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LOS VIENTOS Y LOS RUMBOS

LOS VIENTOS Y LOS RUMBOS.-

Echoes, Pink Floyd (1.971)

Queridos amigos, hoy os voy a hablar de vientos y rumbos.

dominantes

Viento es una palabra que sirve para representar a múltiples cosas pero que, esencialmente, se refiere a los movimientos de la masa de aire en la atmósfera, aunque también representa a un cable tensor (que se opone a un viento) o a un olor que circula por el aire.

Es tan común y tan cotidiano que casi no nos fijamos en los componentes o calificativos que damos a los vientos que nos rodean. Se adapta tan bien al lenguaje, que usamos el término para definir, de forma alegórica, muchas más cosas.

Así, he oído múltiples formas y calificativos del vocablo “viento”, tales como “la puta mareita” que es ese vientecillo flojo que no deja en paz las plumas de los tocados de las señoras, el “viento cabrón” que es ese viento más recio que te manda el sombrero a 15 metros y te hace correr detrás de él. A un ordenanza de mi Consejería le oí decir que había que instalarle rejillas en su garito para evitar el “aire vicioso” que, me imagino, es el aire que sale por las rejillas del metro y le levanta las faldas a Marilín Monroe o a la Princesa de Asturias (nadie está a salvo del aire vicioso). He sentido el “airazo” que es uno que te da en la cara,  te embaza la respiración y te vuelve el paraguas; en fin, he oído hablar del “siroco” que es un viento que, cuando te da, te vuelve loco.

airevicioso

Por ejemplo, y haciendo un símil marinero decimos “se adaptó al rumbo de los vientos que corren”, cuando, en realidad, queremos referirnos a una “tendencia” cuando no a un “cambio de chaqueta”; esto no quiere decir más que la persona, que hace eso, no tiene rumbo prefijado, no tiene destino; ir de un sitio a otro, no es su objetivo.

Antiguamente, cuando se navegaba a vela, no era muy cómodo “ir contra viento y marea”, que es otra frase marinera que se usa como símil, sin embargo, cuando se tiene un objetivo, muchas veces hay que ir contra viento y marea y son esas dificultades las que nos hacen mejores.

Navegar a vela con el viento en la proa no es posible y procede, entonces, una serie de maniobras (bordadas) para engañarle.

El viento nace como consecuencia de que el sol calienta la superficie del planeta de forma irregular, de suerte que hay zonas más calientes que otras; esto ocasiona que el aire se caliente y ascienda, mientras que las masas más frías, que están más altas, desciendan. Estos fenómenos no se producen en una componente exclusivamente vertical, sino que se desplazan de forma oblicua o, por mejor decir, se desplaza como le sale del criterio. Si a esta fenómeno le sumamos el movimiento rotacional de la Tierra, tendremos dos de las componentes más importantes del movimiento de las masas de aire.

En el océano, además, hay que tener en cuenta el desplazamiento de grandes masas de agua caliente, lo que ocasiona grandes calentamientos de la masa de aire que está encima.

Desde muy antiguo, grandes y observadores sabios han venido tratando de clasificar y ordenar a los vientos por su dirección, sentido y módulo (fuerza) para, de esta forma, darles el carácter de “vector”, que los hace más comprensibles, pero los marineros saben que no es fácil enjaular al viento en una clasificación, dado que, como todos sabemos, el viento es lo más libre que se conoce. No se puede “sujetar al viento”. Debemos usar su fuerza para ayudarnos en nuestro objetivo.

En el año 70 de nuestra era, Plinio el Viejo presentó al emperador Tito su “Naturalis Historia”, una obra enciclopédica compuesta por 37 libros donde Cayo Plinio Secundus trata de explicar a su “contubernalis” diversos fenómenos naturales.

Plinio el Viejo fue autor de (se le atribuyen) famosísimas frases tales como la de “In vino veritas” (los borrachos no mienten), o la no menos famosa de “Absentes tinnitu aurium praesentire sermones de se, receptum est” (hablan de mí, porque me pitan los oídos).

En el año 79 dc, Plinio estaba en la bahía de Nápoles, con 56 años, y le pilló la erupción del Vesubio, cuando huía hacia la playa le alcanzó la nube sulfurosa y lo mató (no pienso acercarme a ningún volcán). Observad, amigos, que Tito tardó 9 años en dar el visto bueno, ahora, si tardas más de 15 días en contestar, tenemos recurso (recursos ferunt).

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El emperador Tito dio el visto bueno (nihil obstat) y su sobrino, Plinio el Joven, publicó “Naturalis Historia” que se convirtió en la enciclopedia de cabecera de los “científicos” durante toda la Edad Media.

En el Libro II, capitulo XLVI se describen los distintos vientos que Plinio conocía; divide la circunferencia en 16 sectores, según 16 direcciones y atribuye nombres, que a mí me parecen preciosos, a los vientos de esos sectores:

Norte.- Septemtrión.

Este.- Subsolanus.

Oeste.- Favonio o Libia.

Sur.- Austro.

Nor-Este.- Boreas o Aquilón.

Sur-Este.- Vulturnio

Sur-Oeste.- Áfrico

Nor-Oeste.- Coro ó Céfiro.

De igual modo, nomina a los vientos “de componente” N-NE, E-NE, E-SE, S-SE, S-SW, W-SW, W-NW y N-NW.

Aunque “la Rosa de los Vientos” no empieza a aparecer hasta la Edad Media y alcanza su auge con los navegantes del siglo XVI, esta clasificación de Plinio el Viejo ya nos está diciendo, muy claramente, que son 16 los componentes principales de la dirección de los vientos.

Según se fue desarrollando la ciencia, en los siglos XVI, XVII y XVIII, se fue completando esta Rosa de los Vientos hasta dejarla dividida en 32 cuadrantes o “cuartas”, que eran rumbos fácilmente identificables con la “aguja magnética” o brújula.

El conjunto de rumbos de un viaje, que quedaban reflejados en el “cuaderno de bitácora”, era conocido como “la derrota”.

La derrota es el itinerario que lleva una embarcación, las maniobras y cambios de rumbo que el capitán determina para llegar de un sitio a otro en el menor tiempo posible.

En un viaje por una superficie sin referencias (el mar, la mar), lo que pretendemos es ir de un lugar a otro, para lo cual es muy conveniente saber donde estamos y donde está el lugar al que nos dirigimos. Hasta finales del siglo XVIII no se sabía, con precisión, ni donde estábamos ni donde estaba el lugar al que nos dirigíamos. Los marinos navegaban “de oído”. Juan Manzano Manzano, catedrático de Historia del Derecho, explica esto muy bien en su teoría del “Pre-descubrimiento”, para el primer viaje de Cristóbal Colón.

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Como diría Rubén Blades, la vida te da sorpresas. El libro de Juan Manzano me fue regalado, por mis compañeros de trabajo, en 1.985 con una dedicatoria que rezaba “enhorabuena por tu primer retoño”. Veinte años después, lo saqué de la biblioteca para consultar algo, lo dejé sobre la mesa del salón y mi hija leyó la dedicatoria. Me preguntó si mi pareja estaba embarazada, a lo que contesté que “no lo sé, pero mi primer retoño eres tú, hija, no se puede cambiar ese orden”.

Con la aparición del Sextante, hacia 1.730, se podía medir la altura del sol y, mediante cálculos sencillos, determinar la latitud del punto en el que nos encontrábamos (el paralelo), si conocíamos la latitud del punto al que nos dirigíamos, teníamos la mitad del camino andado porque podíamos dirigirnos al paralelo y, luego, virar en la dirección que deseábamos.

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Cristobal Colón, el pobre, no pudo bajar del paralelo de las Canarias (28) porque el tratado de Alcáçovas prohibía, a naves españolas, navegar por debajo de ese paralelo; así, el hombre, navegando hacia el Oeste llego a San Salvador, cuando él quería entrar por “la entrada natural” del Arco Caribe, en el paralelo 11.

Con la aparición de los primeros cronómetros, hacia 1.780, empezamos a poder situar el “meridiano”, con suficiente precisión como para que los mapas empezaran a perder esa forma deformada que tenían los de Mercator.

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Esa deformación se producía porque, midiendo el paralelo, los marinos determinaban el meridiano “de oído”. Ataban un cabo a un tablón; el cabo tenía un nudo cada yarda, tiraban el balón al agua, y contaban los nudos que iban saliendo. De esa forma, tan grosera, sabían a la velocidad que se desplazaba el buque y la distancia que recorrían. Ahora comprenderán la razón de esa deformación en los mapas; mientras el “paralelo” estaba en precisión aceptable, el meridiano estaba hecho unos zorros.

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Fue la era de los grandes viajes; la era de los grandes marinos-científicos. España contribuyó de forma decisiva al avance de estos conocimientos desde 1.751, año en el que, a propuesta del ilustre marino-científico-ingeniero D. Jorge Juan Santacilia, el Marqués de la Ensenada (ministro de Carlos III), mandó y financió la construcción del Observatorio de la Armada en la Isla de León (luego San Fernando) en Cádiz.

Ingleses, franceses y holandeses se lanzaron a la exploración y conquista de todo lo que fuera nuevo; “tomaban posesión en nombre del Rey” de cualquier cosa que no estuviera en los mapas. Claro, esto ocasionó grandes conflictos porque las “cosas” no estaban en su sitio y tomaban posesión de lo que ya estaba poseído.

En la Escuela de Guardiamarinas de Cádiz se formaron los grandes marinos-científicos que luego hicieron de la Armada de España pionera y ejemplo mundial. De aquella Escuela salieron nombres tan míticos como Malaspina Millelupi, Valdés y Flores, Alcalá-Galiano, Damián Churruca y otros muchos; los guardiamarinas se educaban y formaban su carácter no solo en la disciplina militar, además, recibían una magnífica formación científica. Es decir, no es que Churruca dijera “si te enteras que mi navío ha sido hecho prisionero, bien puedes decir que estoy muerto”, es que, además, era capaz de levantar una carta esférica de cualquier bahía: sabía matemáticas por un tubo.

D. Alexandro Malaspina (brigadier), en su viaje “político-científico” de 1.789 a 1.795, cartografió, con exactitud, toda la costa desde Montevideo a Vancouver. Le recompensaron con 10 años de carcel en el castillo de La Coruña.

D. Dionisio Alcalá-Galiano, en 1.796, publicó un método sencillo para situar su nave, exactamente, en cualquier lugar del globo. En 1.799 hizo un viaje, con el San Fulgencio, de más de 10.000 millas, saliendo de Cádiz, entrando en el Caribe por la Martinica, llegando a Cartagena de Indias y Veracruz y, pasando por la Habana, remontó hasta Terranova y entró en Santoña en un tiempo record….para aquellos días (28 días de Cádiz a Cartagena de Indias). Para este, la recompensa fue una bala de cañón que le quitó la cabeza: mucho mejor recompensa que la del otro….donde va a parar!!!.

Estos no tenían ordenadores ni calculadoras, a partir de las observaciones con sus rudimentarios aparatos, se sentaban y se ponían a echar cuentas con números que tenían una mantisa de nueve decimales. No tenían mucha prisa, no, pero seguían la máxima de Plinio el Viejo: “Nula dies sine línea” (ningún día sin escribir una línea) y las travesías duraban dies y dies.

INCISO.-

Esta consideración me recuerda aquel viejo chiste que rezaba que estaba un toro viejo, al atardecer, en lo alto de una colina observando a una manada de vacas; vino un joven ternero y le dijo “tío, bajamos corriendo y nos follamos a una?”. El toro viejo le contestó “vamos a bajar despacio y nos vamos a follar a todas”. Hacía rato que las vacas habían visto al toro viejo; necesitaba, además de alevosía, la nocturnidad necesaria para la discreción.

CONTINUANDO.-

Todos esos avances hicieron posible gestas como la que realizó D. Cayetano Valdés, capitán de bandera del Argonauta con la insignia de D. Federico Gravina, que llevaron el buque desde el Ferrol a La Martinica en 19 días.

En 1.805, hicieron desplazarse a un buque de madera, de 2.350 toneladas, 3.500 millas a una velocidad media de 7,7 nudos, solo aprovechando la fuerza del viento. Plinio el Viejo, seguro, hubiera inventado alguna frase.

Valdés estuvo con Malaspina, Bustamante y Alcalá Galiano desde Cádiz hasta Acapulco, en la Atrevida y la Descubierta, siendo teniente de navío. Siendo ya capitán, metió al Pelayo (que luego regalaron a los franceses) entre cuatro buques ingleses y el Trinidad en San Vicente, y eso que le pilló el inicio del combate a 10 millas de distancia. En Finisterre, cruzó el Argonauta, por delante de la formación inglesa, y le enseñó los dientes a Cadler. Le vas a contar tú, a este, milongas pampeanas!!!.

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El Neptuno, con ese capitán, estaba en cabeza de la formación, tras la virada, en Trafalgar. Atendiendo las señales del Almirante (pusilánime), y desatendiendo las de su jefe de escuadra (más pusilánime todavía), viró por avante, con viento flojo, y acudió a sostener el combate en el centro de la formación, cambió fuego con cinco navíos ingleses. Tuvo 90 bajas; él y su segundo en el mando fueron gravemente heridos (se les cayó encima la jarcia de mesana), aún se pudo recuperar los suficiente para represar el maltrecho buque y llevarlo hasta la costa. Con cinco pies de agua en la sentina varó el buque, muy cerca del Puerto de Santa María y salvó a todos los que le quedaban vivos, incluidos los 50 ingleses que lo marinaban. La recompensa para D. Cayetano fue el exilio en Londres: sus enemigos le trataron mejor que su patria…..vamos, que tiene cojones, la cosa, toda la vida metiendo cañonazos a los ingleses y acaba exiliado en Londres….y el Almirantazgo inglés le pone casa, mesa y mantel!!!.

A su popa, su amigo francés Luis Infernet, con L’Intrepide, que corrió la misma suerte que D. Cayetano: entrar en la HISTORIA, como corresponde a los valientes.

D. Cayetano le dijo (con la bocina): “luis, no estás obligado”

Mr. Infernet le contestó (a viva voz): “me obligan la libertad, la igualdad y la fraternidad”. Qué franceses, los hay de todas las clases.

No voy a mencionar el nombre del almirante ni el del jefe de escuadra franceses. No merecen estar.

Decía un amigo mío que a Valentino Rossi le das un monopatín y gana un Gran Premio, pues a Cayetano Valdés le das la barquita de un tiovivo y da la vuelta al mundo….claro, que Cayetano Valdés era amigo de Neptuno…así cualquiera!!!.

Con un navío de 56 m., velas de trapo y 700 hombres hizo 3.500 millas en 19 días, dale una corbeta de 35 m. con velas de seda y verás lo que te hace.

Para hacer esas cosas con un navío que lleva 700 personas, no solo hay que saber muchas matemáticas, además hay que conocer la dinámica de grupos y ser un líder. No hace falta hacer propaganda de lo que tienes, ni enseñar nada, hace falta hacer lo que te propones.

Como Plinio el Viejo, D. Cayetano inventaba frases famosas (en español), como aquella de “salvemos al Trinidad o muramos todos!!!”, que le dijo a Hidalgo de Cisneros, con la bocina, cuando este mandaba el San Pablo (matalote de popa) o, en aquella misma batalla, lo que le dijo al capitán del Trinidad, “ice la bandera de España, no sea que le confunda con un enemigo y le haga fuego”; en aquella ocasión, Orozco era el brigadier que mandaba el Trinidad y ya no tenía palo donde izar, pero D. Cayetano debió pensar “pues cuélgala en los cuernos de tu padre”. D. Cayetano era sevillano

O sino en aquella ocasión en la que, siendo ya Capitán General, el Duque de Angulema, aquel que mandaba los 100.000 hijos de San Luis (no sé como se puede ser santo teniendo tantos hijos), le escribió una carta diciendo que si al Rey le pasaba algo, pasaría a cuchillo a toda la población de Cádiz….contestó:

“Sabe S.A. a quien manda esta intimidación?, al pueblo más valiente de la Tierra y a un militar que nunca hará nada por miedo!!!.”

D. Cayetano era, en esa ocasión, la máxima autoridad civil y militar de un Cádiz sitiado, una vez más, por las tropas absolutistas. El Rey Felón estaba con él digamos….retenido y los hijos del concupiscente santo bombardeaban la ciudad.

El Duque de Angulema todavía no se había enterado que con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones.

Tampoco conocía, el mesié, que D. Cayetano sabía, porque se lo dijo D. Alessandro en 1.790, que los franceses querían lo mismo que los ingleses: la destrucción de la Armada y la ruina de España.

D. Cayetano siempre tenía “matalotes de popa”….me pregunto por qué.

Después de sobrevivir 20 años a Trafalgar, con metralla dentro de su cuerpo, murió en San Fernando. Sin ceremonia alguna, lo enterraron en el Panteón de Marinos Ilustres.

Vientos ha habido, hay y habrá…..rumbo, cada cual elegirá el suyo.

En fin, amigos, vientos y rumbos….y, en cualquier caso, la vida te da sorpresas.

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