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HADDOCK

Hace unos meses, algún amigo de los aficionados a las escrituras; de los que nos curtimos en los blogs, por qué no decirlo, con el animo oculto de obtener el Nobel de Química o la Medalla Fields, no este año ni el que viene, pero quien sabe!!!, me mandó una muestra de su “fluida”, nunca mejor dicho, prosa.

 

Dada la temporada litúrgica en la que nos encontrábamos no me pareció correcto publicar esto, aún habiendo pedido permiso al autor y al párroco coadjutor de mi barrio, el cual me amenazó con una penitencia de dos meses a base de bróculi rizado diurético.

 

Ahora, que estamos resucitados, me parece un tiempo mucho más adecuado para estas disquisiciones.

 

Esto, que ustedes pueden leer a continuación, está escrito por Reginald Haddock. Un marinero, compañero mío, más noble que yo.


 

Lo conocí en Moulinsart, un viernes santo (como casi todos los viernes) que me citó para pedirme consejo sobre cierta derrota que quería tomar a fin de escapar de los continuos acosos, a los que se veía sometido, por parte de la señorita Bianca Castafiore, la cual pretende, a todas luces apagadas, desposarle; asunto este de las nupcias que no agradaba mucho a D. Archibaldo.

 

Estaba firmemente determinado a huir de tan horrendo destino, aún jugándose la vida en Hornos, Buena Esperanza o en Malaca Straits. A pesar de que le hice, lo mejor que pude, los cargos y le hablé de las ventajas de tan afinada señorita, en relación a sus artes culinarias y gran experiencia en la gestión del hogar, no hubo manera de llegar a ningún convencimiento.


 

Naturalmente, no revelaré públicamente esta derrota no sea que Bianca esté al loro y haga flaco favor a mi amigo. No tengo muchas ganas de tener que escuchar sus piropos. Me hizo jurar el secreto, compréndelo, Bianca. No me apetece nada escuchar al Capitán Haddock llamándome troglodita, ectoplasma, y cosas similares. 


 

Nos cuenta el maestro Reverte que la ejecución formal, el estilo, la composición gramatical, todo eso está muy bien y es muy necesario en la construcción de un relato (es académico de la Española, que como muy bien saben ustedes es una aceituna como ninguna y está rellena de rica anchoa), pero que mucho más importante es la idea. El genio creador.

 

Alguien que elige este personaje, tan aficionado al Loch Lommond y tan ingenioso en sus insultos e improperios, como Alter Ego ya me parece un tipo divertido, sin necesidad de hacerle una colonoscopia.


 

Lean ustedes y diviértanse (este tipo de cosas no son fáciles de encontrar, gratis):

 

Dice el Capitán Haddock.-


Lo había conseguido, desde el penthouse de Torre Espacio se disfrutaba de una vista espectacular del paseo dela Castellana, pero el verdadero espectáculo estaba dentro.
Cuando recibió la invitación para unirse al evento que organizaba la Oxfordian Brotherhood con motivo de la apertura de su centro en Madrid, su corazón galopó como un pura sangre irlandés en las verdes praderas de Connemara, inmediatamente se puso al tajo, solo tenía una semana para prepararse y no era momento de ceder a histerias banales. Dos días en jornada de ocho horas en la milla de oro le proveyeron de un estudiadísimo look vieja nobleza rural inglesa con toque snob que tan bien le sentaba y de paso dejaron la Visa oro pidiendo la eutanasia. Tres días de dieta ligera para purificar el cutis, apenas unos esenciales de pera y unos yogures de leche de yak desnatada aromatizada con flores de lavanda, le devolvieron tersura y brillo juvenil a la piel, el sexto día tratamiento completo de peluquería, aromaterapia, fitoterapia y masaje papúo-balinés con aceite de cardamomo (de primer prensado) para tonificar y relajar el músculo y a dormir como un bebé con un carísimo generador de ondas theta de banda entre 3,5 y 7 herzios como apoyo logístico.

Y aquí estaba, apoyado en un enorme ventanal, contemplando a la élite, a la puta élite y él era uno de ellos.
Las conversaciones se desarrollaban en pequeños grupos, en tonos de voz pausados, primaban las sonrisas sobre las risas, visto a cierta distancia se podía detectar la pauta de un vals en los movimientos de incorporación y retirada de los miembros de la hermandad e invitados a los distintos corrillos. Un pequeño ejército de discretísimos camareros impecablemente uniformados se movían con silente elegancia de manera que nadie tuviera un vaso vacío en la mano. Dos bellas mujeres, vestidas de Vivianne Westwood sin duda, un look entre dómina y muñeca de porcelana, vaporizaban esencial de pera en intervalos perfectamente estudiados. La puta élite. Nada que ver con cualquier reunión o sarao de los que habitualmente se celebran en Madrid, en los que priman la risotada, el barullo y los decibelios.

Decidió integrarse en la corriente que fluía de un grupo a otro y mantuvo interesantísimas conversaciones acerca de los mejores métodos para lograr injertos de rosas que fueran potenciales campeones en Scarbourough, de la inconveniencia de incorporar bates de fibra de carbono en el criquet, de la excitante colección de jarras de peltre que la condesa viuda de Lord Sprockett-Tumbnail había legado al museo británico con ocasión de la repentina muerte del Earl, trágicamente devorado por su propia jauría tras perderse en los inhóspitos páramos de las Highlands escocesas siguiendo a un zorro reluctante, y estaba inmerso en una brillante disertación acerca de la indudable preponderancia del te de Djaleerling sobre el Earl Grey por mucho que lo tomase la familia real, que al fin y al cabo eran de ascendencia alemana y de lo que en verdad entendían era de bebidas de alto contenido alcohólico, con un grupo selecto bebiendo de su oratoria, cuando un ligerísimo carraspeo, un mínimo y gutural ruidillo le interrumpió, uno de los camareros se había materializado en absoluto silencio a su lado con una bandeja de plata en la que reposaban un fajo de papeles.

-Perdonen sus señorías, si son tan amables, pueden disponer del menú del buffet. Por cierto el propio menú esta elaborado con papel de maíz ecológico y tinta de sepia, es uno de los aperitivos- Dijo, al tiempo que empezaba a repartirlos…
Lo estudiaron entre murmullos de aprobación y exclamaciones de sorpresa, la alta sociedad inglesa consciente del páramo gastronómico que reinaba en las islas, tradicionalmente se había surtido de la haute cuisine francesa (él recordaba con extremado cariño la ocasión en que de manos de Bertie Wooster había cenado en casa de su tía Dalia, la impresionante sucesión de platos fastuosos con que Anatole, el chef porque el que casi se desata una guerra entre la nobleza, había agasajado a los invitados. De lo que pasó después y que acabó en una pernocta en dependencias policiales, con un mariano ojo a la funerala y un woosteriano labio partido a manos de un sólido propietario de pub rural y sus empecinadas y obviamente equivocadas opiniones acerca de la indudable gloria del Manchester United, comparada con los mercenarios que alimentaban las filas de los pijos del Chelsea, y que le borraron definitivamente de la lista de invitados de los Travis y por ende de las delicias de Anatole, prefería acordarse lo menos posible, si bien en una ocasión como esta era inevitable) para este festejo la hermandad había apostado por uno de los chefs con más proyección de la imparable cocina española, Sergi Arola.

Pasaron ordenadamente a un enorme salón en el que unas repletas mesas dispuestas en forma de rectángulo con varios chefs en su interior que servían e informaban del plato, ocupaba la parte central del mismo.
Estaba muerto de hambre, la excitación de estar en el evento le había mantenido sin darse cuenta de ello, pero ahora, con la vista de todas aquellas exquisiteces y los cuatro días de ayuno, tenía hambre, más que hambre, tenía gazuza, tenía japerona, tenía carpanta, era capaz de comerse un oso y pedir otra ración.  Así que se puso a la faena, sin descuidar las buenas maneras y la cortesía social, pero a la faena.

Se integró en un hueco y dió con la zona de “vollailles”, empezó con unos tobillos de canario gratinados al aroma de fruto de la pasión, excelentes, continuó con unos cojones de periquito a la bechamel de estragón, una pura delicia y remató con una pechuga de colibrí braseada en sarmiento de olivo centenario con brotes de alfalfa salvaje, una ma-ra-vi-lla.
Un discretísimo borborigmo abdominal le indicó la conveniencia de buscar algo más contundente y apurando la copa de pajizo y frutal albariño, se desplazó hacia la zona adyacente que no era otra que la dedicada a productos del mar.
Abrió fuego con unas melosas cocochas de chanquete en salsa de erizo de mar, una explosión de sabores marinos, siguió con una angula rellena de polvo de pistacho al aroma de jabugo simplemente espectacular y estaba dando buena cuenta de un percebe en tempura con semillas de amapola, cuando un nuevo borborigmo, este mas semejante a un quejío flamenco le transmitió el mensaje que su organismo necesitaba comida y la necesitaba ya…

Sobrevoló como un águila real sobre la zona de las ensaladas, nada de lo que había allí contenía mas de cuatro calorías y desechó la parada inmediamente, con altas expectativas aparcó en la zona de carnes, vano intento, una vez comprobó que lo más potente que había eran un finísimo carpaccio de gñu al aire de sicomoro (probablemente cortado con un microtomos de laboratorio de histología) y la segunda alternativa no era otra que que unas chuletillas de cordero nasciturus con lasca de sal de espuma marina, cruelmente arrancado del vientre de su madre y que por razones éticas y estéticas ni se planteó arrimarle el colmillo, el resto consistía en minimalistas pedacillos de carnes variadas, acompañados de las mas extravagantes guarniciones, de hecho le dejó realmente impresionado el tendón rotuliano de ornitorrinco confitado en gasolina de fórmula uno, pero su cuerpo serrano pedía caña.
Así que tras una provechosa conversación con el chef de carnes, amabilísimo profesional que le indicó que al fondo del salón se había habilitado una mesa con productos típicos de la cocina tradicional española como medio de dar a conocer a los distinguidos invitados no sólo la cocina de autor sino también la riqueza ancestral de nuestra gastronomía, se encaminó raudo a la zona y descubrió -OH! Dios!- una mesa con : Croquetas de pollo de Lardhy, huevos estrellados de Lucio, Callos a la madrileña de Hontoria, Cocido maragato de Casa Juan Andrés de Castillo de los Polvazares, Marmitako de bonito de Penalti de Ondarroa, Fabada asturiana de la Máquina.
Sus tripas mandaron una señal inequívoca –Aquí! Quédate Aquí- y ahí se quedó. Unas croquetillas para abrir camino, medio platito de huevos estrellados, tres cucharaditas de los melosísimos callos, algo serio la cosa, dos docenitas de tiernísimos garbanzos acompañados de toda la parafernalia que completaba el barroco cuadro del cocido y cuatro patatitas con dos trozos de lomo de bonito sumergidas en la evanescente salsa en la que mojó pan de leña a dolor hasta que dejó el plato pulido a espejo. Y…

…Llegó a la fabada, era consciente que no era un plato sofisticado, ni de fácil digestión, ni mucho menos amistoso en el proceso de incorporación al organismo, pero desde los duros años de internado en Eton cuando recibía el envío quincenal de casa y en él siempre había un par de latas de fabada Litoral, había desarrollado una auténtica adicción al contundente ejemplo de la cocina celta así que, consciente de sus debilidad trasegó un plato sopero rebosante de fabes y compango en un visto y no visto y como los grandes tenores en las ocasiones especiales, ofreció un bis sin esperar a las peticiones del público (en este caso al pepito grillo abdominal que le había llevado hasta allí desechando auténticas delicatesses y que a tenor del silencio que mantuvo estaba muy de acuerdo en la decisión). Les fabes, del tamaño y la suavidad de una almohada de plumón de ganso, el chorizo un punto picante, la morcilla, aromática y contundente, el tiernísimo y salado lacón ofrecían un contrapunto espectacular, una puta sinfonía, pero nada de mariconadas barrocas, esto era la puta cabalgata de las Valkirias, emitida a toda hostia por los altavoces de un helicóptero de ataque Huey en trance de arrasar un puto poblado vietcong, PALABRAS MAYORES. De hecho, días después del evento, recapitulando sobre el tema recordó que había emitido algún que otro Arf! y varios Gronf!! mientras estaba cabalgando al tigre e incluso que había cambiado una o dos aceradas miradas y enseñado el colmillo al Honorabilísimo presidente del Rotary cuando se había servido una pequeña porción de la puta poción mágica.
Una sensación de paz y sosiego invadió su cuerpo cuando laminó el segundo plato, de hecho su válvula pilórica, casi tan sensible como la de Ignatius Reilly le indicó que era el momento adecuado de ingerir un digestivo, así que resplandeciente de paz y bienestar se acercó a la zona de los espirituosos y trasegó tres chupitos de finísimo orujo gallego que como buenos profesionales desatascaron en cuestión de minutos el nudo gordiano que se había originado y por el mismo precio le proporcionaron un mas que agradable calorcillo corporal y una sensación de bienestar cercana al nirvana.
Saciado y feliz, estaba tirando los tejos con su conocido encanto de escritor de culto a la Muy Estimable Lady Honoria Glossop, de la que las malas lenguas (y las buenas) decían que era presa de un notable furor uterino y en ocasiones concretas de un indisimulable furor puterino cuando un mayordomo de impecable chaqué hizo sonar una campanilla y tomó la palabra:

-Si son tan amables sus Señorías vayan desplazándose a la sala de música, el concierto de Miss Deeptroath empezará en breves minutos.

Ordenadamente tomaron asiento en la espectacular sala en la que ya les esperaba, abrazada a su arpa, la etérea concertista. Y con dedos ágiles cual mariposas empezó a desgranar una bellísima música que evocaba verdes pardos, rumorosos arroyuelos, nemorosos bosques…

Una delicia, un estado de felicidad, de relajación; lentamente, con la exquisita música de fondo se fue ensimismando, los párpados adquirieron el peso de una columna dórica de mármol, la respiración se volvía monocorde, atemperada, un súbito tremolar del belfo le hizo darse cuenta que se estaba sobando a chorros, luchó valientemente contra el sopor pero dos sonoros ROON ROOOON le indicaron que había perdido esa batalla, un hombre de mundo como él era tiene recursos para todo, aplicó el método de cruzar las piernas aprisionando a la testicularia entre los muslos y ejerciendo la presión precisa para mantenerse despierto sin dolo de provocar una catástrofe reproductiva le llevaron triunfalmente al fin del puto concierto en condiciones de aparente consciencia, de hecho incluso pudo dedicar dos tres miradas especialmente lascivas ala Muy Estimableque se había sentado a su lado.
Una vez que la señorita Deeptroath se retiró agradeciendo con aladas reverencias los entusiastas aplausos del respetable, los suyos incluidos, procedió a levantarse de la silla, pero algo raro ocurrió, la sensación concreta era que se había levantado, que estaba erguido, pero de repente y como arte de magia la zona comprendida entre su diafragma y sus ingles permanecía sentada, es decir, la notaba en la parte media de los muslos, estiró las piernas discretamente, cambió el peso de una a otra, ningún resultado positivo. Momento de grandes decisiones, hay que ponerse a andar y así lo hizo, la impresión era como si caminase vestido con un traje de novia con una cola de tafetán de cuatro metros, pero andaba…
Ronda de agradecimientos, despedidas, parabienes y felicitaciones le llevaron unos buenos veinte minutos, durante ese tiempo, fue consciente que en su epicentro, justo detrás del ombligo, crecía, a buen ritmo lo que primero fue una pelota de golf, mutó en una de tenis, viró hacia una de fútbol y finalmente se había convertido en un balón de baloncesto que le impidió tomar el ángulo correcto del cuerpo para proceder en el último besamanos, en él, que era un auténtico maestro de ese desusado y noble arte.

Así que del brazo dela Muy Estimabley repartiendo sonrisas se dirigió al enorme ascensor donde esperaba un grupo para tomarlo y en el corto trayecto, su conocido peristaltismo vago, despertó, de modo que cuando se introdujo en el artilugio, piso 40, el tripamen bailaba un minué.
En el piso 35 el minué fue sustituido por una simpática bossanova que provocó una bajadilla de gases que alegremente se alojaron en su colon descendente.
En el piso 27 un involuntario y súbito relajamiento del esfínter provocó un tararí semejante al del cornetín de órdenes de una compañía del tercio legionario, que intentó ocultar como pudo con feroces carraspeos sin gran éxito.
En el piso 23 la bossanova fue desalojada por un concierto de Metallica en toda su potencia, un flujo de gases comparable a los emitidos por un Jumbo en fase de despegue vino a acompañar a los primigenios que se alojaban en el último tramo del intestino provocando un tremendo aumento de la presión abdominal.

En el piso 22 estaba apretando con todas sus fuerzas el cabrón esfínter mientras empezaba a sudar frío.
En el piso 19 el jodido esfínter se rindió, cinco notas de trombón atronaron el espacio. Octava arriba, octava abajo, fueron perfectamente discernibles, las mismas que emitió la nave de encuentros en la tercera fase. PIIIIIIIII POOOOOOOOOOOO PIIIIIIIIIIIIIIIIIII POOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO PAAAAAAA!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Un murmullo de asombro, desaprobación y repulsa se extendió por el ascensor. Vista la catástrofe, optó por mantener un mutismo absoluto y esperar a que pasasen los Idus de Marzo.

En el piso 17 una nube fétida tomó posesión de las pituitarias de los sufrientes habitantes del puto ascensor, un olor acre, pegajoso, amarillo y absolutamente insoportable. El rumor se convirtió en tumulto.

En el piso 13 un lechuguino engominado sufrió un vómito en escopetazo que arruinó el Chanel de la joven que le acompañaba. Añadió de bonus nuevos matices a la fetidez reinante.

Entre el piso 12 y el vestíbulo hubo gente que envejeció una década, otros se desmayaron y un pequeño grupo de valientes, optaron por dejar de lado cualquier atisbo de buena educación y directamente se taparon la nariz, jadeando como perros en un intento de minimizar el horror.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor, salieron cual jauría enloquecida dejando un rastro de zapatos de tacón, bolsos de pedrería, peluquines y otros objetos sorprendentes. Vio comola Muy Estimable adelantaba al grueso del pelotón, con un atlético y fluido correr.
Y en ese momento fue consciente de tres de las Grandes Verdades de la Vida.
Una.- Si llega a estar en el ascensor alguien del libro Guiness de los Records habría asegurado su inmortalidad como autor del pedo mas fétido de la Historia.
Dos.- No iba a follar a la Muy Estimable.

Tres.- Había firmado su acta de defunción en los selectos ambientes grupales vaporizados, su vaporización no había sido de esencial de pera, precisamente.

Con la cruda realidad como compañera, encaminó sus pasos haciala Castellana…

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