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CODORNANCIAS ESTOFETEADAS

CODORNANCIAS ESTOFETEADAS.-

leonard cohen – dance me to the end of love

Los años van pasando y se va cumpliendo aquel axioma que rezaba  “el tiempo es finito pero no tiene bordes”. Esta tesis nos lleva a una asíntota matemática en la cual tendemos a un límite temporal.

Esto duele y duele mucho; decían los clásicos que las horas, “todas hieren, la última mata”, que se ha traducido de múltiples formas y todas hacen referencia a esa asíntota que describo en el primer párrafo.

“Omnes feriunt, postrera necat”.

Sin embargo, desconocemos la ubicación de ese límite temporal hacia el cual converge nuestra vida, nuestro tiempo. Podemos presumir que el espacio que queda entre la recta asintótica y nuestra función vital es pequeño o grande, algunos, incluso, necesitan “tiempo y espacio” que es lo mismo; sabemos que el espacio y el tiempo son funciones relacionadas de la velocidad y que, por tanto, ralentizando la velocidad aumentamos el tiempo, pero el espacio es el mismo, no podemos determinar cual será nuestra última hora. Cada cual elegirá su espacio y su tiempo.

“Cernis qua vivis, qua moriere latet”.

Por otra parte y de igual manera, muchos clásicos nos advirtieron de la indignidad del amor; nos alertaron e intimaron para que estuviéramos precavidos ante la llegada de ese sentimiento mestizo que nos hace arrastrarnos entre espinas y mostrar lo más abyecto y sublime de nuestra alma.

Lucrecio, en el libro IV de su “De rerum natura”, nos avisa que (los enamorados) descuidan el trabajo, viven bajo la voluntad de otra persona, decae la personalidad y la reputación se resiente.

“Adde quod absumunt viris pereuntque labore,
adde quod alterius sub nutu degitur aetas,
languent officia atque aegrotat fama vacillans”.

Quevedo, el gran D. Francisco, conceptista sublime y Caballero Ejemplar escribe que,

“¡Oh en el Reino de Amor huésped extraño!,
Sé docto con la pena y el tormento
De un ciego y sin ventura fiel amante”.

Alertándonos, en su soneto “Advierte con su peligro a los que leyeren sus llamas” que, antes o después, el amor ha de hacernos sufrir, penar y desesperar. Si bien deja claro que esto solo les pasa a los “fieles amantes” que después de seis años siguen aferrados a su desinteresado error; nadie elige sus errores.

“Atrás se queda, Lisi, el sexto año

De mi suspiro: yo, para escarmiento

De los que han de venir, paso adelante”.

Los clásicos epicúreos no nos contaron nada instructivo de los amantes que no son fieles y se les pudre el amor con facilidad, de aquellos que “toman mucho interés” en el amor. No nos lo contaron porque el amor es un sentimiento desinteresado y es por eso por lo que nos hace sufrir; y es por eso por lo que nos damos cuenta de la negritud de nuestras almas, de sus rincones. El falso amor pone en relieve nuestros defectos, el egocentrismo, el narcisismo y los oscuros deseos de dominación.

Los clásicos nos hablan de personas que, sintiendo con fuerza, han recibido la herida de la daga del amor traicionado y, pasados los años, viven asidos a ese firme sentimiento. Quevedo no habla de horas, ni de días, ni de meses…..otra vez el tiempo!!!, tampoco habla de causas porque eso da lo mismo: una vez has sido herido, las cicatrices son para siempre y ese “siempre” es un concepto que finaliza cuando el tiempo termina.

“Tempus fugit”.

Hay variadas clases de amores y todos necesitan de tiempo. Es el tiempo el que consagra al Amor. Es el Compromiso su cimiento.

Conocí a mi suegro en la Nochebuena de 1.973, hace 39 años, yo tenía 16 años y, después de cenar en familia, me disponía a echar una partida de “julepe” con mi padre y mis tíos en la casa de mi abuela materna.

Era una partida muy poco seria porque, en la misma habitación, estaban mi abuela, mi madre, mis tías y todos mis hermanos y primos de la segunda oleada que, al que menos, le llevo seis años. Esa diferencia de edad, al hilo de lo que hablamos, entonces era una ventaja, hoy es un inconveniente.

Estaba estudiando C.O.U. y ya había aprobado la Revalida de Sexto y, por tanto, ya estaba habilitado para entrar en la timba de los capitalistas (y para echar un cigarrito, por Navidad), si bien dependía de ellos porque yo no tenía nada (como le pasa hoy a Rajoy). Estaba absolutamente convencido que, con esos “tahúres”, me iba a sacar no menos de 50 duros. Lo que no sabía y supe después es que ellos también estaban convencidos de que me iba a sacar esa pasta; el concepto es muy sencillo: “si te la tengo que dar…coño, abre el ojo y gánatela!!!”.

A las 11,30 de la noche sonó el teléfono….riiiinggggg, riiiinnggggg (entonces los teléfonos sonaban así). Lo cogió mi abuela.

–        Sí, quien llama?

–        Está Alex, soy Estrellita.

–        Estrellita?

–        Sí, una amiga suya.

–        Tinín, al teléfono. Te llama Estrellita  (tapando el auricular)

El teléfono estaba en el pasillo y el grito de mi abuela produjo un silencio momentáneo en la habitación de la fiesta.

Atendí al auricular y, a través de la línea, pude oír la voz de Estrelli:

–        Que dice mi padre que, si quieres, puedes bajar a tomar turrón y un vinito dulce. Estamos en casa de mi tía Rosi.

–        Vale, está bien. Me puedes dar media hora?.

–        Claro.

Cuando colgué el auricular (entonces se colgaba) y regresé a la timba, las caras de mis tíos, mi padre y, sobre todo, las de mis tías estaban sonrientes y con ojos golositos. Mi madre rompió el fuego:

–        Quien es esa Estrelli?, Don Juan.

–        Una amiga.

–        Una amiga?….te hace tilín?.

Me excusé con los tahúres y le dije a mi madre que me iba. Mi tío Pepe, entonces, con una sonrisa de oreja a oreja dijo:

–        Sí que le tiene que hacer tilín, porque renuncia a sus beneficios.

–        Mañana después de comer, si no os parece mal, podemos seguir con la industria.

–        Claro, hombre, lo que usía disponga.

Yo estaba muy ilusionado porque la llamada significaba que Estrelli había hablado con su padre de mí, lo cual era muy buena señal de sus intenciones, las mías eran rectas y, dos días antes, había besado a Estrelli, en la mejilla, en clara declaración de compromiso; ella se había enfadado mucho y me había espetado aquel “pero quien te crees que soy…. una cualquiera?”.

Mi madre, con todo el amor de que era capaz (y era mucho) me preguntó:

–        Vas a entrar en su casa?.

–        Creo que sí, su padre quiere verme.

–        Ponte una chaqueta y péinate, que pareces un oso.

–        Bueno mama, ya estás con tus rollos?.

–        Qué va a pensar ese hombre, de mí, si te ve así?

–        Mama, lo tiene que pensar de mí.

Mi padre puso fin al debate.

–        Y qué crees que va a pensar de ti, si te ve así?. Obedece a tu madre.

No me peiné ni me puse una chaqueta, arramblé con mi gabardina verde hasta los pies y salí corriendo a todo lo que daban mis piernas. Desde la plaza del Ayuntamiento hasta la Avenida de la Reconquista habrá unos dos kilómetros que yo, sin estar vestido de chándal, me hice en siete minutos.

Sin aliento, cuando llegué al portal me encontré con una escena tenebrosa, cual era que, en el mismo acto de presentación, me acompañaría el novio de la prima Rosamari.

El pollo aquel no estudiaba C.O.U. ni estudiaba nada, era tres años mayor que yo y se presentó vestido de smoking, con su pajarita, esclava de oro (con su nombre) en la muñeca derecha y Rolex de oro en la izquierda.

Así es que ahí me tenéis, hecho un oso, con los pelos largos y desordenados, al lado de un dandy tipo Dorian Grey. Resultó que él no me acompañaba a mí sino que yo le acompañaba a él.

Así conocí a mi suegro, en 1.973. Nunca hemos hablado de aquello porque sé, casi seguro, lo que pensó y sé, casi seguro, lo que piensa ahora…..el tiempo es finito pero no tiene bordes.

El pájaro del smoking resultó ser, efectivamente, Dorian Grey y yo llevo (con alguna incidencia) 39 años con mi suegro, riendo y sufriendo…a las duras y a las maduras.

Hace dos semanas se puso muy malito (otra vez) y Estrelli le ingresó en el hospital; en el trabajo, pedí los tres días que me corresponden y la chica de personal me dice:

–        Pero es tu padre, o tu suegro.

Le contesté:

–        Qué más da?. A ambos les quiero igual.

Diez días después le dieron el alta médica. Yo le veía muy mal y Estrelli me confirmó que estaba en proceso de fracaso; le llevaron a su casa y todos estábamos abatidos. Pero resultó que, nada más entrar en su casa, se vino arriba y hasta sonreía; se sentó en su sofá y pidió el cuaderno de crucigramas y los útiles de escritura: lápiz, borra y saca.

–        Alex, este año el abuelo no podrá venir a casa por Nochebuena.

–        Pues si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma.

–        Cariño, ellos no están para cocinar.

–        Pues lo hacemos aquí y nos lo llevamos allí.

–        Y este año, qué piensas hacer?

–        Déjame que lo piense.

Toda la noche estuve pensando qué plato especial podría hacer para la cena de Nochebuena y que al abuelo le gustara. A media mañana del día siguiente, después de devanarme los sesos, se me ocurrió, cogí el teléfono y llamé a Estrelli.

–        Amore, ya sé lo que le voy a hacer al Abuelo.

–        Qué?

–        Esta noche salgo a cazar Codornancias y las estofeteo para la cena de Nochebuena.

–        Ni se te ocurra!!!.

–        Por qué no?.

–        Las Codornancias son muy difíciles de cazar y muy peligroso el camino. Le gustan mucho y tienen las proteínas y el hierro que a él la falta, pero no quiero que te arriesgues, ya no estás para esas cacerías.

–        Riesgo?….a un caballero de la Orden de los Hospitalarios le vas a venir tú con riesgos….buah!!!.

Las Codornancias de los Montes de Toledo son unos bichos volantes emplumados que tienen los nutrientes que le hacen falta al abuelo; son sarracenas y para llegar hasta donde moran hay que franquear el Vado Maloliente, atravesar los Pantanos de la Desesperancia y superar la Cordillera del Horroriodio.

Eché cuentas de los que somos y estamos, saliéndome como resultado la cifra de 14 Codornancias. Muchas son –pensé-, en fin, habrá que esmerarse. En anteriores ocasiones había hecho ese camino y, ahora, no me iban a desalentar los peligros.

Bajé al trastero y busqué el Tabardo Invisible de cazador, la afilada navaja Albasit, que me regaló Senencito el Camborio cuando estuvimos trabajando en Montealegre y el Talego Inagotable que me hizo el abuelo; puse a hervir, en un cazo viejo, las suelas de tocino-crepé de unos zapatos viejos de mis hijas (no sé de cual de ellas) y llené una bolsita de badana con alpiste, trigo y maíz.

La técnica es muy sencilla: cuando las suelas se derriten se forma un fluido muy vizcoso y muy pegajoso que se llama “liga” y con el que hay que tener cuidado porque si lo miras directamente te quedas vizco. Se ceba el terreno con el alpiste, el trigo y el maíz, se unta por las hiervas y arbustos la “liga” y se espera, escondido, a que las Codornancias se queden pegadas cuando vienen, golosas, a comerse los granos de Ceres.

Salí de mi casa al atardecer con el objetivo de estar, al amanecer, en los Montes de Toledo. Estaba cayendo la noche cuando llegué al Vado Maloliente. Oí la voz del Guardián:

Jean Parisot

–        Alto, quien vive!!!.

–        Alessandro Malaspina Millelupi, brigadier de la Real Armada y humilde súbdito de la Orden. Quien lo pregunta?.

–        Jean Parisot de la Vallette, ya te recuerdo hermano Alessandro.

–        Solicito tu permiso, Gran Maestre, para cruzar el Vado.

–        Mi permiso lo tienes, pero te alerto, caballero, que el Vado está más maloliente que de costumbre. Ahora les ha dado, a las de Albacete, por venir a lavarse el Parrús; esto es inaudito!!!.

–        Me arriesgaré, Jean Parisot, los míos lo necesitan y las Codornancias sarracenas me esperan, pienso estofetear a 14 de ellas.

–        La imitación humilde de los procesos naturales, la perseverancia y el trabajo te harán poder. Suerte!, brigadier.

Con el agua rozándome el barbuquejo, atravesé el Vado que, efectivamente, estaba más mal oliente que en ocasiones anteriores. Seguí mi camino internándome en los Pantanos de la Desesperancia. Los Vapores Desalentosos me rodeaban por doquier.

Serían como las diez de la noche cuando empecé a pensar en qué hacía yo, caminando, maloliente y tiritando de frio, total para nada porque podía haber elegido otro menú más sencillo. Además, todavía me quedaba la Cordillera del Horrorodio, cazar, volver, estofetear….uffff!!!.

Mi mente se debatía entre seguir o abandonar cuando, sin previo aviso, se presentó delante de mí una especie de bicho gusanoso; un fluido baboso le cubría el cuerpo y hablaba con chillidos muy agudos. Automáticamente y en prevención de males mayores, eché la mano al cinto y dejé que la luna hiciera brillar a Albasit.

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–        Donde se supone que vas, humano?. Identifícate.

–        Soy Cayetano Valdés y Flores, Teniente General de la Armada, estuve en San Vicente con el Pelayo, en Trafalgar con el Neptuno y, como Juan Belmonte, me lavo los cojones en la pila de los caballos; y tú quien eres?

–        Yo soy el Cunilingus Fétido de Valpurgis de Cospeerial y ni siquiera los boxeadores, que no tienen Pituitaria, han podido con mi mal olor a pescadilla podrida. No pasarás!!!!.

–        Muy crecido te veo, tontodelculo, total por 35.000 votos; torres más altas han caído, Cunilingus!!!.

Recordando que mi suegra, la reina Comeypontecolonia, me había dado un frasquito con Esencias de Maderas de Oriente, hechas con una astilla de la Vera Cruz, y para cumplir estrictamente con la Ley 1/2.004, retorné Albasit al cinto y, tirando del Talego Inagotable, extraje el frasquito y rocié al Cunilingus, el cual, al sentir tan agradable aroma, huyó profiriendo horribles grititos que me recordaron a los que profiere aquel horrible cantante irlandés.

Antes de tapar el frasquito y devolverlo al Talego, mojé el pañuelo de cuello con las gotas que quedaban y me lo anudé en la nuca tapándome boca y nariz. Aquel olor era insoportable.

Serían las cuatro de la madrugada cuando empecé a subir las primeras estribaciones de la Cordillera del Horrorodio. Estaba cansado y hambriento pues llevaba seis horas caminando a “paso de maniobra”, así es que, sentándome, noté que el fresco viento de la madrugada acariciaba mi cara. Me quité el pañuelo y comprobé que ya no olía mal; recordé que Estrelli me había metido en el Talego una Meriendilla a base de pan de leña con un fondo de chicharrones de Jabalí de Erimanto, cortado en finas lonchas, con pimentón dulce de la Vera.

Dispuse de unos minutos para zamparme la Meriendilla y pensar. Ahora todo tenía sentido, las piezas encajaban y recordé las palabras de Jean Parisot: “huele más mal que de costumbre”. Comprendí que todo era culpa mía; recordé que a aquella Ventera Instruida de Chinchilla de Montearagón, con la que pequé y cuya cruz arrastraré toda mi vida, le cantaba (cuando notaba la picazón) la famosa sevillana:

“Arenal de Sevilla y olé, lávate el chichi”.

Se debió correr la voz y, ahora, todas vienen al Vado a lavarse el chichi, por eso el Vado huele peor; o tal vez el chichi le olía mal porque se lo lavaba en el Vado; o, quizás, las dos cosas.

Terminé la Meriendilla y, cuando empezaba a caminar, comprendí que, efectivamente, ya me encontraba en la Cordillera del Horrorodio. Decidí atravesar por el Paso del Odio Infernal que está entre la Montaña de la Detestancia y el Pico Aborrecioso; es una ruta más difícil, por escarpada y resbalosa, pero es más corta y no me quedaba mucho tiempo, la raya asintótica del Alba aparecería pronto. Mi tiempo se acababa.

Sabía que, en el Paso, tenía muchas posibilidades de encontrarme con el Caballero Odiante, pero cuanto menos tiempo estuviera en esta Cordillera, mucho mejor. Trepaba, sudando, mientras por mi mente iban pasando todas las personas que, a lo largo de mi vida, me habían hecho daño; las odiaba profundamente y me iba cagando en todos sus muertos. Lástima no tuvieran un mismo cuello y yo tuviera la Albasit a mano!!!.

Al llegar al Paso eran las seis de la mañana y allí estaba el Caballero Odiante. A pesar que me había puesto los Tirantes lo Blanc, que, tirando del pantalón tirolés, hacían que mis pasos apenas rozaran el suelo, me vio. Era un busto ecuestre que hablaba despacio y arrastraba las eses.

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–        Alto ahí!!!, donde vassss con el cabásssss?.

–        Soy Cosme Damián Churruca y si te enteras que mi buque ha sido capturado, bien puedes decir que estoy muerto.

–        Sabesssss que toda la culpa fue tuya.

–        Sí, lo sé, a quien más odio, de todos los que morimos en el Nepomuceno,  es a mí mismo.

–        Essssplendida capacidad, puesssss.

–        Tú, Caballero Odiante, deberías saber que esa capacidad que tengo para odiar también la tengo para amar y deberías saber que un busto parlante, a mí, me dura tres minutos antes que cave un hoyo y le entierre.

Sin mediar más palabras y con las manos, cavé un hoyo de medio metro, enterré al Caballero Odiante y jadeando, miré desafiante al caballo, que huyó despavorido en dirección al Pantano de la Desesperancia.

Cuando bajaba la pendiente de El Paso, ya no me acordaba de los que me habían herido. Todos estaban muertos y clasificados en la Cripta de los Cadáveres, en el Panteón de Odiosos Ilustres. Comprendí que yo, también, era un Odioso Ilustre.

Ante mí se extendía la Llanura de la Esperanza, donde habitan las Codornancias Sarracenas. Todavía de noche y a la luz de la luna, extendí el alpiste, el trigo y el maíz; pringué con la liga los arbustos, hiervas y matorrales y, poniéndome el Tabardo Invisible de San Hubertus, que adquirí en el Monte Cervino, camino de Pavía (siendo cabo de Ingenieros Gastadores), cuando fuimos, con Pescara, a dar caña a los franchutes,  me acurruqué a esperar el amanecer y a arreglarme las uñas con una limita de cromo-molibdeno que mi suegra me había metido en el Talego Inagotable.

No esperé mucho; enseguida, y no más hubo salido el sol, dos Codornancias golosas se posaron y quedaron pegadas ante la vista de los Cereales de la Vida.

Antes de que pudieran dar aviso, en menos tiempo de lo que tarda en persignarse un cura loco, las había decapitado, sacado las entrañas y reposaban en el Talego.

Así estuve, por espacio de hora y media, hasta que tuve las 14 que necesitaba. Eran las 9 de la mañana y comencé el retorno con la mirada puesta en el camino y mis anhelos en Estrellita. Cantando y contento, el objetivo cumplido….

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En el Paso, arrepentido de mi acción anterior, desenterré al Caballero Odiante, con un silbido llamé al caballo y puse encima al busto.

–        Gracias D. Cosme, pero te sigo odiando.

–        Me parece bien, haz lo que te salga de la polla, idiota!!!. Odia a quien quieras, eso solo te hace daño a ti.

–        No tengo polla, soy un busto.

–        Por eso odias tanto.

En el Pantano volví a anudarme el pañuelo perfumado que todavía conservaba su aroma. De lejos, el Cunilingus me conminaba.

–        Huye, huye Cayetano, pero más pronto o más tarde te las verás conmigo.

–        Ven, acércate cobarde; tengo un bote de jabón desinfectante. Te voy a dejar más limpio que un jaspe.

–        Pónselo a tu madre.

–        Mi madre no lo necesitaba, era toledana y, por tanto, honrada. No le quitaba la paga de Navidad a nadie.

Al atravesar el Vado, El Gran Maestre me felicitó.

–        Has cazado, Alessandro?.

–        Sí Maestre, tengo lo que iba a buscar.

–        Has dejado todo como te lo encontraste?

–        Tal vez un poco más limpio.

–        Enhorabuena, caballero Hospitalario, que nadie tenga queja en tu casa y que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda.

–        Procuraré que sea así, Jean Parisot. Ni turcos ni otomanos podrán rendir nunca el Alcázar del Honor.

A las 2,30 de la tarde, llegué a casa. Estrellita estaba esperándome y le entregué las Codornancias para que las fuera desplumando y, mientras, yo me desnudé y me bañé con el jabón desinfectante que mi amore siempre tiene en el baño. Por el desagüe de la bañera se fue la paga de Navidad que me robó Valpurgis, pero aunque pierda la paga….no quiero Cunilingus: el honor es oneroso.

Después de comer, Estrelli lavó, cepilló y cuidadosamente dobló todo el equipo de caza; lo bajó al trastero junto a las armaduras Rohirrim, el cuerno de Helm, el Sextante Dorado, el retrato que me hizo un pintor en la Plaza Mayor (que sigue siendo joven mientras yo me hago viejo) y los demás adminículos, míos y suyos, que hemos ido adquiriendo, por diversos créditos, a lo largo de nuestras vidas.

Mientras ella, con todo su amor, colocaba las cosas dando orden al tiempo, yo terminé de limpiar las Codornancias para que no quedará ni una sola pluma y estuvieran bien arregladitas por dentro.

En una sartén plana y grande puse al fuego 250 cc. de Oleo Virginal y cuando estuvo muy caliente, sellé las Codornancias con un pase de “vuelta y vuelta”; las puse en una olla grande y vertí dos litros de Vino Albal, dejando que redujera el alcohol por tiempo de 15 minutos.

Mientras reducía el vino, corté en secciones transversales (paralelos) dos Cebolloncias de Bucaramanga y, en secciones oblicuas, media docena de Zanahorios Nederlandeses, de los que me traje cuando lo de Amberes con Sancho Dávila. Les di (a los vegetables) una vuelta por la sartén, hasta que las Cebolloncias estaban translucidas y se las agregué a la olla de las Codornancias.

(Otro día, recordadme que os cuente la marcha, de 38 jornadas, desde Milán a Amberes, por la Valtelina).

Puse, en la olla, treinta bolitas de Pimienta Nigera y cuatro hojas de Dafne de las Hespérides. Sal marina, espolvoreo de Oreganto, diez dientes de Ajosos Manchuelos sin pelar y cubrimiento acuoso.

En la Transición de Fase, añadí un chorretón de Cognac de Brandyvino, bajé el fuego y lo tuve hirviendo, a fuego muy lento, una hora.

Cuando entrabamos por la puerta de la casa de mi suegro, le oí decir

–        Tralarí, tralará, huele a carne quien será?.

–        Somos nosotros, abuelo. A Sopa de Calabacines del Inmemorial del Rey, Langostios de Río Gallegos, Jamón de Huelva York y Sopalmendra de la Bisabuela Minerala no hueles?.

Cómo se pondría la cosa, que el abuelo, él solito, se levantó de su sillón y, abandonando los crucigramas, se sentó en su silla castellana a esperar que llegara a la mesa lo que estaba oliendo. Se zampó dos Codornancias, despacito, chupando todos los huesitos y cuando terminó dijo:

–        Donde las habéis comprado?.

Naturalmente, ante esa pregunta, permanecí callado y se me ocurrió esta aventura.

No sé, porque no puedo saberlo, la distancia que queda entre la curva de función y la asíntota del abuelo, pero este Caballero Hospitalario, que viste y calza, va a procurar que lo que quede sea lo más agradable posible y que los clásicos, luego, escriban sobre el amor.

Yo escribiré sobre el Honor y el Compromiso.

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