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EL DÍA QUE AGRIPPINA SE QUITÓ EL CORPIÑO.- (Por todos los dioses, qué vergüenza!!!)

EL DÍA QUE AGRIPPINA SE QUITÓ EL CORPIÑO.-
(Por todos los dioses, qué vergüenza!!!)

Recuerdo que estábamos acampados en la margen occidental del Rhin, a cincuenta millas al sur de Porta Vestfálica, una fortaleza llamada Colonia Augusta; diez legiones, venticinco cohortes de auxiliares y diez alas de caballería, total 70.000 hombres y más de 25.000 mujeres.

Germánico César nos había traído hasta aquí con un objetivo político claro: demostrar a los germanos que el poder de Roma no había sufrido ninguna merma después de lo de Teutoburgo y con otro objetivo puramente sentimental: dar sepultura a nuestros muertos y recuperar las “sacras aquilae” de la XVII, la XVIII y la XIX, que estaban en manos de esos extranjeros. La de la XIX ya estaba en el templo de Júpiter, en Roma.

Corría el mes de marzo del año 771 a.u.c. y como después de la “clades variana” (hacía ya siete años) yo había reunido los restos de aquellos desgraciados y les había conducido hasta posiciones fuertemente defendidas al oeste del Rhín, me otorgaron la dignidad tribunicia y, a todos los supervivientes, nos habían agregado a la XI que pasó a ser “Gémina”.

El general, hijo de Druso Claudio y Antonia (hija de Marco Antonio y Octavia, hermana de Augusto) y, por tanto, sobrino del emperador Tiberio y sobrino-nieto del Divino Augusto que estuvo casado con su abuela paterna Livia Drusila Claudia, en las dos campañas anteriores ya había conducido a las legiones hasta el Elba, había recuperado una de las tres águilas, había enterrado los huesos pelados de los conmilitionen y, ahora, salía con el ejercito hacia un lugar desconocido al otro lado del río donde, según los exploradores, el traidor Arminio había reunido 50.000 combatientes entre queruscos, brúcteros y usipetes.

En el campamento, sobre el puente del Rhín, quedábamos dos legiones y diez cohortes de caballería como reserva y, lo más importante, la familia de Germánico. Agrippina, su esposa, le acompañaba en todas las campañas porque se sentía más segura con el ejército que en Roma.

El propio general me encomendó la seguridad de su familia, así fue que elegí 480 de los veteranos de Teutoburgo y los organicé en cuatro manípulos de 15 contubernios (con un centurión en cada contubernio) y 120 inmunii (todos medían más de 6 pies y tenían más de 10 años de servicio). La intención era poder presentar un frente de 60 unidades y un fondo de 10, con un centurión y dos inmunii en cada columna, conjurados para morir antes que permitir que nada ofendiese a la sagrada familia de Germánico César.

Julia Vipsania Agrippina era hija de Marco Vipsanio Agrippa y de Julia Maior, por tanto, nieta por sangre del Divino Augusto. Los dos eran nietos de Augusto pero no eran cosanguíneos.

Tuvieron tres hijos y tres hijas; Agripina Minor estaba en Roma, con su bisabuela Livia Drusila Claudia (abuela de Germánico), ella no corrían peligro, pero los hijos Nerón, Druso y Cayo estaban en el campamento con su madre. Drusila y Livila no habían nacido, todavía.

SCRIBONIALas mujeres de los Inmunii habían hecho un traje de legionario al pequeño Cayo, que tenía 5 años y al que amaban y amamantaban como hijo propio. Le habían confeccionado un pequeño galea, una lóriga musculata de cuero bruñido y unas caligae de su tamaño; le colgaron un gladium de madera y una capa purpura que determinaba su rango de legado consular.

El pequeño Cayo se pasaba el día peleando, con su gladium de madera, con cualquiera que quisiera simular morir con sus estocadas.

Se le empezó a llamar “Calígula”.

El general, perfectamente informado de la geografía comarcana, eligió cuidadosamente el emplazamiento de los campamentos y mandó merodeadores en un radio de 50 millas a la redonda, con qué objeto?, muy sencillo, cambió varias de las normas del ejército: partió del campamento del Rhin al anochecer, las legiones romanas marcharían por la noche para acampar al amanecer. Germánico sabía donde quería presentar la batalla y, desde luego, no tenía intención de permitir que Arminio se organizase.

Mandó por delante a las cohortes de auxiliares galos e hispaniensis, con el fin de hostigar los movimientos de Arminio, y con órdenes estrictas de no presentar batalla bajo ningún concepto. Aseguró las líneas de comunicación y suministro.

Ordenó a los ingenierii talar, ataluzar, construir empalizadas, drenar y ejecutar toda clase de obras defensivas. Siguiendo los preceptos de su bisabuelo, el divino Julio, preparaba la batalla que debía sofocar los deseos levantiscos durante cuatro generaciones. Tenía intención de vindicar a Varo, después de que el Senado sacara de la lista de legiones a la XVII, la XVIII y la XIX.

El cónsul Mario, tío-abuelo de Julio Cesar, organizó el ejército y lo hizo profesional, Cesar lo hizo invencible; desde lo de Alesia, en el año 702 a.u.c., hasta Teutoburgo, en el 763, nadie había osado discutir el poder de las águilas romanas. Druso, el padre de Germánico, había hecho cuatro campañas de conquista en los años 755-756-757-758, y Tiberio, tío de Germánico, había hecho dos campañas de castigo en los años 764 y 765. Ahora, el hijo de Druso tenía la determinación de que esto no volviera a suceder “ad futurum”. Quería que todos los pueblos al norte del Rhin supieran que si alguno mataba romanos solo podía esperar muerte, desolación y esclavitud, que sería la respuesta del Senado y del Pueblo Romanos; SPQR era la inscripción debajo de cada águila y el asunto no era cuestión del general de turno….no, era Roma, con sus legiones como poder omnímodo, la que respondería.

El mensaje era muy sencillo: si me matas, te mato…!pacta sunt servanda!.

Germánico, con ocho legiones, descendió por el margen izquierdo del Rhin hasta el campamento de la X Equestre y de allí, a través de Frisia, hasta el mar germano. Navegó hasta el río Ems y lo remontó hasta el país de los brúcteros y, después de derrotar a los angrivarios, mandó tres legiones al campamento de la X y se internó en el país de los queruscos, original de Arminio. Germánico le buscaba, ya no quedaba ninguna duda y el general sabía que “lo primero va antes”, dejó a los angrivarios para la vuelta y salió de caza. El trofeo que quería era la cabeza de Arminio. Quería a Arminio encadenado a su carro cuando volviera a Roma.

Mientras Germánico estaba en el mar, al amanecer, se presentaron al otro lado del puente, en Colonia, una tropa de germanos, vociferando y agitando sus armas. No eran más de 1.500 y nosotros teníamos dos legiones y los 620 pretorianos. No había ningún peligro y, desde luego, lo que pretendían era sacar del campamento a alguna tropa para tenderla una emboscada que, por otra parte, era la táctica favorita de esos salvajes.

Inmediatamente, subí a una de las torres de la “porta pontis” y cual fue mi sorpresa al ver a la Dama Julia, desnudo el torso, con la puerta abierta y gritando: “Legionarios!!!, vais a permitir a unos barbaros profanar el seno de una matrona romana?”. El pequeño Cayo estaba detrás de ella amenazando a los germanos con su espada de madera.

Inmediatamente hice sonar el cuerno de llamada de los pretorianos que “in carriera vulpex” formaron delante de la nieta del emperador. Ordené formación cerrada de 60×10 y me llegué hasta la noble dama.

– Señora, nadie va a profanar nada y mucho menos tu sagrado seno, mientras nosotros estemos vivos y no dudes, Julia Agrippina, que esos salvajes van a recibir hierro y muerte (in gladio mortem).

Tomé sobre mis hombros al pequeño Cayo y acompañé a la noble Julia Agrippina hasta su morada flanqueado por tres contubernios de “Nigeros homini”.

Émulo, el legado de la XI, sacó la legión del campamento, atravesó el puente, y la dispuso en orden de combate. Los germanos atacaron en una carga suicida. Émulo les paró, les envolvió y les mató a todos.

Cuatro días después recibí un correo de Germánico agradeciéndome el servicio y ordenándome que me reuniera con él en Idistaviso.

Todas las operaciones de castigo a los angrivarios y a los masos eran maniobras disuasorias. Devastó bosques y poblaciones con la intención de que Arminio comprendiera que tenía que presentar batalla o, de lo contrario, devastaría toda Germania Magna. Todos los jefes tribales forzaban a Arminio al combate.

Por otro lado, Germánico dio órdenes para que Caecina, con las legiones que le había mandado, más la XI Gémina, que estaba con nosotros, atravesara el Rhin por Vétera y se dirigiera a un punto de reunión en el río Visurgis.

Aulo Caecina Severo, legado consular, había sufrido el ataque del traidor Arminio en la campaña del año anterior, cuando se retiraba a los cuarteles de invierno. En el pantano de Puentes Largos perdió 7.000 hombres y, aunque logró poner en fuga a los germanos (inimicus in fuga est!!!), pidió a Germánico participar en la batalla que se avecinaba.

Más al sur, desde Coblenza, Cayo Silius con dos legiones (la XIV Gémina y la XVI Gallica) iniciaba su marcha de destrucción por el país de los catos en dirección al mismo punto de reunión.

Julia Agrippina mantenía correo regular con Galla, esposa de Silius, que estaba en Coblenza, y con la esposa de Caecina que estaba en Vétera. De esta forma Agrippina estaba al corriente de todas las operaciones del ejército, y cuando algo no le cuadraba, me lo preguntaba a mí que, como responsable de su seguridad, estaba informado de todo.

Germánico estableció su campamento en un llano de la margen derecha del río Visurgis, a cinco millas del cauce. Fortificó con empalizada, talud y foso el acantonamiento de las cinco legiones que llevaba (25.000 legionarios), mandó acuartelar a los 20.000 auxiliares galos e Hispaniensis y recoger forraje para los 8.000 caballos.

Los germanos, en días posteriores, empezaron a acosar las líneas de suministro e, incluso, llegaron a atacar el propio campamento pero fueron rechazados. Arminio concentró sus guerreros en los bosques circundantes y hacía incursiones con la intención de que el ejército saliera en su persecución y se internara en el arbolado.

Una semana después Caecina llegó al río Visurgis con cuatro legiones, dejo una a la izquierda del río para cubrir la retirada, en caso de tener que retirarnos, y deshizo la resistencia que le opusieron al atravesar el río. El campamento romano tenía ahora 8 legiones, 30.000 auxiliares y 10.000 équites. Estaba protegido por empalizada y foso y disponía de torres vigías de 3 pisos cada 120 pies.

Toda la operación logística y de distracción había resultado un éxito. Después de cuatro meses de campaña se habían destruido los campamentos de los brúcteros, se había devastado el territorio de los masos, se había castigado, muy seriamente, a los angrivarios y, ahora, teníamos delante a 50.000 queruscos y al traidor Arminio.

Germánico sacó al ejército y lo estacionó colocando cuatro legiones en línea y situándose él (corcel blanco, galea con plumero rojo, argentina musculata y capa carmesí) y su guardia (2.480 pretorianos con la capa y el plumero negros) detrás de esta primera línea de legiones formadas en cuadro. A su derecha, 4.000 caballos de Stertinio. A su izquierda, 4.000 caballos de Emilio. Detrás, en segunda línea, las cuatro legiones de Caecina y en una tercera línea la caballería ligera (arqueros y lanceros) auxiliar. Delante de estas tres líneas, Germánico dispuso a los 30.000 auxiliares en dos líneas paralelas. Yo me encontraba a 60 pies por detrás del general y comandaba a los pretorianos.

Llevaba puesta mi armadura musculata de acero, la capa y el plumero negros y ardía en deseos de llegar hasta los bárbaros.

Una disposición que intrigó a todo el ejercito fue que Germánico dispuso en el centro de la primera línea de legiones a la XI y la XII que venían de marchar con Caecina y, por tanto, más cansadas.

Los germanos lanzaron su terrible carga sobre las dos líneas de auxiliares que, después de resistir lo que pudieron, se retiraron, en orden, atravesando las líneas legionarias.
Germánico, entonces, mandó a Stertinio limpiar los bosques del flanco derecho de los germanos. Una hora después la caballería pesada estaba envolviendo a las hordas extranjeras después de una matanza grotesca. Le tocó el turno a Emilio que cabalgó hasta el sotobosque donde estaba Arminio con sus más feroces guerreros.

Émulo, el legado de la XI, se volvió a Germánico y no sé lo que dijo pero si sé lo que contestó la legión, como un solo hombre la undecima contestó: “Vindex honus”.

Entonces, Germánico dio la orden de cargar, a paso legionario (cuatro millas por hora) a las dos legiones del centro. Era la oportunidad que estaban deseando y, con la XII Fulminata protegiendo su flanco izquierdo y gritando “vindex honus”, los veteranos de Teutoburgo cargaron a paso ligero, destrozando la línea germana y, luego, variando a la derecha, barrieron todo el flanco izquierdo de la línea germana llegando hasta las posiciones donde Arminio se batía con los caballos de Emilio. La carga fue épica, demoledora, atroz, devastadora, o criminal, según quien la viera.

En el mismo momento que las legiones avanzaban, ordené a mis pretorianos “formación de coraza y estado de alerta” y formaron en cuatro cohortes de 620 legionarios; dos al frente de 10×60 y dos en los laterales de 60×10 envolviendo al general. El estado de alerta suponía los escudos clavados en el suelo y el pilum horizontal saliendo dos pies por delante del escudo.

Me dirigí a Germánico y le dije:

– Cesar, permite que cargue con mis hombres y vengue mi honor.

Me contesto:

– Querea, cumple con tu deber antes que con tu honor. La Republica te lo ordena y te lo premiará, los pretorianos no deben cargar, serán los últimos en entrar en combate. Todavía tengo, detrás de mí, cuatro legiones.

La XI ganó su apodo: “Vindetrix”. Murieron todos los centuriones y más de 300 inmunii, pero el honor de Roma estaba vengado.

“Onus est honos”, oneroso es el honor. La sangre de los queruscos lavó la de Quintilio Varo.

Los auxiliares, recompuestos, fueron aislando en grupos a los germanos y la Fulminata, viendo la matanza que estaba haciendo la Vindetrix en la guardia de Arminio, varió a la izquierda y se dedicó, hasta la caída de la tarde, a fulminar germanos haciendo honor a su nombre.

Germánico se mantuvo en el campo, con cuatro legiones detrás de él, hasta que empezó a anochecer, entonces y solo entonces ordenó volver a la formación inicial para la retirada al campamento.

Con el ejército formado y el general en una elevación del terreno, desenvainé y, golpeándome con el puño de la espada en el pecho, grité “ave Cesar” y, primero los pretorianos y luego las ocho legiones, con la espada en alto, contestaron “ave Cesar, imperator”.

Germánico contestó al saludo con la espada envainada y levantando su brazo derecho, enseñándonos la palma de la mano. No quería líos, si Tiberio se entera que las legiones victoriosas le proclaman “Imperator”, seguro que le da diarrea.

Al amanecer, salieron cuatro cohortes a recuperar los cuerpos de los nuestros y a contar los muertos suyos. Perdimos 1.100 auxiliares y 504 legionarios; ellos perdieron 35.000 hombres. La matanza fue ejemplar, los queruscos fueron eliminados de la lista de pueblos germanos. Arminio huyó disfrazado y con la cara cubierta de sangre. No fue a Roma, lo mató su familia.

Germánico dio una semana de descanso al ejército y, después, lo formo en orden de marcha fuera del castro de Idistaviso. Le tocaba el turno a los angrivarios, pero eso es otra historia que contaré otro día.

A bordo del San Telmo, en el paso de Drake. Rubricado.

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