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MI TÍO PEPE

MI TIO PEPE (IN MEMORIAM).

“Morte è dolorosa, si vicina piú dolorosa”.

REQUIESCAT IN PACE.

No sé a ustedes, pero a mí hay momentos, en la vida, que me sobrecogen de una manera total. Momentos en los que te dejas ir por los caminos del abandono, la melancolía y la pena; sabes que tiene que pasar pero no eres consciente de lo que pasa, hasta que pasa. Te zambulles, entonces, en una especie de túnel del tiempo y, sin quererlo, llamas a todos los registros que tienes almacenados en tu cerebro, que van apareciendo en tu memoria actual como si de una presentación de Power Point se tratara.

Claro está que esto solo nos sucede a los que tenemos memoria sentimental….todos esos recuerdos de las personas queridas. Todos esos recuerdos que aparecen con fuerza, nítidos, cuando ves como bajan a su lugar de descanso eterno al hombre que amaste cuando eras niño.

Si, además, esto sucede en el cementerio de mis antepasados, donde mi madre me llama con su potente voz y me manda retornar a mis raíces, me manda obedecer a mi sangre…todo se conmueve. No puedo resistirme y me desmorono, todas mis defensas se hacen papilla.

Mi tío Pepe era una de esas personas entrañables que marcaban registros en la fértil mente de los niños. Él grabó, con sus actos y sus palabras, en los muros de mi memoria los recuerdos que luego salen a desfilar por mi mente.

Me acuerdo de cuando pelaba la pava, con mi tía, en la puerta de la casa de mi abuelo, porque no le dejaba pasar pero si le dejaba hablar con ella….desde la calle. Como ustedes se imaginarán, un hombre de honor es un hombre de honor y mi tío Pepe hacía solo eso: hablar. Mi abuelo también era un hombre de honor y no permitió, nunca, a ninguna de sus hijas pasear solas con un hombre sin que alguna “carabina” les acompañara. Mi abuelo era un republicano que no se fiaba de los hombres.

Mi tío era “prácticante” y mi tía era y es enfermera de Cruz Roja, que esa condición no se pierde nunca. Enfermera de aquellas chicas modernas, pero muy honradas, que se formaron en la Escuela de Enfermería del Hospital de la Cruz Roja, en Reina Victoria, aquellas que tenían su uniforme blanco con la cofia y su capita azul con la cruz roja en el pecho. Mi tía siempre ha sabido quien es y se ha mantenido firme.

Recuerdo muchas cosas de mi tío Pepe, pero hay una que me llamaba la atención, aunque parezca un tópico: sus manos firmes y gordas, de amplias muñecas y dedos sólidos que manejaba con la precisión de un cirujano.

Tenía una Vespa verde con la que recorría, incansablemente, las calles de Toledo poniendo inyecciones a todo el mundo; en aquella época había dos practicantes gordos y con Vespa. Uno de ellos siempre iba fumando un puro, incluso en la Vespa. Mi tío era el otro.

Como si fuera una escena de película recuerdo cuando me decía: “Tinín, vámonos a pinchar!!!”. Esto lo hacía cuando salía de su turno ordinario en el hospital. Me montaba en el asiento de atrás de la Vespa y ale!!!, a poner inyecciones por las casas. Debo decir que no solo me montaba a mí, montaba a todo el mundo.

Cuando se acercaba a su destino, él iba ya de “media anqueta” y subía la moto al caballete conmigo encima. La fiesta comenzaba.

–        Hombre Pepe, buenos días, como está tu madre?

–        Bien, María, y el enfermo?

–        Pues aquí anda. Y este?

–        Si anda, no vamos mal. Este es mi sobrino.

–        El de la Vale?

–        Sí, mi ayudante.

Yo me sentía profundamente orgulloso de ser el ayudante de mi tío Pepe y hacía el paseíllo muy estirado hasta el comedor de la casa. También me sentía muy orgulloso de ser “el de la Vale”.

Él llevaba un bolsito con los adminículos propios de su oficio y sonaban clarines: entrelazaba los dedos, los flexionaba hacia dentro y se sacaba las novias (crac, crac, crac).

–        María, donde me puedo lavar las manos?.

En el comedor de la casa en cuestión, sacaba un estuchito de acero inoxidable; descubría la tapa y dentro había dos jeringuillas y varias agujas hipodérmicas; de sendos rebajos que había en el culo del estuche se desplegaban dos patitas que apoyaba en la tapa, puesta boca arriba; llenaba la tapa de alcohol, ponía agua en el estuchito con las agujas y las jeringas y prendía fuego al alcohol. El respetable observaba, con admiración, la maestría de la faena de muleta.

Preguntaba por la salud del enfermo, se interesaba por la vida de los habitantes de la casa y daba tiempo para que el agua hirviera.

–        El mayor que tal?

–        Bien, gana dinero en Alemania.

Pasados unos minutos, hacía lo que a mí me parecía de verdadera brujería. La expectación era máxima, se podían oír los latidos de mi corazón.

Abría la caja del medicamento que le ponían encima de la mesa (aquellas mesas con un hule de cuadros); la caja contenía un frasquito de cristal, una ampollita con un fino cuello y una limita de cartón parafinado con polvo de cuarzo; con una hoja de bisturí le quitaba, al frasquito, una coronita que dejaba al descubierto el tapón de goma; con la limita en la mano derecha daba unas pasadas al cuello de la ampollita, con el pulgar de su mano izquierda presionaba en la cabeza, lo que provocaba una solicitación flectora insoportable para la ampollita, y sonaba “puac”, lo que significaba que la ampollita había sido decapitada. Levantaba la vista y miraba sonriendo, al tendido, seguro de lo que estaba haciendo.

Con unas pinzas crile rectas cogía, del estuchito, una de las agujas hipodérmicas hervidas y la clavaba en el frasquito de los polvos que contenían el principio activo; lo dejaba encima de la mesa y con las pinzas cogía la jeringa de cristal con la que succionaba el disolvente de la ampollita; la insertaba en la aguja, apretaba el embolo y trasvasaba el liquido al frasquito de los polvos.

Después de agitarlo enérgicamente, sin quitar la aguja, volvía a insertar la jeringa y trasvasaba el liquido blanquecino al interior de la jeringa calibrada; entonces sacaba del tapóncito todo el sistema (aguja y jeringa), lo ponía a la altura de sus ojos y le propinaba un par de sutiles capirotes, con el dedo corazón de su mano derecha, hasta que salía liquido por la punta de la aguja.

Y ahora venía la hora de la verdad; ahora es donde se ve a los buenos toreros. La tensión y el silencio se podían cortar. Era el momento estelar.

Con los dedos pulgar e índice de su mano derecha tomaba la aguja; con la sola mano izquierda cortaba un trozo de algodón, lo ponía en la boca del bote de alcohol, lo humedecía con un swing de muñeca que para sí quisiera Rafa Nadal, y frotaba el culo del paciente.

Con los tres dedos que le sobraban de la mano derecha, golpeando del revés, azotaba la zona alcoholizada con un solo golpe maestro y sin solución de continuidad hincaba la aguja en todo lo alto, al mismo tiempo que con los tres dedos golpeadores propinaba un segundo golpe maestro.

En cuestión de décimas de segundo insertaba la jeringa en la aguja e inyectaba el liquido en el culo del enfermo…..

–        Respira.

–        Gracias Pepe.

Después de presenciar eso, en mi mente sonaba El gato montés. Mi tío Pepe era un maestro, a este le das un dátil e inventa la democracia.

Yo me quedaba el frasquito de cristal con el tapón de goma, que luego no quería para nada, pero tenía muchos guardados en una caja de zapatos….hasta que decidí convertir la caja de zapatos en un fuerte del oeste y tiré todos los frasquitos, para dejar sitio a Davy Crokett y sus colegas. Mi fuerte era El Álamo.

Mi Tío Pepe, además, me regalaba agendas. Agendas con las tapas verdes, azules, granates y de todos los colores. Yo no tenía nada que escribir en esas agendas pero, en las últimas páginas, había cosas muy interesantes para leer. Cosas, por ejemplo, como murió San Lorenzo, o como nuestro Cesar Carolus humilló a los protestantes en Mülberg. Yo pensaba que se lo tenían merecido por protestar tanto. Gil y pollas, tanto protestar!!!.

Cuando me operaron de vegetaciones, él me envolvió en una sábana y, abrazándome, me sentó  sobre sus rodillas mientras el salvaje del otorrino me arrancaba, con unas tenazas, la vida por la boca.

–        Ahora podrás comer todos los polos que quieras.

–        Todos los que yo quiera?.

–        Todos los que te quiera comprar tu madre.

Era un trabajador nato, toda su vida estuvo pluriempleado, era un ejemplo que seguir.

Tenía, también, un SEAT-600-D y algunos domingos nos montaba a todos y nos llevaba al Alberche…..menudas fiestas!!!!. A la ida íbamos todos bien, como piojos en costura, pero a la vuelta volvíamos todos achicharrados como langostinos en costura después de pasar el día en el agua cazando libélulas.

La expedición era amplia. Mi madre, mi padre, tía Sagra, tío Argi, tía Concha, tío Pepe y tío Félix (todavía no tenía novia).

El carrito Jané de mi hermano, las tortillas, los filetes empanaos, los pimientos fritos, las hormigas y todo lo necesario para un gran día de fiesta.

Todos estos vigilantes para mi hermano Antonio, un servidor de ustedes, mi hermano José, mi primo Argi, mi prima Sagrarito y no recuerdo si alguno de los de la segunda oleada que empezó a desembarcar hacia 1.965. Al final….somos diecisiete en ese escalón que nos toca en la línea de sucesión.

Yo quería a mi tío Pepe…..y, ahora que lo pienso, con mi tío Pepe me pasaba como con mi madre: no me hacía falta hablar con él, yo sabía que estaba ahí, pero ahora que no está….le echo de menos.

Ahora estamos en otro escalón, pertenecemos a otra rama de la cual cuelgan doce retoños.

Adiós, tío Pepe. Estarás en mi memoria mientras yo tenga memoria. Procuraré contar historias, a los que quieran oír, para que tu alma siga viva.

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Categorías:MIS COSITAS
  1. Pepe Lillo
    agosto 9, 2011 en 12:06 pm

    Escrito con el corazón (grande)

    • agosto 9, 2011 en 4:58 pm

      Gracias, Pepe…..hay gente que se dedica, toda su vida, a hacer felices a los demás, otros en cambio no hacen más que dar guerra.
      Nos vemos. Un abrazo.

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