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LAS CUATRO ESTACIONES II

El cielo tosco y grisáceo amenazaba lluvia. Giacomo, acomodado en la silla de ruedas, se arrebujó en su capa.

Hacía ya un año que le habían operado y seis meses que notaba, con toda nitidez, los síntomas del “miembro amputado”. A consecuencia de la obstrucción de los vasos capilares, había perdido los dedos de los  pies. La silente seguía a lo suyo y Giacomo seguía peleando lo justo, siguiendo su particular máxima de “más vale pelear de pie que morir de rodillas”, aunque ahora resultara ridícula. Seguía pensando que “no fumar, no café, no comer, no beber, no músicos y no danzantes” no era vivir, si la de la guadaña ha de venir, aquí te espero comiendo un huevo.

A pesar de las continuas advertencias de Estrella, que en ocasiones se convertían en reprimendas, Giacomo sabía que cada uno tenemos unos espacios y unos tiempos asignados y que, cada cual, tiene que administrar la arena de su reloj como buenamente pueda y sepa.

A sus 81 años, era muy consciente de que ya había sobrepasado, con mucho, sus expectativas. Estaba viviendo en el tiempo de descuento. No sabía, ni quería entender por qué le estaban manteniendo en este mundo y sabía, fehacientemente, que más pronto o más tarde tendría que rendir cuentas. No le daba miedo Dios, le daba miedo su madre que, inexorablemente, estaría allí para “canearle” por alguna que otra cosilla que Giacomo habría olvidado. Pero ansiaba ese trámite porque sabía que después del caneo vendrían las caricias. Así son las conciencias.

Subió al estudio, en la plataforma elevadora que le habían instalado sus hijas, y se puso a trabajar en su novela. Sacó de una vieja carpeta folios y documentos impresos, referentes a viejos correos electrónicos y mensajes de antigua telefonía móvil y empezó a leer. Empezó a repasar los textos que había escrito hacía treinta años.

Hizo sonar, en el aparato de música, D. Giovanni de Mozart.

Antes de que empezara a sonar la música, Giacomo  oyó la voz de Estrella:

– Te has tomado las pastillas?

– No, se me ha olvidado.

– Ya, pero el cigarrito seguro que no se te olvida.

Aunque lo escondía, Giacomo seguía fumando cuando nadie le veía. Era absurdo y él lo sabía, pero procuraba no estresar a Estrella. El olfato de su mujer era demoledor, siempre le pillaba. Luego llamaba a sus hijas y se chivaba.

– Tu padre sigue fumando y yo no puedo más. Estoy hasta las narices de decirle que no haga eso y no me hace caso.

Minutos después, Giacomo recibía en su teléfono móvil un mensaje de su hija mayor: “papá, esto no puede continuar así, si persistes en tu actitud, no quedará más remedio que tomar medidas más drásticas”.

Giacomo pensó: “podrá haber algo más drástico que tener a la de la guadaña rondando?”.

Así era Estrella. No quería que Giacomo se muriera.

Giacomo pensó: “Dios mío, que maravilla!!!. Que hice en mi vida anterior para merecer 65 años de esta condena tan dulce?”.

Empezó a leer la “Primavera en Septiembre (Septiembre de 2.008)”. La vívida memoria de Giacomo podía recordar casi sintiendo, aún ahora, las caricias, las risas, los guiños, la complicidad. Podía recordar, como en una película, los sentimientos y las ilusiones. Todo aquello le producía una sensación placentera, muy agradable, que tranquilizaba su alma. Recordaba a la mujer ideal que él había creado, pero Leporello se empeñaba en amargarle los recuerdos, describiendo a la mujer real.

Observe el recuento:

En Italia, 140

En Alemania231

100 en Francia y

91 en Turquía

En España son ya 1.003…..

Giacomo siguió leyendo.


II.- OTOÑO EN EL DESIERTO

“Solía gobernar el mundo

los mares se habrían levantado a mi orden”

“Entonces descubrí que mis castillos se erigían sobre pilares de arena, pilares de sal

de Jerusalén se oyen campanas, coros de caballería romana sean mi escudo, mi espada y mi espejo”

Coldplay (canon)

El 737 de Alitalia sobrevolaba la ciudad de Túnez y ya se podía leer el anuncio de “Tunicia-Cartago”. Desde el óculo del avión se divisaba la inmensa extensión ocre que es el desierto. Giacomo discutía consigo mismo sobre si, como el profeta, tendría la suerte de recibir la señal que estaba esperando.

El día 25 de septiembre Brunilde le había llamado para, ante su insistencia, decirle “vale, volvemos pero cuando estemos seguros”. Después de una muy jugosa conversación y de elevar a escritura pública el contrato de la casa que habían comprado dos años antes. En esa conversación, que había tenido lugar en un bar de la ciudad había escuchado cosas como “ahora me puedo tirar a uno o dos todos los días”, lo que producía a Giacomo una gran desazón.

Al pasar el control de aduanas del aeropuerto, un policía aseado selló el pasaporte, comprobando el visado de entrada en el país.

Giacomo viajaba con equipamiento del explorador Coronel Tapioca, pero había contratado un seguro de repatriación.

Se disponía a atravesar todo Túnez y toda Libia para llegar hasta la cordillera de los Akakus y, atravesándola, hacer un gran arco, por los wadi,  hasta Sheba, para desde allí volar a Trípoli. Era un itinerario, en principio, seguro pero a dos mil kilómetros de ningún sitio nunca se sabe lo que puede pasar, que por la noche todos los gatos son pardos.

Siempre le había dado mucho por el saco esa gente que contrata un pack de viaje barato, con una agencia popular y, cuando se los come un cocodrilo, los familiares exigen al gobierno que mande una fragata de la armada para recuperar las Pánama Jack, que es lo único que no se come el saurio.

La silente, a pesar de la guerra declarada, seguía haciendo su trabajo y ya había perdido el 30 % de la masa corporal.

Todas las alarmas se habían encendido en el entorno de Giacomo y todos sus afectos estaban conjurados.

Al volver de Buenos Aires había ido al medico generalista que, al ver los resultados de los análisis de sangre y orina, se había asustado y mandado, de urgencia, a Giacomo a la consulta del endocrinólogo. En la consulta del endocrinólogo, que resultó ser una endocrinóloga, le explicaron todo el proceso que sigue una diabetes de tipo dos; las consecuencias y todo un curso acelerado de combate. Le dieron documentación, números máximos, mínimos y una maquinita con la que, pinchándose en un dedo, debería comprobar con frecuencia el nivel de glucosa en su sangre.

Le proporcionaron, también, un casco y un chaleco anti-diabetes. La sanidad pública funcionaba a las mil maravillas.

“No debe usted fumar, no debe usted tomar alcohol, no debe usted tomar nada de azúcar ni cualquier alimento que la contenga, nada de café, no glúcidos, no lípidos, no ésteres, no alcalino-terreos, no leptidos, no magnums, no cartagineses, no tirios, no troyanos, no nada de nada” y, quitándose la montera, saludó al tendido, -torera, torera!!!!, escuchó Giacomo en su mente-.

Después de los aplausos volvió a la segunda tanda de naturales.

“Debe usted comer seis veces al día y poca cantidad, según la guía que se le ha facilitado. Espacie usted sus relaciones sexuales y debe usted someterse a un estricto control de glucemia con curvas diarias pinchándose no menos de tres veces al día”. El organismo de cada persona reacciona de forma diferente a las sustancias que ingiere, debe usted aprender a conocer su organismo y ver de qué forma reacciona ante los distintos alimentos.

Se volvió, bajando la mano izquierda, dejando que la muleta arrastrara por el albero y, con la cara levantada y el gesto altivo, saludó al respetable.

“hala!, y vuelva usted dentro de un mes, si no hay novedad; si la hubiere venga usted aquí inmediatamente”.

Giacomo no salía de su estupor: que pedazo de faena!!!!. Con qué claridad había expuesto el plan de batalla!!!!. Con coronelas así, no había posibilidad de fracaso.

–        Doctora, (I went back to the doctor) -dijo Giacomo, por ponerla en antecedentes- cásese, usía, conmigo y me cuida, porque con lo que me ha dicho casi prefiero morirme. Y mis relaciones sexuales, actualmente, son muy afrutadas.

–        Usted no tiene ni idea lo que es estar casado con una medico.

–        Pues no, que no lo se. Eso duele mucho?.

A la salida de la consulta la enfermera, con ojos golositos, preguntó a Giacomo:

–        Como son las relaciones sexuales afrutadas?

–        De higos a brevas.

–        Y eso es mucho tiempo?

–        Ocho meses. De higos en octubre a brevas en junio. Eche usted cuentas!. Tengo que espaciarlas mas?.

Giacomo se encontraba bien, no apreciaba síntomas exteriores, que no fueran la pérdida de peso, y eso, como los trastornos del sueño, bien sabía él que no era a causa de la diabetes. Sin comer es muy fácil perder peso. Sin dormir, es muy fácil volverse loco.

Pero todo el mundo, entendiéndose por tal las personas del entorno afectivo de Giacomo, hacían pucheros ellas, le miraban con cara muy seria ellos y todos le soltaban charlas acerca de la buena vida, el orden,  el control y otros temas de similar enjundia, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Y con frases muy dolorosas para Giacomo, como la famosa “ay, si tu madre levantara la cabeza” o la no menos dolorosa de “quítate ya la venda” .

“Hijo, -se desató su padre, con ochenta y tres años- la vida es muy puta y, como todas las putas, es jodida; cuando menos te lo esperas, te la mete.

Tú fíjate lo que le hizo a tu madre, después de cincuenta y un años conmigo, murió antes que yo y no veas la putada que me hizo. Ahora estoy sin rumbo, no sé que hacer. Estoy, por primera vez en mi vida, sin trabajo”.

Había sido, era y sería siempre un muy buen padre y un muy buen hombre. Sabía, perfectamente, cual era la enfermedad que estaba matando a Giacomo, que no era la diabetes.

Giacomo detectó la vieja estrategia de su padre: tratar de despertar empatía. El padre sabía muy bien, porque le conocía desde que nació, que ese era el mejor camino para llevar a Giacomo al redil. Y Giacomo sabía muy bien, porque lo había visto, que el principal trabajo en la vida de su padre había sido amar y cuidar a su madre.

–   Coño papá, –dijo Giacomo- pues vente aquí y cuida el jardín.

–   Deja de decir gilipolleces, el jardín cuídalo tú que para eso es tuyo, y cada uno debe cuidar su jardín. Pero para cuidar el jardín tienes que tener buena salud. El jardín, tus hijas, tu profesión, tus hermanas, tus sobrinos, yo y seguro que se me olvida alguien, te necesitamos bueno. Así que deja de hacerte pajas y cuídate.

–  Tu crees que son las pajas, papá?

–  Eres un puto cochino, de sobra sabes a lo que me refiero.

– De sobra sabes tú, papá, que  no te puedo engañar como no pude, nunca, engañar a mamá: aún sin hablar, nada mas mirarme a los ojos, ya sabía lo que yo estaba pensando y si tu lo sabías.

– En cualquier caso, ser viudo no es tan malo. Mira mi padre, tu abuelo, estuvo viudo cuarenta y seis años y cuando se estaba muriendo llamaba a mi madre, tu abuela.

– Que buena idea, papá!!!. Ahora somos viudos tú y yo. Somos una familia de viudos, una ilustre saga de viudos. Con un poco de suerte bato el record del abuelo.

– Tú no estás viudo, a ti no se te ha muerto la mujer. Está viva y te quiere. Toma, te van a hacer falta. Te metes una en la boca y no la mastiques. Recuerda quien eres y mantente firme.

Le dio una bolsita con castañas pilongas.

Ante estos pensamientos se encontraba Giacomo, cuando desembarcaba en el aeropuerto de Tunicia-Carthago, con su bolsita de castañas pilongas en la mochila.

El atardecer en Túnez, aún siendo Octubre, se mostraba calido. Esperaba a Giacomo un automóvil que lo llevó a un hotel en el centro de la ciudad.

Pasó la noche en un duermevela, excitado ante la perspectiva del día siguiente y porque un catalán de seis pies dormía en la cama de al lado. Giacomo tenía por costumbre hacer el amor con la que dormía a su lado. Esperaba que el catalán no tuviera las mismas costumbres.

Libia se declara una republica socialista que, en realidad, es una dictadura socialista donde su líder ha construido, en cuarenta años de mandato, la sociedad mas desarrollada de África. La sanidad y la educación son gratuitas y universales, pero escasas (como todo en el universo). Las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres, siempre que se porten bien, y las personas mayores tienen derecho a vivir con sus hijos hasta que quieran los hijos.

Giacomo estaba muy esperanzado porque Brunilde le había llamado una noche, a finales de septiembre, y le había dicho:”vale, volvemos pero cuando estemos seguros ” (solía atravesar territorios vacíos, me sabía el camino como la palma de mi mano). No entendía muy bien de qué había que estar seguros pero, aun así, estaba ilusionado en poder restaurar la perdida confianza; en cualquier caso, la frase, no dejaba de ser una luz en la oscuridad. Un rayo de esperanza al que agarrarse.

A la mañana siguiente, un personaje muy singular esperaba en el vestíbulo del hotel. Un moro vestido de occidental de los años cuarenta, con un Rolex tailandés en la muñeca izquierda y una pulsera de oro del Rhin en la derecha. Le explicó a Giacomo los pormenores del viaje que le esperaba por Túnez, mientras estuviera bajo su jurisdicción.

Después de desayunar partió hacia el aeropuerto donde tomó un vuelo interior, en un aparato de hélice, hasta Djerba y allí un automóvil que lo llevó, a través de la frontera con Libia, hasta Ghadames.

Habían recorrido, en total, más de mil kilómetros de los cuales, al menos, la mitad los habían hecho en automóvil, viajando hacia el sur. Giacomo comprendía y  se estaba empezando a hacer una idea de hacia donde se dirigía; de la grandeza de esta creación, de las dimensiones de estos espacios.

Llegó a Ghadames ya entrada la noche y se alojó en lo que parecía un albergue juvenil donde le dieron comida muy picante que había que tomar con muchas precauciones. Nada de alcohol en Libia: el Corán lo prohíbe y Gadafi no lo permite. Es un buen musulmán.

A la mañana siguiente, después de visitar la ciudad (era muy piadoso llamarla así) y comprar algunas cosas a los artesanos locales, se reunió la expedición.

El cuerpo expedicionario, básicamente, se componía por diez europeos, cinco tuaregs y un libio. Los europeos eran cinco de Madrid, cinco de Barcelona. Cinco eran mujeres y cinco hombres. Dos matrimonios y seis solteros. Expedición muy compensada, pensó Giacomo, los tíos de la compañía organizadora eran profesionales competentes.

Los tuaregs eran los tres conductores de los vehículos, un cocinero y un ayudante de cocina que viajaban en su propio vehículo con toda la impedimenta. El libio era un policía que, se suponía, les tenía que vigilar para que no hicieran nada ilegal, dado que los europeos no sabían nada de la legalidad imperante en Libia. Un espía de Gadafi.

A medio día, una vez todos los equipajes y los pasajeros estuvieron instalados en los coches, iniciaron el viaje siempre con el sol de frente.

Esa noche, tumbado en la Hamada, Giacomo tomó conciencia de que, incluso, las estrellas seguían un camino relativo. Orión no estaba en su sitio y la canícula, detrás, se veía entera y de forma nítida, con Sirio brillando, imponente. Miró hacia el norte y no distinguió a la Polar. Empezó a entender que ese era el problema: había perdido la Polar, había perdido el norte (lost in a lost world).

Pensó en Ulises y las sirenas. El episodio de Odiseo y las sirenas siempre había subyugado a Giacomo. Que quería decir Homero?. Nunca, en las clases de literatura, había discutido eso, pero era evidente que el vencedor de Troya sabía que las sirenas estaban ahí y mandó que le ataran al mástil de la nave. No cedió a las Sirenas, pero la cagó bien con Circe. Por qué?.

Giacomo recordó el chiste del indio: “por donde?”.

El firmamento era absolutamente negro y las constelaciones se dibujaban de forma nítida. Entendió aquella antigua teoría según la cual la negrura del cielo era un saco que los dioses extendían, por la noche, para tapar el sol, y las estrellas los pequeños huecos que se advertían en la trama del saco, en la urdimbre de la rústica tela.

La cabeza de Giacomo era un hervidero de preguntas sin respuesta y el absoluto silencio de la noche, en el pedregal, era un medio muy eficaz para ordenar el gran jaleo. Frases como: “estoy recuperando mi virginidad”, dicha el día antes de empezar este viaje herían, con saña, la cordura. Como si se pudiera recuperar eso!!!. Como si las barras de los bares fueran sitios adecuados para eso. Absolutamente contradictorias con otras dichas poco antes como “ahora me puedo tirar a uno o dos todos los días”. Frases como: “eres un bocas”, por un comentario, hecho a la hermanísima, acerca de los dantescos episodios de primeros de agosto, destrozaban todo razonamiento lógico.

Frases falsas como “me he ido con una mano delante y otra detrás” (oh! no, que veo?. Una tela de araña y estoy en el medio), dicha en presencia de sus amigas, estragaban cualquier sistema de ecuaciones que se quisiera construir. No había posibilidad alguna de organizar un determinante que permitiera resolver el sistema. Aquí Cramer no se comía un colín.

Estas y otras parecidas, eran frases que dolían y, dolían mucho.

Nada encajaba con “vale, volvemos pero cuando estemos seguros”. De qué teníamos que estar seguros después de cuatro años de convivencia?. Acaso no nos conocíamos?.

La lógica común no funcionaba. Había más incógnitas que ecuaciones, pero estaba la esperanza. La matriz no era cuadrada, pero estaban la perseverancia y el trabajo.

Al día siguiente llegaron a Ghat, el pueblo donde vivían los tuaregs. Era una población cochambrosa de abigarradas casas de barro. Presidida por un fuerte militar, de la época de la dominación italiana, con una medina muy interesante de estrechas calles y suelo sin pavimentar. Emplearon todo el día en visitar esta ciudad y preparar la expedición porque en los días sucesivos no verían civilización alguna.

Giacomo aprovechó la tarde para tratar de comprar sacarinas, lo que no consiguió; fue a ver a un sastre, acompañado por el jefe de la expedición, y mandó que le hicieran dos trajes con los colores Tuareg. Eligió las telas y los “turgumulus” que es como llaman los Tuareg al turbante que usan en el desierto.  Giacomo había comprendido, en los tres días que llevaba viajando, que no es que fuera conveniente, es que eran imprescindibles.

Así mismo, compró una capa de lana igual que la que usaban los nativos y una especie de sandalias de piel de camello mucho más aptas, para el terreno hacia el que se dirigían, que el calzado especializado que llevaba. Cuando se lo comiera el cocodrilo ya no tendría que venir la Infanta Elena, dos mil quinientos kilómetros tierra adentro, a por sus botas. El coronel Tapioca colgaba de la mochila, Lawrence de Arabia resplandecía.

Esa noche la pasaron en una especie de camping que tenía unas barracas de barro, cada una con un camastro construido en obra, con un colchón de espuma de poliuretano envuelto en un plástico. Era la última vez que se podrían duchar en diez días. Dentro de la barraca hacía tanto calor que Giacomo optó por dormir al sereno, sobre su saco de dormir y ligeramente arropado con su capa nueva. Untado en Aután, al menos, le dejarían en paz los mosquitos trompeteros.

A las seis de la mañana tocaron diana. Los tuaregs se afanaban en colocar y preparar todo lo necesario. Moustah, el segundo en el mando, colocó leña encima de su coche; Hamoud, el soltero, cargaba bidones de gasolina; Dhely Edelani, el cocinero, cargaba agua y víveres en el vehículo cocina; Yayah Minor, el ayudante adolescente, revisaba su teléfono móvil; Yayah Major, el jefe, revisaba todo y se aseguraba de que el compresor de aire funcionaba. Giacomo viajaba en el coche del jefe, con el espía libio y un matrimonio de Barcelona, de modo que, chapurreando todos los idiomas que chapurreaba, se entendía con Yayah y, aunque de forma muy rudimentaria, podían establecer una comunicación. Pero esa comunicación, poco a poco, se fue haciendo mas fluida y continua; Giacomo comprendió que era mas de miradas y comprensión sensorial que verbal. Ambos tenían conceptos muy parecidos de la vida. Se fueron haciendo amigos.

Después de desayunar se inició la marcha y en una hora de viaje se internaron en los Akakus. El paisaje era espectacular, nunca había visto semejante extensión de caprichosas formaciones rocosas que emergen de la arena del desierto. Fantasmales formas como si fueran figuras talladas por el agua en un antiguo fondo marino. Era muy curioso ver las pinturas rupestres, protegidas por rústicos abrigos de hierbas secas, en algunos casos, con un letrerito que lo explicaba todo, escrito en inglés e italiano.

Esas pinturas representaban escenas cotidianas de guerras, comercio, amorosas, etc. Lo extraordinario era que había animales que ahora son tropicales, como elefantes, jirafas, antílopes y otros. Giacomo pensó en el cambio climático; total no tienen rollo estos!!!. Hace más de diez mil años que ya había cambio climático y entonces no existía Al Gore.

Comían, a la sombra de alguna gran roca con grabados rupestres, sobre un colorido hule de plástico que ponían sobre la arena y la dieta era muy sencilla: de primero ensalada de verduras y de segundo ensalada de verduras con sardinas en conserva. Lo adornaban con aceitunas en conserva y de postre, frutas en conserva. La comida, a las dos de la tarde y la cena, a las ocho de la noche. El menú, siempre el mismo.

Para desayunar ponían leche en polvo, mantequilla y pan sin levadura, alguna galleta y café soluble o té en bolsitas.

Giacomo, como invitado de Yayah, desayunaba con los Tuaregs, a la salida del sol. Moustah hacía una fogata, con la leña que se había traído que olía muy bien y Yayah hacía un dulce que llamaban “Samnita”. Era un cereal molido que mezclaban y amasaban, con la mano derecha, a base de aceite de oliva, agua y gran cantidad de azúcar. Moustah hacía el te; delicioso té moruno. Esto era muy peligroso para Giacomo debido a la silente que, continuamente, le perseguía y acechaba y contra la que siempre había que estar alerta.

En su fuero interno, Giacomo, se veía a si mismo, como el rey Pellinore de Listenoise, el de los ciclos artúricos de Malory, persiguiendo a la bestia aulladora, – la soputa esta no me va a ganar, por lo menos, hasta que resuelva el sistema-, pensaba. Hay que buscar más ecuaciones!!!. Hay que ir a ver a la Dama del Lago!!!.

La primera mañana en los Akakus cuando iniciaba el ritual de la prueba, al sacar de su bolsa el aparato y ponerse con la industria, los tuaregs miraban alucinados y se acercaron a pedirle que les probara a ellos. Como iba bien provisto de lancetas y tiras de prueba, les probó a todos; todos estaban altos de glucosa, al amanecer.

No era de extrañar viendo la cantidad de azúcar que consume esta gente. Pero estos tenían muy claro que no era la diabetes lo qué les iba a matar.

Giacomo comprobó que, comiendo con tiento la samnita y no poniendo azúcar en el té, los niveles de glucosa se mantenían por debajo de los límites establecidos. Los días siguientes fueron de marchas diurnas y reposos nocturnos.

Después de desayunar marchaban a pié durante cuatro o cinco horas y establecían un punto de reunión con los vehículos.

En algunas ocasiones se cruzábamos con otros tuaregs que dirigían otras expediciones. Los encuentros solían ser en puntos singulares como fuentes naturales o pozos a los que iban a beber o a tomar el solaz de los árboles. Se encontraron con una pareja de italianos que estaban de luna de miel. Él era de Turín y ella de Venecia. Giacomo pensó que se conocerían bien la A-4 italiana, la autopista que discurre por el sopié sur de los Alpes y que une Turín con Venecia, pero estos, estaba claro, no sabían nada de lunas, ni de miel. Sobre todo porque esa semana había luna nueva, pero que bonito era el amor!!!.

En las veladas vespertinas, después de cenar, la temperatura baja mucho y al calor del fuego hacían bromas. Giacomo se enteró que Dhely había estado en Barcelona y sus compañeros le recriminaban que hubiera tenido un hijo con una española. Ella había venido a Ghat, con la criatura, y había pedido a Dhely que volviera,  pero el cocinero dijo que nones, que el desierto era su vida.

Giacomo alucinaba mucho con una de las solteras, añosas, catalanas. En cuanto llegaban a una de estas fuentes o pozos, ella tardaba nada y menos en quedarse en tanga y mojarse entera. Los tuaregs, cuya religión no permite esas escenas, se volvían para no ver aquello. Giacomo decidió que su religión tampoco lo permitiera y también se volvía.

Esta pájara vino sola pero, para no pagar el suplemento de single, se acostaba todas las noches con el pollo catalán. Era una socióloga, asesora en no se qué gabinete de algún político; una “chica nomenclator” (has sido tú!!!, te crees que no te he visto?) que se llaman vulgarmente, de esas que medran con los labios (los seis); una generalista, como tantas, muy convencida de qué inventar medias mentiras y justificaciones a conductas injustificables, para su jefe, era un buen modo de ganarse la vida.

Giacomo le podía haber dejado su tienda (había pagado como single), ya que dormía al sereno, pero decidió que la tienda se quedaría toda la expedición sin montar. A fin de cuentas, igual a ella no le interesaba eso, dado que el catalán medía más de seis pies y la pobre chica tendría que amortizar, lo más posible, el precio del viaje.

El propio catalán de más de seis pies le dijo, en un apartado:

– Este tipo de mujeres, siempre trata de amortizar el precio del viaje.

– Y en el supuesto que te diga que te quiere?. –preguntó Giacomo-.

– Pues si me gusta le doy veinte euros para un taxi, y si no, le doy diez.

– Como es eso?

– Si me gusta, le doy diez para que se vaya y diez para que vuelva otro día.

– Y donde queda el amor?.

– Cual amor?. Lo que quieren es follar, amigo, follar. Y, si pueden, te meten mano en la cartera.

– Pero esto, en el desierto?.

– Esta ya ha pasado por Malta, Dublín, Berlín, Estambul, Dubrovnik, Saigón, Manila y La Habana.

– Pero, y el amor?.

– Chaval!, tu de que siglo vienes?. -Dijo el catalán arqueando las cejas-, donde has estado los últimos veinticinco años?.

– Yo he estado construyendo y, entonces, tu que eres?.

– Yo soy una maquina. “Sex machine”.

– Ah!, ya entiendo. Que suerte tienes!. En qué trabajas?.

– Soy biólogo, reciclo residuos en una planta de compostaje.

Es decir, pensó Giacomo, que el turismo sexual existe y existe a todos los niveles. Una mujer que se va al desierto y aprovecha para pasarlo bien, eso es todo. Viajando y aprendiendo inglés; cuanto más barato le salga, mejor. Donde quedan los sentimientos?.

Tumbado en su saco, bajo las relucientes estrellas, tratando de localizar la “Coma Berenices” y arropado con su capa de lana Tuareg, Giacomo reflexionaba: Y que decir de los francotiradores?. De esos “expertos” que van repartiendo ADN por el mundo?. De esos poetas del sexo que se bajan los calzoncillos a la primera de cambio?. Sin comentarios. Giacomo no salía de su asombro, porque a ellos les había visto actuar muchas veces, pero a ellas pocas.

La bajeza moral se daba por supuesta en hombres pero ahora, nos igualamos en el merengue, como dice el tango: “en un mismo lodo, todos manoseados”.

Los viejos santuarios, de los que eran depositarias las mujeres, se derrumbaban. Cuantas Manolitas Malasaña quedarán?. Cuantas mujeres de aquellas, con dos cojones, que sacaban adelante su familia dando teta a todos sus hijos, porque se equivocaron de marido?. Aquellas depositarias de la espada del guerrero; aquellas Ginebras que velan en el convento, por Excalibur, mientras Arturo hace penitencia por haber pecado con Morgana, aún habiendo pecado ella con Lanzarote.

Sabrán, estas, algo de los elementos de la confesión?.

Al menos, Giacomo no tenía un Mordered del cual preocuparse.

A ellos les había oído hablar, muchas veces, filosofando e inventando nuevos razonamientos que justificaran el vicio; razonamientos, las más de las veces, absolutamente absurdos; pero era la primera vez que oía razonar a un putón “desorejao”, justificando lo mismo; como si el sistema de recompensa distinguiera a unos de otras. Como si la moneda en la que se cobra eximiera de algo. Al menos, estos dos no engañaban a nadie. No hablaban de amor. Eran igual de indignos, los dos.

Giacomo recordó cierta escena, en los carnavales de Cádiz, cuando dos “señoritas que fumaban” se disfrazaron de damas venecianas, salieron del hotel, recorrieron una calle, entraron en un bar y media hora después salieron con dos tomates, directas, de vuelta a la habitación. Gloriosa escena de amor inmortal. El flechazo fue fulminante, si no fuera porque a la mañana siguiente  dieron “matarile” a los tomates y comentaron la jugada, muy preocupadas por el estado de su cabellera ya que se les había olvidado el secador.

Menudo papelón hicieron los disfraces!!!!. Para ese viaje hacían falta pocos disfraces: un sombrero de cartón y unas pistoleras de plástico y ya eres Peggy Lee Sue, en la fiesta del Siluro. No hace falta extenderse en la temática del disfraz.

En definitiva ese es el origen de Don Carnal, pero antiguamente se disfrazaban, una vez al año, por cuestiones morales: esa es la justificación del turismo sexual. En vez de disfrazarme, me voy a otro sitio donde no me conozcan. En cambio, aquella vez la justificación fue que llevaban mucho tiempo sin follar (para una de ellas, porque la otra tenía novio y follaba por acompañar, por solidaridad); es decir, que habían hecho la cuaresma antes que el carnaval. Curiosa manera de entender la liturgia.

Giacomo pensaba qué hubiera pasado si no hubiera estado él?.

Algunas veces, en los trayectos vespertinos, se veían camiones de seis ejes cargados de sacos de cemento circulando, dificultosamente, por los caminos y, esa tarde, Giacomo apreció que había estacas topográficas clavadas, en dos filas paralelas, separadas alrededor de quince metros, en los laterales de la senda.

Preguntó y Yayah le informó que estaban haciendo una carretera. Una carretera en medio de la nada.

–   Y donde nos lleva esta carretera?.

–  Al pozo de agua. Contestó el guía.

Giacomo se enteró que Gadafi estaba perforando el desierto en busca de agua. Libia posee las mayores reservas de agua fósil del planeta. La idea es perforar por debajo de los doscientos metros de profundidad, extraer el agua y con ella, desarrollar esa parte del país. Alrededor de cada pozo se construyen núcleos de población, con sus cultivos e industrias, y carreteras para comunicarlos.

Con los actuales recursos energéticos pretenden garantizarse el futuro, sin atender mucho al CTE.

Perforar y extraer agua desde esa profundidad no es nada barato, sobre todo en medio del desierto (a mil kilómetros de cualquier sitio), sin la infraestructura necesaria.  Abastecer los enormes generadores que se necesitan no es tarea fácil. No está mal la idea, si les dejan los ecologistas, que querrán “preservar” los recursos del planeta para generaciones futuras y a las actuales que les den pomada.

En realidad, el asunto siempre ha sido el mismo. Antes eran los magos, los sacerdotes, las sibilas y ahora son los ecologistas, los arqueólogos y los sociólogos: los dictadores de la ortodoxia; los que controlan los procesos y cobran por ello. Los que dicen como son las cosas, las más de las veces sin saber lo que dicen y apoyándose en el miedo de la gente a lo desconocido y el de los políticos a perder las elecciones; el viejo truco del futuro incierto, como si el futuro pudiera ser cierto. Si el futuro fuera cierto no sería futuro.

Las noches eran claras y frías, como correspondía a la época del año y la latitud donde se encontraban. Los cielos, de una nitidez asombrosa, tenían absolutamente enganchado a Giacomo que gozaba como un niño contando las estrellas; reconociendo las constelaciones, esas formaciones que había visto y oído de boca de su madre y abuelo.

Recordaba aquellos cuentos que le contaban de niño, acerca de héroes y dioses; aquellas historias que, luego de leerlas y estudiarlas en los libros, ya no distinguía entre cuento e historia. Pero todas estaban ahí y se veían de forma panorámica.

Recordaba esas historias para no pensar en otras mucho más recientes y mucho más desagradables; en otras historias de mentiras y falsedades, de intereses y regates a la verdad para que no parezca mentira. En definitiva, medias verdades que son, también, medias mentiras.

Como se comprueba que te puedes tirar a uno o dos todos los días?. Cual es el método?. Y para que se quiere comprobar eso?. En qué juego estamos participando?.

Como se pueden acabar con cinco años de relación y de amor en una semana?. Existe la posibilidad de que no haya habido amor?. Existe la posibilidad de que todo haya sido una gran farsa?.

Que se pretende, entonces, con la frase “vale, volvemos pero cuando estemos seguros”?.

Era posible que él estuviera desactualizado?. Que el amor, ahora, se confundiera con el sexo?. Que alguien hiciera eso para que todo le saliera más barato?. Era posible “hacer el amor” con un planteamiento economicista?.

El silencio de las noches del desierto era atronador, Giacomo despertaba antes del amanecer, al primer ruido que se oía. Como no había otra cosa que hacer, hacía una tabla de ejercicios físicos que le habían recomendado los compañeros del trabajo que eran especialistas en esas cosas. Era muy complicado atender a la higiene y a las necesidades fisiológicas.

Podría no parecerlo, pero a Giacomo le resultaban muy difíciles cosas tan sencillas como aliviar su vejiga o el tracto rectal. En el desierto no hay nada para esconderse y en cuanto te descuidas te meas en la chilaba.

Una mañana, en la marcha diurna, subieron a una gran duna de arena dorada. Al llegar arriba, Giacomo, iba exhausto y se dejo caer rodando por la arena. Al pie de la duna esperaban los vehículos. Cuando, instalados en los vehículos y ya recorridos algunos kilómetros, Giacomo advirtió que había perdido la cámara de fotos. Yayah, al saberlo, giró el Land Cruiser y volvió a la duna.

Es difícil creerlo, pero, de forma automática, le siguieron los otros tres vehículos y, al llegar al sopié, Yayah bajo del coche, miró y, con un ademán de su mano señaló y ordenó a Minor. El adolescente, salió corriendo, como alma que lleva el diablo, y reptando por la pendiente, llegó hasta el lugar y regresó con la cámara. Giacomo pensó si habría algo, en todo este desierto, que escapara a los ojos de Yayah.

Aquella noche, Giacomo y Yayah, envueltos en sus capas, conversaron sobre la vida y la muerte.

–   No entiendo a los occidentales.

–  Por qué, Yahya?.

– Están toda la vida luchando por algo que no hace falta.

–  Qué no hace falta?.

–  Una casa.

–  Cada cual tiene sus anhelos, amigo.

– Tú llegarías a ser un buen Tuareg, Imagigem.

– Necesitaría cincuenta años, amigo, los mismos que tu para ser un buen ingeniero y, en cualquier caso, yo lo sería después que tu.

– Por qué?

– Porque tengo diez años más y la mente mucho más deformada.

– Estarías bien, aquí, en el desierto.

– Seguro, pero quiero a mis hijas, como tu a los tuyos.

-Cuantos hijos tienes, Yahya?

-Nueve y he perdido cuatro.

Giacomo pensó en el gesto de tristeza de Yahya cuando mencionó a sus cuatro hijos malogrados.

Sacó de su cartera dinero y dio a Yahya un billete de cinco euros por cada uno de sus hijos y uno de diez por cada uno de los malogrados. Y eso era la mitad de lo que le había costado la cámara. Yahya le dijo que eso eran tres meses de su sueldo y Giacomo sabía que comprar afectos no es bueno, pero era lo que le pedía el corazón.

Aregimagigem, era el nombre que el hombre sabio había dado a Giacomo, en la visita que los tuaregs y Giacomo habían hecho, dos días antes, al que todos rendían pleitesía como el hombre mas viejo y más sabio de los tuaregs libios.(and the wise man don`t  know how it feels to be thick as a brick)

Significa: “Yo soy Tuareg”.

La visita era un premio que Yayah había dado a Giacomo como pago por ciertos consejos sobre como construir un aula para los niños de Ghat.

En esa visita, además del nombre (del que se sentía orgulloso), el hombre sabio regaló a Giacomo un bastón precioso, con incrustaciones de nácar e hilo de oro.

(El de azul es Giacomo. El de marrón del viejo. )

En esa visita, además, Giacomo entendió la jerarquía, por el orden y los gestos en las genuflexiones y pleitesías. El más alto, en la jerarquía social, era Yayah. Luego Hamoud. El tercero que saludó fue Moustah, luego Minor y, por último Dheli, el irresponsable adultero.

En la mañana del noveno día llegaron a  Awbari, una población alrededor de la carretera. Pararon a refrescarse, comprar algunos recuerdos de artesanía Tuareg y, sobre todo, a conectar el teléfono móvil para ver si había noticias de Dios. No había. Los mensajes no llegaban, las preocupaciones eran escasas.

Comieron cerca del lago Mahfu y después de descansar un rato, salieron hacía el lago.

Era un oasis desagüe de un wadi, que son cauces secos que solo se inundan cada diez años, pero cuando traen agua son muy peligrosos. El agua es salobre y, por tanto, la densidad es alta y se puede nadar con mucha facilidad. Naturalmente, la catalana montó su numerito y Giacomo se dedicó a conversar, como buenamente podía, con los tuaregs que tenían montados sus garitos de venta de artesanía.

Aquí está todo organizado –pensó Giacomo-. Los tiempos, los itinerarios y las personas eran las que tenían que ser y estaban las que tenían que estar.

Giacomo revisó su libreta de viajes y cotejó los regalos que tenía y los que le faltaban. Compró joyas para todas las mujeres y puñales de plata para los hombres que, en ese momento, estaban en su esfera de afecto. Alguien le ofreció un juego de colgante y pendientes de color café con leche y Giacomo pensó, como otras veces, en la habilidad del vendedor. Como sabía lo que estaba buscando?. Las piedras que engarzaban eran de un color exactamente igual que los ojos de Brunilde.

Giacomo pensaba en aquel diamante que le regaló. “Lokura”, le llamó porque era amor lo que sentía por ella. Era un amor loko y un diamante es para siempre, dicen.

Un amor por el que se jugaba, nada menos, que su jubilación después de veinticinco años de trabajo. El proyecto con Brunilde suponía renunciar a muchas cosas, entre otras, a la tranquilidad de la jubilación en un hogar confortable, ya que Brunilde era una mujer de las que no hacen hogar, de las que se les apaga el fuego con frecuencia, pero cuando se ama no se piensa en esas cuestiones. Además, todavía quedaba mucho para la jubilación y, en cualquier caso, Giacomo era libre de elegir el tiempo para su jubilación: su profesión se lo permitía. Y él sabría encender el fuego cada vez que se apagara. La ilusión era mucha.

Llegaron a Sheba por la tarde, era una ciudad moderna. Moderna para lo que se llama moderno en Libia. De nuevo trazado con amplias avenidas pero con construcciones muy cochambrosas. Como era una ciudad construida por Gadafi, su retrato estaba por todas partes. Se glosaba, escrito en árabe, al padre de la patria y a los años que llevaba en el poder, mamando él y sus hijos. Los números se entendían y aquello le recordaba tiempos pasados de la infancia.

No entendía lo que ponía en los letreros pero debía ser algo así como: “en 39 años de paz hemos pasado de las alpargatas a las sandalias, bendito sea nuestro líder”. Directamente al aeropuerto y vuelo para la capital. Giacomo pidió, por favor, a Yayah que le llevara a algún establecimiento donde comprar samnita, el cereal para la fabricación del desayuno; hecho esto y almacenado el material en la mochila, asunto resuelto y al avión. No se debe votar a políticos egocéntricos que aparecen el letreros glosando el gran beneficio que han causado a la sociedad. Es mentira, siempre.

Un sentimiento de tristeza acompañaba a Giacomo. Lo más lógico es que nunca más volviera a ver a estos tuaregs. Hasta la vista Yayah, el de los ojos de halcón. Nos veremos en otra vida. Hamoud, en tu cielo hay uríes pero el amor se construye. Adios Moustah, hacedor de tés y fogatas. Cuidado, Minor, esos videos, que llevas en el móvil, acabarán dejándote ciego. Queda con Alá, Dhely, Ganímedes del Corán, los sentimientos no se eligen.

In sahalá!!!, Aregimagigem, Tuareg de Toledo.

Aterrizaron en Ben Ghasir, aeropuerto internacional de Trípoli, hacia las siete de la tarde. Les esperaba un autobús que les condujo al centro de la ciudad. Se acomodaron en el hotel cutre que les proporcionaron y Giacomo salió a la terraza a tomar té sin azúcar.

Aún sin sentirla como suya, Giacomo se encontraba bien en esta civilización moruna; empatizaba con la gente y le resultaba agradable conversar con ellos en una mezcolanza de idiomas y gestos que hacían la comunicación bastante fluida.

A cien kilómetros de Trípoli se encuentra Leptis Magna, una ciudad de más de tres mil años de antigüedad, donde desembarcó Belisario para vencer a Gelimer. Tanto venció Belisario que su jefe, Justiniano, le sacó los ojos y le puso a pedir por las calles.

Partieron temprano, al día siguiente, y llegaron a una especie de pinar con muchas tiendas, que hace como antesala de la ciudad romana, a las diez de la mañana. Aquí si, en Leptis Magna, Giacomo se encontraba en su casa. Paseando por Cardo hasta el cruce con Decumano, sintió que su subconsciente pasaba a ser consciente. Se sentó en las letrinas, se bañó imaginariamente, primero en el caldearium y luego en el frigidarium.

Cuando tenía cinco años, los reyes magos le trajeron un traje de romano, de plástico. Con su coraza plateada de la que colgaban las tiras de protección para los muslos; con su casco, sobre el que flameaba el plumero rojo (legado); con su espada de puño dorado y dos muñequeras con grabados de guerreros; su abuela le hizo una capa roja que más parecía Caperucita que un Legado Consular, pero nunca se puede conseguir todo (su abuela conocía a Caperucita pero no a los legados consulares). Desde entonces, Giacomo decidió ser romano.

En todas las ocasiones posteriores, en las que hubo que elegir, Giacomo fue romano. Romano antes que cartaginés; romano antes que vándalo; romano antes que visigodo; romano antes que bizantino; romano antes que árabe y, en fin, romano antes que cristiano.

A lo largo de su vida, Giacomo, había leído innumerables libros que contaban historias de romanos; había visto todas las películas y culminó su afición con el estudio de los catorce tomos de Edward Gibbon y Theodor Mommsen sobre la republica y el imperio romanos.

Ahora, imbuido de sentimiento romano, en Lecis Magna que así se llamaba antiguamente, Giacomo pensó en el buen trabajo de Septimio Severo, oriundo de allí, después del mal gobierno de Cómodo. Sentado a la sombra de los pinos mediterráneos y con el arco del emperador a la vista, pensaba en el hombre que tuvo agallas para disolver las cohortes pretorianas, que llevaban quitando y poniendo emperadores desde los tiempos de Cayo Calígula, ochenta años antes.

Pensó en como va y viene el poder; como ciertas secciones de la Administración se hacen con el poder y tratan de mantenerlo. Esos estamentos que, por loor de la transparencia y el procedimiento, pervierten la acción política y hacen, ellos mismos, su propia política de pervivencia en la pomada, y de poder sobre el resto de las líneas de producción. Son los llamados “horizontales”, aunque también se les conoce como los “transversales”.

Horizontales es un término que no les gusta mucho (por la postura). Todos estos funcionarios que están en Consejos Asesores y Asesoras, Consejos Fiscalizadores y Fiscalizadoras, Consejos Jurídicos y Jurídicas, Consejos Interventores y más Interventores, Consejos de Cuentas y Cuentos y todos aquellos Consejos que no aconsejan nada y que solo viven para ellos mismos, con sus perfiles jurídicos y económicos, sin bajar a la calle. Sin tener ni pajolera idea de lo que quiere el ciudadano, de lo que siente el “civites”.

Y ni castaña que les importa lo qué le pase al civites y al legionario que está en la frontera del norte. Les importa ellos mismos.

Son los llamados pre-directivos o tecnócratas. Forman una casta que piensa que  la Administración puede tener voluntad política.

Al menos, en la época de Lucio Septimio estos eran eunucos ellos, y vestales ellas, para que su perfil fuera más claro, para que su gordura y memez tuvieran alguna justificación.

La tarde la pasaron en Trípoli, paseando por la ciudad vieja. Por el magnífico  puerto. En el intrincado dédalo de calles, Giacomo vivió recuerdos de Marco Aurelio, aquel emperador Antonino al que le dio por la filosofía y los Sármatas.

Aquel en cuya época está ambientada la película de Gladiator. Pensó en los documentalistas americanos, en lo malos que son esos tíos que empiezan el film con una carga de caballería romana y al protagonista principal le llaman Máximo Décimo Merídio, ubicándole en Emerita Augusta, y que siendo “general en jefe” de las legiones del Danubio, acabó de gladiador por causa de la envidia del hijo trepa de su jefe.

Si los romanos, en la época de Marco Aurelio y Cómodo, hubieran tenido ese dominio de la caballería otro gallo hubiera cantado, doscientos cincuenta años después, en Adrianopolis y, tal vez Valente no hubiera dejado las higadillas, allí, a manos de Fritigerno, el godo.

Atardecía cuando Giacomo recibió un alarmante mensaje de Brunilde. Hablaba de cambio de domicilio, de falta de espacio en el actual.

Giacomo comenzó a tener dudas de lo que significaba “espacio” para Brunilde. Qué quería decir cuando mencionaba esa palabra?. Empezaba a tener claro que “espacio”(lies that`s all I ever get from you), para Brunilde no significaban tres dimensiones: largo por alto por ancho, y empezaba a llamarle la atención un aspecto que hasta esa tarde nunca había considerado.

Había vocablos que no significaban lo mismo para Brunilde que para Giacomo. Palabras cuyo significado no encajaban en las frases. Este era un aspecto que, durante cinco años, Giacomo había hecho notar a Brunilde, pero que le parecía sin importancia.

Ahora le empezaba a resultar curioso y preocupante ese aspecto. Así como los silogismos locos que, frecuentemente, hacía Brunilde.

Sentado en una marquesina aledaña al puerto, pensaba en la frase “necesito tiempo y espacio”. Recordaba que Giacomo contestó que espacios sabía hacer, pero tiempo no podía gastar mucho.

Su mente divagaba reflexionando sobre la ecuación espacio-tiempo, que había vuelto locos a muchos físicos famosos: el espacio es una función continua del tiempo, pero el tiempo es relativo, como la verdad y la mentira y, ambos, dependen de la velocidad. El espacio y el tiempo son finitos pero no tienen bordes. Son un límite tendiendo a infinito. Son una función asintótica.

Empezó a entender que “espacio”, para Brunilde, significaba “maniobra”. Pretendía, sencillamente, acotar los espacios físicos y crear uno para ella sola. Qué pretendía ocultar?.

Al día siguiente Giacomo, en solitario, voló a Túnez. En su programa expedicionario había dos días en esa ciudad. La mañana del primer día, la pasó en el zoco palestino. Una locura de tiendas donde buscar pañuelos para sus hijas.

En el hotel había hecho hilo con un trío muy singular. Tres compañeros de viajes que llevaban años viajando juntos. Dos abogadas metidas en años y un danés residente en Marbella que se dedicaba al import-export de vinos españoles.

Finn, que así se llamaba el danés, le contó que, después de treinta años en España, no tenía muy claro si era danés, español, o aviador. Era rubio, de metro noventa, setenta y cinco años y diabético. A Giacomo y a Finn les unió el pastillero que ambos llevaban en el bolsillo.

Las niñas, como las llamaba Finn, eran dos letradas de formación francófona sin ataduras sentimentales y cuyo proyecto vital eran los viajes. Se volvían locas por las calles y las tiendas, en vista de lo cual, Finn y Giacomo optaron por sentarse a la sombra de una sombrilla de encaje y seda, en una tetería, y charlar de la vida y la muerte, tomando té con piñones.

–        Hijo, la vida es demasiado corta para tomar vino malo, propuso Finn.

–        Pero yo creía que vinos, solo los había de dos clases: el bueno y el mejor. En las bodas de Canaan bebieron, primero el bueno, y después el mejor.

–        No te líes chico, el vino como las mujeres, solo el bueno. El mejor, solo es más caro, no más bueno.

–        Y como os ha dado por el desierto?

–        Llevamos cinco años enganchados con el desierto. Hemos estado en Gobi, en Kalahari y en Atacama; ahora estamos haciendo el Sahara, desde Mauritania hasta Egipto. El desierto no tiene medios, o le odias, o le amas.

–        Y que me dices del problema Tuareg?

–        Te refieres a los problemas fronterizos?

–        Claro, me refiero al problema de tener identidad nacional pero no patria.

–        Eso lo hicieron en París, unos tíos muy trajeados, sentados en un opíparo banquete. Después de comer, decidieron que un delineante, con escuadra y cartabón, dividiera la nación Tuareg para cuatro países, lo cual es mucho más fácil de controlar fiscalmente.

–        Pero jodieron a las personas que viven allí.

–        Tres pipas de calabaza y una lengua de colibrí les importaban las personas a los comensales juristas.

–        Los juristas son los que juran?.

–        Si, y casi siempre, en falso.

Después de comer, con los deberes hechos y los pañuelos en la mochila, Giacomo y el trío marbellí tomaron un tren de cercanías y fueron a Sidi bou Said, una pequeña población costera, muy turística pero muy bonita con sus casitas azules y unas esplendidas vistas a la bahía.

A las doce de la noche, Giacomo voló, con Alitalia, hasta Madrid. Había recibido tres ofertas, de afectos cercanos, para ir a recogerlo al aeropuerto, pero Giacomo prefirió declinar las tres para probar la voluntad de Brunilde. Le avisó de la hora de la llegada y le advirtió que estaría solo.

El día martes, 21 de octubre a las dos de la mañana en Barajas, Giacomo estuvo solo. Nadie vino a recibirlo. Tomó un taxi y viajó, llorando y vestido de Tuareg, hasta su casa: las voluntades se iban aclarando, para su desesperación.

La frase “vale, volvemos pero cuando estemos seguros”, era otra mentira, una más. Era una nueva maniobra: más espacio. Para qué el espacio?.

El sábado siguiente Giacomo llamó a Brunilde. Su intención era comer con ella, darle los regalos que le traía y conversar.

Sabía, ya a esas alturas, que el domingo era el mejor día para eso. Durante la semana había tenido alguna negativa, pero en domingo, aceptó. En esa cita, Brunilde, después de guardarse los regalos, le dijo:

–        No has sido generoso.

–        Generoso?. En qué casa has vivido tú, gratis, cincuenta meses?.

–        No me refiero a generosidad material.

–        No te he dedicado más tiempo que tu a mi?. No he dedicado más tiempo a tu familia que tu a la mía?. No he estado más pendiente de tu trabajo que tu del mío?. No me he jugado yo mucho más que tu, en esta relación?. Que clase de generosidad valoras?.

–        Hablar contigo no conduce a nada (and you began to wonder why you came). Me voy que he quedado con Sotilde.

Giacomo se quedó con la conversación a medias y con dos palmos de narices. No era la primera vez que pasaba esto. Cuando se sentía acorralada, se enfadaba y huía en una actitud muy infantil: otra vez espacio (maniobra) y tiempo (para maniobrar). En el camino hacia su casa (dijo que tenía que cambiarse de ropa) le comentó que “igual más de uno se sorprende porque voy a ser capaz de vivir sola”.

Utilizaba el masculino para el indefinido. Más de uno?. En el mejor de los escenarios, yo y quien más? – pensó Giacomo –

Giacomo no entendió nada de aquella cita. Qué había querido decir?. Cual era, para ella, el objetivo de aquel encuentro, qué tiene de bueno vivir solo?. Qué tipo de espacio-maniobra se pretende al vivir solo?. Por qué no decía lo que quería hacer?.

Si la proposición era “vale, volvemos pero cuando estemos seguros”, a que tipo de situación iban a volver si ella quería vivir sola?.

Giacomo conocía y no aceptaba ese tipo de relación que estaban poniendo de moda los anglosajones, el “living apart together”. La estaban vendiendo en teleseries y películas americanas. Ese tipo de relación, para él, era una entelequia y, desde luego, no viable después de cuatro años viviendo juntos.

No había ninguna necesidad económica.

El living apart together era un tipo de relación con dos proyectos distintos que comparten cama de vez en cuando. El living apart together encajaba mucho mejor en la “monogamia sucesiva”. Encaja mucho mejor en el miedo, en la desconfianza.

Giacomo no estaba dispuesto a pasar por una relación donde se limita lo que compartes. Ese tipo de cosas no tienen que ver nada con el amor y él amaba. No era eso lo que Giacomo había visto en casa de sus padres.

Es una forma muy ligera de relación. Siempre va a ser una relación interina.

No era eso lo que se había hablado en el principio y no era eso lo que Giacomo entendía por matrimonio.

Llegó a su casa, buscó la etimología de la palabra generosidad y leyó algunos artículos, sobre el término, escritos por psicólogos y eminencias de ese calibre. Resulto que generosidad es la capacidad de dar, de ofrecer, de sacrificarse a favor de otros, pero depende de la apreciación de los otros. De lo que los otros valoren que a cada uno le cuesta dar. En definitiva, ya puedes dar lo que quieras y cuanto quieras que si el que lo recibe no lo valora no sirve de nada, total, como te sobra!!!. Y reflexionó sobre otra de las frases: “hablar contigo no sirve de nada”.  Si no dices lo que quieres, para qué tiene que servir hablar?. Cual es el objetivo de la frase “no has sido generoso”?. Si ser generoso depende de quien lo aprecie?. Por qué motivo le quería calificar de “no generoso”?.

La generosidad y el altruismo eran cualidades que, en muchas ocasiones, habían sido atribuidas por familiares, amigos y conocidos a Giacomo. Tal vez, Brunilde había olvidado el lema central de Giacomo: “siempre en posición de dar, luego elegiremos a quien damos”.

Siempre había pensado, y era un pensamiento que quería transmitir a sus hijas, que si tienes los deberes hechos y los sentimientos en su sitio, estarás en condiciones de liberar recursos para quien los necesite. Recursos materiales y espirituales; tiempos y espacios. Tal vez, Brunilde no había oído a Giacomo ordenar, en los viajes, “lo tuyo y un poco de lo común”.

Pero esta jueza no estimaba esos extremos. Quería más, o no conocía el término en toda su extensión; tal vez estaba acostumbrada a entenderlo de otra forma. Los negocios no tienen que ver nada con la generosidad. Los negocios no tienen que ver nada con el amor. Los sentimientos no se negocian, se sienten.

Observó, además, que Brunilde no había hablado por teléfono en toda la cita, o lo que era lo mismo, había quedado con Sotilde con anterioridad. Es decir, había asignado a Giacomo un tiempo determinado, como en una reunión de negocios.

Había llegado a las 14,15 y se había marchado a las 19,30: ese era el tiempo que le había asignado. Las intenciones estaban claras.

Sotilde era la mejor amiga de Brunilde. Giacomo había sido extremadamente cuidadoso con ella, a lo largo de cinco años, a pesar de que estaba muy claro que era una descerebrada. Arrastraba las palabras, como gangosa.

La primera vez que habló con ella, hacía ya cinco años, le dijo que era de esas mujeres que desnudan su alma y su cuerpo en la primera cita y les da lo mismo el lugar. Que entendía el sexo sin amor, perfectamente.

Cuando la conoció, Giacomo le dijo a Brunilde que iba a encargar un trabajo profesional a Sotilde, a la que había pedido un curriculum,  pero esta dijo que ni se le ocurriera, que Sotilde “no tenía cojones para tirar para adelante”. Aquello era contradictorio, pero Giacomo no lo tomó en consideración. Pues si esto es una amiga, que venga Dios y lo vea.

–        Busco un hombre que me haga reír, -le dijo un día-.

–        Y cuanto crees que te van a hacer reír después de follar, Sotilde?. No has oído decir que “quien bien te quiere te hará llorar”?.

En una conversación a tres bandas, en casa de Giacomo, Sotilde, dirigiéndose a Brunilde dijo:

–        A cuantos nos habremos comido?

–        Por lo menos, a sesenta. -Contestó aquella-.

–        En cuanto tiempo? –preguntó Giacomo-.

En otra ocasión, Brunilde le dijo a Giacomo:

–        Tengo que ir con Sotilde a abortar?

–        Se ha quedado embarazada?

–        Si, es tonta del culo.

–        Del tío con el que estaba liada?. El casado?.

–        Si. Vamos a abortar a una clínica de otra comunidad.

–        Y a él no le ha dicho nada?.

–        Para qué?. Qué pinta él en esto?.

–        El torero no pinta nada en la corrida?. Y tú?. Qué pintas tú?.

Aquella vez, Giacomo, tampoco entendía nada. Una experta folladora que se queda embarazada después de tres años de relación, sabe de quien es la faena y no le dice nada?.

La respuesta, quince días después del viaje al aborto:

–        Sotilde ha roto con el casado.

–        Como han quedado?

–        Mal, él es un psicópata maltratador y la ha sacudido.

–        Ha sido él?, o su mujer, como en el caso anterior, el de tu otra amiga?. La sacudió antes o después de abortar?.

–        Es que no se te puede contar nada!!!!.

–        Pero Burnilde, cielo, es que no eres consciente del grueso calibre de lo que estamos hablando?. Que no se pueden hacer esas cosas tan a la ligera?. Que la gente, normalmente, tiene sentimientos?. Que quedarse embarazada después de tres años de relación, sin el consentimiento del otro, no es normal?. Que, como han visto estos ojos, que se tienen que comer los gusanos, tu amiga, teniendo la relación con él, ha follado con otros.?. No puedes comprender que ese es un juego muy peligroso?. Que no son adolescentes, coño!!!, que ella tiene 30 años. Que tipo de juego pretendía?.

–        Pero es que él mentía. Decía que iba a dejar a su mujer y no lo hacía. Y, mientras, follaba con las dos.

–        Y que él sea culpable hace inocente a tu amiga?. Tu amiga sabía, perfectamente, a lo que estaba jugando aunque ciertamente, mi amor, una persona que no hace lo que dice es un embustero.

Sotilde tenía un “Living apart together” con un tipo que tenía un “living together apart”. Que bonito!!!!. La amiga Sotilde, ciertamente, era una descerebrada irresponsable.

Al jueves siguiente, 30 de octubre, Giacomo comía en un restaurante. La compañía era agradable y discutía de trabajo con los compañeros que estaban en la mesa. Apareció Brunilde con su hermanisima y una amiga. Uno de los compañeros de Giacomo, que conocía su deplorable estado emocional, se ofreció a unir dos mesas y comer todos juntos. Aceptaron la oferta y cada cual conversó de lo que más le apetecía.

La amiga de Brunilde expuso su teoría del “escepticismo razonable”, según la cual, el nuevo equipo directivo de su empresa era muy incompetente y de un perfil muy bajo y que hasta que no pasara más tiempo había que tener cuidado. Era muy escéptica, si. Y muy trepa, nadaba y guardaba la ropa.

Giacomo habló, en un par de ocasiones, de las nuevas plazas que se crean “ad hoc” para personas determinadas y los nombramientos “a dedo”, sabiendo que esta amiga había sido nombrada por ella. Habló del amor y de cómo este no lo es si no le das tiempo. Se habló de la mala educación y los fracasos escolares. Pudo ver la cara de mala baba que se le ponía a Brunilde y a su hermana con estos comentarios. Y las tres damas, por supuesto, se inhibieron a la hora de pagar.

Al acabar la comida, Giacomo preguntó a Brunilde si le apetecía salir a dar una vuelta. Le contestó que no, que le dolía la cabeza. Al acompañarla hasta su coche, Brunilde mintió.

Aquella noche, desde el portal de la casa de Brunilde, Giacomo le puso un mensaje:

–        Donde estás?

–        En casa, donde voy a estar?.

Volvía a mentir. No estaba en casa. Esperó a que volviera. La vio llegar, tres cuartos de hora más tarde, y aparcar el coche delante de la puerta.

Esa tarde, Giacomo, por primera vez, desde que la conocía, pudo apreciar una cara fea. Era la primera vez que la percibía con cara de rapaz, con la nariz aguileña y el ojo avizor. Estaba muy nerviosa teniéndolo a él en la misma mesa que esas comensales. La primera vez que apreció fisuras en la mascara, que empezaba a descascarillarse. Y fue la primera vez que él, personalmente, la pilló en una mentira. Hasta ese momento no había querido considerar los informes de los detectives, (and so this is where you came when you run from me) que le parecían circunstanciales.

Aquella tarde, Giacomo fue a visitar la tumba de su madre, habló con ella. Pidió perdón, pero las tumbas no contestan. Las tumbas no imponen penitencia.

En los días posteriores recuperó, de su biblioteca, el Retrato de Dorian Grey y reflexionó sobre los espejos y los retratos: lo que cada uno vemos de nosotros mismos en el espejo de nuestra alma.

Tal vez, la mala cara de Brunilde, era su propia cara reflejada en un espejo.

Recuperó, de entre los papeles viejos, el expediente de adquisición del coche de Brunilde y comprobó la mentira.  En días sucesivos, pidió históricos de las cuentas bancarias que había tenido con Brunilde y pudo comprobar los conceptos de los ingresos y sumar los importes. Los cotejó con la libretilla de anotaciones personales que se había dejado en casa. Todo era mentira. Había doble contabilidad, la libretilla era un señuelo. Pensó en lo mal que se llevan la mentira y los papeles. No había pagado lo que le decía que pagaba.

Durante cuatro años había hecho cosas distintas a las que decía hacer.

Esa noche, Giacomo decidió averiguar, hasta el final, la razón de tanta falsedad, de tanta mentira. Sabía perfectamente que esto le iba a dejar exhausto. Era plenamente consciente de la dificultad. Sabía, a ciencia cierta, el castigo que iba a recibir y lo aceptaba. Todavía la amaba y en virtud de ese amor estaba dispuesto a desangrarse.

Decidió revisar, de forma sistemática, la ecuación espacio-tiempo. Empezó a revisar toda la relación desde otro punto de vista, con otros códigos, ya que desde el amor no encajaba nada.

Decidió comprobar. Poner a prueba los sistemas. Iniciar la demolición a la que, inexorablemente, conduciría ese proceso. Aún consciente de este extremo, quedaba la esperanza del arrepentimiento. El perdón.

El domingo día 2 de Noviembre la puso un mensaje: “tengo dos entradas para tu grupo favorito, quieres venir?”.

El concierto se celebraba en Madrid, lejos del ámbito territorial. Y se celebraba el martes 11 de noviembre, dentro del ámbito temporal.

Desde el 2 al 11 de noviembre no hubo ninguna comunicación. El mismo día del concierto, dos horas antes, Giacomo, recibió un mensaje: “bueno, qué?, vamos al concierto?”.

Eran las 18:30. Giacomo dedujo que, entre semana, solo aceptaba citas en público, si el asunto era fuera del ámbito territorial.

En esa cita, le dijo que “se aprende más de un cese que de diez nombramientos”. Alguien la había decepcionado. Alguien que los fines de semana la dejaba libre.

Y le dijo una frase, aún, más alarmante: “igual desde mi rincón, poco a poco….”. Abría la esperanza, otra vez. Quería seguir manteniendo la red de seguridad, después de la decepción, pero trabajaba con red. Le dijo que “tenía que poner orden en su vida y que no quería estar fuera de casa más tiempo del necesario para el concierto”. a la 24,05 la dejo en la puerta de su casa.

El domingo 16 de noviembre, Giacomo decidió forzar la maquina y le pidió sexo. Ella aceptó.

Domingo y las 20:30. La cita era fuera del Casco y tuvo que dar explicaciones, a sus 33 años. Ni Cristo hizo eso -pensó Giacomo-. Como era posible que alguien con más de 32 años tuviera que dar explicaciones?. En qué tipo de dictadura emocional vivía?.

El viernes 21 de noviembre, Giacomo pidió a Brunilde que fuera a verle a su casa. Se presentó a las 20:15. Entre taco y taco de jamón y delante de la pantalla del ordenador, Giacomo recibió otro directo de derecha: “es que te quiero pero no te amo”. Estuvo todo lo amable que se puede en estas ocasiones y propuso “ir a tomar algo” al casco. La Respuesta contundente: “no, no que me tengo que marchar. En esta casa me pongo muy melancólica”.

Se marchó a las 22:30. Giacomo comprendió que, en la casa que había vivido cincuenta meses, se ponía muy melancólica los viernes por la noche. Se ponía muy nerviosa si aparecía un testigo. Y se ponía muy nerviosa si le mencionaba el Casco.

El sábado 22 de noviembre, después de hablar por teléfono, aceptó que Giacomo fuera a verla a su casa. Con una advertencia: Nada de sexo. En el domicilio donde vivía Brunilde, después de algunas frases, Giacomo propuso ir a tomar una copa a un bar determinado del Casco. Nada, negativa absoluta. La excusa?: Que, en esos momentos, su hermana y el novio de esta, estaban allí.

Cual era el problema?. Que importancia tenía que su hermana o el novio estuvieran allí?. No son los bares lugares públicos?.

En esa cita Giacomo recibió, una vez más, un duro golpe. Brunilde le dijo, entre vino y vino, “tu, es que lo quieres todo, no aceptarías ser un noviete”.

Y en esa cita supo, por boca de Brunilde que, en su familia, se había tratado el tema de la locura, pero que ese asunto había quedado aclarado. Supo que la hermana segunda había tomado cartas en el asunto. La segunda hermana que, con 35 años, llevaba ya seis parejas en el curriculum. La segunda hermana que ni para Giacomo, ni para algunos especialistas en salud, presentaba duda alguna, era una persona con las conductas muy alteradas. “Una persona conflictiva”.

El motivo de la conversación, parecía ser un comentario que Giacomo le había hecho al novio de turno, en agosto, el cual le estaba contando su intención de cambiar de trabajo, residencia y vida por amor a la alterada. Giacomo le dijo: “cuidado, chico: lo tuyo. De ella no esperes nada, no esperes retornos”. Giacomo sintió una punzada de pena por este pobre hombre. Sintió un toque de solidaridad.

De vuelta a casa, destrozado porque sus más tristes presagios se cumplían, le puso un mensaje: “the nigth belongs to lovers”.

Eran las 22:45. Recibió la contestación a este mensaje a las 03:30 de la mañana.

Los espacios y los tiempos estaban definiéndose muy claramente. Mentía, y mentía como una bellaca. Por qué?.

Un noviete?. Para ser un noviete se había divorciado Giacomo?. Ya no estimaba, para nada, el proyecto de vida?. Todo aquello que querían construir cuatro años antes?. Ya no era Giacomo el hombre de su vida?.

Estaba muy claro que le había sacado de su círculo de afectos y que le había convertido en “ex”, uno más.

Entonces, por qué toda esta parafernalia?.

Hasta ese momento, Giacomo, no había querido plantear cuestiones de ultimátum, le daba mucho miedo, pero ya no había más remedio. Lo que parecían juegos de adolescente le estaban matando.

El martes, 25 de noviembre llamó, por teléfono a Brunilde. Cumplidos los “como estás”, Giacomo, después de poner el teléfono en modo grabación, entró directamente al trapo.

– Brunilde, como puedes decir que me quieres?.

– Claro que te quiero.

– Brunilde, si te crees lo que dices, estás muy mal de la cabeza. Si no te lo crees, eres la peor persona que he conocido. Te doy hasta el día 30 para que aclares esta situación y vuelvas conmigo. En caso contrario, debo dar por concluida esta relación. No aguanto más, me estoy muriendo.

– La semana que viene ya me dan mi piso nuevo y podremos hablar con más calma.

– Me vas a dejar colgar un albornoz, con mis iniciales, en el baño?. Vas a permitir que tenga mis calzoncillos en la mesilla de tu dormitorio?. Calcetines en un cajón de tu armario?. Vas a hacer un hueco en tu armario para mi ropa?. Puedes comprender estos conceptos? (this is the last time you fall on me for any thing you like).

– mmmmm, eeeeeeh…….-Brunilde, volvía a llorar-.

Entre sollozos, antes de colgar, la oyó decir: “No, por favor, no hagas eso”.

El miércoles, 26 de Noviembre Giacomo recibió un mensaje de Brunilde en el que le decía “tal y como está el tema tengo que tener cuidado con lo que escribo”.

El jueves, 27 de noviembre un enlutado Giacomo, vestido de negro de pies a cabeza, fue a ver a Norma, la madre de Brunilde.

Esta visita respondía a un comentario de Brunilde: “mi madre está muy enfadada porque no has hecho nada por recuperarme”. Otra magnifica perla de las que se cuelgan, directamente, en el corazón. En aquella ocasión Giacomo pensó: “tu te largas y yo tengo que recuperarte, si no lo hago, tu madre se enfada?”. Es eso egocentrismo?.

Que le había contado Brunilde a su madre, cual era la razón, esta vez?.

La pidió que bajara a tomar café con él, pero Norma prefirió que subiera a su casa. Tampoco quiso mostrarse, en público, con Giacomo.

Norma se sorprendió del estado de extrema decrepitud en que estaba. Giacomo explicó lo de la diabetes, lo del régimen y demás circunstancias. Norma, que sabía de eso, se extrañó que se pudieran perder 35 Kg en seis meses. Giacomo le explicó que “siempre se pueden perder kilos si los tienes de más”. Cuando empezaba el objeto de la conversación, el que hacía de padre de Brunilde abandonó la habitación, en un claro gesto de “esto no va conmigo”. Tal vez tenía órdenes concretas, y este hombre era muy obediente.

Giacomo hizo la exposición, lo más elocuentemente que pudo, con el nudo que tenía en la garganta:

“Norma, tu sabes que la vida se puede dividir en tres partes. En la primera, estudias, trabajas y consigues los conocimientos y formación necesarios para poder desarrollar un proyecto de vida. Esta etapa suele finalizar hacía los 25 años, cuando terminas la carrera. Yo la di por concluida antes y no me entretuve para entrar en segundo. Lo hice de forma sumaria. Amaba como un animal.

En la segunda etapa desarrollas el proyecto con los medios que has conseguido y la ilusión que da el amor. Esta fase suele terminar hacia los 55 años y en el examen final suele caer la carrera de tus hijos. Este proyecto, necesariamente, tiene que ser de dos. Yo la di por concluida antes de esa edad.

En la tercera, si has tenido buenas notas en la segunda, te dedicas a mirar y recrearte con los éxitos de tus hijos.

Así veo yo la vida.

Tuve unas notas más que aceptables en primero y segundo. Norma, yo no juego a médicos y enfermeras. Mi compromiso con tu hija era muy serio. Yo quería repetir segundo con ella. Ese era el acuerdo, pero ella no ha querido y ha roto los compromisos. No me vale otro tipo de relación y no puedo, ni quiero, repetir primero. Hace tiempo que las pandillas no me gustan. No tengo tiempo para gastar. He amado a tu hija con todo mi corazón, la he amado como un hombre, he cumplido en todo momento mis compromisos, ella no. Me voy a tercero, que es lo que me corresponde. Se acabó jugar a la ruleta rusa. Adiós Norma”.

La madre dijo que, por alguna razón que no comprendía, Brunilde no se había querido desvincular de él y aceptó como fecha crítica el cese de la hermanísima.

Norma mintió, como había mentido la hermanísima en agosto. La fecha crítica era un hito consensuado ya expuesto, anteriormente, por Brunilde a propuesta de Giacomo. La decisión había sido colegiada. Además, como entender que la fecha aceptada fuera nueve meses antes de irse?. Por qué esperó ese tiempo?. Todo era negocio. Se negociaban sentimientos como la verdura en la vérduleria.

Todas mentían, estaban de acuerdo. Todos los razonamientos, hasta ese momento expuestos, eran absolutamente estúpidos y contradictorios. Y parecían consensuados. Parecían formar parte de un plan.

Giacomo estaba totalmente confuso. Cuando salía de aquella casa, Giacomo miró su reloj. Eran las 21:30. La situación era penosa.

Algunos amigos trataron de animarle hablándole de música, de la prosa de Medina Reyes, de la arquitectura racionalista o de los paseos por el bien y por el mal de Antonioni.

Dejando entera la copa, que le habían pedido, marchó a su hotel y se metió en la cama, sin poder conciliar el sueño. A partir de ahora solo procedía el análisis de los resultados.

A las 02:30, recibió un mensaje de Brunilde: “has impresionado a Norma, me ha llamado llorando”.

Mensajes a esas horas?. Naturalmente, cuando volvía a casa, después de las copas y no era la primera vez, ni fue la última. Se finiquitaba una relación que había durado cinco años. Se ponía punto final, la fecha y el nombre y ella estaba tomando copas.

Naturalmente, porque la relación ella la había finiquitado mucho antes. Para ella, la relación, estaba clara desde el principio. Sus objetivos y los de su familia habían sido claros y consensuados desde el comienzo de la relación. Todos estos meses había mentido, maniobrado y manipulado con un objetivo. Cual?. Giacomo pensó: “cuando dejó de amarme?. Me amó alguna vez?”.

Fue su noche más triste, todo era oscuridad. Con esta pregunta en el tintero, y durante toda la semana siguiente, Giacomo redactó una larguísima carta de despedida y la mandó al correo de  Brunilde el día 6 de diciembre. En esa carta trató de ser lo más educado y sincero posible.

El lunes, 1 de diciembre recibió un correo en el que Brunilde; se excusaba y volvía a maniobrar, con frasecitas bonitas, relatando difusamente cuales habían sido sus motivos. Motivos que tenían que ver con medir y pesar y como ella sabía reconocer lo bueno. Como todavía no le había mandado la carta de despedida, Giacomo dedujo, sin temor a equivocarse, que Norma y ella habían hablado.

Habían vuelto a hacerlo: diseñar una estrategia. Trataba de justificar seis meses de mentiras con el nuevo piso. Ahora solo seis meses, cuando en agosto había justificado los quince anteriores.

El día lunes 8 de diciembre, Brunilde llamó llorando, por teléfono, y le pidió que fuera a verla a su piso nuevo. Este, sin pensarlo dos veces, abandonó la fraterna compañía que tenía y se personó en el domicilio de Brunilde. Eran las 21:15, cuando entraba por la puerta. El piso era un apartamento de 42 m2. Con un salón, un dormitorio, una cocina y un baño. Todo era uno, todo era unipersonal. Era muy arriesgado llamarlo piso. Esta tipología de vivienda era conocida en los ambientes arquitectónicos como “picadero”. Ahí no podían vivir dos personas más de lo que dure un polvo. Ese no era el espacio de una familia y Giacomo tenía tres hijas.

Esto era todo lo generosa que ella podía ser. En esta cita volvió a recibir castigo graneado. Brunilde inició, lo que parecía, una nueva estrategia: le habló de lo feliz que fue en Dublín y de la “fiesta” que había. Estaba tratando de justificar algo.

Como detalle de lujo, Brunilde ofreció a Giacomo un bol con sopa de sobre, para cenar.

De vuelta a casa, a las 23:30, Giacomo reflexionaba. Podría ser posible que se hubiera querido tomar una pausa en la relación?. Que ahora tratara de justificar eso?. Quería, ahora, un “living apart together”? Pensó en una conversación, en el mes de abril, cuando le dijo:

–   Giacomo, me voy, con Sotilde, a hacer un curso de inglés a Brighton. Te vienes?.

– Brunilde, habíamos quedado que, este verano, pasaríamos las vacaciones en casa. Estás recién operada y los gastos han sido muchos. Además, si te vas con Sotilde, cambio las cerraduras. Sé, perfectamente, a lo que va Sotilde, y yo no necesito aprender más inglés del que ya se y, desde luego, no en cursos de verano con adolescentes. Tuve bastante con los tomates de Cádiz.

Efectivamente, se fue con Sotilde pero no a Brighton y no a hacer un curso de inglés. Colgó las fotos en su red social, dejando bien claro a lo que fue y donde fue. Dejando bien claro que estaba en el mercado. Estaba de caza, de nuevo. Preparó la cacería antes de irse de casa. Alguna vez dejó de estar de caza?.

Y, aunque lo de la pausa fuera posible, cada cuanto tiempo se va a tomar un recreo?. Cada cuanto tiempo habría que soportar uno de estos episodios?. Si esto es así, lo pensaría hacer, también, cuando tuvieran dos hijos?. De qué proyecto habían estado hablando cinco años?. Todo era mentira y todo el mundo lo sabía.

Giacomo empezó a entrever una doble personalidad. No ya la doblez que, a esas alturas, era evidente. El asunto era más profundo y más colectivo.

Podría existir algún amor, excluyendo el de una madre, que pudiera soportar eso?. Alguna relación de pareja seria puede soportar que, cada vez que se le ocurra a Sotilde, Perezgilde o Suputamadreilde, lo dejamos y luego lo retomamos cuando al consejo de dirección emocional le dé la gana?. Cuando termine la temporada de caza.

Giacomo, tomó conciencia de que ya, ni siquiera, pensaba en el amor. Eso no podía ser amor. Eso no era un amor, era un sufrir.

Recordó y comprobó en su cuenta de correo que Brunilde, en febrero ya estaba buscando pisos. La oferta que solicitó era, en su totalidad, de picaderos de 40 m2. Se dio cuenta de algo que no había observado antes: el correo, para el análisis de las ofertas, tenía una dirección de “CC”, a otro profesional.

Giacomo ya no era su pareja, era un asesor más. Uno al que cesó en Mayo, uno más, que no quiso entrar en la nueva aventura del piso en el casco. Por qué razón esperó a operarse?.

Recordó la frase del 15 de mayo: “ya no somos pareja, pero me voy a quedar aquí hasta que encuentre algo para vivir”.

Recordó la frase del 19 de mayo: “esto es un ciclo y hasta que te los ponga, la relación está podrida. La decisión está tomada, contigo me pierdo mucho, solo falta saber si lo vas a poner fácil o difícil. Me das el dinero que he puesto en la casa y te quedas con ella”.

Recordó la frase del 21 de agosto:”quiero que seamos amigos. Tu vive tu vida”.

Recordó la frase del 25 de agosto:”hace más de un año que mis sentimientos cambiaron y ahora, al tomar perspectiva, lo he visto todo claro y, para mi, el proyecto de mi piso es muy importante”.

Recordó la frase del 25 de septiembre: “vale, volvemos pero cuando estemos seguros”.

Recordó la frase del 24 de noviembre: “me fui dolida y ahora estoy muerta y sin sentimientos”.

Recordó, escribió y dedujo: no he sido pareja nunca, en mayo me cesó como asesor, así de simple.

Confunde el interés con el sentimiento. Negocia los sentimientos!!!.

Miró dentro de su corazón para poner un poco de orden y había dos cosas muy claras: Una, que él la amaba pero ella, a él, no. Solo pretendía tenerle enganchado, pero fuera de su espacio y su tiempo.

Con que objeto?.

Y dos, ella sabía perfectamente lo que hacía. Era absolutamente consciente de que mentía. Era absolutamente consciente de que maniobraba. Lo hacía con maestría.

Con que objeto?.

Recordó una frase pronunciada, varios años antes, por un amigo de Brunilde.

Estaban en un bar, y un amigo muy amigo se acercó al oído de Giacomo y le dijo: “hay, por lo menos, seis “ex” de Brunilde mirándote”. Ante la cara de asombro que puso Giacomo, el amigo muy amigo reaccionó y rectificó: “bueno, Brunilde no tiene “ex””.

Ciertamente, con todos hablaba y con todos se llevaba bien. Era capaz de estar, bajo el mismo techo, con siete de los hombres que se había pasado por el tanga.

Ahora, Giacomo pensó: visitará a todos sus cadáveres como me visita a mi?. Ya está con el siguiente del siguiente y me sigue visitando. Es para eso el espacio?.

Necesita espacio y tiempo para sus maniobras. En ningún momento Giacomo la había dicho que mentía. Para él, ese término era muy obsceno. Mucho más obsceno que las visitas a la Cripta de los Cadáveres. Solo quedaba ese paso y dudaba si darlo. Lo demás ya se lo había dicho en la carta de despedida.

Ya no quedaban ni tiempo, ni espacio para el engaño y la impostura, era absolutamente necesario matar ese amor, sujetar ese sentimiento que le brotaba a borbotones, disciplinar a su corazón.

La copa del dolor (you’re gone from here and soon you will disappear fading into beautifull ligth) estaba agotada, o eso creía Giacomo.

So little time
Try to understand that I’m
Trying to make a move just to stay in the game
I try to stay awake and remember my name
But everybody’s changing
And I don’t feel the same

Un tristísimo Giacomo levantó la vista del manuscrito. Sentía sus pies amputados como parte de su cuerpo, pero su vista le decía que no estaban.

Prestó atención a lo que estaba escuchando. La estatua de mármol solicitaba el arrepentimiento de D. Giovanni. Este lo negaba. No se arrepentía de su disoluta vida, encaraba la muerte sin conciencia de haber hecho nada malo. Se enfrentaba a su destino, seguro de su criterio, después de haber causado tanto sufrimiento. No se arrepentía.

Giacomo, después de haber leído este mito en diferentes culturas, pensaba en el concepto protestante del arrepentimiento en contraposición con el cuadro de El Greco “Las Lágrimas de San Pedro”, encargado para abanderar, en la Contrarreforma, la lucha por la defensa del Sacramento de la Confesión.

Dª Inés:

Yo mi alma he dado por ti,

y Dios te otorga por mí

tu dudosa salvación.

Misterio es que en comprensión

no cabe de criatura:

y sólo en vida más pura

los justos comprenderán

que el amor salvó a don Juan

al pie de la sepultura.

D. Juan:

¡Clemente Dios, gloria a Ti!

Mañana a los sevillanos

aterrará el creer que a manos

de mis víctimas caí.

Mas es justo: quede aquí

al universo notorio

que, pues me abre el purgatorio

un punto de penitencia,

es el Dios de la clemencia

el Dios de Don Juan Tenorio.

El arrepentimiento salva. El amor redime. Pero para eso hay que tener conciencia, en cualquier cultura. Tenorio se arrepentía.

Siguió leyendo….


Categorías:LAS CUATRO ESTACIONES
  1. anonimo andrada
    abril 4, 2011 en 7:41 am

    pues sí… una brough superior me hubiera gustado ver en este reportaje de fotos de arena y sol… como “Laurens” en sus mejores tiempos…

    • marzo 29, 2013 en 10:07 am

      Me da la sensación, estimado andrada, que o no has leído o no sabes lo que has leído. Gracias, en cualquier caso, por tu comentario..

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