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CÓNICAS MARINERAS V.-

CAPITULO IV (5).- TENIENTE DE NAVÍO OQUENDO

Crónicas Marineras será una serie ordenada de entradas en las cuales pretendo describir, de forma libre y según mi leal saber y entender, una parte de la Historia de España que, por las razones que fueran, no se estudia a nivel popular y, desde luego, yo no estudié.

Lo voy a estructurar como un relato novelado que pretendo documentar lo mejor posible. Unas “memorias” de un personaje ficticio (Roque Oquendo) que, en su vejez y una vez retirado del Servicio, repasa los acontecimientos que llevaron a la ruina de la Armada de España.

Como los historiadores ingleses, he metido “morcillas” que no son verdad pero que necesitaba para la trama.

Si les gusta, enhorabuena; si no, por favor, no me lo tengan en cuenta.

Desde estas lineas, mi admiración y respeto por aquellas personas que, con más o menos acierto, entregaron su vida en aras de un ideal.

Señores: fueron ustedes muy buenos en su profesión, los mejores.

Durante toda la travesía de Tenerife a Cádiz, navegamos con la Terpsíchore a un cable en nuestra popa y Anselmo fue haciendo prácticas con la tripulación novel. Nuestra intención era, después de tres meses, dar licencia a los que quisieran y enrolar en la Matilde a los elementos buenos de las nuevas adquisiciones.

Hacíamos prácticas de tiro y maniobra; viradas a contramarcha y ceñidas opuestas con las dos fragatas; La Matilde ceñía a 45º y la Terpsíchore a 315º. Tratábamos de coordinar y conjuntar los movimientos de ataque y defensa con ambos barcos simultáneamente. Pensábamos que nos iban a dejar las dos fragatas.

A las 10 de la mañana del día 25 de septiembre de 1.797, a la altura del cabo Espartel, divisamos una vela inglesa con rumbo a Gibraltar; era una urca mercante e inmediatamente pasé órdenes a la Terpsíchore: “caza a la vela inglesa”.

A las 16,00, y previos dos cañonazos de advertencia, la paramos y tomamos posesión de la captura. Era una urca artillada, la Winder, pero no pusieron resistencia; se dirigían a Gibraltar con un cargamento de víveres, 650 mosquetes, dos quintales de pólvora y 50.000 guineas de oro.

Después de tomar prisioneros a los 26 tripulantes, pusimos rumbo a Cádiz donde arribamos en la mañana del 27 de septiembre.

La herida del muslo se había vuelto a infestar y la fiebre no me dejaba pensar. Nada más desembarcar me llevaron al hospital donde los cirujanos me abrieron el muslo, desinfectaron, cosieron y vendaron.

Perdí el conocimiento, a causa del dolor, y cuando desperté el capitán D. Cayetano estaba en la cabecera de mi cama.

–          Hombre!!!, el teniente de navío Roque Oquendo, ya despiertas?.

–          A sus órdenes.

–          Ya me han dicho que has tenido éxito y vuelves cargado.

–          Sí, entrego lo que he capturado.

–          La junta de valoración te dirá lo que te corresponde, en cualquier caso se te proporcionará un adelanto. Es el procedimiento.

–          Mi capitán, usted cree que me dejarán la Terpsíchore?

–          La Terpsíchore sí, la que no te vamos a dejar es a la Matilde.

–          Puedo preguntar por qué?

–          Claro que puedes, Roque. El almirantazgo inglés ha cursado una orden ejecutiva a todos sus buques: HUNDIR LA MATILDE (SHUNK MATILDA). De momento, estará mejor aquí. Arma la Terpsíchore, cámbiala de nombre, y vuelve a la mar. La Matilde se mantendrá operativa pero anclada.

–          Ya me había advertido el general Gutiérrez. Puedo transferir piezas de artillería de la Matilde?.

–          Si te refieres a las carronadas, sí puedes.

–          Y cambiar las piezas de 24 libras por las de 18?

–          No se ha hablado de eso, pero sí puedes.

–          Quiero poner dos piezas de 24 en la proa y otras dos en la popa y distribuir las de 8 libras en las bandas. Quitaré dos piezas, las del centro, en la cubierta de artillería.

–          Eso te hará más lento.

–          Voy a compensar el peso de las piezas sacando lastre de la sentina.

–          Eso te hará más inestable.

–          La Matadora tiene más manga que la Matilde. Tiene más obra viva y la cubierta de artillería está más alta, tiene más puntal. Hundiéndola dos yardas no notará los cañones.

El asunto estaba en la comprensión de D. Cayetano. Prefería velocidad y maniobra a potencia de tiro; de esa forma era mucho más fácil cazar las piezas que teníamos que cazar. Instalando las rampas calibradas en las piezas de proa y popa tendríamos mucha más capacidad de ataque.

Me di un plazo de dos semanas para tener todo dispuesto y se lo comuniqué a Anselmo y a toda la tripulación; volví a darles el discurso de la dificultad y la voluntariedad; el resultado es que teníamos más marineros y artilleros de los que necesitábamos.

Ángel, el contramaestre, con  Moreno el segundo contramaestre, iniciaron un riguroso proceso de selección del personal, a fin de completar el siguiente programa de dotación:

–          1 Tte. de Navío.

–          2 Tte. De fragata.

–          1 Alférez de fragata.

–          3 Pilotos.

–          2 Pilotines.

–          1 Contramaestre mayor.

–          1 contramaestre.

–          40 de gente de mar.

–          15 grumetes ayudantes.

–          2 sargentos artilleros de mar.

–          40 cabos artilleros de mar.

–          80 artilleros de mar.

–          1 Cirujano.

–          1 Ayudante de cirujano.

–          3 cocineros.

–          1 Carpintero mayor.

–          5 ayudantes de carpintero.

–          1 Brigada de Infantes de marina.

–          1 Sargento de infantes de marina.

–          28 Infantes de marina.

Total 229 almas.

Ángel, el contramaestre, mirándome con ojos irónicos me dijo:

–          Mi teniente, no embarcamos capellán?.

–          El capellán voy a ser yo. Quien quiera confesar que me vea a mí.

–          Mi teniente, puedo hacer yo de monaguillo?.

–          Esperemos que no tengamos que necesitarlo.

Anselmo volvió a instalar las rampas y colocar la cubierta de artillería a su gusto y el 18 de octubre tuve una pero que muy grata sorpresa: Manuel Ruiz, el teniente de fragata de mi promoción, había solicitado excedencia en el servicio y venía con intención de embarcarse con nosotros.

–          Roque, si me autorizas, me enrolo en la tripulación de la Terpsíchore.

–          No, no te vas a enrolar en la Terpsíchore.

–          No me quieres contigo?

–          Sí, sí te quiero pero te vas a enrolar en la Matadora.

–          Dios mío, Roque!!!!, la piensas llamar así?.

–          Sí y, es más, tengo intención de hacer tanto daño que van a olvidar, pronto, a la Matilde.

–          Mi capitán….puedo llamarte ya así?.

–          Sí Manuel….ya eres oficial de la Matadora.

–          Tengo un pariente que quiere venir con nosotros.

–          Manuel, las posibilidades de que nos capturen o muramos son altas, eso lo sabe?

–          Sí Roque, es Alférez de fragata, está varado y quiere navegar.

–          Que venga. Mañana, a las 8 de la mañana, reunión de oficiales en mi camareta.

La fama de las aventuras de la Matilde se había extendido por toda la Armada. La fama y que con el primer botín nos habíamos puestos morados y eso solo con el anticipo.

Metí mi parte en el Fondo de Atenciones Voluntarias de la Armada para poder utilizarlo en el futuro, con los intereses que acumulara. Dispuse, ante notario, que el resto de mi parte, cuando se librara, fuera a parar al mismo Fondo con idénticos intereses.

Cada cual hizo con su parte, que repartí religiosamente de acuerdo a las normas del Corso, lo que estimó por pertinente. Esto alivió bastante la vida de sus familias. 50.000 guineas (descontando el décimo real), los mosquetes y una embarcación dieron suficiente para que algunos se quedaran en tierra, con su familia, y montaran algún negocio.

El día 20 de octubre, con la Matadora en perfectas condiciones, armada hasta los dientes y con provisiones para seis meses, nos dimos a la vela en Cádiz con rumbo que yo solo sabía.

Cuaderno de Bitácora.-“20 de Octubre de 1.797, 6,30 horas y nos damos a la vela desde el puerto de Cádiz. Ponemos rumbo SSW, tengo intención de, pasando por Tenerife, llegar hasta las  Cabo Verde y después, en alas de los Alisios, llegar hasta La Havana por el arco Caribe y haciendo base allí, hostigar el comercio inglés en su ruta hasta Jamaica”.

La travesía hasta Las Canarias fue placida, entre prácticas y el trabajo diario, pero siempre con vientos del ESE en la popa de la Matadora.

Yo seguía con la confección de mis tablas de trayectoria y Anselmo y Manuel, que se llevaban muy bien, idearon un sistema de encartuchar “al peso” o a “doble peso”, picando el cartucho o en la base superior o en una de las generatrices del cilindro. Con eso conseguían un 10% más de alcance efectivo, lo que hacía que los disparos de las piezas de 18 libras fueran altamente efectivos a partir de 1.800 metros, por tanto si disparábamos cada dos minutos, podíamos soltar 7 andanadas antes de estar a tocapenoles.

Este planteamiento de “doble peso” gastaba más pólvora, así que de 1.800 metros hasta 900 metros encartuchábamos a “doble peso” y de 900 metros a menores, lo hacíamos “al peso”.

En Tenerife hicimos aguada y presenté mis respetos al comandante militar, el Teniente General D. Antonio Gutiérrez de Otero.

Cuaderno de Bitácora.-“28 de Octubre de 1.797, 12,30 horas fondeamos en Tenerife. Paso a cumplimentar al Teniente General D. Antonio Gutiérrez. El cocinero y seis marineros desembarcan para comprar las provisiones que necesitaremos.”.

Curro el cocinero compró, a mi costa, carne y aves para que todos, y los días que nos permitiera el tiempo, comieran carne un día por semana, al menos. Compró repollo en gran cantidad, para ponerlo en vinagre y en zumo de limón.

Estas técnicas, que yo había leído en las conclusiones del Capitán Cook, evitarían todo lo posible el escorbuto y otras enfermedades y mantendrían a la tripulación en forma. Mi intención era hacer travesías largas, ponérselo difícil a la Royal Navy.

–          Mi capitán, para la conservación de la carne voy a tener que hacer humo.

–          Mucho tiempo?

–          Tres días.

–          Te doy cuatro.

Curro quería ahumar y curar carne de las dos vacas, que había comprado, para que durase más tiempo. Las aves las llevaba en jaulas y las alimentaba todos los días; las gallinas daban huevos y las codornices las iba escabechando y metiendo en tarros. También compro cuatro cerdos a los que habilitó una cochiquera.

–          Curro, para que quieres tantos tarros de codornices?

–          El domingo voy a hacer alubias con oreja de cerdo y codorniz.

–          Cuando vayas a empezar a cocinar avísame, que eso lo quiero ver.

La travesía hasta Cabo Verde duró 6 días, no paramos y pasamos lejos de la costa, no era cosa de que los portugueses supieran de nosotros y pasaran la información a los ingleses.

Cuaderno de Bitácora.-“4 de Noviembre de 1.797, 16,30 horas Pasamos a 3 leguas de la costa norte de Santo Antao, en Punta del Sol, viramos W..”.

Ya en altamar, siempre con la proa al oeste y viento en popa, navegábamos haciendo prácticas de tiro y maniobras de virada, arrancada, freno, etc.

A las seis de la mañana del domingo 12 de noviembre:

–          Curro, hoy es domingo, que comemos?

–          Voy a preparar alubias con oreja.

–          Quieres que te ayude?

–          Roque, coño, que eres el capitán!!!.

–          Vuelve la burra al trigo?. Cómo soy capitán te ayudaré.

Puso en una gran cacerola, de 1 m. de diámetro y 1 m. de profundidad, las orejas, los rabos y los morros de los cuatro cerdos a los que había hecho matanza; puso los chorizos que yo había troceado y puso diez kilos de panceta ahumada que, previamente, me mandó trocear.

Lo dejó cocer media hora y luego añadió 60 libras de alubias, que llevaban 12 horas en remojo, y doce cabezas de ajos; lo dejó cocer, a fuego lento, otra media hora y, en una sartén grande, frió 10 libras de pimientos y 10 libras de cebolla, cuando estaban fritas, añadió tres cucharones de harina y dos de pimentón dulce.

A las 12 del medio día se sirvió la comida con una ración extra de vino para toda la tripulación: de primero, repollo en vinagre y zumo de limón; de segundo alubias con oreja.

Cuaderno de Bitácora.-“12 de Noviembre de 1.797, 12,00 horas. Comida especial para toda la tripulación. Navegamos, a toda vela, con viento en popa, si seguimos así, estaremos en La Havana a finales de mes.”.

El día 30 de noviembre entramos en el puerto de la Habana, al abrigo del fuerte del Morro, con sus piezas de 36 libras. Presenté arribada en la Capitanía y volví a la Matadora para pasar retreta y luego dar salida a la tripulación. Antes de salir, formé a los hombres y les di un pequeño discurso:

–          Caballeros, son ustedes tripulación de la Fragata Matadora, compórtense cómo tales; no den lugar, ustedes, a que me tengan que llamar la atención y, por tanto, tenga que aplicar ningún régimen disciplinario. No quiero hacerlo pero no dudaré; denles amor y, en ningún momento, hablen de sus esposas e hijos; cómo cada uno tiene lo que Dios le dio, que lo use cómo Dios le de a entender. Por mi parte, cualquier queja será sancionada con “carreras de baquetas”. No traigan nada que no se hayan llevado.

Por turnos de 5 días, toda la tripulación tenía rebajo en el servicio.

Decía un tonadillero famoso de por entonces:

“Que tengo un amor en La Habana

y el otro en Andalucía,

no te he visto yo a ti, tierra mía,

más cerca que la mañana

que apareció en mi ventana

de La Habana colonial

tó Cádiz, la Catedral, La Viña y El Mentidero…

Y verán que no exagero

si al cantar la habanera repito:

La Habana es Cádiz con más negritos,

Cádiz, La Habana con más salero.”

Y, por la gloria de mi madre, que es verdad!!!.

Porque mi amigo, el de Lucena, me lo pide, diré que en La Habana tuve un amor, el primero. No daré datos por dos motivos:

1º.- Pretendo ser un caballero.

2º.- No quisiera herir sentimientos de personas que amo.

Y aunque por entonces yo no tenía ataduras sentimentales y, por tanto, no debo nada a nadie, la vida me llevó por otros caminos y el amor de La Habana quedó convenientemente guardado en la caja de los recuerdos. No prometí nada y no hice ningún acuerdo, no falté a mi palabra ni fui desleal. Por aquella mujer hubiera dado mi vida, pero mi vida no era mía, sino de la Armada.

Pero aunque La Habana es España porque es Cádiz con más negritos, no íbamos nosotros a pasarla bien, sino con una misión específica que, posiblemente, nos podía costar la vida.

Hicimos aguada, repostamos y reparamos todos los desperfectos de la Matadora. Cargamos 100 quintales de pólvora y el día de año nuevo, con el permiso de la Autoridad competente, nos dimos a la vela.

Mi intención era hostigar el comercio inglés en la ruta Jamaica/Inglaterra. Cuando los ingleses notasen las molestias no les quedaría más remedio que distraer fuerzas en el Mediterráneo para proteger sus rutas comerciales.

Quería comprobar todo lo valiente que era el Señorito y si su tracto rectal aguantaba igual de bien con superioridad de fuerzas que en inferioridad. Estaba dispuesto a, con sus técnicas piratas, sacudir duro a los más débiles y huir a toda vela de los más fuertes.

Para que no volviera a pasar lo de la Matilde, en cada ocasión que pudiera mandaría el siguiente mensaje:

“Dígale usted, al señorito Nelson y a su odalisca Hamilton, que Roque Oquendo le anda buscando”.

Cuaderno de Bitácora.-“1 de Enero de 1.798, 16,00 horas. Ponemos rumbo E, una cuarta S. Nos dirigimos a las Islas Caicos para patrullar haciendo un arco, a 250 millas de las costas, desde Caicos hasta Barbuda y Antigua.”.

El día 16 de enero, al atardecer, en el horizonte divisamos una vela.

Nuestra situación al Este hacía muy favorable la caza porque, lo más probable es que ellos no nos hubieran visto y nosotros llevábamos las velas negras.

Hice los cálculos, teniendo en cuenta que estábamos a barlovento y ellos llevaban rumbo ENE, para interceptarlos al amanecer.

–          Contramaestre, recoja el velacho y la gavia del mayor. Apague todas las luces.

–          Anselmo, los coys a la batayola, seis vigías por banda y dos en cada cofa.

–          Manuel, todos los cañones preparados.

Durante la noche y según nos íbamos acercando pudimos divisar dos faroles más, eran tres embarcaciones.

Modifiqué el rumbo para entrarles por popa y a las 5 de la mañana viramos, en la línea de intersección, para seguir sus aguas. Cuando empezó a amanecer nuestra situación era al SW del convoy y a tres millas; pude ver, claramente que se trataba de un convoy compuesto por dos buques de carga ligeramente artillados que iban escoltados por el Leander, un navío, de 50 cañones, de los que había estado en Tenerife y que mandaba, entonces, el capitán Thomas Thomson.

Era muy peligroso, pues aún siendo un navío perfectamente asequible a las posibilidades de la Matadora (solo tenía 8 cañones más que nosotros) ya que era mucho menos marinero y si maniobrábamos con eficacia nos podríamos mantener, fácilmente, en su popa y desde esa posición hacerle mucho daño….si lográbamos dejarle sin maniobra, los transportes caerían solos.

Cuaderno de Bitácora.-“17 de Enero de 1.798, 6,00 horas. Estamos a 2 millas de la popa del Leander. Nos han descubierto y maniobra para darnos costado. No le vamos a dejar y mientras le vamos a castigar.”.

 A las 6 de la mañana nos descubrieron y empezaron a maniobrar. Inmediatamente mande virar N para poner la batería de estribor en tiro.

–          Manuel, las piezas de a 24 al timón, el resto a la arboladura.

La primera andanada le destrozó el jardín de popa y le silenció las piezas de a 8 de la toldilla de popa. Anselmo hizo buena puntería en el timón con las piezas de 24.

–          Bravo artilleros!!!, quiero una segunda andanada concentrada en el timón.

La segunda andanada le mandó la pala del timón al agua.

El Leander seguía maniobrando, con el velamen, para darnos costado pero ya tenía mucha dificultad para virar. Eso nos facilitó el trabajo pues tirando de enfilada, en la tercera andanada le colocamos 24 peladillas en el combés. Al agua fue la verga del velacho.

A las 8 de la mañana estábamos a una milla de su popa y habíamos girado 90º, de modo que, ahora, el viento nos entraba de costado. Una cuarta andanada acabó con lo que quedaba del timón y perforó el talón y el codaste de la quilla.

A las 8,05 el Leander izó bandera de “parlamento”.

–          Alto el fuego, Manuel. Veremos que tienen que decir.

–          Mi capitán, no se fíe usted, que estos son muy traidores.

–          No me fío, Manuel. Cargue usted con palanqueta y metralla la batería de babor.

–          Alférez, venga usted a mi lado.

El Alférez de fragata José Rivera de Togores, había hecho sus primeros años de educación en Inglaterra y hablaba, perfectamente, inglés. Me serviría para aclarar lo que yo no entendiera.

–          Ángel, no permita usted que nos saquen de su popa. Ice bandera de parlamento.

Media hora después, una lancha del Leander se situó a babor de la Matadora y un alférez, perfectamente uniformado, me entregó en el castillo de popa una carta escrita en perfecto castellano:

“Señor:

 Le doy diez minutos para que rinda su barco, a no ser que quiera exponerse a las consecuencias de luchar con un navío de su Majestad.

 Le garantizo la vida y el buen trato de su persona y la de sus hombres, cómo es costumbre en la Real Marina de Su Majestad Británica. Serán canjeados en Gibraltar.

 Sin otro particular

Thomas Thomson”

Solicité al oficial mensajero tuviera a bien esperar a que redactara mi respuesta. Bajé a mi cámara y escribí:

“Estimado Capitán Thomson:

 No voy a rendir nada porque ya me estoy exponiendo a las consecuencias que usted menciona y que, precisamente, son las que busco.

 Dice mucho de su concepto del honor que nos respete la vida y el trato, ese gran pensamiento le honra y trasluce la gran preparación moral de los mandos de la Real Marina de Su Majestad. No es así con sus actos.

 Es por la razón que expongo en el párrafo anterior por lo que yo no voy a respetar ni al Sursum Corda mientras no vea que arría la bandera que veo hondear en su mesana.

 Ciertamente, iremos a Gibraltar, no tengo ninguna duda; lo que queda por determinar es quienes irán en calidad de cautivos.

 Quedo a su disposición.

Roque Oquendo.

 P.S.- Si tiene oportunidad, hágame el favor de transmitir al señorito Nelson y a su odalisca Hamilton que Roque Oquendo les anda buscando, para fines distintos.”

Doblé y lacré la carta. Haciendo entrega al oficial inglés de la misiva, lo despaché, en su lancha.

–          Anselmo, prepara la batería de babor.

–          Ángel, en cuanto la lancha esté a bordo del Leander, esté atento que van a intentar maniobrar.

Por el catalejo pude ver cómo izaban la lancha y el oficial mensajero entregaba la misiva.

–          Anselmo, metralla y palanqueta, ya!!!.

La descarga fue espectacular. A una milla de su popa, con doble carga de metralla y palanqueta, la quinta andanada les destrozó la gavia mayor y el palo de mesana fue al agua. Las piezas de a 8 se centraron en silenciar todas las bocas de fuego de la cubierta superior.

Habían montado, a toda prisa, cuatro bocas de fuego en la toldilla de popa. Dispararon una vez y dos balas de 12 libras impactaron en la batayola de babor.

La sexta andanada que les dispensamos les mandó al infierno sus cuatro bocas de popa y lo poco que quedaba de los jardines.

–          Mi capitán, están sin maniobra, están sin mesana y sin mastelero del trinquete y aún no se rinden.

–          Saben que son más potentes que nosotros y que no somos gente suficiente para abordarles. No nos queda más remedio que fajarnos.

–          Mi capitán, les vamos a hundir?.

–          Preferiría no hacer eso Manuel (el dinero va en el Leander), pero si no nos dejan otra alternativa…nos llevamos los transportes y aquí paz y luego gloria. Quizá convendría advertir a D. Tomas que vamos en serio.

–          Qué hacemos?.

–          Anselmo, atento a mi orden, tire a la línea de fuego.

–          Ángel, recoja dos rizos a la gavia del mayor y recoja los juanetes.

–          Piloto, vire una cuarta E.

Con esa maniobra pretendía ponerme en una posición en la que, sin exponerme a los cañones de 24 del Leander, pudiéramos ver parte de su costado de estribor.

Eran las 4 de la tarde cuando la séptima andanada de la batería de estribor de la Matadora impactó en la línea de flotación del Leander. El capitán Thomson entendió el mensaje y arrió la bandera.

Cuaderno de Bitácora.-“17 de Enero de 1.798, 18 horas. El Leander ha arriado su pabellón. No me fío. Le vamos a tener enfilado hasta mañana por la mañana. Cursamos instrucciones”.

Ordené al Leander, por medio de señales, que se mantuviera en su posición y con los faroles encendidos hasta la mañana siguiente, que recibiría nuevas instrucciones. La corriente y el viento que podía coger, con el velamen que le quedaba, hacían que derivara, a 1 nudo, en dirección E-una cuarta-NE.

Al amanecer nos dimos cuenta que los cargueros habían desaparecido y donde tenían que estar había dos lanchas con sendos faroles en el palo que habían montado.

Habían utilizado esa treta para tratar de librar la carga. No sabía muy bien pero me imaginé que, durante la noche, habían transbordado los caudales del Leander y trataban de escapar.

En el Leander, con una actividad inusitada, seguían tratando de improvisar un timón.

–          Anselmo, dales la última de metralla y palanqueta a los que están arreglando el timón. Nos vamos de aquí.

–          Contramaestre, todos a las velas, viramos por redondo.

–          Piloto, rumbo W-NW.

Viramos y, poniendo la proa al viento, me dirigí al sector donde suponía estarían los cargueros. Era de suponer que, haciendo un gran rodeo, tratarían de volver a Jamaica. En cualquier caso, si no los encontraba en tres días, pondríamos proa al E. Inglaterra estaba muy lejos.

La última andanada mandó al agua todo el andamiaje que habían montado y terminó de destrozar la popa del Leander, hasta el punto de que se podían ver, a través de los destrozos, las baterías de artillería. Con el alfabeto internacional de letras icé en el palo mayor:

“See you later”.

Después de dos días de búsqueda en zig-zag, divisamos las velas de las dos naves de carga. Un cañonazo de advertencia bastó para que pararan e izaran la señal de rendición.

Cuaderno de Bitácora.-“19 de Enero de 1.798, 13 horas. Divisadas que fueron las velas de las naves de carga, se rindieron sin pelear. Mando al Sr. Manuel Ruiz con 20 hombres a uno de ellos, el “Sealion” y mando al Sr. José Rivera al otro, el “Seashell”, con otros 20 hombres. Recibimos, en la Matadora a todos los oficiales de los barcos capturados”.

Las instrucciones eran claras y las dejé, por escrito, en las bitácoras de los cautivos: “al primero que rechiste, lo tiráis por la borda”.

Trasbordamos, a la Matadora, todos los caudales y dejamos en los cargueros el resto de las mercaderías.

Con el alisio en popa y a la altura meridiana en la que nos encontrábamos, puse rumbo E-una cuarta N, con intención de, pasando por el sur de las Azores, arribar a la costa africana y, bordeando, entrar en Cádiz. Eran más de dos mil millas que con buen viento nos llevaría 15 días de navegación, a la velocidad máxima que podían desarrollar las dos urcas cargueras, que no eran más de 6 nudos.

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