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CRÓNICAS MARINERAS

CRÓNICAS MARINERAS.

Crónicas Marineras será una serie ordenada de entradas en las cuales pretendo describir, de forma libre y según mi leal saber y entender, una parte de la Historia de España que, por las razones que fueran, no se estudia a nivel popular y, desde luego, yo no estudié.

Lo voy a estructurar como un relato novelado que pretendo documentar lo mejor posible. Unas “memorias” de un personaje ficticio (Roque Oquendo) que, en su vejez y una vez retirado del Servicio, repasa los acontecimientos que llevaron a la ruina de la Armada de España.

Como los historiadores ingleses, he metido “morcillas” que no son verdad pero que necesitaba para la trama.

Si les gusta, enhorabuena; si no, por favor, no me lo tengan en cuenta.

Desde estas lineas, mi admiración y respeto por aquellas personas que, con más o menos acierto, entregaron su vida en aras de un ideal.

Señores: fueron ustedes muy buenos en su profesión, los mejores.

CAPITULO I(1).- ASPIRANTE OQUENDO.

15 de agosto de 1.840, día de la Ascensión de la Virgen.

Me llamo Roque Oquendo Matamoros; no me pregunten por mis apellidos porque llevo toda mi vida diciendo que eso no es responsabilidad mía.

Me siento delante de un papel, con la pluma de una gallina y la tinta de un calamar, para tratar de escribir mis recuerdos; la ventana de mi escritorio da al mar y mirando al horizonte empiezan a desfilar las escenas del pasado, la neblina de la memoria se va disipando…

1 de enero de 1.788.-

Nadie me podía sujetar. A mis tiernos 16 años, Barbate, mi pueblo de nacimiento, se me había quedado muy pequeño.

Muchas tardes mirando al mar y muchas lecturas. Blas de Lezo, el medio hombre, era mi émulo y empezaba a apremiarme el tiempo; a mi edad D. Blas ya había perdido media pierna combatiendo contra los ingleses.

A los 18 años, siendo Capitán de Fragata, abordó al Stanhope que era un navío inglés, de 78 cañones, que lo triplicaba en fuerza; mantuvo el cañoneo hasta que lo tuvo a distancia de garfio….Cuando los ingleses vieron aquello entraron en pánico.

A los 23 años, el pata-palo medio hombre ya era Capitán de Navío; le faltaba un ojo, un brazo y una pierna, y a cualquiera que navegara por el Mediterráneo, y fuera enemigo suyo, se le rehilaban las carnes si veía asomar su pabellón por el horizonte.

En 1.741, a sus 52 años, el Teniente General D. Blas de Lezo Olavarrieta infringió a la armada británica, en Cartagena de Indias, la más humillante derrota que sufrió jamás…

«Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir.»

Le jodió, al almirante Vernon, 90 navíos de línea y 8.000 hombres….”God damn you, Lezo” dijo el inglés cuando se retiraba con un cuarto de los hombres y la mitad de las naves

El rey de Inglaterra se tuvo que meter por el culo las medallas que había mandado acuñar para celebrar la victoria. Nadie supo si le gustó.

En 1.741 se le rehilaban las carnes a todo hijo de vecina, en cualquier mar, cuando veía al medio hombre…fuera enemigo o no.

Así, en 1.788, a pesar de los sensatos consejos de mi padre y las continuas reprimendas de mi madre, las ansias de embarcarme no habían hecho sino crecer y crecer.

En la primavera de 1.788, clavado en la puerta del Ayuntamiento, había un Bando Real en el que se solicitaba tripulación para dos corbetas de la Real Armada que iban a dar la vuelta al mundo. Sería un viaje largo, de varios años de duración.

Más que por la paga, que ahorraría entera, me impulsaba el animo de aventura: Guardia Marina de la Armada de España!!!, y la vuelta al mundo!!!. Los siete mares serían surcados. Busqué y encontré los certificados de “nobleza”.

Me alisté; el día 15 de mayo de 1788 debía incorporarme en las dependencias del Arsenal de la Carraca, en San Fernando…. Y allí me presenté, puntual como un clavo, a mi cita con la aventura, la Armada y mi honor.

–        Y cómo dice que se llama usted, joven?

–        Roque María Oquendo Matamoros

–        Coñó!!!  Menudos apellidos!!!

–        Yo no soy responsable de eso, señor.

–        Bien, aspirante, coge uno de esos petates y preséntate, en la planta segunda, al brigada Gago. Siempre que te dirijas a él háblale con voz recia, mirándole a los ojos y llámale “brigadagago”. El brigada Gago suele desayunar cagones cómo tú.

–        A sus órdenes.

En la segunda planta me encontré con un tipo bajito, con barriga, que daba órdenes sin parar. Le faltaba el antebrazo izquierdo y tenía la cara cruzada por una cicatriz que le nacía en la frente y, pasando por el entrecejo, le remataba en la mejilla derecha.

–        Tú que haces ahí, parado como un pasmarote?.

–        Se presenta el aspirante Roque María Oquendo Matamoros, para servir a Dios, al Rey y a usted…. BRIGADAGAGO!!!!

–        Ah!, tu eres el de Barbate, no?.

–        SÍ, MI BRIGADAGAGO.

–        Vaya, veo que eres un tío con cojones, la segunda camareta, tercera litera de arriba.

–        A SUS ÓRDENES, MI BRIGADAGAGO.

–        Vale, chico, deja de dar voces. Cámbiate y te espero en el patio, con los demás aspirantes.

Mantener la mirada a este hombre, de ojos ígneos, no era cosa fácil. El brigada Gago era natural de Gatariza, en la provincia de Lugo, y llevaba en la mar toda su vida.

No sabría decir su edad pues aparentaba muchos más años de los que tenía. Entre las cicatrices y que la sal había curtido su piel, parecía un viejo con el vigor de un joven.

Con toda la compañía formada en el patio y un sol de justicia cayendo sobre nuestras cabezas, el brigada Gago que nos daba su charla. Él caminaba de un lado para otro pero nosotros nos manteníamos en perfecta formación.

– Aspirantes:la Real Armada de España es una familia donde cada cual da la vida por los camaradas. El mar siempre estará atento para, en cuanto os dejéis, joderos todo lo que pueda. Si, además, tenéis a los ingleses enfrente os vais a cagar por las patas. Para que eso no pase yo me voy a ocupar de putearos de tal manera que la mar os parecerá una madre y los ingleses los amigos del barrio.

…//…

CAPITULO II(1).-LA EXPEDICIÓN.-

…//…

Después de la estancia en Puerto Deseado, al amanecer del día 10 de diciembre de 1.789 el Capitán Malaspina despertó con los golpes que el teniente de navío Alcalá Galiano, que salía de la segunda guardia, daba en la puerta del camarote:

–  Mi capitán, tenemos Cabo Vírgenes a estribor.

– Prepare maniobra para virar, rumbo 270. Comunique maniobra a La Atrevida.

Su objetivo era cartografiar de la forma más exacta posible el Paso de Magallanes, desde al Atlántico al Pacifico, levantando cartas lo más documentadas que se pudieran. Este era el Plan aprobado en Madrid.

Después de asearse y vestirse, subió a cubierta y comprobó, catalejo en mano, la situación del cabo Vírgenes y las condiciones de viento y marea.

Yo me encontraba, entrando de guardia, a dos pasos por detrás de él.

–        Roque, deme usted latitud y longitud de Cabo Vírgenes.

–        A sus órdenes, mi capitán.

Mandó arriar trapo (dos rizos en gavia y mayor) y corrigió la orientación de las jarcias. El viento era fresco de norte-noreste y empujaba con fuerza las corbetas. Navegábamos a 4 nudos y en seis horas estaríamos en la “Primera Angostura”, después de atravesar Bahía Azul.

Cuaderno de Bitácora: “10 de Diciembre, Bahía Azul, 10 de la mañana. Dejamos Punta Dungeness a estribor.  Viento fresco y recio del norte-noreste carga el velamen, mando arriar trapo, dos rizos en gavias y mayor. No quiero poner en riesgo los barcos, andaremos solo con el juanete del trinquete, la mayor y la cangreja. Fondearemos, en pasando la Primera Angostura, en las arenas de Tierra de Fuego”.

El recuerdo del naufragio del Concepción, sobre el cabo Vírgenes, pesaba en la memoria de Malaspina.

La Descubierta y la Atrevida, cuyos nombres fueron puestos en homenaje a las de Cook, Discovery y Resolution, eran dos corbetas con toldilla de 120 piesde eslora y 300 Tn.  españolas de desplazamiento, de tres palos y 102 hombres en dotación cada una.

Con la Atrevida detrás de la Descubierta, las corbetas nuevas, construidas expresamente para el viaje y bajo los diseños e instrucciones de Malaspina, entraron en Bahía Azul que es la puerta atlántica del Estrecho de Magallanes.

Al medio día, antes de llegar ala Primera Angostura, el viento recio roló, súbitamente, a temporal. Las naves, a sotavento de la costa patagónica, fueron zarandeadas y hubo que amurar y asegurar los tres palos. El repentino viento de 40 nudos rugía lo suficiente cómo para asustar a los más valientes.

Cuaderno de Bitácora: “10 de Diciembre, Bahía Azul, 12 del mediodía. Viento rolando a temporal. Navegamos a sotavento de la costa y nos metemos en lo que los ingleses llaman un williwaw. Vientos duros que bajando de tierra azotan las naves. Mando virar sur-este, para alejarnos de tierra, solo con los foques.”

Los williwaw son vientos durísimos que bajan de las montañas y, debido a su baja temperatura y alta densidad, alcanzan velocidades de 70 nudos. Son peligrosísimos para los barcos que, navegando a sotavento de la costa, reciben los impactos.

Verdaderos impactos que, incluso sin trapo alguno, hacen escorar a la nave.

Cuaderno de Bitácora: “10 de Diciembre, Bahía Azul, 4 de la tarde. Temporal de Norte-noroeste. Aún solo con los foques, temo por la seguridad de los barcos, la deriva nos lleva a la costa. Mando virar este para salir de Bahía Azul”.

 

De esta forma, Alessandro Malaspina renuncia a levantar planos y cartas de las angosturas y bahías del Estrecho de Magallanes, dejando esta labor para el retorno.

A la altura de Punta Catalina las corbetas viraron sur-sureste y desplegaron las velas bajas (trinquete, mayor y cangreja de mesana) orientando las jarcias para tener maniobra.

–        Teniente, nos dirigimos a Puerto Egmont, comunique rumbo ala Atrevida. Mañana, después del desayuno, consejo de oficiales.

–        Roque, calcúleme usted longitud y latitud de Punta Catalina. Mañana, antes del consejo de oficiales quiero esas determinaciones, escritas, encima de mi mesa.

Con el trajín que había en el combés se me había olvidado hacer los cálculos de Cabo Vírgenes, pero tenía las lecturas en el cabo y en Punta Dungeness.

Tomé lectura de altura en Punta Catalina y triseccioné con Cabo Vírgenes. Tomé lectura de cronómetro para compararla con la anterior.

Con esas lecturas podía hacer, sin mucha dificultad, un triangulo que me diera la distancia entre los dos puntos y la orientación polar de la base.

Al pedirme, el capitán, las coordenadas de Cabo Vírgenes sospeché (él las sabía perfectamente) que había gato encerrado. En esta convicción tomé lectura en Punta Dungeness, para asegurarme otra base.

Cuaderno de Bitácora: “10 de Diciembre, 6 de la tarde. Salimos de Bahía Azul, ponemos proa a Puerto Egmont. Mañana, en consejo, determinaremos el plan de trabajo para levantar la ensenada del puerto. Viento suave de norte-noroeste”.

 

Después de toda la noche calculando me di cuenta de la trampa del Capitan: la base Cabo Vírgenes-Punta Catalina pasaba por encima de Punta Dungeness y, por tanto, no me daba ángulo para calcular distancias.

Comprendí que tenía que tomar otra lectura con ángulo suficiente. Después de una noche de angustia, nada más amanecer tomé lecturas en Cabo Espíritu Santo. Ahora ya tenía ángulo suficiente para calcular distancias, con certeza, por debajo del error admisible.

triangulos

Lo escribí todo:

POSICIÓN:

CABO VÍRGENES:              52º23’05” S

68º26’02” O

PUNTA DUNGENESS:         52º23’43” S

68º25’56” O

PUNTA CATALINA:            52º32’39” S

68º46’05” O

CABO ESPIRITU SANTO:    52º40’00” S

68º36’30” O

DISTANC IAS:

Cabo Vírgenes-Punta Dungeness……..4,32 millas

Cabo Vírgenes-Punta Catalina……….19,51 millas

Punta Dungeness-Punta Catalina…….15,41 millas

Punta Dungenes-Cabo Espiritu S………16,73 millas

A las 8 de la mañana del día 11 de diciembre, toqué en la puerta del camarote.

–        Da usía su permiso, mi capitán?

–        Pase Guardia Marina, tiene usted lo que le pedí?

–        Sí, mi capitán.

Alargue el papel con los datos escritos; el capitán los leyó y dijo:

–        Roque, me quiere decir usted para qué quiero yo las coordenadas de Cabo Espíritu Santo?.

–        Usía para nada, mi capitán, pero yo sí las necesito para abrir ángulos y poder calcular distancias, sin errores. He imaginado que la distancia que le interesa es la que hay de Punta Dungeness a Punta Catalina.

–        Correcto, bien imaginado Roque, retírese y ocúpese de sus responsabilidades.

Cuaderno de Bitácora: “11 de diciembre, 10 de la mañana, rumbo 75º, oeste, proa a Puerto Egmont. Viento del S-SO, mar rizada. Mando izar las gavias de trinquete y mayor. Sacar todo el trapo.”

Contento con el resultado del examen me incorporé, sin dormir, a mi turno ordinario de trabajo. A medio día, el Teniente Alcalá Galiano me dijo:

–        Buen trabajo, muchacho, vas por el buen camino.

–        No sé a que se refiere, mi teniente.

–        Sí lo sabes y si no….piensa, hombre, piensa.

Esta afirmación del teniente Alcalá me confirmaba que se había hablado de mí en el consejo de oficiales. Alguna misión se me confiaría.

Bajé a la cocina a por algo que amortiguara los constantes rugidos de mi estomago. Me encontré con el cocinero.

–        Hola Roque, ya me han dicho que el capitán te aprecia.

–        Eso será porque tú lo dices, Curro. Qué estás haciendo?

–        Un pastel Malaspina. Hoy los oficiales comen juntos.

–        Un pastel con el apellido del capitán?.

–        Sí, es el que más le gusta, me lo sugirió él y es una variante de la Musaka griega.

–        Puedo ayudarte?

–        No deberías, eres un futuro oficial dela Armada.

–        Y por eso no puedo ayudar?. Está bien, me quito la guerrera.

–        Bueno, pica la carne de ternera, déjala muy picadita. Luego picas una cebolla, un pimiento y uno de esos choricitos. Ten mucho cuidadito con esos dedos que manejan tan bien el sextante. Ese cuchillo corta mucho, en Alborán lo probaron un par de ingleses.

Mientras yo picaba todo eso, Curro puso a cocer cinco berenjenas y, después de un hervor, las peló y las puso a escurrir.

En una sartén profunda puso tres cucharadas de aceite de oliva y cuando estuvo caliente empezó a dorar el pimiento y tres minutos después añadió la cebolla picada. Cuando la cebolla estaba transparente, añadió el chorizo y la carne picada. Cuando la carne cambiaba de color añadió las berenjenas y un tomate grande que, previamente había triturado.

Tuvo todo aquello 20 minutos dándole vueltas continuamente, con una espumadera.

–        Curro, qué buena pinta tiene esto y que bien huele.

–        No hemos hecho sino empezar, Roque.

–        Ahora qué?

Volcó toda la masa en un recipiente rectangular de modo que el pastel no tuviera más de 3 cms. de espesor. Ralló queso manchego sobre el pastel, de forma que no quedó nada sin queso, luego batió dos huevos y los extendió sobre la superficie y más tarde volvió a rallar queso parmesano.

Metió el pastel en el horno hasta qué, vigilando constantemente, comprobó que estaba dorado.

–        Lo llamo Pastel Malaspina porque el queso que gratina es parmesano, cómo el capitán.

–        El capitán no es español?.

–        Sí, claro, Parma formaba parte de la Corona cuando él nació en Mulazzo.

Curro me puso una pequeña porción del pastel, que me comí rápidamente, antes de volver a cubierta y encontrarme al capitán oteando el horizonte, hacía el oeste.

– Guardia Marina, abotónese usted cómo Dios manda y límpiese el morro, la tripulación le está mirando.

– A sus órdenes, mi capitán, lo siento mi capitán.

– Sienta usted más y coma menos, Roque. De qué lado viene el viento?

– Sur, dos cuartas suroeste, mi capitán.

– Cómo sabe usted eso?.

– Mis mejillas nunca han fallado, mi capitán.

– No tengo ninguna duda, Roque, me he fijado en sus mejillas, pero siempre mire usted a lo alto del palo mayor, allí hay una banderola que se lo va a decir con más seguridad. Cuando lleve usted veinte años en el mar, sus mejillas fallarán.

– Entendido, mi capitán.

– Suponiendo que lleváramos prisa deberíamos modificar el velamen?.

– Si tuviéramos mucha prisa,  sacaríamos los juanetes y moveríamos las jarcias, para que dieran cara al viento, y, con el rumbo que llevamos, navegaríamos dando bordadas.

– Correcto, Guardia Marina, pero como no llevamos prisa no vamos a hacer, a nadie, subirse a los juanetes.

No pronunció ninguna palabra más. Se dirigió al puente y allí habló con el teniente Alcalá. El capitán se retiró a su cámara y el teniente bajó al combés; se situó a mi lado y sin dejar de mirar al horizonte dijo:

–        Joven Roque, antes de mandar a la gente a los juanetes se peden hacer otras muchas cosas.

–        Pero mi teniente, me ha dicho que teníamos prisa.

–        Una cosa es “prisa” y otra “zafarrancho”. La gente a los juanetes cuando veas a los ingleses en el horizonte, entonces si vas a tener prisa.

–        Me ha dicho que “correcto”.

–        Sí, pero a mí me ha dicho otra cosa.

–        Lo siento, mi teniente.

–        Guardiamarina, la impulsividad no es buena. De aquí a Puerto Egmont vamos a llegar, sin prisas, plantando cara al viento y corrigiendo la deriva con el timón. Aún así, no te preocupes, te queda mucho por aprender y no solo de navegación, también de mando y dirección de gente.

–        Espero poder aprender, mi teniente.

–        Roque, cuando se manda a alguien subir a los juanetes hay que saber lo que se está mandando y hay que conocer la capacidad del mandado, de lo contrario es muy fácil que el negocio salga mal y cada muerto y su familia estarán en tu conciencia.

Esa noche me subí, sin que nadie me viera, al juanete del palo mayor. Trepando por la escala de flechastes pude sentir el vértigo de la altura y el viento tirando de mi camisa; cuando estuve arriba la cubierta se veía muy pequeña y pude comprender las palabras del teniente Alcalá….”cada muerto estará en tu conciencia”.

A la mañana siguiente, estaba en el alcázar tomando altura del sol, a las 12,00, y se me acercó el capitán:

–        Roque, ya sabe usted lo que se siente en el juanete mayor?

–        Sí mi capitán, pero nadie me vio.

–        Le vio todo el mundo. No haga usted más demostraciones gratuitas, le quiero vivo y cuando quiera usted probarse….súbase al bauprés en una noche de temporal. Los cojones…cada cual tiene los que Dios le dio, no hace falta que nos enseñe los suyos. Aprenda y, luego, se los enseña a los ingleses y a los franceses que, o mucho me equivoco, o serán los que nos destruyan.

Apesadumbrado y cabizbajo tomé la escalera y bajé a la cocina. Curro, siempre, me ayudaba con buenos consejos.

–        Qué hay Roque?.

–        El capitán me ha echado una bronca.

–        Por lo de anoche?.

–        Tú también lo sabes?.

–        A estas horas lo saben en San Fernando, amigo.

–        Quería saber lo que se siente.

–        Ya lo sabes?

–        Sí, ya lo sé

–        Y que se siente?

–        Tú nunca has subido?

–        Sí, muchas veces, pero cada cual siente distinto.

–        Yo sentí el orgullo de pertenecer a este barco y el honor de ser guardiamarina de España.

–        Yo, la primera vez sentí miedo. Las siguientes veces, me iba cagando en la puta madre del idiota que nos mandaba subir, sin ton ni son.

–        Yo también sentí miedo pero, Curro, es que el Honor es oneroso.

Curro estaba pelando un pollo de los que llevaba en las jaulas; sobre la mesa de la cocina había pimientos secos y cebollas.

–        Hoy que vas a hacer, Curro?.

–        Pollo con arroz y verduras.

–        Quieres que vaya haciendo algo?.

–        Vale, pero quítate la guerrera y cuando te la pongas, pon cada botón en su ojal.

–        Tengo un par de botones colgando.

–        Baja luego, cuando salgas de guardia, y los coseremos como Dios manda. Esto solo lo voy a hacer esta vez, las siguientes lo harás tú, cada cual se debe ocupar de su guerrera.

Curro hizo trozos el pollo y los puso a freír con aceite de oliva. Espolvoreó orégano; diez minutos y cuando lo tuvo frito, lo retiró en una cazuela.

Puso a freír el pimiento y la cebolla picados; cuando la cebolla estaba transparente empezó a echar el arroz, de a poquito, para conseguir el efecto “risoto” que tanto les gusta a los italianos. Un par de minutos más y añadió el pollo. Medio litro de vino blanco, dos vasos de agua y unas ramitas de azafrán.

Mientras cocía el guiso, separó la yemas de las claras a cuatro huevos. Coció un vaso de azúcar con agua hasta conseguir el almíbar y lo añadió, poco a poco, a las yemas sin dejar de batir, luego puso la masa en un cazo y, al baño maría, siguió amasando hasta tener una masa que se iba detrás de la cuchara de palo. Puso la masa en un plato y la dejó enfriar y luego la envolvió en azúcar y haciendo bolitas las puso en una bandeja.

–        Estas yemas, con vino viejo del Puerto de Santa María, será un buen postre.

Minuta para cuatro oficiales de Su Majestad.

Esta forma de cocinar el pollo con arroz, se la he visto hacer, después, muchas veces a mi esposa, solo que ella le pone, además, calabacín y espárragos verdes y, algunas veces, le añade tomate.

Ah!, que todavía no les había hablado de mi esposa?….claro, es que cuando estaba en la Descubierta, no estaba casado.

Les hablaré de mi esposa cuando me case.

…//…

(To be continued)

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Categorías:CRONICAS MARINERAS
  1. agosto 30, 2012 en 2:52 pm

    Qué bien se las amañan los españoles para esconder hechos tan memorables como éste. Esto debería salir en los libros de secundaria, pero claro, está el censo de los pedagogos, que lo considerarían sangriento y grotesco.

    • agosto 30, 2012 en 7:51 pm

      Por alguna razón que desconozco, efectivamente, estos episodios no se estudian, o se estudian poco.
      Me he propuesto, relatando la vida de Roque Oquendo, asistir, y hacer que otras personas asistan, a estos episodios tan gloriosos de la Historia de España. Voy a tratar de obviar lo que pasaba en Madrid mientras la Armada se batía con el fuego y el mar.
      Gracias Kartesiano….Muy pronto la tercera entrega.

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