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CARACOLES SALVAJES DE LA SAGRA

CARACOLES SALVAJES DE LA SAGRA

Hacía mucho tiempo que no andaba yo metido en estas lides.

El día antes y para la cena de Nochebuena, mi mujer me pidió que hiciera caracoles a la riojana dado que venían los abuelos a cenar y a mi suegro le gustan mucho.

Ni corto ni perezoso me puse manos a la obra. Me fui a la Puerta de Bisagra y en su fachada oeste habitan, entre hiedras y humedades, los famosos (por su fiereza) caracoles salvajes de la Sagra, haciendo honor a la comarca a la que daba acceso la antigua puerta musulmana. En este territorio que describo, cuando niño, hice memorables cacerías de estos animalitos.

Después de media hora de infructuosa búsqueda encontré al último que quedaba, que se resistió haciendo honor a su estirpe. Recordando antiguas técnicas de caza (trepando por la hiedra de luz del arco Iris, por los hilos de sol de mis cometas y por sumas de escalera) le atrapé y, sometiéndole a tortura, obtuve información sobre el paradero de su tribu, prometiéndole la libertad si cantaba. Le mentí.

El intenso tráfico rodado había hecho muy recomendable la emigración.

Con un caracol en el talego, encaminé mis pasos hacia donde me había dicho que estaban sus colegas, advirtiendo a mi prisionero que, en caso de que la información no fuera correcta, devendrían terribles consecuencias para él. Los dientes de la Walkiria (schnaucer miniatura) no son moco de pavo por muy salvaje que quiera ser el caracol.

Caía el sol cuando llegué al Parque de las Esculturas y pude localizar, entre rosales y granados, a una gran cantidad de caracoles que pastaban tranquilamente. Me las prometía muy felices cuando mi amigo desde dentro del talego gritó:

– “Alerta, alerta!!!, el humano cazador vuelve de nuevo”.

No salía de mi asombro. Como era posible que se acordara de algo que pasaba hace 45 años?. Entonces, yo cazaba caracoles para mi tía Leona.

Pero ahí no acabó todo. Al oír a su camarada, los caracoles salvajes de la Sagra, formaron de “doce en fondo” y se pusieron a cantar “la muerte no es el final”.

Cuando la pena nos alcanza

por un hermano perdido,

cuando el adiós dolorido

busca en la Fe su esperanza.

En Tu palabra confiamos

con la certeza que Tú

ya le has devuelto a la vida,

ya le has llevado a la luz.

Ya le has devuelto a la vida,

ya le has llevado a la luz

No hice caso de este aviso y, colgando el talego de mi cinturón, me dirigí con fiero semblante y tizona en mano hacía el grueso del manipulo, que formaba con sus más aguerridos miembros en primera fila. El negocio iba a ser fácil y unos mierdas de caracoles no iban a ablandarme el corazón, mi deber estaba claro y en mi mente resonaba el cornetín de ordenes y los tambores y trompetas…… pum, purrrrum, pum purrrum, pum purrrum (el pié izquierdo siempre en el purrrumm)

“En el fuego busco redención

luchar hasta vencer o morir”

Cuando me encontraba a menos de un metro de ellos, de repente, la formación se deshizo y salieron corriendo en todas direcciones.

Me cago en sus tripas!!!.

Tuve, después de arduas carreras, que atrapar uno a uno. Se defendían como jabalíes acorralados. Cuando uno veía que ya no tenía escapatoria, se volvía e irguiéndose sobre su pié y moviendo las antenas, comenzaba a lanzar horribles rugidos, como si fueran demonios de Tasmania.

Cuatro horas duró la batalla. Ya bien entrada la noche, con el talego lleno y algunas mordeduras en los dedos, regresé a casa con caracoles suficientes para agasajar a mi suegro. 84 unidades enemigas conté después; suficientes para 7 personas. Teniendo en cuenta que el emperador Constantino causó 82 bajas, por su propia mano, a Majencio en Puente Milvio, me dí por satisfecho.

Naturalmente, después de tan arriesgadas maniobras, llevaba los zapatos, las rodilleras y las coderas llenas de barro e iba pensando en la excusa que tenía que dar a Estrellita cuando la bronca arreciara. A ver cómo le cuento yo que los caracoles se defendían, qué hijoputas!!!!.

Ya en la cocina de mi casa, saqué del talego a los prisioneros, que quejándose amargamente me decían, a través de su portavoz:

– Qué será de nosotros?.

– Seréis sometidos, mañana, a estricto consejo de guerra.

– Podremos elegir a nuestro defensor?

– No. Esta noche dormiréis en el calabozo.

– Y cual será la acusación?

– Traición.

– Por qué?

– Habéis abandonado a Covarrubias y os habéis pasado al post-moderno Cano Laso, eso es pena de muerte.

En un barreño de plástico, en el que puse harina y pan rallado, confiné a los convictos.

Al día siguiente, y para mi sorpresa, se habían comido la harina y el pan rallado y, consecuentemente, habían engordado tanto que ya no podían esconderse en su caparazón. Decidí castigarles con algo que sé no les gusta nada: Agua salada.

Limpié el barreño y lo llené de agua con sal, metiendo dentro a los caracoles salvajes de la Sagra. Se enfadaron mucho y rompieron a soltar babas y terribles insultos, poniendo en duda la virtud de mi madre y la bonhomia de mi padre.

Mientras eso sucedía, yo, sin atender a esas razones, pelé una cebolla terciadita, haciéndola picadillo. A continuación piqué dos dientes de ajo, cuarto de kilo de jamón serrano y cuarto de kilo de chorizo de cantimpalo. Y, para terminar, saqué dos tomates grandes de la huerta, los pelé y los pasé por el chino.

Puse la sartén en el fuego, con medio vaso pequeño de aceite virgen extra de aceituna arbequina y cuando estaba caliente, empezando por la cebolla y tres minutos después el chorizo y el jamón, y terminando con el tomate, lo rehogué todo, añadiendo una punta de pimentón dulce de la Vera y dos cucharadas soperas de harina.

En una cacerola grande, y después de pasarles un par de veces por agua clara, deposité los caracoles salvajes, que seguían profiriendo insultos a la bandera:

– Tu madre fue la bruja que ordenó la matanza de San Bartolomé mientras tu padre yacía con Milady de Winter.

– Ahora vais a tener de vuestra medicina, cobardes maledicentes!!!

Mientras realizaba estas maniobras les puse, de música de fondo, el Adios a la vida, de Puccini, que lo cortés no quita lo valiente y, cuando pongo ese aria, Estrellita viene y me besa. Un beso de Estrellita vale más que las perlas de Veragua.

Les inundé, hasta cubrirlos, con vino blanco de Tomelloso y, después de poner una docena de bolitas de pimienta negra y dos hojas de laurel, les puse a hervir. Así fue como rindieron su alma esos bellacos. Lo celebré poniéndome una copita de ese mismo vino.

Cuando el vino había reducido casi completamente, retiré las bolitas de pimienta y el laurel, añadí el sofrito y modifiqué la sal, hasta ponerlo a gusto del abuelo, además de añadir dos cayenas pequeñitas y dos ñoras. Lo dejé cocer, a fuego lentísimo, diez minutos más y lo retiré a reposar. Eran las doce de la mañana cuando terminé mis operaciones de tratamiento punitivo con caracoles irreductos y pude envainar y retirarme a los cuarteles de invierno a solazarme con más vinito y las “Lágrimas Social-demócratas” de Santiago Gonzalez. Echándome mano a la entrepierna, me puse a cantar:

“Yo venero la nobleza de tu acero toledano

que del Tajo, entre las aguas, reciamente se templó

Que te asistan el derecho y la razón

Brilla Tizona, de fino acero, que a tu luz quiero

hallar la senda de mi fortuna”.

El abuelo, con ojos golositos (cómo el gato de la pastora) y ochenta y siete años, se zampó los caracoles a las diez de la noche y terminó la pitanza con un pequeño eructo lo que determinaba, sin lugar a dudas, que le habían gustado.

Al día siguiente, una llamada de teléfono, alertó a mi mujer que el abuelo estaba “algo indigesto” y que tenía que imponerle las manos, que es como Estrellita cura a su padre cuando torea más de lo que debe.

Toréador, en garde!

Toréador! Toréador!

Et songe bien, oui, songe en combattant

Qu’un oeil noir te regarde

Et que l’amour t’attend,

Toréador, l’amour, l’amour t’attend!

Toréador, en garde!

Toréador! Toréador!

Si tenemos en cuenta que, además de los caracoles salvajes, se apretó, por chicuelinas, un puré de calabaza; hizo hilo, por naturales, con unos langostinos tangueros y regateó, cruzándose por derecho, a las cigalas gansas del cantábrico y todo ello aromatizado con una botella de Moët Chandón, para rematar, sin quitarse la montera, con un bol de sopa de almendra….no está mal, la faena, para un matador de novillos-toros de 87 años. Menos mal que no quiso saber nada del buey argentino (nunca le gustaron los mansos).

Para la cena de fin de año, también tenemos invitados. Me ha pedido que haga los besugos que hacía mi madre.

Dios mío, con lo fría que está el agua en esta época del año!!!!.

Y a ver de qué les acuso a estos.

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Categorías:Uncategorized
  1. José Ramón
    diciembre 28, 2011 en 8:58 pm

    Muy bueno.
    Me ha gustado mucho.
    Suerte con la pesca de besugos del Tajo, nobles y afamados peces, pero de índole bravía.

    • diciembre 28, 2011 en 10:18 pm

      Gracias Jose Ramón, veremos que me depara el destino. Si, por ventura, la pescadera me pregunta si tengo agallas…..se me rehilan las carnes.
      Feliz año nuevo…..procuremos que lo sea, no dejemos que nos lo quiten, también.

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