sabe lo qué está diciendo.

– Claro que lo sé. Me resisto a que sus nietos tengan cañas nuevas. Y me resisto a creer que un agente de la autoridad, la poca que le otorga esa placa, sea tan deshonesto.

sus puños vuelan

Aquel fue el final de una prometedora mañana de entretenimiento.

Giacomo recogió toda la industria y al coche. Cuando estuvieron en casa, Estella le dijo:

– Mira que resistirte a la autoridad!!!!.

– Cielo, si los que vienen son una pareja de la Guardia Civil, con el capote, el tricornio y no les veo las manos, les doy todo lo qué me pidan, pero un guarda incompetente que quiere las cañas de tus hijas?.

– Hubieras sido capaz de pegar al guarda?

– Claro que no, mi vida, como no pegué a aquel que, cuando estábamos en el Parque del Oeste, se empeñaba en que le diéramos cinco duros en concepto de multa por pillarnos en un banco a las once de la noche. A aquel no le di los cinco duros ni a este la cañas, y yo no pego a nadie, no hace falta.

venga, vale…te lo digo

P.D.- Antes de regresar a casa, Giacomo se volvió a saltar el bordillo y dejo cuarenta y ocho lombrices donde las había cogido. Volvió a no ponerse el cinturón, porque él elige su seguridad y volvió a sobrepasar los límites de velocidad, que no están puestos para un coche de ocho cilindros y doscientos cincuenta caballos. Siguió teniendo mente culpable por tener capacidad de análisis y siguió sin arrepentirse por tener capacidad de análisis.

Y todo esto, porque Ernesto Guevara le había enseñado que las normas injustas están exentas de cumplimiento.

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Categorías:MIS COSITAS
  1. Julita
    diciembre 10, 2010 en 8:28 pm

    Jajajajajajjajaja
    me he reido mucho.
    me ha gustado.

  2. Alexandromalaspinamilelupi
    diciembre 11, 2010 en 1:43 pm

    Qué te hace tanta gracia, Julita?. Tanta hilaridad te produce un relato de ficción? un cuento para niños? a alguien que rehabilita edificios?……ja,ja,ja…a mí también. Te haces una idea de lo bien que lo pasó Giacomo en aquella mañana?. Crees que lo pasaron bien las dos jóvenes infantas?. Me parece que las lombrices lo pasaron algo peor.

    Hablaré con Giacomo para ver si quiere contar la historia de los grillos, la de los gusanos de seda, las de las perdices o alguna de tantas que me contó a mí. Como aquella que decía “has merendado?”….si…y quieres merendar otra vez?….bueno!!!…ja,ja,ja…merendar dos veces no es moco de pavo. Envidio a Giacomo, yo nunca pude hacer eso.

    Pero recuerda, Julita…..solo con mirar, lo qué tu piensas puedo saber, el más anciano del lugar, soy siete veces más fuerte que tú, muy veloz….y siempre estoy de buen humor. Tu madre usa hierbas que, yo sé, te pueden curar. Cuidado con los Trolls y las mofetas!!!!!. Los detectarás por el olfato….ambos huelen muy mal.

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