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CRÓNICAS MARINERAS IV

CAPITULO II (4). LA EXPEDICIÓN.-

Crónicas Marineras será una serie ordenada de entradas en las cuales pretendo describir, de forma libre y según mi leal saber y entender, una parte de la Historia de España que, por las razones que fueran, no se estudia a nivel popular y, desde luego, yo no estudié.

Lo voy a estructurar como un relato novelado que pretendo documentar lo mejor posible. Unas “memorias” de un personaje ficticio (Roque Oquendo) que, en su vejez y una vez retirado del Servicio, repasa los acontecimientos que llevaron a la ruina de la Armada de España.

Como los historiadores ingleses, he metido “morcillas” que no son verdad pero que necesitaba para la trama.

Si les gusta, enhorabuena; si no, por favor, no me lo tengan en cuenta.

Desde estas lineas, mi admiración y respeto por aquellas personas que, con más o menos acierto, entregaron su vida en aras de un ideal.

Señores: fueron ustedes muy buenos en su profesión, los mejores.

El Día 19 de febrero de 1.790 partimos de Chiloé con rumbo a Talcahuano, después de levantar cartas hidrográficas de todo el fondeadero.

Estando en cubierta el capitán, D. Alejandro, se acercó a mí y me preguntó:

–        Oquendo, ya se ha familiarizado usted con los aparejos del barco?.

–        Sí, mi capitán.

–        Cómo sujetamos lateralmente los palos?

–        Con los obenques, que cazan por debajo de las cofas y cimentan en la mesa de aparejo, una por cada banda; entre obenques ligamos los flechastes para trepar a cofas y mastelerillos.

–        Y longitudinalmente?

–        Con los cables de stay y contra-stay, que cazan en la escota del palo y cimentan en la base del palo adyacente.

–        Y de señales, cómo vamos?.

–        Estoy estudiando, mi capitán.

–        Un mes, le doy, para que se sepa todas. Roque, cuando navegue en formación, siempre tiene que estar pendiente de las señales del insignia y obedecer a pies juntillas, es la mejor forma de seguir vivo.

El capitán se fue de mi lado y me quedé dubitativo. No sabía muy bien el por qué de esas preguntas. El Teniente Alcalá y el contramaestre me adiestraban todos los días en los nombres y las utilidades de cada parte del aparejo.

Esa tarde, cuando me encontraba en la cubierta de artillería, revisando cureñas y el estivado de la carga, el teniente Alcalá me llamó:

–        Roque, en un mes te tienes que saber todas las señales.

–        A sus órdenes, mi teniente.

–        La semana que viene me dices las letras y los números.

Me entregó un libro donde estaban numeradas todas las señales y representadas las banderas de señales.

Arribamos a Talcahuano el 24 donde nos recibió el gobernador de la provincia.

En este puerto recibimos gratas noticias en forma de ascensos para todos. Fui nombrado Alférez de fragata. El Rey celebraba su pasada subida al trono.

En Talcahuano se produjo un incidente que me desagradó profundamente. Un marinero desertó cuando estaba de guardia en uno de los barracones provisionales; no contento con eso, se llevó un ternero. Al parecer, un cacique local le ofreció nupcias con su hija y mejor vida.

Fue apresado y el capitán le castigó con “carreras de baquetas”. Este castigo consiste en que se ponen dos filas de marineros en la cubierta y azotan con varas al penado que corre por entre las dos filas. Los cirujanos le curaron luego, aunque yo pensé, cuando terminó el espectáculo, que más necesitara cura que cirujano.

La ejemplaridad del castigo era evidente ya que los que sacudían tomaban conciencia de que el carrerista podía ser cada uno de ellos.

Teníamos noticias de que en la Armada inglesa los castigos eran mucho más terribles y violentos. Un capitán de barco era la máxima autoridad en el navío y, por tanto, con capacidad para condenar, incluso, a muerte. Nunca me gustó eso y siempre traté de evitar los castigos….casi siempre lo conseguí.

El día 2 de marzo levamos anclas y nosotros pusimos rumbo a las Islas de Juan Fernandez, mientras que D. José Bustamante, con la Atrevida, cartografió la costa hasta Valparaiso.

La Descubierta llegó a Valparaiso el día 17 de marzo, mientras que la Atrevida había llegado el día 11 de marzo.

En Valparaiso nos estaba esperando el naturalista Tadeo Haenke; el caso de este hombre fue extraordinario.

Llegó dos días tarde a la salida en Cádiz; viajó en el buque Ntra. Sra. Del Buen Suceso, que naufragó cerca de la costa en Montevideo; llegó nadando a la costa; atravesó, caminando, los Andes por el Paso del Inca y nos esperó en Valparaiso, todo eso en 8 meses. Este hombre nació para caminar.

…//…

CAPITULO III (4).- TENIENTE DE FRAGATA OQUENDO.

El Teniente General Córdova y Ramos, el Teniente General Morales de los Ríos y seis capitanes de navío más, fueron sometidos a estricto Consejo de Guerra.

D. Cayetano Valdés y Flores, D. Baltasar Hidalgo de Cisneros y cuatro capitanes más fueron felicitados por su valiente actuación en el combate del Cabo de San Vicente.

El Santísima Trinidad, comandado por el brigadier D. Rafael Orozco, entró en el puerto de Cádiz el día 3 de marzo de 1.797 después de tener que enfrentarse a la fragata Terpsichore del capitán Richard Bowen que le persiguió. Aún sin aparejo y haciendo mucho agua el brigadier pudo maniobrar, dar costado a la Terpsichore y descargarla una andanada que le mató 4 hombres y la puso en alerta.

El resultado de aquel combate del Cabo de San Vicente fue darle más moral a los ingleses que a primeros de abril ya estaban, otra vez, bloqueando el puerto de Cádiz.

Jervis y Nelson, después de dirigirse a Lisboa, donde repararon sus navíos, retornaron con mucha más moral y más refuerzos, bombardearon Cádiz ante la pasividad de la Escuadra española que permanecía fondeada y bloquearon el tráfico comercial.

Se propagó por la Armada que el problema eran los marineros que tardaban el doble que los ingleses en maniobrar la arboladura, que también eran los artilleros que tardaban el doble que los ingleses en disparar…..lo cierto y verdad es que los responsables de aquella derrota fueron Morales de los Ríos, por cobarde, y Córdova y Ramos por pusilánime.

Los responsables fueron los capitanes y generales que no quisieron entrar en combate ni el día catorce ni el quince.

José de Mazarredo fue restituido en el mando de la Armada y después de resistir el asedio a Cádiz, con la flota incólume, hizo retirarse a alta mar la Escuadra de Jervis. Esto permitió el tráfico comercial y, sobre todo, nos permitió salir a nosotros.

Con lanchas artilladas, mucho más rápidas y maniobrables, D. Federico Gravina y el General Mazarredo pusieron en jaque a toda la escuadra de Jervis y Nelson que no tuvo más remedio que retirarse a distancias donde no pudieran alcanzarle las lanchas.

El día 8 de julio de 1.797, Nelson, ante la imposibilidad de bombardear Cádiz, decidió un ataque anfibio sobre Tenerife.

En abril, pusieron a la Matilde en dique seco y la carenaron con planchas de cobre en toda la obra viva.

En el mes de mayo, una vez fondeada y segura toda la flota y habiendo tomado posesión de su cargo el teniente general Mazarredo, el capitán D. Cayetano me llamó a su despacho:

–        Roque, se te va a asignar al mando de la Matilde.

–        Gracias, mi capitán.

–        Te he propuesto para el ascenso a Teniente de Navío por la acción del 14 de febrero. Los trámites van lentos pero, mientras tanto, vas a mandar La Matilde. Se te va a conceder autorización para que maniobres con la fragata y licencia de corso. Dime que necesitas.

–        Mi capitán, en el agua, al mando de las lanchas, estaba el Alférez de Fragata Anselmo Perez de Agüero.

–        Lo sé, Roque, el ascenso será para toda la tripulación.

–        Si no le parece mal, mi capitán, hablaré con la tripulación y mañana le daré mi contestación.

–        De acuerdo.

Cuando salía del despacho de Valdés iba radiante de alegría; inmediatamente me dirigí a la Matilde y reuní a todos los oficiales en la cámara del capitán, que ahora era mía.

–        Señores, me confían el mando de la fragata y nos otorgan licencia de corso. No quiero que nadie venga obligado, no usaré palabras lisonjeras, esto va a ser duro y peligroso; si alguno tiene algo que objetar, que lo diga ahora, en caso contrario todos los presentes estarán obligados y se atendrán a las consecuencias. Esto no va a ser un paseo en balandra.  Todos vamos a ascender, según parece.

Esta misión es secreta, no nos gustaría, a ninguno, que los ingleses nos estuvieran esperando en San Sebastián.

Anselmo, el Alférez de Fragata, preguntó:

–        Mi teniente, cual será nuestra comisión?.

–        Joder, todo lo que podamos, al inglés. Estoy decidido a hundirles todos los barcos de aprovisionamiento que pueda; para tal fin debemos esquivar el bloqueo y operar en su retaguardia.

–        Cuente conmigo, mi teniente.

–        Anselmo que esto no va a ser fácil!!!. En cuanto se percaten mandarán a por nosotros.

–        Les daremos esquinazo.

–        Lo intentaremos, Anselmo, lo intentaremos. Quiero, para esta tarde, un arqueo general del buque y haga cuentas de pólvora y balas para cuarenta disparos por cada cañón.

El contramaestre Ángel tomó la palabra:

–        Mi teniente, necesitaremos más gente de mar.

–        De eso se va a ocupar usted, Ángel. Quiero gente voluntaria y búsquese algún colega que quiera venir con nosotros. Toda la flota está fondeada y habrá gente para todo; No quiero maleantes y sea discreto.

–        Mañana tendremos enrolados a los mejores marineros de San Fernando, todos mudos.

–        Gracias, Ángel, revise toda la arboladura. Cualquier defecto será cambiado. Nos van a dar todo lo que pidamos.

El sargento Clavero, poniéndose en pié y en el primer tiempo del saludo, dijo:

–        Mi capitán, podemos ir nosotros?

–        Con usted cuento, Clavero, y con todos sus hombres que quieran venir voluntarios. No les mienta, tenemos muchas posibilidades de morir. Y no me llame capitán todavía, amigo, hasta el rabo todo es toro, brigada Clavero.

–        Morir o caer prisioneros.

–        No vamos a caer prisioneros, si la bandera de España cae del mástil es porque estamos muertos. Busque los mejores tiradores, no más de cincuenta infantes de marina.

–        Tendrá los mejores, mi capitán.

–        Gracias, Clavero.

Esa tarde, sobre mi mesa, tuve todos los informes. Me permitieron hacerme una idea exacta de lo que teníamos y, por tanto, saber lo que nos faltaba para la comisión que teníamos.

A las 9 de la mañana, con el plan de operaciones y todos los papeles bajo el brazo nos fuimos a ver a D. Cayetano.

–        Anselmo, nos vamos a la Comandancia.

–        Traje de faena?

–        No, uniforme nº 6.

–        Bien, mi capitán.

–        Otro?, Anselmo, coño, cuando venga el nombramiento.

D. Cayetano nos hizo esperar una hora en el pasillo que daba acceso a su despacho pero, al fin, nos recibió.

–        Da usted su permiso, mi capitán?

–        Pase Roque.

Era un despacho muy amplio y luminoso, con un gran balcón que daba a la bahía.

D. Cayetano estaba sentado en una mesita auxiliar y, a su lado, estaba el Brigadier Orozco, el Mayor General Escaño y, para mi alegría, estaba el capitán Alcalá Galiano. Después de las presentaciones y los saludos marciales, nos hicieron sentar a la mesa y nos sirvieron café jamaicano (Blue Mountain).

Mientras el Mayor General leía, el capitán D. Cayetano inició la conversación.

–        Bien, Roque, explíquenos su plan.

–        Vamos a salir por la punta de San Sebastián y, costeando, llegaremos hasta Berbería, luego, arrumbando a W, pretendo hostigar todos los movimientos de los barcos menores y de suministro ingleses.

El Mayor General, levantó la vista del papel y me preguntó:

–        Teniente, para que quiere usted un juego de velas negras?.

–        Mi general, si pueden ser azul marino, mejor que mejor. Pretendo caer, desde el oeste, sin luces y al amanecer sobre mis presas.

–        Lleva usted patente de corso, eso significa que debe conocer las Ordenanzas del Corso, la distribución de los beneficios y las responsabilidades en que incurrirá si no cumple la Ley del Mar.

–        Me comprometo, firmemente, a conocer toda la Ordenanza y las costumbres antes de zarpar, señor.

Cuando la conversación terminó, los papeles se quedaron sobre la mesa de D. Cayetano, el cual, empezó a despachar con el Mayor General.

–        Bien, Roque, retírese. Tendrá noticias nuestras.

Nos acompañaron, hasta el patio, el brigadier Orozco y D. Dionisio.

En el vestíbulo de la Comandancia nos cruzamos con un brigadier que acudía a resolver algún negocio. Orozco lo paró, lo saludó y me lo presentó:

–        Cosme, te presento al futuro Teniente de Navío Roque Oquendo, el que tiró del Trinidad, bajo el fuego del Blenheim. Roque, te presento al Brigadier Cosme Damian Churruca.

–        Encantado de conocerte, Roque.

–        A sus órdenes, mi general.

–        Roque, sé que vas a dar mucha guerra, eso cada cual lo lleva grabado en la mirada y gravado en su hoja de servicios, pero obedece a Cayetano y no provoques a tu destino. Lo del 14 de febrero no se volverá a repetir, no tendrás tanta suerte.

–        No le provocaré, mi general.

–        Has oído hablar de las llaves de chispa?

–        Sí, mi general, las llevaban los ingleses en San Vicente.

–        Te gustaría tenerlas?

–        Sería un gran avance, mi general.

–        Mañana irán los maestros armeros a ponértelas en las piezas de la Matilde.

En la puerta de la Comandancia nos abandonó el brigadier Orozco que se excusó por sus muchas ocupaciones. Estaba tratando de reparar y rearmar a toda la flota tras el desastre del 14 de febrero.

El capitán D. Dionisio me habló, entonces:

–        Roque, navegamos juntos más de un año y, por lo visto, aprovechaste bien las enseñanzas de D. Alejandro.

–        Traté, siempre de tener abiertos los ojos y los oídos. Tuve buenos maestros y, ahora, los tengo mejores.

–        Nunca un Oquendo arrió la bandera de España.

–        Ni la arriará en el futuro, mi capitán.

–        Por qué no montas baterías de 24 en la Matilde?.

–        Con las de 18 me voy a apañar, prefiero la ligereza, vamos a estar seis meses en el mar, no quiero llevar mucho peso en balas. Lo que voy a cazar lo podré hacer con las de 18, aunque no me importaría montar carronadas en los castillos de proa y popa. Y, mi capitán, lo que sí me gustaría es montar sobrejuanetes y velas de stay.

–        Roque, por Dios, cuídate, te quiero yo y te quiere todo el mundo en la Armada. Suerte en tu singladura.

–        Gracias, mi capitán. Usted me enseñó que “cada muerto y sus familias estará en mi conciencia”. No me gustan los muertos, ni nuestros, ni suyos. A la orden de usted, mi capitán.

Cuadrándome, le metí un taconazo que asustó a los centinelas de la puerta.

Al volver a la Matilde me lleve una gratísima sorpresa; Curro, el cocinero de la Descubierta, estaba esperándome en la cubierta.

–        A la orden de usted, mi teniente.

–        Curro!!!, coño qué alegría….

–        Me dicen, Roque, que zarpas a “joder todo lo que puedas”.

–        Ciertamente, Curro. Vienes con nosotros?

–        Sí, si usted, mi teniente, tiene a bien admitirme.

–        Ja,ja,ja….claro Curro!!!, qué buenos guisos vamos a hacer!!!.

–        Me instalo y luego voy a verle.

–        Tráeme una relación de lo que necesitas para alimentarnos durante seis meses, habla con el contramaestre.

Una semana después las velas nuevas estaban teñidas y montados los sobrejuanetes, el perico de mesana y las stay. Velas nuevas  azul muy oscuras, casi negras. Cabos, drizas, escotas, carena….todo nuevo. Dos pistolas y un sable por cabeza. Mosquetes nuevos para los infantes de marina. Ropa de abrigo para todos.

El día 20 de junio de 1.797, a diana, embarcaron en la Matilde 120 de los mejores marineros, 64 de los mejores artilleros y 40 infantes de marina, todos, tiradores de primera especial.

–        Tripulación, la Matilde va a dar mucho que hacer al inglés. No duden ustedes que van a intentar cazarnos y no esperen árnica, si nos pillan, nos hunden, porque vamos a hacerles mucho daño. Si alguno de ustedes siente flaquear su ánimo, ahora está a tiempo; cuando zarpemos ya no habrá solución aplicaré, estrictamente, el reglamento.

Durante toda esa semana estuvimos haciendo prácticas de montado y desmontado de artillería y maniobras, en parado, con la arboladura. Fui tomando tiempos de las distintas actividades. Por la noche estudiaba las secuencias lógicas que se debían producir, en combate, para minimizar el tiempo y ganar espacio. Esto salvaría vidas y ganaría reales.

Anselmo desarrolló un sistema de rodamientos giratorios y ballestas para maniobrar los cañones en la mitad de tiempo. Mandamos construir unas pequeñas rampas que se manejaban con ballestas de hierro calibradas que facilitaban el cambio en acimut de las piezas de artillería e instaló, en las cureñas, unos rodamientos con bloqueo que hacían retirar y aproximar el cañón en la mitad de tiempo.

Recibido que hubimos la orden de dar a la vela, el día 1 de Julio de 1.797, anochecido y con la marea salimos de la Bahía por punta San Sebastián y, al amparo de sus cañones, viramos S. Navegando a tiro de cañón de la costa.

Llevábamos el aparejo negro y el viento de NNE nos ayudaba.

Cuaderno de Bitácora.-“2 de Julio, 5,30 horas. Viramos SSW, una cuarta W, arrumbando al Cabo Espartel. Mando arriar aparejo negro e izar el trapo blanco. Amanecerá en dos horas”.

Tres semanas estuvimos dando bordadas en dirección WSW, ciñiendo el viento por las muras y virando por redondo y por avante. Fui tomando tiempos. Tirábamos a blancos flotantes, a la deriva, y hacíamos prácticas de tiro. Descargas cerradas de mosquetería y recarga.

El objetivo de estas prácticas era familiarizar a la tripulación con las maniobras y el simultáneo fuego de artillería y mosquetería.

–        Contramaestre, viramos por avante.

–        A sus órdenes, mi capitán.

–        Anselmo, te doy dos disparos para que atines al blanco con las dos piezas de guardatimón.

–        Clavero, ron para todos si disparas y cargas en medio minuto. Seis hombres a las cofas y seis a los juanetes.

La cubierta de artillería respondía a la perfección. Llegamos a disparar todas las piezas de una banda y dos minutos después estábamos listos para volver a disparar, y lo más importante, con las ballestas calibradas afinábamos la puntería ostensiblemente y mejorábamos la eficacia de las andanadas de forma exponencial.

Estos tiempos nos decían que una embarcación que navegara a 4 nudos hace 140 m/minuto, lo que nos dice que podíamos disparar cada 280 m, cómo el alcance de las piezas de 18 es de 3.000 m., tendríamos un máximo de diez disparos, antes de disparar a “tocapenoles”.

Los cabos de artillería, con las llaves de chispa, eran mucho más eficaces y se trabajaba mejor. Había mucho menos humo en la cubierta de artillería.

Con vientos de empopada y todo el trapo fuera, andábamos a 8 nudos y ceñíamos en ángulos de 45º.

Una noche Ángel, el contramaestre, me entró mientras estaba en el alcázar de popa, observando el mar de fondo y discutiendo con Anselmo el rumbo.

–        Mi capitán, la Matilde vira mucho mejor a babor que a estribor.

–        Lo sé, Ángel. Me di cuenta cuando la pusieron en dique seco para forrarla de cobre. Tiene la quilla una yarda revirada a babor, por eso va mejor por esa banda y por eso da los bandazos que da. Desde dentro no se nota pero en las maniobras hay que contar con ello y forzar de verga. Es por esa razón, Anselmo, que la batería de estribor tiene que disparar más deprisa.

–        Mi capitán, estoy acostumbrando a los hombres para volcar la banda según tengamos que disparar. Han puesto nombre a cada cañón….todos nombres de mujer.

–        Los nombres de las mujeres que aman?

–        Sí, mi capitán.

–        Pero alguno habrá que no tenga mujer.

–        Claro, y alguno hay que tiene dos o tres.

–        Cómo llaman a las guarda timón?

–        Sol y Elvira, cómo las hijas del Cid. Sol a babor y Elvira a estribor.

–        Qué lástima no encontráramos a los infantes de Carrión!!!.

–        A las de proa las llaman Esperanza y Macarena. Llevamos seis sevillanos entre los artilleros.

Me pasaba muchas noches haciendo ecuaciones de trayectoria, calculando los ángulos a los que teníamos que elevar las ballestas calibradas, en función de la distancia del objetivo que medíamos, con el teodolito, de acuerdo a los procedimientos que había aprendido en el viaje en la Descubierta. Una vez a la semana, pasaba todos los cálculos a unas hojas y las comentaba con Anselmo para que se las explicara a los sargentos de artillería.

Cuaderno de Bitácora.-“2 de Agosto, 21,30 horas. En la latitud del cabo Sim, a 150 millas de la costa. Viramos NW, divisamos una vela con rumbo N.”.

 Al anochecer del día 2 de agosto vimos una vela en el horizonte; llevaba rumbo norte. Inmediatamente mandé virar para alejarnos de ella, cambiar el velamen y, durante la noche, darla caza.

Con las velas de caza puestas y con todo el trapo, sobrejuanetes incluidos, viramos NE con la esperanza de tenerla a tiro al amanecer.

Toda la tripulación estaba excitada con la idea de nuestra primera presa y con viento del sur navegábamos a un largo, tomando aire por la mura de estribor.

Antes del amanecer, habíamos rebasado a la presa y mandé virar SW, ciñendo y dando bordadas.

Cuaderno de Bitácora.-“3 de Agosto de 1.797, 6,30 horas. Viramos SW para acercarnos desde el W. Es una fragata inglesa y está sin el mastelerillo de trinquete. Navega a 3 nudos con viento de un largo de babor.”.

A las 8,30 y casi sin que se diera cuenta ya la teníamos a tiro. Todos los hombres estaban en sus puestos de combate. Era la Terpsichore del capitán Bowen, aquella que había batido al Santísima Trinidad cuando volvía a Cádiz. Una fragata de 32 cañones de 24.

–        Anselmo, empiece a disparar en cuanto pueda.

Nos acercamos, ciñendo, para rebasar su trayectoria. Empezaron a virar, para darnos costado, en el momento en que acorté la bordada y mandé virar a estribor para volver a cortar su trayectoria y, de esta forma, darle a Anselmo dos disparos más, antes de volver a virar y pasarla, a un cable de distancia, por su proa.

Después de tres andanadas, esta última la dejó sin bauprés. Viramos de nuevo para evitar sus cañones y haciendo un gran circulo, durante el cual Anselmo descargó otras dos veces, la entramos por popa.

–        Anselmo, si le tiramos el palo de mesana, es nuestra.

–        A sus órdenes mi capitán.

En la pasada por popa, virando a estribor, la Matilde hizo de las suyas y recibimos media docena de peladillas de Navidad que nos enviaron desde la Terpsichore, pero Sol, Esperanza y sus hermanas de babor le mandaron toda la mesana al agua, con lo que quedó sin maniobra ninguna.

A las 10,45h de la mañana, después de recibir dos andanadas más y quedar sin juanete mayor, la Terpsichore, sin maniobra, se rindió.

No llevaban caudales pero sí cuatro carronadas de 36 y seis piezas de 8 que, inmediatamente, desmontamos y trasladamos, con toda su munición, a la Matilde.

Nos dijeron que venían de un ataque a Tenerife cómo fragata de señales del navío Thesseus (74), con la insignia de Nelson, de Miller, al que acompañaban el Culloden (74) de Troubridge, el Zealous (74) de Hood y el Leander (50) de Thomson. El ataque había resultado un estrepitoso fracaso; Nelson había resultado gravemente herido en un brazo.

Bowen, Gibson y siete oficiales más habían resultado muertos, el cutter Fox hundido, y las fragatas Terpsíchore (32), Emerald (36) y Seahorse (38) cañoneadas al acercarse a la costa para desembarcar tropas. Todos regresaban a la flota de Jervis y ellos se habían quedado retrasados.

En evitación de males mayores, por si habían oído el cañoneo, mandé 40 hombres a la Terpsichore para improvisar un aparejo y poder navegar.

A las 12 del medio día teníamos amarrada a la fragata inglesa y la remolcábamos, rumbo SSW para salirnos de ruta en un gran rodeo, hacía Tenerife.

Cuaderno de Bitácora.-“3 de Agosto, 13,30 horas. Viramos SW para salirnos de ruta y, haciendo un rodeo, arrumbar a Tenerife. Remolcamos a la Terpsíchore”.

El resultado de aquel encuentro fueron 6 heridos, a consecuencia de los impactos que el enemigo nos colocó.

Una astilla se me clavó en el muslo derecho pero, cómo entendí que no era grave, me la quité yo miso ya que el cirujano tenía trabajo con los nuestros y los suyos heridos.

La Terpsichore perdió 22 hombres y otros 13 resultaron heridos; tres murieron antes de llegar a Tenerife. Cuidamos a los 112 prisioneros lo mejor que pudimos y mandamos a los muertos, con una ceremonia simple, a dar de comer a los peces.

Tan solo mencionar que estaba, entre las bajas mortales, el teniente de fragata D. George Douglas que había sido herido en el ataque a Tenerife y se le había comisionado para llevar la Terpsíchore a Playmouth.

Llegamos a Tenerife el día 5 de agosto y me presenté al comandante militar de la Plaza, el teniente general Antonio Gutiérrez. Este general había vencido a los ingleses en tres ocasiones; siendo teniente coronel, les arrojó de las Malvinas, que volvieron a ser españolas; siendo general de brigada, les arrojó de Menorca, que volvió a ser española; y siendo teniente general, repelió el ataque que Nelson intentó contra Tenerife y en el que se dejó el brazo derecho.

–        Se presenta el Teniente de Fragata Roque Oquendo, señor.

–        Pues por lo que tengo entendido, es usted Teniente de Navío.

–        No tengo confirmación oficial.

–        Se la estoy dando yo, Teniente de Navío Roque Oquendo Matamoros. Antes de su licencia de corso fue usted ascendido.

–        Gracias, mi general. Traigo cautiva a una de las fragatas que atacaron Tenerife, hace quince días, y la entrego para su disposición.

–        Teniente, tiene usted patente de corso y, por tanto, capacidad para hacer lo que desee con sus capturas.

–        Quiero dejarla aquí para que se repare y, cuando se levante el bloqueo a Cádiz, sea llevada a la flota y se canjeen los prisioneros.

–        Me imagino, teniente, que será consciente de que, a partir de ahora, la Navy cursará órdenes concretas sobre qué hacer con el Teniente Oquendo y la Matilde.

–        Nos van a buscar, claro. Mientras nos buscan a nosotros no buscarán los mercantes.

–        Quédese un par de meses con nosotros, repare la Terpsíchore y llévela usted mismo a Cádiz. El bloqueo ha sido levantado. Según parece, Mazarredo  y Gravina han dado, bien, por la popa a Jervis con las cañoneras sutiles.

El día 7 de septiembre de 1.797 la Terpsíchore estaba lista para navegar con todas sus velas, armada y con una tripulación de 152 hombres que reclutamos en Tenerife. Mezclé hombres noveles con veteranos de la Matilde. La herida del muslo derecho seguía supurando y, en dos ocasiones, me habían abierto la costra para curarme.

El día 8, con vientos alisios del NNE, dimos a la vela con rumbo a Cádiz. A mis 26 años era teniente de navío, mandaba una fragata y la Terpsíchore había pagado caro por su osadía con el Trinidad.

EL SANTÍSIMA TRINIDAD NAVEGABA DE NUEVO

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